La elegancia conocida de París y la intensidad por descubrir de Córcega

Escribo cada reseña de viaje para finalizar el periplo. La experiencia —que siempre implica diversos aprendizajes— comienza cuando elegimos el lugar y comenzamos a pensar en el destino. A veces, podemos planificar el viaje concienzudamente con la suficiente anterioridad y en otras oportunidades lo hacemos cada mañana. Y cada experiencia de viaje termina con estos textos y los álbumes de fotos que pretenden dar un cierre.

También escribo para ofrecer posibles recorridos a quienes quieran visitar ese lugarLo hago, además, para “despuntar el vicio de escribir” y para volver a vivir los viajes al releer las líneas esbozadas.

Utilizo la técnica del minireporte que envío a través de un servicio de mensajería instantánea a mis afectos, para que sepan cómo estamos y en qué andamos. A través de esas líneas (que según el día, el cansancio y la inspiración contienen diferentes niveles de detalle) doy cuenta de los “nudos” y al llegar “hilvano” los minirelatos para dar cuerpo a una vivencia mayor.

En ciertas ocasiones, en campamentos o en recorridas por lugares más inhóspitos no puedo usar esta técnica, pues no cuento con conexión a internet. En esos casos uso la clásica libreta con elástico y recojo las impresiones a mano, incluso a veces con letra temblorosa pues me ha tocado escribir en tránsito.

En particular este viaje, planificado desde diciembre del año pasado, tuvo dos partes muy diferentes unidas por una misma cultura o dominación. En primer lugar, visitamos y descubrimos París. Una semana después, nos trasladamos a Córcega para descansar antes de participar del desafío deportivo del año: la Restonica Trail.

 

París es París y dicen que “bien vale una misa” (¿será por su gran cantidad de iglesias o que para volver hay que asistir a un oficio religioso?)

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El domingo 26 de junio llegamos a París con el cansancio de haber cruzado el Atlántico. Con profundas ganas de conocer la ciudad y mucha expectativa, decidimos comenzar por la Tour Eiffel que elegantemente domina todo el entorno (después comprendimos que domina casi toda la ciudad). Subimos, por las escaleras y como enajenados (como si fuera un entrenamiento deportivo) llegamos sin aliento hasta el segundo piso, pues el último estaba cerrado. La vista es fantástica y la construcción impacta; escalón tras escalón pensábamos en la Exposición Universal de 1889, ¿acaso Eiffel imaginó en el ícono en que se transformaría? ¿Alguien pudo hacerlo?

Caminamos por la orilla del Sena que ya estaba recuperado de una inundación como hacía mucho no sufría, no vimos vestigios del agua que llegó a los muros de sus puentes. París nos esperó con una temperatura ideal para “turistear” y con un particular y eufórico clima de Eurocopa que suele verse como “revoltoso” y hasta con cierto peligro a través de las noticias, pero que es mucho más seguro (¡mucho más!) que un partido clásico en Montevideo. Recorrimos calles con mucho verde, vimos balcones con flores, cafés en los que las personas se sientan una al lado de la otra contemplando el afuera (en lugar de mirarse entre sí), permanente ruido a la sirena policial e Historia por todas partes. Además, aires de mucho mundo, de cultura y de bellas artes.

Para cada día trazamos un circuito geográfico diferente. La ventaja de estos diseños es la cercanía entre lugares y la mayor desventaja de “turistear” de esta manera es la diversidad conceptual de cada día, pues entre una iglesia y una plaza puede haber un café, un jardín, un museo o simplemente caminar y permitir que la vista vague por edificios, comercios, personas.

Con un mapa clásico, el mapa digital del teléfono y las recomendaciones de una amiga, fuimos definiendo cada día y dejando, además, que la ciudad nos sorprendiera ya que, como no es novedad, París tiene mucho para ofrecer.

Día 1. Conocimos el Sacré-Cour y subimos agitadamente sus 300 escalones para llegar a la cúpula y ver París desde un lugar excepcional. La iglesia alcanza las profundidades del alma por su construcción y la belleza de sus vitrales. El barrio, como ya se sabe, es bohemio, distendido, bello. Después fuimos al cementerio de Monmartre, al Moulin Rouge, las Galerías Lafayette (suculentas y tentadoras) y la Ópera Garnie que es majestuosa. Fue un día de mucha calle, mucha caminata, diversos y encantadores cafés con algo de lluvia para una experiencia parisina inolvidable. Y jazz a la noche en un típico bar: Sunset.

Mientras caminaba pensaba qué hace bella a una gran ciudad. Varias cuestiones: sus monumentos, los árboles, flores y plazas, la limpieza, las simetrías y las disrupciones, el mobliliario urbano y las luminarias, y principalmente la gente. París tiene todos esos ingredientes forjados desde un paradigma en el que la belleza es el fundamento. Hay grandes monumentos, cada uno con su historia que refuerzan la Historia; tiene amplios y pequeños espacios verdes, muchos árboles y no solo en las avenidas; tiene arcos, faroles, árboles y ventanas en ritmos de igual cadencia. Las disrupciones de las calles que se cortan generan ángulos que terminan en cafés. París tiene todo, es una ciudad con vida en movimiento, una ciudad que sueña con ser referente y lo es.

Día 2. El martes fue día de iglesias, té y museos. Comenzamos por la zona de la Bastilla (la plaza y el moderno edificio de la Ópera que contrasta con el entorno). El circuito religioso del día incluyó Saint Denis, Saint Gervais y la gran Notre Dame. Estas iglesias presentan características comunes: solemnidad, rasgos góticos e impactantes vitrales, además de escasos metales preciosos (un alivio, pues la sobrecarga de oro suele ser difícil de “digerir”). En todas vimos grandes órganos de tubo, obviamente, y en Notre Dame pudimos ser parte, a la noche, de un concierto de música sacra.

Conocimos dos museos: el Picasso y el Carnavalet que nuclea la historia de París. El primero me permitió conocer las diferentes facetas del artista plástico español, en especial sus esculturas. Durante el circuito del día, además fuimos a tres de las más exclusivas casas de tés. Los datos los había recogido de listas de expertos en la temática. Comenzamos por Damman: puro glamour. Luego el Palais du Thé: moderno y sencillo, y finalmente Mariages Freres: más glamour y mucha historia, pues el local funciona desde 1854.

Para continuar con nuestra lista de lindas librerías, fuimos a Shakespeare & Co. que es un preciosidad. El entorno, algo bohemio, le da un marco de cuento bien parisino. Encontramos notas de jazz en la vereda, mucha gente en la propia librería y el café de la esquina repleto de muestras del mundo más diverso.

En París, entre tiendas y comercios se destacan las panaderías y las delicatessen. Los franceses han logrado la exaltación del pan desde su simpleza. El sabor y la textura son incomparables y lo acompañan con los más diversos rellenos, desde los sencillos (dulces o quesos) hasta los más sofisticados. La pastelería es fina, como de orfebrería. Cada boulangerie es mejor que la anterior. Todas son tentadoras y las vidrieras son sus mejores instrumentos publicitarios. El culto al pan es tan importante que en los museos encontramos encantadores bolsos de tela especialmente diseñados para portar el pan fresco del día, porque los franceses salen a comprarlo cada jornada.

Pero no solo los comercios de comida invitan a entrar: la ropa, los cosméticos obviamente, los accesorios, los artículos para el hogar, las papelerías. En París se pueden gastar fortunas en una sola cuadra y no solamente en las tiendas más caras (las que abundan, por otra parte).

Es difícil describir una ciudad tan rica en la que hay cabida para todos los gustos. Además, ha sido pintada, filmada y narrada por los grandes. ¿Qué decir que ya no se haya mencionado? En “la Ciudad Luz” hay historias dentro de la Historia, bellezas en las Bellas Artes, hay vida, seducción y hasta lujuria, pues la pasión se palpa en la calle.

Día 3. Versailles es la materialización de la simetría, además de los excesos. Al llegar, una gran estatua de Luis XIV ofrece la bienvenida y el palacio, jardines, bosques y los aposentos de María Antonieta no defraudan, son coherentes con esa grandilocuente bienvenida. La belleza de Versailles radica en el concepto del reflejo que tiene su clímax en la gran sala de los espejos. La opulencia está a la orden en todo momento y da cuenta de las razones de la sublevación. La visita es fantástica por el valor histórico y la magnitud de los jardines.
En la tarde, para continuar con la representación de la grandeza, fuimos al Arco de Triunfo que desde su fantástica construcción evidencia el concepto de la República y sus mártires. El arco es grandioso y, al igual que otros monumentos, también domina la escena.

Día 4: jueves de cultura y más asombros. Comenzamos por el obelisco: en la plaza más importante de París se encuentra un recuerdo/regalo del templo de Luxor, un hijo de la cantera de Assuan donde “nacen” los obeliscos que adornan el mundo. A través del Jardín de las Tullerías llegamos al Louvre. Fuimos en busca de lo más significativo, lo encontramos y apreciamos: la Venus de Milo, la Victoria de la Samotracia (que invita a volar), la Gioconda que cautiva, y varias esculturas de Miguel Ángel. Encontramos mucha gente que peleaba por una foto en lugar de mirar, pero aún así lo logramos, pues nosotros también peleamos. El edificio es espléndido, vale una visita propia para admirar una obra tan clásica con esas pirámides de cristal incrustadas como joyas.

Después caminamos a la isla de la cité en busca de dos obras de un gran conjunto: la Conciergerie y la Saint Chapelle. Para esta última se necesitan pulir los adjetivos puesto que sus vitrales quitan el aire. Dos descubrimientos de paso: la iglesia Sain-Germain y el mercado de las flores. Y para finalizar un día memorable, volvimos a Saint Chapelle a escuchar las Cuatro Estaciones de Vivaldi: una experiencia “sans paroles”.

En París, además de caminar, nos movimos en el metro que es rápido y eficaz. Compramos un pase de cinco días ni bien arribamos al aeropuerto. Al llegar nos costó comprender la lógica, quizás por el cansancio del viaje. En un momento miré a ambos lados y comenté con desazón “¡No puedo ser, todas las salidas van a Sortie!”. ¡Es que “sortie” es salida en francés! Nos acostumbramos cuando comprendimos que en las estaciones en las que confluyen más de una línea hay varios pisos, y a partir de ese momentos ya nos pudimos trasladar con rapidez y seguridad.

Los locatarios usan diversos medios de transporte. En la calle se ven bicis, muchas y e imponentes motos y casi no hay ómnibus, salvo los turísticos que se pavonean por los lugares más concurridos. Grandes y chicos usan monopatines y mucha gente corre y no solo a orillas del Sena o por los jardines.

En París encontramos una ciudad limpia, pero no atildada. Se nota el movimiento de miles y el aire bohemio, pues hay grafitis, por ejemplo.

Día 5. El viernes fue de intensas impresiones visuales. Comenzamos desde el arco de La Défense, la zona más moderna de París. El Gran Arco, de líneas muy rectas, mira al Arco de Triunfo y continúa la experiencia parisina en otra perspectiva, la de los negocios. Desde allí nos fuimos a la iglesia de la Madelaine. En la plaza de la Concordia está este edificio neoclásico: afuera es un templo griego y adentro un recinto católico que ofrece una fantástica escultura de María Magadalena.

Frente está Fouchon, una tienda gourmet que es casi un joyería, por la que pasamos y no perdimos oportunidad de comprar té y café. Llegamos un rato más tarde a la plaza de la Vendome entre comercios muy glamorosos. L’Orangerie y d’Orsay fueron los museos del día que lograron en nosotros vivencias de los más reconocidos impresionistas franceses: obras para el recuerdo, obras de dos museos que integran nuestra lista de imperdibles.
Sin buscarlo, nos sorprendió la iglesia Saint-Roche y para terminar el recorrido del día, hicimos un almuerzo tardío en el área gourmet de las Galerías Lafayette pues habíamos encontrado uno de nuestros lugares favoritos: Pret A Manger. De noche, fuimos a la Ópera Bastilla (un imponente edificio de líneas modernas) a ver Aída. La larguísima ovación final fue electrizante y dio cuenta de un espectáculo de primer nivel internacional.

En París, un descuido equivale a perderse algo y la recompensa es girar la mirada para otro lado y dejarse sorprender. Una plaza, un monumento, un edificio que empequeñece y engrandece al que lo mira… porque la experiencia ante la belleza es de puro contraste. La ciudad —que pareciera que es levemente descuidada en su apariencia, como muy natural— invita al mejor de los trabajos: ser turista de jornada completa. Esta esa una tarea física y emocionalmente agotadora porque la cultura en general se instala, ocupa lugar en el alma y se encarga de elaborar nuevos significados interiores. París invita a pasear, pensar y resignificar.

Días 5 y 6. Los últimos dos días de París fueron también intensos y de muchos kilómetros. Continuaron las sorpresas, pues la “ciudad luz” no se cansa de ofrecer postales de diversas épocas, algunas muy ancestrales. Destaco el Cementerio de Montparnasse (en el que buscamos a Cortázar y, como en sus cuentos, nos fue esquivo y nos fuimos sin rendirle tributo), los Jardines de Luxemburgo (la plaza más linda de París, tan cosmopolita y tan simétrica), el Panteón que deja sin aliento y la Sorbonne que es tan femenina, la tumba de Napoleón por lo pomposa en un edificio clásico, enorme y bello. También el petit Palace y los jardines del Palacio Real.

Cada día, encontramos turistas por todas partes e inmigrantes trabajando en tiendas, cafés, museos. En París dan ganas de caminar, mirar, “vitrinear”. Las tiendas y cafés están esperando a los turistas para ofrecerles recuerdos que luego son hilos que retrotraen a la experiencia vivida. Los cafés, tés, almuerzos y cenas son pausas de intenso sabor que despiertan el placer del gusto. En la “ciudad luz” se come rico y las tentaciones se muestran y se exponen sin esconderse en mesas y vidrieras. La gula, como otros tantos placeres/pecados está al acecho. Los fantasmas más oscuros del ser humano rondan cada esquina y se codean con lo más hermoso: la pintura, la arquitectura y el arte en general. Es un vínculo de lujuria en el marco de un país que encarna grandes momentos de la historia universal y en particular la Ilustración se siente en el aire.

París no siempre suena orquestadamente, su tránsito es desordenado con muchas bocinas, aunque no tantas como en Montevideo o Buenos Aires. Se escucha la sirena policial permanentemente, ese sonido tan característico del cine europeo. Hay ruido a turistas y en especial al permanente clic de las cámaras. El ruido de París no es ensordecedor porque los espacios son amplios, también los internos (salvo el metro), aunque en ciertos lugares, como en el Louvre, se añora un ambiente más propicio y menos bullicioso.

Hay otros aspectos que desentonan en el gran concierto parisino: la enorme cantidad de turistas, especialmente en los lugares emblemáticos, como en el Louvre. Algunos característicamente llegan en hordas, lo invaden todo y pelean por una foto. Portan insoportables palos de selfies y por una foto se olvidan de todo marco de educabilidad, no se preocupan por admirar, solo por figurar en su propia postal.

También es molesto el cigarrillo que deja rastros de olor y colillas. Es inaudita la cantidad de gente que fuma y el hábito no discrimina género ni edad. Está muy de moda el cigarro electrónico que, por otra parte, parece ser igual de nocivo. En síntesis, mucha veces terminamos almorzando o cenando adentro, en lugar de disfrutar de lindos espacios al aire libre, para no contaminarnos con el humo denso que parece que siempre busca a quienes lo detestan.

En síntesis, resumir París me resulta imposible. Viajé predispuesta a maravillarme y la ciudad no me defraudó. En varias ocasiones me han preguntado si la considero la más linda del mundo y no puedo responder, aunque sí considero que tiene todo lo necesario para serlo: es bella, intensa, con amplios jardines y plazas, es baja (para admirar el cielo y reconocer sus íconos) y con las referencias históricas de una cultura que nos permite reconocer un pasado glorioso.

 

Córcega es sinónimo de intensidad natural

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Mientras tomábamos algo en uno de los lugares más lindos de Corte (una primorosa cafetería y “patissiere”), leía a Martín Caparrós (Lacrónica, editorial Planeta). La belleza del lugar, los tés y accesorios, las delicias de sus vitrinas contrastaban con la angustia que me produjo el texto introductorio del libro. Una vez más, fui consciente de que no dominaría la técnica y que las imágenes interiores, esas ideas que pugnan por salir, no lograrían materializarse en palabras. En síntesis, las experiencias del viaje quedarán en un intento hogareño de crónica pobre como dice Leila Guerriero…

Córcega es en naturaleza tan bella como París como ciudad. El esplendor natural lo cubre todo, hay trescientos sesenta grados para ver montañas, bosques, playa, cielo y comenzar de vuelta: montañas, bosques, playa y cielo. Está lleno de poblados, algunos linderos, otros a escasos kilómetros. Son todos bellos, con flores, con pequeñas ventanas en construcciones angostas y altas. Cada uno tiene, al menos, una iglesia particularmente adornada y recargada, sin las notas góticas de las de París y con profundo olor a moho.
Entre tantos recursos naturales, se respira cierto aire de emancipación. Los carteles de la vía pública están escritos en francés y en corso y en varios lugares encontramos grafiteados los primeros. Es que Córcega ha sido históricamente una isla ocupada y dominada.

A Córcega se la conoce como la “isla de la belleza”, pero el nombre no le hace honor porque es mucho más que bella. Para describirla, necesitaría cientos de adjetivos y ya se sabe que no es de estilo usar más de tres. Elijo dos: sorprendente y avasalladora. Porque la naturaleza es profunda y agreste, como si se metiera desde los ojos a la panza; impacta y da vértigo, aprieta donde anida el sentimiento del abismo. Hay que imaginarse una isla en el medio del Mediterráneo (que es muy azul y tranquilo) con varias cadenas montañosas altas (altas de verdad) que se entrecruzan. Y muchos pueblos, todos lindos, dispersos entre los bosques y las alturas.

Bastia y Nonza, Solenzara, Zonza y Porto Vecchio, la Cascada de Radule, Porto y Piana y la capital Ajaccio son algunas de tantas atracciones para conocer la isla y apreciar sus contrastes. En Córcega, los recorridos, que no son largos pero son lentos por lo sorpenteante de los caminos, los hicimos en auto. Para manejar, es necesario contar con seguridad y arrojo, además de pericia puesto que muchas veces el precicipio está al costado del camino y en otras ocasiones, además de vehículos, pueden encontrarse chanchos jabalíes, cabras o vacas.

Corte fue nuestra ciudad “base”. Su privilegiado lugar, en el corazón de la isla, nos permitió movernos con facilidad al contar con gps, obviamente. Dos días antes del desafío deportivo que nos llevó a Córcega procuramos bajar el ritmo y aprovechamos para conocer Corte: la ciudadadela, el museo, la iglesia, el belvedere (mirador), además de recorrer sus calles. Las del barrio histórico tienen adoquines y muchas escaleras porque en Corte se ejercitan las piernas constantemente. La ciudadela fue construida en 1420 y se encuentra en excelente estado. Impacta saber que cuando Colón llegó a América, por esos lugares ya tenían edificaciones de ese porte y desarrollo (con un espacio destinado a las letrinas, por ejemplo). El museo es antropológico y muestra diversos aspectos de la región y la ciudad, y la iglesia es pequeña y barroca. Hay turistas por todas partes, se escucha mayormente el francés, pero el inglés es la lengua de comunicación de quienes no dominamos el galo.
En julio hizo calor, aunque no fue sofocante; dicen que agosto es terrible y el invierno es muy duro. El clima de la isla es propicio para que las flores muestren intensos colores. El cielo es muy azul y de noche impresionantemente oscuro. De día hay golondrinas que van y vienen todo el tiempo, vuelan como “enajenadas”.

El sábado, casi al final del viaje, fue mi gran día de trekking en el circuito corto de la Restonica Trail, la actividad deportiva más famosa de la isla. De mañana bien temprano, salimos más de 300 participantes, muchos de ellos buscando su mejor tiempo; yo me lo tomé de otra manera, pues sabía de las dificultades del terreno. Pensé que los 33 k me demandarían entre 6 y 7 horas, pero finalmente fueron 10:30 de caminata continua entre salvajes montañas y árboles que parecía que tocaban el cielo y más aún. Fui siempre al final y en el kilómetro 18 me alcanzó el “corredor escoba” que recoge las señalizaciones. Se quedó siempre atrás y yo seguí con determinación. El recorrido fue inconmensurablemente más difícil de lo que imaginé y durante la mayor parte me fue imposible correr por falta de técnica, por miedo y porque había partes que eran para caminar. La llegada, sobre la calle principal del pueblo y entre los restaurantes y cafés llenos de gente aplaudiendo, fue emocionante: con los bastones y la mochila con la bandera de Uruguay en alto.

El ambiente de carrera fue estupendo, jovial y contagiante. Días antes la ciudad se aprontaba para el gran momento. La carrera se palpitaba en el aire y se escuchaba en las conversaciones. Había numerosos corredores, menú Restónica en los restaurantes y bares y emoción en los rostros de los organizadores, en los deportistas y sus familiares. Era difícil vivir al margen, la carrera se palpitaba casi con la misma devoción que la Ultra Trail du Mont Blanc de Chammonix.

En suma y para finalizar el viaje a la isla en la que nació Napoleón, puedo agregar que Córcega suena pausadamente, como una sinfonía de campo. Si bien hay muchos autos en las ciudades puesto que es el medio de transporte por excelencia, no hay bocinas porque hay tolerancia y tiempo (y si no lo hay, igualmente se respeta la forma lentamente particular de moverse en la isla). En las ciudades, se escuchan conversaciones por aquí y por allá. En la costa, se escucha el mar casi sin olas y las alas de las golondrinas que vuelan todo el tiempo. En las montañas reina el silencio adornado levemente por algunos pájaros, una cascada, unos pasos.

En Córcega hay olores ricos por todas partes: a mar, pinos, diversas hierbas y matas y en las ciudades predomina el rastro de la comida (queso, pan, oliva, tomate). La isla huele bien; la isla abraza con intensa naturaleza, pero lo hace con la calidad humana de los corsos, y lo hace tan bien que invita a volver.

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Washington es elegante y Nueva York despampanante

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El viaje a Washington y Nueva York estaba programado desde hacía varios meses, pero en la previa pude hacerme cargo solo de la lista (un par de días antes) puesto que mi tiempo giraba en torno a la finalización de la tesis de maestría. Entre la revisión final del texto, el diseño de la portada y la impresión del documento llegó el gran día y, después de catorce meses de trabajo, entregué la tesis el jueves 19 de mayo y al día siguiente volamos a Washington.

El destino fue elegido en función del congreso anual de la ASNR en el que Osmar y dos colegas de la Cátedra de Neurorradiología del Hospital de Clínicas presentaban trabajos científicos para los que habían concursado en la modalidad póster. Con expectativas -pues se trataba de mi primer viaje a los EEUU-, orgullo por el desempeño académico de Osmar y tranquilidad por haber entregado mi tesis, iniciamos un viaje muy deseado pero con muy poca planificación.

Luego de la clásica escala en Miami y después de varias horas de haber dejado Montevideo, el sábado arribamos al aeropuerto Ronald Reagan de la capital de los EEUU. La entrada al país fue sencilla, mucho más de lo que estimaba. Llegamos cansados, pero con ganas de conocer y ser parte de la ciudad; por ello (y por cuestiones económicas también) decidimos tomar el metro. Y realmente fue una excelente decisión, puesto que con bastante agilidad compramos las tarjetas, las cargamos, procuramos descifrar dónde estábamos y hacia dónde íbamos. Lo logramos y llegamos a destino con facilidad, no solo por nuestra capacidad de entender esos códigos (la compra, dónde estábamos, etc.), sino porque comenzábamos a conocer una ciudad que está pensada para simplificar la experiencia turística.

El domingo iniciamos el día muy temprano corriendo a orillas del Potomac, un clásico en la representación fílmica de la capital. Varios meses antes nos habíamos anotado en una carrera de 10 millas (16 kilómetros) que nos permitió conocer la rivera del río, disfrutar de hacer deporte en un clásico de la ciudad (algo así como la rambla para Montevideo) y compartir una experiencia con locatarios y turistas.

Entre el congreso y las ganas de conocer la ciudad, comenzamos por la Library of Congress (LOC) que es un ícono para los bibliotecólogos, además de un tesoro en libros y otros recursos. Emocionada y feliz, pues soy bibliotecóloga además de licenciada en comunicación, recorrimos las salas y exposiciones del “mayor repositorio de conocimiento y creatividad del mundo” con 162 millones de ítemes. Entre libros, objetos de arte, impresiones de todo tipo, fotografías, mapas, partituras y manuscritos, pudimos observar la sala principal de lectura y conocimos la colección de libros de Thomas Jefferson.

El Thomas Jefferson Building que aloja a la LOC es un edificio espléndido con un conjunto de obras pictóricas y esculturas que dan cuenta de las ciencias, las artes, la religión, el comercio,  y de importantes valores de la cultura norteamericana. En particular, me impactaron dos de sus grandes objetos: la Biblia de Mainz (manuscrito) y la de Gutenberg (ambos son de la autoría de Mainz, Alemania, aprox. 1450).

Ese día conocimos también el Capitolio que estaba pleno de turistas y la elegante calle Georgetown de día y de noche. Entre los diversos museos, en especial los que conforman el conjunto Smithsonian (el más grande del mundo, ubicado el conocido National Mall), seleccionamos tres: el Museo de Historia Natural, el del Aire y el Espacio, y la National Gallery of Art.

Del primero, me fui con la hermosa experiencia de ver dos tesoros de la Humanidad: Lucy y una cronología de cráneos muy bien armada. El Museo en sí es impecable y las exposiciones son fantásticas.

Washington es una hermosa ciudad, es limpia, ordenada, con mucho verde y bastante baja (porque nada debe estar por arriba del Capitolio que es la síntesis de la Democracia). Es, verdaderamente, una ciudad para “turistear” con total seguridad y confianza. La Casa Blanca, muy blanca y con muchas flores, es uno de los lugares más concurrido por los turistas, especialmente los norteamericanos. Entre un mar de gente, procuramos tomarnos unas fotos en uno de los lugares en donde “se corta el bacalao”.

En una de las mañanas, bastante temprano porque ya hacía calor, corrí por el National Zoo que también forma parte del grupo de museos Smithsonian. Sus huéspedes dormían en enormes recintos bien cuidados, como todo el parque que estaba inmaculado. En particular, me llamaron la atención las estrategias didácticas orientadas a grandes y chicos, en especial las vinculadas a la preservación de los elefantes.

En la National Gallery of Art quedamos atrapados por la belleza clásica del edificio y sus jardines interiores, además de las impactantes obras. En especial, nos conmovimos ante la estupenda colección de los impresionistas franceses.

La capital de los EEUU es una ciudad con garbo, con múltiples tonos verde y preponderantemente blanca. Tiene de todo: es moderna, cuenta con edificios históricos que son importantes íconos de la democracia norteamericana y también es cosmopolita.

El transporte
En Washington el transporte fluye rápida y civilizadamente, tanto que casi no se escuchan bocinas. En un par de ocasiones tomamos taxis (grandes, sin mampara y limpios) que encontramos un poco caros, como en Montevideo. Los desplazamientos los hicimos a pie y en metro que es amigable, comprensible, rápido, aunque algo caro. Los trenes están limpios y bien cuidados y las estaciones son amplias y con escaleras mecánicas bien profundas porque pareciese que ese pulpo se mueve casi en el centro de la tierra.

Además del metro y del taxi, hicimos un paseo en bici en el que recorrimos muchos kilómetros de la ciudad, tanto que nos fuimos a uno de los Estados linderos. Lo hicimos a través de las bien señalizadas bicisendas que permiten largos y rápidos desplazamientos. Durante el trayecto nos cruzamos con muchos ciclistas.

La gastronomía
En la ciudad abunda la oferta de cafés, restaurantes y las opciones varían entre la comida rápida y los elegantes lugares ubicados en la zona de Georgetown. También hay fruta, bebida, sándwiches y comida preparada en los supermercados, así que hay de todo y se puede comer saludablemente sin tener que caer en la comida chatarra.

El hospedaje
Para Washington elegimos un ático muy bien cuidado en la zona de Columbia Heights, lejos del centro pero de fácil acceso a a través del metro. Quedamos conformes con el hospedaje (que conseguimos por Aibnb) y con el barrio también.

 

Segunda parte del viaje: la gran manzana

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El jueves al mediodía dejamos Washington con su elegancia y urbanidad para volar a Nueva York. Llegamos al aeropuerto La Guardia, nos tomamos un bus primero y el metro después, y debimos lidiar con pesadas valijas e incómodas escaleras, además del ritmo desenfrenado de la ciudad.

En el metro, a escasa horas de haber llegado, la ciudad comenzó a “comerme” y al salir, a las dos cuadras, me había fagocitado por completo. Hordas de neoyorkinos y turistas se desplazan, hay bocinas, bicicletas, un tránsito feroz y el ruido de la construcción como permanente telón de fondo. En las esquinas, para mirar los edificios hay que doblar la cabeza que casi queda paralela al piso. La ciudad vive a 220 voltios.

El tránsito en Nueva York no fluye, aunque la ciudad vive excitada. Y no transpira, sino que suda. Suda mundo y diferentes culturas, suda tecnología y adrenalina, y a pesar de los miles que transitan cada metro cuadrado de sus veredas y calles, no hay suciedad vieja, sino rastros del paso de la muchudeumbre. En las primeras horas de vivir Nueva York tuve la sensación de que crecería porque caminaba mirando hacia arriba, es que NY es una ciudad elongada…

El primer paseo fue a la Quinta Avenida que es mucho más de lo que imaginaba, nada le hace justicia: ni el cine, las series, los libros. Las vidrieras son puestas en escena que generan altos niveles de tentación y los edificios son exuberantes. Desde la entrada al famoso Hotel Plaza, la icónica Apple Store, la Trump Tower y el Rockefeller Center llegamos a otro gran reservorio del saber: la biblioteca pública de Nueva York.

Al día siguiente nuestro recorrido comenzó con St. Paul’s Chapel primero y el Memorial del 11 S después. Ambos son lugares sobrecogedores. No pensé que me iba a emocionar de esa manera; sentí próximo aquel momento que una y mil veces vi por TV. Sentí la vida y la muerte en un mismo lugar. Tuve una profunda sensación de vacío, pues esas dos enormes piscinas-fuente que ocupan el lugar de las antiguas torres se llevan todo a un punto que no sabemos cuál es: ¿el lugar más allá de la muerte?, ¿la mente de quienes llevaron a cabo el ataque? Por otra parte, hay vida en los árboles jóvenes que rodean el lugar, hay vida y bullicio en las miles de personas que se acercan minuto a minuto a conocer el “kilómetro cero”. Hay contraste entre esas vidas y las placas frías de acero que muestran los nombres de los que murieron.

En la tarde fue el turno del Museum of Modern Art (MOMA) y de otra manera volví a emocionarme con el edificio primero y sus fantásticas obras, fundamentalmente las de la primera parte del siglo XX.

Nueva York, con su desparpajo, continuó atrapándome minuto a minuto, cuadra a cuadra. Es una ciudad atrevida, prepotente y que brilla por mostrar todo, sin esconder nada. De día y de noche el mundo entero se materializa en diferentes lenguas, diferentes códigos de vestimenta, en el arte, en el tránsito, en las fotos de miles de turistas que sonríen impactados.

Una de las noches, en el Lincoln Center tuvimos el privilegio de ver Sueño de una noche de verano del New York City Ballet: un espectáculo delicioso en un edificio impresionante. Para la otra, elegimos una obra de Le Cirque Du Soleil especialmente creada para Broadway en la que la famosa compañía canadiense ofrece una obra que conjuga un musical y vertiginosa acrobacia: Paramour. Inolvidable.

Times Square después de la caída del sol, los puentes de Brooklyn y de Manhattan en bici, contemplar la ciudad desde Dumbo, una fugaz pasada por Chinatown y Chelsea Market, y el fantástico Metropolitan Museum (MET) fueron la elección de otro largo e intenso día. Vivimos un día más al ritmo de esa gran ciudad con un flash de colores, olores, texturas y cultura en una metrópoli que resume experiencias, que conjuga diversidad y habilita todo.

El MET requiere, como todo gran museo, días para explorar. En viajes cortos, como este, la visita a un museo de esta naturaleza se reduce a algunas horas y el impacto que determinadas obras puedan generar define la vivencia. Entre otros, debo mencionar la espléndida colección de Degás y en especial sus bailarinas, varios Monet, Manet y el autorretrato de Van Gogh. Aunque esta escueta mención no da cuenta de la riqueza incalculable del MET que finalizó con la visita a su tentadora tienda.

Despedimos Nueva York con una larga corrida por el Central Park que nos esperaba con toda su gama de verdes, con mucha gente, limpio y prolijo, muy bien cuidado, seguro y sin rastros de residuos de animales (algo tan característico de los parques uruguayos). Nos cruzamos con cientos o quizás miles de personas, cada uno en lo suyo, sin molestar, es que el sentido de urbanidad y el buen trato están muy arraigados. El parque parece alejado de la ciudad, se siente el canto de los pájaros y se disfruta del viento en la cara porque, sorprendentemente, Nueva York es una ciudad que, con aire, quita el aire.

La catedral de St. Patrick’s (en la que sonaba su enorme órgano pues había finalizado el servicio del domingo) y una fugaz visita a la sucursal de la librería Barnes & Nobles de la Quinta Avenida coronaron nuestro primer vínculo con NY. Quiero creer que este rápido contacto con la ciudad fue una muestra de lo que volveré a ver con más tiempo en una futura ocasión.

Durante el viaje me sentí una ameba permeable a todo. Después de visitar ciudades de ese porte, conocer obras de arte clásicas y modernas, sentir el ritmo de las grandes avenidas del comercio, de la política y del espectáculo nada puede ser igual. Entonces, después de un viaje así, el compromiso debe ser el de resignificar.

 

El transporte
Ya mencioné el ritmo del tránsito y nuestra primera experiencia en el metro lidiando con pesadas valijas. En Nueva York básicamente nos movimos a pie y por metro, e hicimos un paseo en bici que fue muy seguro por bicisendas y calle que nos permitió llegar hasta Brooklyn. Las calles de la ciudad están bien identificadas y su conocido sistema de numeración facilita ubicarse y medir distancias.

El metro es rápido, bastante económico y eficaz, aunque no pude entender la lógica del sistema (me pareció un caos). Las estaciones son viejas, muy ajetreadas y limpias. Hay trenes nuevos y viejos, todos bien cuidados y con refrigeración. La gente se comporta amablemente y con mucho respeto entre sí.

No tomamos taxis y me quedé con la percepción de que en la zona turística los autos se mueven lentamente. Para el traslado al aeropuerto elegimos Uber a través de su práctica aplicación. El auto llegó en pocos minutos, el conductor se ocupó de nuestro equipaje y nos dejó en la salida de nuestro avión en el tumultuoso aeropuerto JFK.

 

La gastronomía
En NY, que es una de las capitales del mundo, hay ofertas de todo tipo, hay cadenas de comida rápida, de comida lenta (que está muy de moda), de bebidas calientes, de jugos fríos, de las más diversas ensaladas y un larguísimo etcétera. La variedad de sabores es infinita y también la de precios. En NY se puede comer muy bien, pues hay grandes supermercados, pequeñas tiendas y los llamativos food trucks, además de elegantes restaurantes. Solo hay que tomarle el pulso a la ciudad, leer la carta, conocer algo del idioma y preguntar para disfrutar de sabores locales y de comida de todo el mundo, en especial la versión yanqui de la cocina italiana (que es riquísima).

 

El hospedaje
Para los tres días neoyorkinos elegimos hospedarnos en un monoambiente en la 9 y la 56, muy cerca de la estación Columbus Circle en una de las esquinas del Central Park en el barrio Hell’s Kitchen (donde está el bar de Luke, el “noviete” de Jessica Jones). La locación nos resultó cómoda y también el hospedaje que habíamos elegido a través de Airbnb.

 

Lic. Gabriela Cabrera Castromán

Manzini: otro italiano que “se las trae”


Hace mucho tiempo que leo novela negra casi exclusivamente. Recuerdo que en una novela, que no era policial, una de las protagonistas confesaba que el género es tan atrapante que una vez que se conoce, ya no hay otra literatura posible. Y creo que fue lo que me sucedió, puesto que solo el suspenso bien contado con sus típicos ingredientes logra captar mi atención.

Comencé con los nórdicos que son verdaderamente sangrientos. Después de “devorar” casi todos los libros de Mankell y de otros escritores de la zona, me saturó la sangre y descubrí la línea europea menos truculenta. Llegó el momento de Camilleri, Márkaris, Giménez Bartlet. También pasé por los norteamericanos y después llegó un largo período de tesis con quince meses de estudio que me alejó del consumo literario. Ahora volví y a través de Pista negra (Salamandra) conocí a Manzini, otro italiano que “se las trae”.
Manzini maneja la descripción con maestría y recrea detalladamente para que el lector se sitúe en escena. Su prosa es ligera, entretenida y con diálogos certeros. Con un excelente manejo de la acción, narra las peripecias del investigador Rocco Schiavone. 
El subjefe de policía Schiavone, un cuarentón interesante, es por momentos insoportable. Su vida es la de un perdedor y también la de un hombre que intenta superar la mediocridad de un entorno sórdido (el de la policía italiana, burocrática y estancada, y también el de su propia existencia). Rocco S. demuestra astucia como investigador, pero poca lucidez como ser humano. Al igual que el entrañable Salvo de Camilleri, le gustan las mujeres y la buena mesa, y se lleva muy mal con el papeleo y las autoridades.
En Pista negra, Schiavone se enfrenta a un cadáver que apareció en una pista de esquí en el valle de Aosta. Entre la visita de un amigo para una gestión algo turbia, una relación amorosa paralela a su vida matrimonial y un mal vínculo con varios de los integrantes de la comisaría, el inspector Schiavone hace gala de lo que sabe hacer: interpretar y desentrañar.
Comencé a leer la novela en un largo viaje de avión y debí medirme para no terminar el libro de un tirón, no porque no lo valiera, sino porque quería hacerlo rendir un poco más. Manzini ha publicado varias novelas de la saga, así que tengo “combustible policial” para rato. Pista negra es un libro muy recomendable para los amantes del género y para los que todavía no lo son, recuerden que ya confesé que la novela policial es adictiva y “quien avisa no traiciona”.

Tras las huellas de los incas: ascenso al Plomo

Preámbulo. Las vacaciones de enero 2016 debían ser cortas, pues estaba en mis planes avanzar en la tesis con la que finalizaría mi maestría. Luego de la rica experiencia vivida en el viaje a Chile-Bolivia, decidimos descansar en la montaña. Contactamos a Hans, de Spondylus-Chile, para que nos planificara una expedición en función de los días previstos, nuestros intereses y condición física. Surgió así una travesía al cerro El Plomo (Santiago de Chile, Andes Centrales), lugar donde habíamos estado años antes durante un fin de semana.

El Plomo es una montaña ubicada en la Región Metropolitana de la capital chilena. Tiene una altitud de 5424 metros sobre el nivel del mar (msnm); es el punto más alto visible desde Santiago de Chile y fue una montaña sagrada para los incas quienes realizaron la ofrenda más especial de su cultura: un niño.

Fin de año es siempre agitado por su naturaleza y porque es el cierre de un ciclo en mi trabajo (una institución educativa). Entre despedidas, algunos cumpleaños, entrega del avance de la tesis y cierre profesional se fue anudando un año intenso. Sin realizar cuentas de lo que no pudimos concretar, como es nuestra costumbre, y con fuertes compromisos para el año siguiente, llegó el fin de 2015.

Viajamos a Chile el 1º de enero; dejamos una Montevideo dormida y nos recibió Santiago con algo de calor. El ajetreo continuó de alguna manera, entre compras necesarias para la expedición a la montaña y un ansiado cumpleaños. La noche del sábado, previa al inicio de la travesía, fue de poco sueño y mucha ansiedad.

Día 1. Domingo. A las 9 AM nos pasó a buscar Hans, teníamos todo nuestro equipamiento pronto: dos grandes mochilas, los bastones de trekking y dos mochilas chiquitas para portar lo necesario durante las caminatas.

Luego de los saludos y con la alegría de volver a vernos por tercera vez (El techo de Chile / Chile y Bolivia) comenzamos, en camioneta, el viaje hasta Valle Nevado. Entre curvas y curvas, llegamos a nuestro destino. Nos esperaba Patricio, el arriero, con sus cuatro mulas. Patricio comenzó a cargar a Rosalindo, con pericia y experiencia armaba nudos, sopesaba la carga, la balanceaba y sujetaba. Cada mula puede transportar hasta 60 k. Nuestro equipamiento incluía las mochilas (las nuestras y la de Hans), las carpas, grandes cajas azules donde Hans almacena alimentos, enseres y mesa de cocina, la cocinilla, la garrafa, mesas y sillas para la estadía en la carpa comedor.

Mientras el arriero acomodaba la carga, comenzamos a caminar. Valle Nevado está a 3025 msnm; tranquilos, sin prisa y con convicción avanzamos paso a paso. Salimos un rato después del mediodía y cerca de las 3:30 PM llegamos al valle que nos hospedaría durante dos noches.

Me sentí pesada, hinchada, cada paso me costaba mucho, las manos daban cuenta también de la altura que habíamos ganado desde la mañana (Santiago de Chile está ubicada a 800 msnm). En Piedra Numerada, nuestro primer destino, armamos el campamento: la gran carpa cocina-comedor, nuestra carpa y la de Hans. Nos ubicamos sobre el costado de un hilo de agua que nace unos kilómetros más arriba y que da origen al río Mapocho que recorre gran parte de la ciudad de Santiago.

Al atardecer, entre las montañas nos sorprendió un intenso juego de luces. El efecto era teatral, la cúspide de las alta cadena montañosa se tiñó de diversos colores entre anaranjados y rojos. La luminosidad finalizó en minutos, pues la obra fue solo para quienes estaban atentos a la magia que la naturaleza ofrecía… Finalizaba así un primer día de contrastes y nos encontrábamos cansados, prontos para dormir.

 

Día 2. Lunes. El desayuno es el momento del día que más me gusta en este tipo de viajes. Nos levantamos temprano (la vida en el campamento se desarrolla en función de las horas de luz) para tomar un café y comer tostadas con dulce y queso. Aprontamos un equipamiento ligero (agua, ración de marcha, protector labial, filtro solar) y salimos a hacer una caminata de aclimatación.

Fue un trekking duro, pero ya nos sentíamos algo mejor que el día anterior. Las montañas nos esperaban con los más diversos terrenos, a veces con senderos relativamente sencillos y otros complejos donde nos costaba avanzar. En esas superficies las botas se entierran, además falta el aire, el cansancio se apropia del cuerpo y de la mente, no se ve la cima del día… hay que avanzar a pesar de todo.

Llegamos, finalmente, a la cumbre estipulada y quedamos muy satisfechos cuando Hans nos comentó que no esperaban llegar tan alto (4070 msnm). Comenzamos el descenso que por suerte no fue tan tortuoso para mi vértigo. Debimos, como en la subida, descender varios kilómetros para poder bordear el cruce de agua sin mojarnos. Durante la caminata nevó varias veces, aunque fueron copos minúsculos que no impidieron nuestra marcha.

Luego de una cena reparadora, nos fuimos a dormir pues al día siguiente debíamos levantar campamento. Hans nos leyó la historia del niño del Plomo. Conversamos al respecto, reflexionamos sobre el gran imperio inca y la concepción de la vida y la muerte. Un dejo de tristeza se instaló en mí, sin lugar a dudas la incapacidad para comprender las ofrendas humanas.

 

Día 3. Martes. A las 7:30 AM comenzó nuestro día. Desayunamos y levantamos todo el equipo. Pronto llegó el arriero, nosotros comenzamos a caminar y él se encargó de cargar las mulas.

La primera parada fue en la cascada que origina el cruce de agua que se transforma en el río Mapocho. La cascada, como todos los elementos naturales, era un símbolo muy importante en las celebraciones incaicas que se realizaron en la zona. Nos detuvimos sobre una plataforma construida en las peregrinaciones hacia la cima y apreciamos otras construcciones. La proximidad con la historia fue cercana.

Continuamos con la ilusión, el espíritu y el ambiente de un nuevo camino incaico, recordamos de alguna manera el realizado hace unos años (La magia del reino del Tahuantisuyo). El imperio Inca fue enorme y se extendió bien al sur de América, incluso mucho más abajo que Santiago de Chile. No deja de asombrarme la fuerza espiritual de los incas que pudieron extender sus redes a pesar del poderío de la naturaleza que parece no dar tregua con el frío, el viento, la altura, las inmensas distancias.

A Federación, nuestro segundo paraje,  llegamos luego de una caminata que no nos demandó demasiado esfuerzo, aunque las pantorrillas acusaban la gran cantidad de subidas realizadas. A 4135 msnm armamos el campamento. Patricio ya nos había dejado la carga; el trabajo nos cansó y decidimos dormir un rato, comenzó a nevar y a soplar un fuerte viento. Tuve un atisbo de preocupación.

En el lugar había otras carpas que, al igual que nosotros, debieron reforzar su seguridad con más cuerdas. Eolo soplaba con determinación.

Día 4. Miércoles. Desayunamos a las 8 AM y al finalizar comenzamos la caminata de aclimatación del día. Para el ascenso planificado usamos las botas de montaña que son incómodas, pero abrigadas y muy seguras. El tiempo fue bueno, a pesar de una noche con viento y nieve que nos había dejado poco sueño.

Caminamos casi cinco horas, un total de cinco kilómetros y 300 metros desde 4135 a 4840 msnm. Por momentos el cansancio fue agotador, pero increíblemente el cuerpo se recupera en minutos de descanso para permitir la marcha una vez más.

La vista en la altura es increíble. La nieve caída en los últimos días había generado un manto blanco e impecable, salvo en los senderos en los que se ve la huella de los caminantes.

El silencio era profundo y devastador por momentos. Las reservas de energía del cuerpo parecen evaporarse paso a paso, pero se recargan inexplicablemente. Las montañas dominaban la escena. El sol nos fue esquivo una vez más y el viento, por suerte también.

El descenso fue estresante por momentos (tengo vértigo); me pregunté qué hacía en ese lugar y por qué intentaba una vez más vencer mis miedos en la acción. La respuesta, como en los grandes desafíos deportivos, me esperaba al finalizar el recorrido.

En la tarde descansamos, probamos los crampones que usaríamos el día siguiente al intentar cumbre. Tenía mis serias dudas acerca del éxito de lo que nos esperaba: ocho horas de caminata hasta la cumbre más el regreso.

Ese día y en función del estado del tiempo, Hans decidió que intentaríamos cumbre el jueves (a pesar de que también podríamos hacerlo el viernes pues contábamos con un día de seguridad). Saldríamos con la esperanza de una buena sintonía con la Pacha Mama, pero con la información meteorológica que preveía vientos y nieve en la tarde. Esos factores podrían significar un eminente regreso sin hacer cumbre.

La experiencia de Hans y su mesura me daban tranquilidad. Aún así, sentía la angustia previa a las “grandes gestas”. La montaña, mi cuerpo y mi cabeza decidirían cuánto podría avanzar el día después.

Cenamos muy temprano, comimos pasta con salsa, limpiamos todo, aprontamos las raciones de marcha y nos fuimos a descansar. Mi pie izquierdo (el metatarso) que está resentido desde hace unos meses acusaba el ajetreo del día y estaba especialmente dolido por las botas que son rígidas.

Me dormí con la convicción de que al día siguiente diría que no iba a intentar cumbre: muchos factores me indicaban que no estaba en condiciones de hacerlo.

 

Día 5. Jueves. ¡Lo logramos! Comienzo por el final, como en la gran obra de Gabo —la que más me gusta— Crónica de una muerte anunciada. Lo hago por la vital sensación totalizante de logro que todo lo invadió.

Salimos 3:30 AM, aunque debimos levantarnos una hora antes. Desperté con la convicción de intentarlo y, a pesar de que el pie me molestaba, solo quería salir y comenzar a caminar. El cielo estaba bordado de estrellas y no había viento, la noche era espléndida. Caminamos con nuestras luces frontales prendidas por el mismo sendero que transitamos el día anterior. Estábamos muy abrigados, no teníamos frío, solo ganas.

Cruzamos el refugio Agostini, descansamos y continuamos. Pasamos por el punto al que habíamos llegado el día anterior 30 minutos antes incluso. En un momento Hans nos comentó que “teníamos chances” —por el desempeño que era el esperado y por las condiciones del estado del tiempo—. Decidimos seguir hasta que las chances se agotaran.

Por momentos el cansancio se apoderaba de nuestro cuerpo, el ascenso no daba tregua. Llegamos a una pirca incaica, lugar sagrado en el que acondicionaron al niño ofrecido a los dioses antes de conducirlo a su morada final en la altura de El Plomo. Estábamos exhaustos, varias veces creí que no lo lograríamos.

Metros después de la pirca comienza el cruce del glaciar, nos pusimos los crampones (entre el cansancio y el frío, Hans realizó la tarea por nosotros) y continuamos. Supimos que todavía faltaba una hora y 30 minutos de marcha y decidimos continuar, más por voluntad que por fuerza.

El terreno seguía en ascenso, en ocasiones el sendero se volvía casi imposible y debíamos descansar. Conté 140 pasos y tuvimos que detenernos para tomar aire, usé el sistema como medida un par de veces más.

Divisamos una altura, pero se trataba de la falsa cumbre, la que se ve desde Santiago. Seguimos unos metros más que fueron casi un suplicio, pero la meta estaba cerca, muy cerca… Y pronto vimos a Hans con un mástil en alto con la bandera chilena. Lloramos, sin lugar a dudas. Disfrutamos del momento, pues casi no había viento y se asomó el sol. El panorama de los Andes es sobrecogedor. Nos tomamos fotos, nos abrazamos y volvimos a llorar.

Comenzamos el descenso, hacía siete horas que habíamos salido; pensábamos hacer cumbre en ocho, así que tan mal no estábamos. Desandamos el camino con las mismas paradas para descansar. En el refugio Agostini encontramos una pareja que se sumó al descenso, bajamos charlando, el tiempo se escurría fácilmente. El cielo se enrareció y espesas nubes cubrieron el entorno. Aún así fue increíblemente bonito, tan gris, tan sórdido.

Llegamos al campamento a las once horas de haber iniciado la travesía del día. Recorrimos once kilómetros y 50 metros desde los 4135 msnm hasta la cumbre de El Plomo a los 5400 msnm. Satisfechos, así nos sentimos al llegar. No me creía capaz de hacerlo, pero lo logré. Cuando arribamos al campamento solo pensaba en descansar, estaba marchita. Hans ya tenía planes para el día siguiente, aunque yo solo pensaba en recostarme.

Ese día también cenamos temprano (un delicioso guiso de lentejas) y nos fuimos a descansar y leer.

 

Día 6. Viernes. Dormimos bien, pero de a ratos porque había mucho viento. Soplaba en ráfagas intensas que parecían arrancar la carpa con nosotros adentro. Salió el sol por primera vez desde que llegamos, se veía un cielo azul y limpio, pero el viento generaba un ambiente inhóspito. Entre ráfaga y ráfaga el silencio generaba expectativas de calma y minutos después desde lejos se comenzaba a escuchar un zumbido que se transformaba en un remolino que sacudía la carpa nuevamente.

Desayunamos a las 8:30 AM tal como teníamos previsto, pero el plan del día —un ascenso al cerro La Leonera— se suspendió. Preparé un té para hidratarme (aspecto fundamental en la altura) y dar calor al cuerpo mientras escribía y leía para esperar que el mal tiempo nos diera la oportunidad de una nueva caminata.

El día nunca mejoró. Tuvimos visitas de otros campamentistas, conversamos sobre la vida, los ascensos, las dificultades de la altura, los viajes. Descansamos en la tarde y nos fuimos a dormir temprano, pues al día siguiente debíamos retornar.

Día 7. Sábado. El plan del día era sencillo, pero intenso: terminaba la experiencia a El Plomo. Luego de desayunar, levantamos campamento. Llegó el arriero y comenzó a cargar las mulas y nosotros abandonamos Federación rumbo a Valle Nevado.

Caminamos cinco horas, nos cruzamos con hombres y mujeres que, al igual que nosotros, marchaban con el objetivo de conocer el punto más alto de Santiago. Había, además, varios corredores que se aclimataban y entrenaban ya que la semana siguiente tendría lugar la Mammut Andes Infernal con dos distancias: 15 y 28 k (desde Valle Nevado hasta Federaciones en la versión corta y desde Valle Nevado a la cumbre del Plomo en la carrera “más alta del mundo”).

Patricio, el arriero, nos esperaba en el lugar donde una semana antes había comenzado esta historia con la carga en el suelo, pronta para subir a la camioneta y regresar a Santiago. El fin del viaje era eminente y los sentimientos propios de un cierre estaban a flor de piel: alegría por lo vivido, tristeza y añoranza por la vida de montaña que tendrá que esperar un año más para volver a repetirse.

 

Fuentes: [http://www.andeshandbook.org/montanismo/cerro/18/Plomo] [http://chile.travel/donde-ir/santiago-y-alrededores/centros-de-ski/valle-nevado/]

Ropa recomendada (en bolsas ziplocs): botas de trekking / botas de montaña / pantalón de montaña / sobrepantalón / medias (tantas como se pueda) / 2 pantalones de trekking /  chaqueta de plumas / chaqueta cortaviento / 2 equipos primera capa / 2 remeras de manga corta / 2 polares / 1 remera de manga larga / ropa interior / pijama y medias / sandalias, crocs o similar / 1 pantalón deportivo o calza

Equipamiento sugerido (también en bolsas ziplocs): sobre y colchoneta para dormir / bastones de trekking / luz frontal / termo / botella para agua / desodorante / toallas húmedas / bolsas de nylon / toalla (aunque no pudimos bañarnos ni lavar ropa pues solo tuvimos un día de sol) / jabón de lavar (sirve para un eventual aseo) / cepillo y pasta dental / medicamentos (dolor de estómago y de cabeza principalmente) / peine / filtro solar / protector labial / crema antiherpes / alcohol en gel / crema para el rostro y el cuerpo / cuerda y palillos / costurero / curitas, vendas, cinta / alicate / cepillito / esponja / hipoglós (crema curativa) / ratisalil (antiinflamatorio) / sopas y jugos

En las montañas la naturaleza se ofrece, sugiere, propone y finalmente dispone. La vida en el techo de Chile desde la óptica del nivel del mar

De nuestra primera experiencia de vida en las montañas recogimos muchas enseñanzas, fundamentalmente aprendimos que la naturaleza es la que gobierna. Procuraré describir la experiencia vivida detalladamente para dar respuesta a quienes no han tenido la posibilidad de conocer las montañas. Espero que mi relato pueda establecer un mapa, definir roles, tareas y transmitir alguna de las tantas emociones vividas. La nuestra fue una experiencia completa, desde la vida en Montevideo a nivel del mar a los Andes (Chile) a muchos metros de altura. Quizás algunos pasajes de esta crónica resulten monótonos, pero hay días de montañas que así lo son. En las alturas hay que ser paciente, moverse lentamente y dejar que el tiempo transcurra. La naturaleza es la que gobierna y hay que respetar la salida del sol, el momento de calor, el viento y la noche; a veces también la lluvia y la nieve.

El plan. A mediados de año, un día cualquiera en el frío del invierno montevideano Osmar me sorprendió con un posible plan para las vacaciones de enero 2014: ascender el Ojos del Salado. subir un volcán me pareció inaccesible, pero creo que puse escasos reparos. Después de solicitar un para de cotizaciones, cuando quise darme cuenta ya estaba fijado el objetivo del verano. Y así llegó fin de año y el comienzo de las vacaciones.

La previa. Volamos a Santiago con el equipo mínimo para la montaña, una lista de compra y muchas preguntas. El jueves 2 de enero fuimos a buscar el equipamiento: chaquetas de pluma, parkas, medias, mitones, pantalones de polar, entre otros. Nos probamos las botas especiales; era un día de calor en el seco verano santiaguino e intentamos caminar con ellas (con dos pares de media puestos) y transpiramos hasta para sacarlas.

Domingo 5 de enero de 2014. Nos levantamos temprano, desayunamos bien pues no sabíamos a qué hora almorzaríamos y nos fuimos al aeropuerto. La noche anterior me quité el esmalte y me corté las uñas tan al ras como pude. Me saqué los anillos y las caravanas. Tuve una rara sensación, fue como un ritual de despojo. Volamos de Santiago a Copiapó y en el aeropuerto nos esperaba Hans, el responsable de Spondylus Chile, la empresa que habíamos elegido. El primer encuentro fue muy positivo: Hans se presentó muy educadamente, fue amable y nos brindó la información general del plan del día. Salimos inmediatamente, almorzamos algo ligero y continuamos hasta el primer campamento.

La primera noche. En Valle Chico (3050 metros sobre el nivel del mar) armamos el campamento y realizamos nuestra primera caminata. Ascendimos 300 metros en una hora y bajamos en 35 minutos. Entre montañas de diversos colores —gris, negro, verde, amarillo, terracota—, con escasa vegetación y pocos animales, esperamos la noche y la cena. Descansamos profundamente y comenzamos a disfrutar del contacto con la naturaleza.

Lunes 6. Desayunamos, desarmamos las carpas, aprontamos el equipamiento y salimos a caminar rumbo al próximo objetivo. Hans nos recogió en el camino, llegamos a la Laguna Santa Rosa (3760 msnm) que nos esperaba con sus bellos flamencos como en una postal. Armamos las carpas y Hans estableció la cocina-comedor en el refugio de la Laguna; nosotros aprovechamos para lavar ropa y luego almorzamos. La caminata de aclimatación fue en la tarde. Bordeamos el agua y ascendimos un poco. Reinó el viento, un viento como nunca antes había sentido. La laguna es parte de un salar, la vista es espléndida, se trata de una geografía sin igual, casi inhóspita y atrapante. El descanso fue realmente reparador.

Martes 7. Una vez más nos despertamos cerca de las 7 AM y una hora más tarde desayunamos. A las 9 comenzó la rutina del día, con las mochilas cargadas de agua y una abundante ración de marcha, caminamos hacia nuestro destino: cumbre de la montaña Siete Hermanos (4755 msnm, altura acumulada desde nuestra base: 1000 m). El ascenso nos demandó cinco horas y en dos pudimos descender. La subida fue dura, lenta, pausada, esforzada y sin tregua. Solo hicimos un par de paradas para hidratarnos y volver a embadurnarnos con filtro solar. Ya habíamos aprendido que hay algunas cuestiones que son básicas en ese tipo de excursiones: —buena chaqueta cortaviento, —lentes de calidad para proteger la vista, —filtro solar y filtro para labios, —la hidratación. Lo mejor del ascenso fue la vista y obviamente el logro de haberlo realizado. Lo peor fue la vuelta pues a la dificultad del descenso se sumó un viento que soplaba sin tregua. Llegamos a media tarde para un almuerzo liviano; luego descansamos y cenamos en la tardecita para un nuevo descanso reparador.

Miércoles 8.  Temprano en la mañana desayunamos; despertarse y levantarse al alba tiene sus privilegios en la montaña y en este caso pudimos apreciar el amanecer. Fue simplemente una bella estampa, sencilla y grande, con la inmensidad que la naturaleza dotó a los Andes.  La luz es singular, el sol se refleja en la laguna y también las montañas. La tranquilidad del ambiente —no hay viento desde la noche hasta el mediodía— permite que el agua sea un espejo perfecto en el que se mueven grácilmente los flamencos. En la mañana del miércoles debíamos partir hacia el próximo destino, así que desarmamos el campamento y comenzó el viaje hacia Laguna Verde (siguiente etapa del plan de aclimatación). Dejamos paisajes inolvidables con la elegancia de las montañas, el lago y sus habitantes de suaves colores.

Laguna Verde. Laguna Verde (4350 msnm) resultó un lugar paradisíaco, que despertó voces de admiración ni bien lo vimos. Frente al agua de un intenso color había además varios campamentos que daban color al paisaje árido del suelo. Después de armar las carpas y establecer la cocina-comedor en el refugio del lugar, almorzamos. A media tarde salimos a dar una caminata corta de hora y media. Ascendimos unos 250 m, pues siempre es conveniente subir unos metros más que lugar donde se pernocta, de esta manera se favorece la aclimatación. Al regreso el cielo se cubrió de nubes negras y decidimos disfrutar del pozón termal del refugio. Si bien no era el más elegante (sino bastante precario), estaba resguardado. El baño fue el mejor de mi vida y me reconcilió con mi cuerpo; fue reconfortante y balsámico. Descansamos hasta la hora de la cena, compartimos el lugar con un contingente ruso y la mesa con un australiano. Comenzó así la fase cosmopolita del viaje. La noche estaba clara y plena de estrellas. El descanso fue largo y sirvió para recuperar fuerzas. Dormíamos en una carpa para tres personas en la que colocamos una colchoneta para cada uno, con las mochilas grandes, las mochilas pequeñas y esa noche improvisamos una cuerda para secar medias y ropa interior. Resultó una “suite” exótica y bien diferente a nuestra vida habitual.

Jueves 9. Tomamos el desayuno a las 8 AM, como de costumbre y esperamos un rato pues había tormenta y estaba atemorizante. A las 9:15 AM finalmente salimos a bordear la laguna, caminamos un buen rato por la orilla y luego ascendimos unos metros para visualizar la magnitud del paisaje. Pudimos ver el esplendor de la laguna rodeada de cerros y montañas con nieve, apreciamos elevaciones y estructuras, distintas capas geológicas que denotan diferentes estadíos. Regresamos lentamente para completar un recorrido de tres horas. Aprovechamos el calor y el buen tiempo (así de rápido cambia el estado del tiempo) para un baño en los pozones externos, también lavamos ropa y almorzamos frugalmente pues el día continuaba. En la camioneta salimos luego rumbo al refugio Atacama. El camino ya no estaba bueno y el vehículo se bamboleaba constantemente, y mi estómago sufrió las consecuencias. Al llegar al refugio (5350 msnm) caminamos un rato, ascendimos unos 300 m y llegamos a los 5500 de altura. Fue un trekking exigente, debimos subir lentamente procurando respirar hondo, sin perder la calma y el entusiasmo. El descenso fue significativamente más sencillo. Regresamos después al campamento y disfrutamos de un nuevo baño termal en la piscina interior. Tuvimos la compañía de tres chilenos que volvían del San Francisco, nuestro próximo objetivo.

Viernes 10. En la noche del jueves preparamos el equipamiento y las mochilas pues ese viernes se jugaba un gran partido: el ascenso al San Francisco. Nos levantamos a las 5 AM para desayunar una hora más tarde y 45 minutos después salimos hacia la montaña en cuestión. Llevábamos buenas medias y las botas especiales, pantalón polar y cubrepantalón, una primera capa y parka. Cubrimos nuestras manos con mitones, nos pusimos filtro solar y los infaltables lentes de montaña que ya eran parte de nuestros rostros. En las mochilas cada uno llevaba dos botellas de hidratación, una bolsa con raciones de montaña (fruta, caramelos, chocolates, Mantecol, barritas de cereales y frutos secos) y las chaquetas de pluma. Osmar portaba además el equipo de primeros auxilios y Hans una enorme mochila llena de cuestiones importantes para garantizar una buena expedición, y con lugar suficiente para agregar a la vuelta las nuestras y facilitarnos el descenso.

El San Francisco, nuestro primer seismil. Arribamos al lugar donde comenzó nuestro ascenso pasadas las 7 AM y luego de los últimos aprontes (demoramos en colocarnos las botas debido a nuestra inexperiencia) comenzamos a caminar. Llegar a la cumbre nos demandó siete horas de esfuerzo, fue un trekking muy severo. La noche antes Hans nos había dicho que “un seismil no regala nada” y pudimos experimentar esa verdad en toda su magnitud. Caminar a esa altura es como correr con la boca cerrada —invito al lector a hacer la prueba—. Hay que pedirle permiso a una pierna para que dé un paso y luego a la otra, y mientras tanto pesa el cuerpo y hay cansancio, además de dolor de cabeza y náuseas. Los movimientos son lentos, pausados y se avanza poco. El San Francisco tiene diferentes territorios: piedra al principio, arena y tosca dura después, tierra negra con vestigios de nieve, nieve baja y dura y finalmente mucha nieve. Cerca de la cumbre se avanza muy despacio y hay viento que levanta nieve. Hace frío y es muy difícil caminar. Durante el ascenso hicimos algunas paradas para alimentarnos y otras para descansar, tomar aliento y seguir. En marcha el corazón palpita con una frecuencia cardíaca alta y al parar lo hace más rápidamente aún.

Llegar a la cumbre fue realmente extenuante física y emocionalmente; lo hicimos entre las felicitaciones de otros excursionistas y las lágrimas, entre abrazos y ahogos. En la cumbre estuvimos unos escasos 20 minutos. Sacamos las fotos de rigor (con la bandera de nuestro país y la de Spondylus Chile) y nada más, ya que el frío y el viento hacían imposible la estancia. Lograr la cumbre es como terminar un maratón, pero con una gran diferencia: todavía hay que bajar. Y en mi caso eso implica luchar contra el vértigo. Yo, al igual que todos, me esfuerzo en la subida, pero después no puedo disfrutar de la bajada. Comenzamos el descenso y nos encontramos con más viento, en el tramo cercano a la cumbre las ráfagas eran envolventes y además tenían nieve que nos quemaba la piel. Después tuvimos viento seco y ya no hizo tanto frío. El San Francisco significó diez intensas horas de constante caminata con paradas cortas (para no enfriarnos y para avanzar con constancia. Llegamos exhaustos y satisfechos, fue nuestro primer seismil. La cumbre del San Francisco  tiene por convención 6100 msnm y ascendimos unos 1300 m para lograrla. En la montaña las distancias se miden por los metros de ascenso y en horas, nadie menciona a los kilómetros —la medida de quienes corremos y andamos en bicicleta—. A los corredores nos cuesta comprender esa forma de medir el esfuerzo, es bien diferente a lo que estamos acostumbrados. En la montaña además es muy difícil que los novatos puedan determinar distancias, pues se bordean las alturas y se camina en zigzag.

Cambio de rumbo. Al llegar al campamentos tomamos el baño del día, cenamos y conversamos sobre lo que habíamos logrado. Hans nos felicitó por nuestro primer gran logro, por nuestro esfuerzo y determinación, pero nos sugirió redefinir el viaje. Su experiencia le indicaba que no estábamos preparados para un sietemil (el Ojos del Salado tiene 6890 m de altura). Nos faltaba experiencia, obviamente, y también tiempo para acostumbrarnos a usar el equipamiento (las botas de montaña no son fáciles de portar). Se sumaba además mi vértigo que me impediría cruzar el cráter del volcán. Pues bien, nos fuimos a dormir temprano, luego de una cena caliente y deliciosa que complació nuestros estómagos, con la tarea de conversar y responderle al día siguiente. Hans dejó abierta la posibilidad de intentar cumbre de todos modos, pero nos dijo muy claramente que él creía que no lo lograríamos. El Ojos requiere salir de madrugada, caminar por un terreno difícil y llegar al punto más alto antes de las 13 h para asegurarse el descenso con luz.  En la carpa, antes de dormir, Osmar y yo sopesamos las posibilidades y estuvimos de acuerdo en recalcular, resignificar y armar un nuevo plan. Esa noche, después de una jornada agotadora, dormimos profundamente; la carpa ya se había transformado en una “suite con más de cinco estrellas”.

Sábado 11. A la hora del desayuno definimos nuevos rumbos y dos montañas para escalar: Barrancas Blancas y El Ermitaño. Según Hans, tendríamos así dos seismiles bien diferentes con mucho para aportar a nuestra experiencia montañera. Aprovechamos la mañana para ordenar la cocina-comedor del refugio, ya que ese sería nuestro lugar durante los cinco días siguientes. Laguna Verde es un excelente campamento pues cuenta con agua para lavar, los pozones termales y hasta retretes (están sobre una elevación, a la vista de todo el mundo pues los vientos se encargaron de arrancar sus casetas, son “dos tronos” que despiertan el pudor de hasta el más avezado, pero son baños al fin). Lavamos ropa, ordenamos la carpa, asoleamos las botas, los sobres de dormir y las colchonetas. Tomamos un almuerzo rápido minutos antes del mediodía y partimos hacia el refugio Atacama (5270 msnm, Ojos del Salado). Si bien es cerca, ese camino es tan malo que se demora mucho en recorrerlo; nuevamente mi estómago sufrió las consecuencias y volvieron a aparecer las náuseas. El refugio estaba repleto y al llegar comenzamos el trekking del día desde Atacama a Tejos (5825 msnm). Parte de ese camino puede realizase en vehículo, por eso están señalizados los kilómetros. Entre ambos lugares hay cuatro kilómetros y un ascenso de 550 m. El primer kilómetro lo hicimos en 30 minutos y el segundo en una hora, ¡fue desmoralizante! Aunque Hans medía el esfuerzo en términos de ascenso, para nosotros era difícil conmensurar de esa manera. Salimos de Atacama a las 14 h y llegamos a Tejos a las 16:30, sin aire y cansados. Tejos es el último refugio del volcán Ojos del Salado. El lugar estaba vacío y esperaba a los grupos que ese día y el siguiente pernoctarían antes de hacer cumbre. A Tejos llegamos muy fatigados y con el último aliento; el ascenso no es técnico, pero la altura mengua fuerzas y se siente la exigencia. En el refugio descansamos 20 minutos y comenzamos la baja que fue fácil, pues el terreno es mayormente de arena con pequeñas piedras. Encontramos picos de nieve y aprovechamos para tomar unas fotos. Regresamos a Laguna Verde cansados y un par de horas más tarde cenamos. Hans nos propuso descansar el día siguiente y la decisión fue fácil de tomar porque los dos estábamos muy extenuados y además Osmar acusaba síntomas de gripe.

Domingo 12. A las 8 h desayunamos, con la exactitud de quienes gustan de la puntualidad y el ajuste de un equipo que ya funcionaba a la perfección. A una semana de haber iniciado el viaje sabíamos ya que la elección de Spondylus había sido la correcta. Durante la mañana y con la lentitud que impone la montaña, nos dedicamos al aseso de la ropa y de la “suite”. Procuramos quitar la arena de la carpa y ordenamos la ropa y los enseres. La ropa lavada quedó sobre la pirca (pared de piedra que bordea una carpa) para que el intenso sol del día se encargase de hacer su tarea. Aproveché el día para ponerme al día con la crónica sentada frente al lago que nunca dejó de impactarme con su color —a veces azul, otras verde y también turquesa—. Hace días, muchos ya, que vivíamos sin espejo, así que no tenía idea de cómo lucía, pero tampoco me preocupaba mucho. Tenía los labios lacerados (quemados por sol y la nieve) y los pies lastimados por las largas caminatas con las botas. La piel estaba reseca y los intestinos “confundidos” por el cambio de alimentación. Pero la imponente naturaleza que nos rodeaba, con paisajes gigantes, compensaba cualquier inconveniente.

El tiempo. En la región de Atacama durante el verano amanece cerca de las 6 AM y la serenidad reina el ambiente. El sol comienza a calentar lentamente y casi no hay nubes. Al mediodía hace mucho calor y entra Eolo en acción que sopla cada vez más. La temperatura baja en la tardecita y cerca de las 21 se esconde el sol. El viento se detiene y el cielo se puebla de estrellas. En ciertas ocasiones no hay viento y eso significa mal tiempo con nevadas en las montañas cercanas. En esos días, durante la tarde hay muchas nubes, enormes y esponjosas.

Lunes 13, Barrancas Blancas. A las 05:15 h sonó nuestro despertador con un tono bien bajo para no molestar a los vecinos. La vida en un campamento de este tipo se basa en el respeto, el silencio y la integridad. Después del desayuno salimos rumbo al Barrancas Blancas, una montaña de 6040 m de altitud. El equipamiento que llevamos fue similar al del San Francisco: medias de montaña —no demasiado abrigadas—, pantalón de polar, cubrepantalón, botas de montaña, primera campa, chaqueta cortaviento, gorro, lentes y guantes. En la mochila guardamos botellas de hidratación, filtro solar, protector labial y bolsa con raciones de montaña. Llegamos al lugar donde comenzaría nuestra caminata por un camino ruinoso que nuevamente agitó mi estómago. Y comenzó la caminata por una cuesta constante. Fueron siete horas de ascenso, como si se tratase de subir una escalera hasta casi las nueves. Cada tanto descansábamos, procurábamos regular la respiración y tomábamos un poco de líquido. El Barrancas Blancas forma un anfiteatro y tiene varias cumbres y vías de acceso. Hans eligió para nosotros un camino “sencillo pero largo” —les aseguro que de sencillo no tenía nada—.

Siempre caminamos como si subiéramos escalones y sobre piedras, algunas eran chicas, otras medianas y también las había muy grandes al final. Durante el recorrido, como en las otras caminatas, solo escuchamos el ruido de las botas, de los bastones y de la respiración entrecortada por el cansancio. En la montaña se camina en silencio que solo se quiebra por algún comentario aislado o durante los descansos. A veces estos también suelen ser en completo silencio. El ascenso al Barrancas Blancas comenzó a los 5000 msnm; demoramos cinco horas para hacer cumbre y los últimos 800 metros de distancia los hicimos en 50 interminables minutos. Al llegar desplegamos la bandera de nuestro país y tomamos fotos. Pudimos quedarnos unos minutos, pues no hacía frío y tampoco había mucho viento. Comenzamos el descenso por un camino difícil, casi en línea recta con el zigzag obligatorio que requiere este tipo de marcha. Ese día usé mi pulsómetro para calcular la frecuencia cardíaca y el gasto calórico. Fueron 2000 calorías a un ritmo como de trote sin aire y con un permanente estado nauseoso. Regresamos al campamento para el baño ritual con posterior descanso. Cenamos temprano, como siempre, y nos fuimos a la carpa en medio de una gélida tormenta. Llovió despacio y con constancia.

Martes 14. A las 8 AM estaba frío y despejado; los techos de las carpas tenían escarcha y se veía claramente el vapor de los pozones termales. Luego del desayuno lavamos ropa y nuevamente sacamos todo de la carpa para aprovechar el sol. También aseamos, en la medida de lo posible, la cocina-comedor del refugio. Mientras me ponía al día con la crónica, comenzaron a aparecer nubes entre las montañas. El lago estaba estático y reflejaba el paisaje de montañas gigantes. En Laguna Verde la belleza natural es inquietante, el color de la laguna es sobrecogedor, el silencio embarga el alma. Mientras tomábamos un baño termal en la tarde, Hans nos dio una mala noticia: le habían robado 20 libros de bencina. En 14 años de actividad turística era la primera vez que le sucedía. Estaba atónito y no podía creerlo, pues el hecho atentaba contra los códigos de los montañistas. Ya no podríamos ir a El Ermitaño porque para ello necesitábamos movernos en auto hasta la base de esa montaña. Por suerte hay muchas opciones más y teníamos el Mulas Muertas para ascender. Replanificamos una vez más.

Miércoles 15, Mulas Muertas. Desayunamos a las 6 AM y armamos mochilas con todo el equipo necesario. Esa mañana decidí abrigarme un poco más y la intuición me ayudó pues fue el día más frío. Salimos 6:30 AM con paso lento y firme; por un camino de rocas y piedras transitamos durante seis horas hasta llegar a la cumbre norte del Mulas Muertas —5700 msnm—.

Fue un ascenso trabado, cansador y largo, acumulamos un desnivel de 1400 m y nuestros cuerpo sintieron esa diferencia. El descenso no fue sencillo porque el camino no estaba marcado y las piedras (medianas, grandes y muy grandes, afiladas, irregulares y algunas hasta resbaladizas) dificultaban el camino. El trekking nos llevó nueve interminables horas; esa noche “caímos desmayados”. Al acostarnos nevaba constantemente y la nieve hacía un ruido muy particular sobre el techo de la carpa, como un susurro pesado.

Jueves 16, último día. Quedamos en desayunar a las 7 AM y el campamento amaneció con un manto blanco. Las montañas estaban virginalmente vestidas y la luna nos esperaba todavía para tomar increíbles fotos. Comenzamos la “operación retorno”: armamos bolsos, desarmamos carpas y Hans se encargó de las varias cajas azules con los comestibles y utensilios. Después llegó el turno de colocar todo en la camioneta: la mesa y los banquitos, las cajas azules, los bidones de agua y los de combustible, las carpas, mochilas y bolsas. Una gran lona cubrió el equipamiento y con cuerdas se sujetó la carga. Nos esperaban seis horas de carretera. Dejamos Laguna Verde y sentí nostalgia, y más nostalgia sentí cuando abandonamos el camino de tierra y tomamos la carretera asfaltada a pocos kilómetros de Copiapó. Las vacaciones en la montaña definitivamente habían terminado.

Bahía Inglesa. Llegamos a Bahía inglesa a media tarde y nos encontramos con un balneario animado, colorido, repleto de gente y con olor a mar. El baño que tomamos al llegar al hotel fue interminable; demoramos bastante en recomponer nuestra imagen. Y el remate final fue perfecto: esa noche comimos mariscos y pescados con Hans y dos suizos que conocimos durante el periplo (Christian y Otmar). Fue una noche muy cosmopolita con el mar de Chile en la mesa y un inglés con acentos de Suiza, Alemania y Uruguay para tender lazos, reírnos y recordar anécdotas de esos días de montaña.

Viernes 17. El descanso fue entrecortado, nos molestó el calor y el ruido de la ciudad —los habituales, pero ya estábamos acostumbrados a noches con silencio de montaña—. Sentimos alarmas, conversaciones, ladridos y recién en la madrugada reinó el Pacífico y cada ola procuró arrullar nuestro sueño.  En la mañana temprano salimos a correr luego de una semana y media de abstinencia. Recorrimos la bahía y la ciudad en una hora de buen trote. El día transcurrió entre correos electrónicos y mensajes en las redes sociales para dar cuenta de la experiencia vivida. En la tarde tomamos en el aeropuerto el último café con Hans. Dejamos la región con muchas ganas de volver y con varios planes de vacaciones con Spondylus Chile. Nos llevamos además nuestros spondylus (molusco), regalo de Hans para que su riqueza, energía y fertilidad nos acompañe a diario.

La montaña. La montaña es un lugar de respeto que requiere un saber particular, experiencia, tolerancia y capacidad para replanificar. No es un lugar para ir en solitario si no se cuenta con el conocimiento adecuado. La montaña es introspección, autosuficiencia (el montañista debe procurar solucionar sus propios inconvenientes) y también trabajo en equipo. Es aconsejable contactar y contratar operadores turísticos responsables; mirar y aprender de otros durante las expediciones y ser humilde frente al que cuenta con la experiencia. Requiere además conciencia ecológica para dejar la mínima cantidad de rastros posibles, los del organismo son inevitables y los demás pueden portarse para eliminarlos responsablemente en las ciudades. Con criterio, paciencia y tiempo las consecuencias de la altura (dolor de cabeza, náuseas, vómitos, etc.) pueden mitigarse y realizar una buena aclimatación.

El saldo. Al mirar las imágenes de los días vividos me asombro de los lugares recorridos, de la inmensidad de las alturas, del color del cielo y del agua. Miro cada foto y me asombro de la experiencia vivida. El impacto en el cuerpo durante la vida de las montañas en enorme y el tiempo de introspección tan largo como el día mismo… son muchas horas para pensar, meditar, soñar y planificar nuevas rutas. Siento la certeza de que elegimos a la persona exacta para hacer el viaje, con Hans formamos un equipo bien aceitado y encontramos la seguridad en sus acciones, palabras y miradas. Spondylus Chile nos brindó un marco perfecto en el que todos los detalles estaban contemplados. Además de logística, encontramos en Hans, historias, anécdotas, compañerismo y calidez.

Anexo: la alimentación. La alimentación es para mí un capítulo aparte: soy una persona que cuida casi obsesivamente lo que come pera mantener el peso (hace unos años tuve un período de sobrepeso importante). Entre el ejercicio y una dieta balanceada, con escasa carne roja y con muchas frutas y verduras crudas, transita mi vida alimenticia. Consumo además pescados, lácteos descremados, no ingiero postres ni azúcar refinada, tampoco harinas demasiado procesadas. Tomo mucho líquido y las únicas grasas permitidas en este plan provienen del aceite de oliva. Semanas antes del viaje, contactamos a Hans para consultarlo sobre la alimentación durante la vida en las montañas. Recibimos un listado y algunos ejemplos de comidas. El tema era para mí extremadamente preocupante. Creo haber sorteado la prueba con cierta altura, pues debí comer —y lo hice en algunas ocasiones hasta con placer— platos que hacía mucho no saboreaba (un guiso, por ejemplo) y combinaciones “casi prohibidas” (carbohidratos y proteína animal: puré y pescado, pollo y arroz, etc.). Fui cuidadosa con las raciones de marcha y solo ingerí frutas, barras de cereales y frutos secos; evité los chocolates y el Mantecol. Soy consciente de que en algunas ocasiones esa decisión me significó no contar con azúcar y grasa suficiente. Agrandé las porciones con miedo, pero con la convicción de la necesidad de contar con la energía necesaria para las caminatas. Me hidraté bien y obviamente mi cuerpo acusó el cambio de alimentación, pues el reloj biológico se trastocó. Solo fue eso, pues no hubo aumento de peso.

Las comidas, algunos ejemplos. Domingo, cena: salmón con alcaparras y papines. Lunes, desayuno: tostadas con queso y miel. Lunes, cena: pasta con salsa de atún y flan.  Martes, cena: humitas y tomate, ensalada de frutas. Miércoles, cena: arroz con pollo. Jueves, almuerzo: arroz con tomate, maíz, arvejas, aceitunas y pepinillos. Jueves, cena: verduras salteadas con puré. Viernes, cena: guiso de lentejas. Sábado, cena: cuscús con atún y maíz, papayas en almíbar. Domingo, cena: capeletis de carne con salsa de tomate. Lunes, cena: jurel con puré y duraznos en almíbar. Martes, almuerzo: palmitos con ananá, huevo duro y arroz. Miércoles, cena: cuscús con verduras.

Verde seducción

Día 1. De Río a Manaos, de la gran ciudad a la selva húmeda. Salimos de Río de Janeiro el lunes 8 de julio bien temprano, el sol comenzaba a bañar las playas y ya hacía algo de calor. Volamos a Brasilia que nos esperaba con 13º y en minutos tomamos el avión rumbo a Manaos. Al salir del aeropuerto nos abrazó un calor húmedo que se instaló en nosotros. Viajamos en una van durante dos horas por carreteras lisas que recortan un paisaje verde y frondoso. El último tramo fue en un camino de tierra que atraviesa la selva misma.

Llegamos a Anavilhanas Jungle Lodge (http://www.anavilhanaslodge.com/home/) y nos esperaban con jugos tropicales bien frescos. Hicimos el registro y reconocimos las instalaciones. Nos sentimos a gusto desde el primer momento y temprano pudimos cenar en un ambiente distendido con una oferta gastronómica muy bien lograda (sopas, verduras, pollo, pescado, arroz, tarta y frutas). Esa noche tuvimos un paseo en lancha para conocer la selva de noche y descubrir su fauna.

La excursión fue singular. La noche estaba densa y muy oscura, las únicas luces (potentes, por cierto) eran las de los guías que iluminaban el agua y los árboles en busca de algún ser digno de admirar. Para nosotros era como buscar “una aguja en un pajar” pero ellos, con una experiencia admirable, detectaban el movimiento, la luz de unos ojos, cierto reflejo y posicionaban sus linternas para acercar la lancha.

El río Negro es oscuro y limpio y con el reflejo de las luces se veía una imagen perfectamente simétrica. A lo lejos era difícil reconocer el borde del agua pues parecía que la vegetación se replicaba caleidoscópicamente.

Cuando se apagaba el motor de la lancha se escuchaban los ruidos nocturnos de la selva y en un lugar en particular —una especie de canal— apreciamos un coro de sapos y ranas mientras el cielo se estremecía ante truenos y relámpagos.

En esa aventura nocturnos vimos pájaros, dormilones de movimientos gráciles, una tarántula mimetizada en un tronco tan áspero como ella y los ojos de un yacaré. El paseo fue fantástico, inimitable y conmovedor.

Día 2. El río Negro, los pobladores locales y la pesca de pirañas. Nuestro sueño fue profundo y reparador. Nos despertamos al alba pues desde hacía varios días dormíamos pocas horas. Tomamos un desayuno tropical con frutas, tostadas, jugos y buen café y otra vez río arriba salimos de paseo.

Fuimos a conocer la comunidad de Cabocla (Tiririca), se trata de 40 personas que viven en la actualidad subvencionadas por el gobierno y el hotel y que buscan, como otros tantos, mecanismos de autosustentabilidad.  La realidad de los pobladores del Amazonas es bien diversa: hay quienes viven aislados como hace cientos de años, hay grupos con economías precarias pero solventes y otros que subsisten casi como por arte de magia. Hay en la Amazonía más de 150 pueblos indígenas, cada uno posee su identidad cultural y casi 50 permanecen aún sin contacto con el resto de la población brasileña.

La mañana del martes fue muy calurosa y húmeda. Al volver el viento acariciaba nuestros rostros y nos brindaba cierto respiro. En el río Negro se navega rápido, las lanchas del Anavilhanas van y vienen con turistas de todas partes del mundo que procuran captar en imágenes la belleza exuberante del lugar.

El almuerzo fue variado, rico y liviano. En la tarde nos tocó la pesca de pirañas. Osmar tuvo suerte y fue el primero en capturar uno de estos temibles animales protagonistas clásicos de las películas de aventura y de terror. Después de las fotos su piraña volvió al río. Fue un paseo diferente, sin igual, pues en pocos lugares del mundo se pueden pescar pirañas.

El Amazonas. El Amazonas es la selva tropical más grande del mundo con 6 millones de kilómetros cuadrados; se ubica alrededor del río de igual nombre (el cauce de agua más caudaloso y largo de América del Sur). Son nueve los países que forman parte de esta región: Brasil, Perú, Colombia, Ecuador, Bolivia, Guyana, Venezuela, Surinam y Guyana Francesa. Los dos primeros son los que poseen mayor extensión territorial.

El amazonas es una de las ecorregiones con mayor riqueza ambiental y con un equilibrio climático balanceado.

El Proyecto SIVAM. La Amazonía permaneció casi intacta hasta hace poco tiempo. Durante el período militar (1964-1984) la región fue insensatamente amenazada y los daños fueron enormes. La tala de árboles y varios intentos de pastoreo y agricultura comprometieron su equilibrio. Entre otros, se extinguieron muchas especies de animales y de vegetales. En las últimas décadas ha crecido la preocupación por preservar la zona geológica más rica del mundo. Se han procurado, entre otros, reemplazar las actividades depredadoras por las alternativas que proporcionan un desarrollo sustentable.

El Proyecto SIVAM (Sistema de Vigilancia de la Amazonía) integra diversos recursos gubernamentales del Brasil. Se inició en la década de los 90 y su objetivo es reunir y procesar información que facilite la preservación de la región. La misión final es cohibir el narcotráfico, el contrabando, la deforestación y la extracción ilegal de minerales.

En el 2000 la UNESCO reconoció un área de la selva amazónica como Patrimonio de la Humanidad.

Día 3. Canoas y delfines. La actividad del miércoles comenzó temprano, como de costumbre, así que a las 07:30 dimos cuenta de un desayuno tropical y una hora más tarde —ya con mucho calor— salimos para recrearnos en el paso matutino. En la lancha fuimos hasta un “furo” (canal) y entre árboles y ramas paseamos en canoas deslizándonos por las aguas oscuras del río Negro. La luz se colaba entre la espesa vegetación para rebotar en el espejo profundo del río. Fue tranquilo, cadente y delicioso, salvo por el parloteo constante de algunos turistas que no saben apreciar la intensidad del silencio.

En la tarde, luego del almuerzo (¡con pescado, obviamente!) y de una reparadora siesta, salimos por el río para conocer una reserva abierta de delfines rosados en el pueblo de Novo Airão. Hasta pudimos tocarlos. Son raros: amorfos, simpáticos y entretenidos. En el pueblo visitamos un par de locales con artesanías. El calor era sofocante y la tarde se hizo densa; fue el paseo más deslucido aunque nos permitió conocer sobre los “botos rosados” y visitar un pueblo aletargado en el medio de la Amazonía.

El día terminó con un refrescante chapuzón en el río Negro primero y en la piscina después.

El río Amazonas. El río Amazonas es el más caudaloso del mundo. Nace en los Andes peruanos y al entrar en Brasil se llama Solimões. Pasa a denominarse Amazonas cuando se une al oscuro río Negro. Este encuentro de aguas es único en el planeta ya que se juntan diferentes temperaturas, densidades y velocidades y por ello se ven aguas de dos coloraciones que corren paralelas sin juntarse durante casi seis kilómetros.

 Flora y fauna. Se estima que en una hectárea de la selva hay más especies vegetales que en toda Europa. En un mismo ecosistema pueden convivir entre 40 y 300 especies de árboles y existen ecosistemas muy complejos y diferentes entre sí.

Los científicos estiman que más del 70 % de las especies de animales amazónicos está sin clasificar ni describir. Hay 1400 tipos de peces, vive el 25 % de las mariposas del mundo, se encuentra la mayor biodiversidad de anfibios y hay 550 tipos de reptiles, 1000 de aves y 300 de mamíferos.

Día 4. Las cuevas de Madadá. ¡Día de la excursión larga a la selva! El único paseo de día entero y la ansiedad se notaba en nuestros rostros. Nos despertamos más temprano todavía y a las 06:30 comenzamos los preparativos pues debíamos ir de pantalón largo, llevar ropa para cambiarnos, protector solar, agua, etc.. Cada vez que salíamos de la cabaña comenzaba un ritual especial pues nos embadurnábamos primero con filtro solar y luego con antimosquitos en aerosol. Cuidamos siempre nuestras cabezas con gorros o sombreros y también usamos lentes de sol.

A las 08:30 h salimos y navegamos durante casi dos horas, fueron 50 k a una buena velocidad. Llegamos hasta el embarcadero de la Reserva de Madadá, nos dieron unas perneras de goma para proteger los tobillos y parte de las piernas y comenzamos a caminar rumbo a las cuevas. Esos cobertores de goma, que producían un calor sin igual, evitan las posibles picaduras de insectos y reptiles, pues con contundencia nos explicaron que “nunca pasó, pero estamos en la selva…”.

Caminamos y caminamos entre una vegetación espigada, frondosa y salvaje con una paleta de verdes amplia e intensa. La luz se colaba entre los árboles altos para dar un efecto teatral y diferente a cada paso. La selva nos cautivó con su magia: —un arbusto que pliega sus hojas con solo tocarlas, —un árbol fino que al cortarlo filtra agua fresca y casi dulce, —un enjambre de mariposas amarillo verdosas, —una vara densa que al agitarla se despliega como un junco, —las hormigas más grandes (¡grandes de verdad!) del mundo.

El suelo de la selva es blando, poroso e irregular. Todo es pegajoso y algo intimidante. Durante el recorrido pudimos apreciar ruidos, disfrutar del contacto con tanta naturaleza, conocer algunos de sus habitantes (solo el 10 % de los animales de esa zona tiene vida diurna): pájaros, arácnidos, insectos, mariposas.

La cueva o gruta de Madadá fue descubierta hace unos 20 años y es un conjunto enorme de piedras cubiertas de vegetación, perfectamente escondidas en el entorno. El recorrido demanda unas tres horas de caminata sin grandes exigencias físicas aunque el calor marchita hasta el ánimo y los pies se recalientan debido a los protectores de goma.

La excursión finalizó con un picnic con sándwiches, frutas que rápidamente comimos pues todos teníamos apetito y sed. Retornamos algo cansados y con el sabor de haber conocido uno de los lugares más ricos del planeta.

La cabaña fresca (gracias al aire acondicionado), la ducha y la enorme cama del Anavilhanas fueron la dosis de civilización justa para valorar los placeres del confort y conocer la naturaleza en la medida necesaria ya que las cercanías con el trópico demuestran sus cualidades (mucho calor e intensa humedad) y hacen que el cuerpo se sienta pesado.

Mitos y leyendas. En el Amazonas hay, como en toda tierra enigmática, mitos y leyendas de todo tipo y color. La de “Curupirá” me llamó la atención. Se trata del guardián de la selva, es el protector de quienes aman y conocen a la naturaleza y el más temible enemigo de quienes no la respetan. Los aborígenes dicen que Curupirá hace que un mal cazador se pierda para siempre en el espesor del Amazonas. Son sus huellas las que engañan al mal cazador y lo internan en la selva para no salir más. 

Ecoturismo y Anavilhanas Jungle Lodge. El ecoturismo es una alternativa económica para algunas comunidades de la Amazonía. Anvilhanas es una de las tantas ofertas turísticas que favorecen la economía de estos grupos, ayudan a concientizar acerca de la importancia global del Amazonas y preservar su riqueza incalculable.

El hotel está ubicado sobre la rivera del río Negro en Novo Airão a 110 k de Manaos en el corazón del Amazonas. Es un pequeño hotel que cuenta con una veintena de cabañas, sala de estar/recepción, comedor, piscina, sala de hamacas, sala de TV, mirador y embarcadero. Debe su nombre al archipiélago de Anavilhanas que está en frente. El hotel está inmerso (y casi mimetizado) en la selva y fue concebido para vivir la naturaleza con confort y sofisticación.

Día 5. El archipiélago y algo más de caminata. El quinto día compartimos el paseo matutino con una familia suiza con cuatro niños pequeños que se comportaron muy bien. Durante la semana tuvimos contacto con turistas de diversas regiones del mundo: de Brasil obviamente, de Europa y México. El comportamiento de las personas refleja los valores de cada cultura y eso hace que algunos turistas sean molestos, ruidosos y hasta insoportables, mientras que otros —los europeos sajones, germanos y los del este— son educados y resultan compañeros respetuosos.

El objetivo de esa mañana era conocer el archipiélago de Anavilhanas así que recorrimos los canales que se forman debido a las inundaciones típicas de la época de las lluvias. Se trata del archipiélago de agua dulce más grande del mundo con aproximadamente 400 islas en cadena que ocupan 90 k. Durante la temporada de aguas altas (de diciembre a julio) la mitad de las islas está sumergida y se forman bosques flotantes, ensenadas y canales. La vegetación densa es refugio de aves, mariposas, iguanas, monos y serpientes. Las aguas del río presentan un PH particular que permite liberar la teína y cafeína de los árboles, se genera así un microclima sin mosquitos y con pirañas, caimanes, delfines, manatíes y 400 especies particulares de pescados —en otras áreas del río hay más de 1100—.

El paseo fue tranquilo pero tuvo su pequeña dosis de aventura ya que pudimos columpiarnos en una liana que colgaba de un árbol enorme y centenario. Fuimos Jane y Tarzán por un ratito.

Al llegar decidimos salir a caminar ya que el cansancio extremo del maratón de Río (http://wp.me/p2D7AZ-jr) ya había sido superado. Tomamos el camino de tierra por el que habíamos entrado al hotel y fuimos hasta Novo Airão, regresamos con calor para refrescarnos en el río Negro. El embarcadero estaba concurrido porque las altas temperaturas obligaban a buscar mecanismos de refrigeración: un chapuzón, el resguardo de un árbol o un jugo tropical.

En la tarde hicimos una caminata por la selva en la que reconocimos parte de sus riquezas.  La farmacia del mundo se encuentra ahí y también los perfumes más exquisitos. Probamos la corteza del árbol que produce la quinina (el medicamento contra la malaria) y olimos al intenso pau rossa, una de las esencias del glamoroso Chanel Nº 5. Hay además árboles con maderas exquisitamente bellas y tan perfectas que los muebles que de ellos resultan no necesitan ni siquiera productos contra los insectos.

El paseo fue todo un espectáculo ya que el guía nos enseñó mecanismos de sobreviviencia en la selva. Supimos cómo hacer fuego con poca cosa (se necesita el cuchillo que nunca debe faltar, una piedra y esponja de aluminio), cómo armar una red de pesca con varas y algunos hasta se animaron a comer larvas asadas.

En la tardecita de la selva, cerca de las 18 h, salimos a trotar para “escuchar” a nuestros cuerpos posmaratón y sacarnos las ganas de correr en la selva. Fueron 6 kilómetros por el camino de tierra que habíamos hecho en la mañana. Volvimos exhaustos, tan mojados como si nos hubiésemos bañado y cansados pues el esfuerzo fue enorme (debido a nuestras condiciones físicas y a los 30º y 90 % de humedad).

Gastronomía. Durante la semana degustamos melón, sandía, abacaxi, açai, lima, mango, cajú, maracuyá, papaya, graviola, acerola, tanto frescas como en jugos, en los desayunos, almuerzos y cenas. Las frutas tropicales son carnosas, dulces, ácidas, tiernas, hay que probarlas para conocer la opulencia de una tierra que es fértil para estos tesoros y totalmente estéril para el pastoreo y la agricultura.  Los jugos son coloridos y suntuosos.

Comimos riquísimos pescados de río preparados de diversas maneras, ensaladas de verdes y con legumbres rugosas, un cus cús inolvidable, probamos mandioca asada y otras tantas delicias del trópico.

Día 6. Amanecer en el río Negro y Manaos. El fin de la aventura amazónica se coronó con la contemplación de la salida del sol desde el río Negro. Para ello debimos levantarnos más temprano aun ya que un rato antes de las 6 AM estábamos en el río. El sol se despertó de a poco entre nubes rosadas, casi a ritmo del caribe, con sopor y brillo… fue el broche perfecto para una semana natural y salvaje.

Dejamos Anavilhanas felices de haber conocido la Amazonía brasileña y emprendimos el primer tramo del retorno. Al llegar a Manaos fuimos a conocer dos de sus lugares más famosos: el Teatro Amazonas y el mercado.  El calor era insoportable, pegajoso e invasivo. Manaos (en portugués Manaus) es una de las ciudades más importantes del norte de Brasil y es la capital del estado de Amazonas. Está situada cerca de la unión de los ríos y es un importante puerto. La ciudad fue fundada en 1669 por portugueses y cuenta con una población de más de 1.700.000 habitantes.

El rosado Teatro Amazonas se fundó en 1896; demoró 17 años en construirse y es un edificio suntuoso que demuestra el progreso económico de la región en momentos en los que hacía furor la extracción del caucho. Es neoclásico, con estructura de hierro forjado, mármol de Verona, candelabros de Murano, cúpula de tejas vitrificadas importadas de Francia. El mobiliario es parisino, las paredes de acero fueron hechas en Inglaterra y el telón fue realizado en París por Crispim do Amaral y representa la unión de los ríos Negro y Solimões en el Amazonas.  En las columnas frente a los camarotes (90 con capacidad para 5 personas cada uno) se encuentran 22 máscaras de la tragedia griega que representan a diversos artistas: Shakespeare, Wagner, Moliére, Goethe, Mozart, etc.

En 1966 fue declarado monumento histórico y fue restaurado en 1990. La cúpula del Teatro Amazonas se divisa desde distintos lugares de Manaos; con 36.000 tejas vitrificadas importadas de Francia se forma un mosaico imponente con los colores de Brasil.

Cuando llegamos al mercado ya estábamos mustios. La ciudad es como el Chui a la enésima potencia y reinan los gritos, los olores y los colores. Al mediodía el Mercado Municipal que era una locura. Si bien la estructura es atractiva pues se construyó según el modelo de las Halles de París en 1880, el lugar no me cautivó quizás porque hacía demasiado calor y los olores eran muy fuertes. Entre un laberinto de coloridos puestos de frutas y verduras también se lucen plantas medicinales, artesanías y kilos y kilos de mariscos.

En la tarde dejamos ese enjambre de voces y postales caribeñas para continuar el retorno. Llegamos a Río en la noche del sábado 13 de julio y el domingo al mediodía arribamos a un Montevideo gris, frío y calmo.

Asombro ibérico

En agosto de 2012 recibí un regalo muy ansiado: viajar a Salamanca para asistir a un congreso.  Un sueño se hacía posible, estudiar en la Universidad de Salamanca dejaba de ser un anhelo y se convertiría en realidad en febrero de 2013.

En enero tuvimos nuestras vacaciones y en febrero me reintegré a trabajar. El domingo 17, luego de dos semanas arduas en las que procuré prever las demandas laborales, volé rumbo a España.  El plan de AICU (Asociación de Intercambio Cultural) ofrecía cuatro días en Salamanca para asistir al seminario Tendencias de Comunicación y tres jornadas más en Madrid.

Salamanca me impactó ni bien la vi, su color ocre es tan envolvente que brinda una bienvenida cromática agradablemente particular. ¡Y qué limpia se veía la ciudad! Llegamos a media tarde del lunes, estaba bastante fresco aunque no tanto como esperábamos. Para conocer parte de los servicios de la ciudad me fui hasta el centro comercial El Tormes que está afuera del núcleo urbano. Es un lugar chico (parecido al Punta Shopping) en el que visité tiendas de ropa, de cosmética, de productos para el hogar; estuve un buen rato en el supermercado indagando el consumo, productos novedosos, etc. Tomé un muy buen café en una pérgola encantadora y aproveché la wifi (voladora) del centro comercial.

Los precios de la cotidianeidad de Salamanca no me impresionaron: un cortado largo y bien servido: $ 31, un pack de seis botellas de agua sin gas de 300 ml: $ 39, almuerzo en salad bar con una bebida: $ 232, una gaseosa de medio litro: $ 21, seis manzanas medianas: $ 62. Esperé más diferencias frente a un euro que está caro, pero los servicios de la vida diaria española cuestan casi lo mismo que en estas latitudes.

El martes de mañana salí a correr bien temprano, a las 7 AM todavía estaba de noche. Dejé el casco histórico (donde estaba ubicado el hotel) rumbo al Parque de los Jesuitas. Antes de irme ya había indagado en qué espacios verdes podía correr, tanto en Salamanca como en Madrid.  El Parque de los Jesuitas resultó un lugar muy agradable pero chico, así que lo recorrí varias veces, de arriba abajo y de izquierda a derecha. Terminó la noche y despuntó el sol mientras conocía palmo a palmo un jardín prolijamente cuidado, hermoso, ideal para caminar, pasear, jugar. La pulcritud de la ciudad seguía impresionándome minuto a minuto.

Los días siguientes fueron de deporte y turismo en las mañanas, y clases en las tardes. Visité la Plaza Mayor, decenas de iglesias, recorrí calles, saqué cientos de fotos y vi pasar miles de turistas. En las tardecitas, luego de las cursos de cada día, disfruté de tés, cafés y jugos en bares con encanto, historia, tradición y buena atención.

Salamanca invita a fotos, cada esquina es una postal. La vista se recrea con muros de centenarias piedras, lindas ventanas, faroles y calles muy limpias. La Gran Vía despliega un esplendor de antaño y fascina con sus arcas continuas que parecen nunca acabar. En el Mercado se aprecian pescados brillantes que descansan sobre un hielo tan frío como el que hace afuera, hay jamones de todo tipo,  verduras y frutas relucientes.

Salamanca es ciudad de conventos y el de San Esteban es monumental, la fachada renacentista de su iglesia se impone con gallardía y los retablos invitan a pasar pues el edificio está muy bien conservado.

Las torres medievales de la Catedral son uno de los elementos más significativos de la ciudad. Desde cualquier lugar pueden verse pues se imponen con sus 110 metros de altura. El recorrido interior incluye parte de la vieja catedral y también de la nueva. Arriba la vista de la ciudad es espléndida, desde la altura se aprecia el casco histórico y las nuevas edificaciones, los espacios verdes, el río Tormes. El valor histórico de la visita es inaudito: se trata de un edificio que comenzó a construirse en el siglo XII.

La ciudad invita a liberar el instinto paseador, buscar y asombrarse con esquinas que permiten descubrir y retratar lugares maravillosos. El barrio histórico impacta por sus plazas, monumentos, edificios, bares, restós.

El Cielo de Salamanca es “el imperdible” de la ciudad; luego de visitarlo sentí que el viaje ya tenía un sentido inolvidable. Dice un folleto explicativo que “pocas ciudades tienen dos cielos. Uno, el exterior, el que vemos todos los días y otro en el que la vida, los sueños de la ciudad, se sintetizan, se resumen, toman forma”. Así es el Cielo de Salamanca, un fresco pintado por Fernando Gállego que estuvo en la antigua biblioteca de la Universidad y que fue trasladado al lugar que hoy ocupa.  Para apreciarlo, diversos especialistas desplegaron una puesta en escena envolventemente negra que enaltece al fresco ubicado como bóveda. La iluminación es perfecta y permite apreciar las estrellas, los signos del zodíaco y los seres mitológicos que surgen de un fondo intensamente celeste.

Y del Cielo fui a la Cueva, otro lugar con magia. La Cueva de Salamanca se encuentra en la antigua iglesia de San Cebrián. Es tan famosa que figura en relatos de Cervantes, Botero, Quevedo y otros tantos. Parece que en la cripta de este lugar funcionaba una escuela de ciencias ocultas. Del origen poco se sabe, algunos dicen que ese hermético lugar (en el que se practicaba la nigromancia, la iniciación y la adivinación) fue fundado por Hércules, otros lo relacionan con los árabes o los celtas. La Cueva es la entrada a un laberinto de túneles que recorría el subsuelo de la ciudad dando vida a la otra Salamanca: la cara oscura del conocimiento que generaba saberes herméticos, magia, alquimia.

El viernes de despedida de la ciudad comenzó con un buen entrenamiento matinal con aguanieve incluida. Hacía un atemorizante frío y por la calle San Pablo bajé hasta el río Tormes. Me fui hasta el límite de la ciudad con la vista fija en las torres de la Catedral, esas imponentes construcciones fueron mi guía y referencia. Me alejé del barrio histórico, continué por la ciudad y en el enclave de dos carreteras, luego de correr varios kilómetros doblé a la derecha. Volví a entrar a Salamanca por el costado oeste. Encontré el Jardín Botánico, lo recorrí y seguí rumbo al casco antiguo. Pasé por el puente romano, la Universidad, la Plaza Mayor, recorrí esas milenarias calles, me metí en los portales y en las plazas. Llegué al hotel mojada por el aguanieve que constantemente caía. Llegué feliz pues tuve la oportunidad de hacer deporte en un lugar fantástico, conjugué adrenalina con historia, pasión con pasión.

Ese fue un día inolvidable, volví a la Universidad y visité la impecable Biblioteca. Me faltan palabras para describir el placer de ver esos libros tan bien cuidados, los escritorios, las sillas, los globos terráqueos que adornan la estancia. La Universidad fue fundada en 1218, es la más antigua de España y modelo de las universidades hispanoamericanas. Sus aulas son exquisitas, se respira historia, se vive la pasión del conocimiento y la belleza reina en los artesanales techos, en el mobiliario, en las pinturas, en el propio edificio. Su puerta es muy famosa por la cantidad de símbolos y en especial por su ranita, pagana y esquiva.

Salamanca en invierno es sinónimo de frío, es belleza, innovación, perfeccionamiento y reescritura de la historia. Es una invitación para conocer el pasado, vivirlo, disfrutarlo, comerlo con la vista. La ciudad es seductora, parece que estuviera como en silencio a pesar de estar rebosante de personas. En sus calles hay perfume a jamones de boutiques gastronómicas que tientan hasta a los adictos a las verduras; hay relucientes bollos, bizcochos, panes, cafés, chocolates y churros; hay pinchos, tapas y vinos en pequeños cafés y restós repletos de estudiantes, locatarios, turistas y más turistas.

La última tarde-noche en Salamanca fue una espléndida sesión fotográfica de luces y sombras pues la ciudad luego de la puesta de sol seduce con sus claroscuros. Los edificios históricos están teatralmente iluminados; las calles, los salamantinos y los turistas se visten con otros ropajes, los de “las salidas de tapas”.

Dejamos Salamanca el sábado del fin de semana más frío del invierno español. Llegamos a Ávila, la única ciudad ibérica que mantiene intacta su fortaleza, para apreciar un paisaje gélidamente blanco. Tanto frío hacía que decidí dejar de sacar fotos y resguardar la integridad de mis dedos…

Ávila es pequeña, linda, cuidada, como salida de un cuento de reyes y reinas medievales. Ávila es otra postal, por ello la UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad al ser “tierra de cantos y de santos”. Es la capital de provincia ibérica ubicada a mayor altitud (1130 m sobre el nivel del mar), por eso las bajas temperaturas dominan el invierno. En Ávila se aprecian la Catedral, varias mansiones, monasterios, santuarios, conventos e iglesias. Ávila es el medioevo, Ávila es historia resguardada.

A media tarde del sábado llegamos a Madrid. En subte primero y en bus después, fui hasta el Decathlón de Usera para comprar ropa deportiva. Los servicios de transporte se desplegaron con facilidad y pude hacer el trayecto de ida y de vuelta de forma cómoda, rápida y segura. En la tardecita y a la vuelta de esta excursión que sirvió para aprovisionarme de económicos artículos deportivos, comenzó mi recorrido por la capital ibérica. Primero pasé por el Parque del Retiro y llegué hasta la Puerta de Alcalá que me recibió estoica y firme sobre un manto de flores amarillas. Continué hasta el Palacio de Cibeles primero y su famosa fuentes después y ahí mismo me encontré con una populosa manifestación. La crisis española reúne muy periódicamente en el núcleo más importante de su capital a los parados, a los gremios, a los cientos de miles de damnificados y a curiosos turistas.

Decidí no continuar pues el gentío era abrumador —aunque en ningún momento sentí inseguridad—. El instinto turístico, tan a flor de piel en esos días, me llevó a la calle Serrano y el asombro se coló en mi cuerpo. Volví a ser la niña younguense que se impactaba con las luces montevideanas. A la derecha y a la izquierda vi hermosos edificios bien conservados, vitrinas brillantes, productos bellísimos, calles bien cuidadas, luces, colores, perfumes, glamour. Viví la experiencia de vitrinear en la calle, algo inusual por estas latitudes en las que se compra casi exclusivamente en los centros comerciales. La calle en España todavía tiene vida de compras; se puede pasear, mirar, disfrutar.

Regresé al hotel exhausta, feliz, deslumbrada y pronta para el día siguiente. El domingo comenzó con una linda corrida por el Parque de El Buen Retiro que me esperaba con muy pocos deportistas pues hacía mucho frío (apenas 3 grados). Corrí con ganas, ganas de hacer deporte, ganas de gozar cada minuto, ganas de conocer ese enorme y sorprendente parque que hace las mieles de cualquier corredor.

Un reparador desayuno me preparó para caminar por la Gran Vía hasta la Puerta del Sol, la Plaza Mayor, la feria del Rastro y el Mercado de San Miguel. En el trayecto paré una y cien veces para tomar fotos, mirar vidrieras, degustar un té “para llevar” en un local de la cadena Tea Shop. De cada uno de estos lugares podría escribir párrafos con abundantes adjetivos, pero esta crónica se transformaría en un libro muy largo. Para sintetizar diré una vez más que quedé asombrada por el lugar que ocupan la historia y la belleza, el orgullo que significa en España un monumento, una plaza, una calle.

A la vuelta hice el recorrido inverso y me zambullí en la librería FNAC de la calle Preciados. Los diferentes pisos y la puesta de los libros me envolvieron; pasé varias horas entre la magia de hojas encuadernadas que guardan mundos, vidas, diferentes horizontes… Me tenté y compré varios, como no podía ser de otra manera.

Llegó la tardecita y me preparé para el día siguiente en el que recorrería El Escorial. El lunes temprano pasó a buscarme Nuria de la agencia Travel Bikex, el objetivo era trasladarnos 45 k hacia las afueras de Madrid para conocer el imponente monasterio de El Escorial construido en el siglo XVI y bicicletear un poco a pesar del gran frío que hacía.

Llegamos a la ciudad de San Lorenzo de El Escorial (municipio surgido dos siglos después de haberse construido el monasterio) un rato antes del mediodía y luego de abrigarnos con varias capas nos subimos a las bicis para comenzar un recorrido de 40 k. Por senderos privados que están abiertos al público (así indica la ley española que se debe operar en los espacios históricos), con nieve y por laderas boscosas llegamos hasta la silla de Felipe II para admirar el imponente edificio de El Escorial.

Entre piedra, granito, pinos, restos de nieve y con un brillante sol llegamos a Zarzalejo para tomar agua y saborear un rico sándwich (emparedado según los españoles) de pan integral con semillas, queso y miel. Una delicia preparada por Nuria que compartimos entre relatos de España, anécdotas de viajes, retratos de Uruguay.

El día terminó con un almuerzo en uno de los tantos restós de la ciudad. San Lorenzo de El Escorial parece haber salido de la pintura de un artista, en la ciudad no hay nada librado al azar, todo es historia, todo es belleza arquitectónica para conocer, aprender y regocijar la vista. En el almuerzo también deleitamos nuestros paladares con aprovisionamientos calientes y, entre plato y plato, Nuria y yo continuamos recreando España, Uruguay, nuestras vidas, y posibles paseos en bicicleta.  La bicicleteada y el después fueron excelentes, el servicio estuvo perfecto.

El día terminó con la visita al Museo Reina Sofía para ver su obra más famosa: el Guernica. Y después de verlo ya no hay nada más que hacer… solo caminar, pensar, meditar y sentirse un ser privilegiado por haber conocido esta gran obra de Pablo Picasso. El cuadro es imponente, por tamaño, técnica y tema. El sufrimiento de la guerra aflora en cada centímetro y envuelve en escala de fríos grises la gran sala en la que se exhibe.

El martes, el último día de la corta estadía en Madrid, fue perfecto. Bien temprano volví al Parque de El Retiro para hacer 80 minutos progresivos, tan progresivos como el parque y sus sorpresas me lo permitieron. A pesar de ser la tercera visita, encontré nuevos lugares, más jardines, corrí en torno al Palacio de Cristal, me dejé ir por las callecitas, sentí el frío en mi rostro y vi despuntar el alba en esa gran ciudad.

Para despedirme de Madrid fui al Museo del Prado con el claro objetivo de ver solo algunas obras pues tenía los minutos contados. Luego de un par de horas debí literalmente arrancarme de las garras del museo, la belleza de ese lugar es indescriptible. El Prado es un museo clásico en su puesta en escena, iluminación y presentación. Es por lo tanto de una hermosura fácil de comprender y sus salas están diseñadas para recorrer sin parar, ir todos los días y dejarse maravillar por El Bosco, Durero, Rafael, El Greco, Caravaggio, Velázquez, Goya, Rembrandt, Rubens.

Fui al Museo del Prado a ver a Las Meninas y el Jardín de las Delicias. Ambas pinturas me cautivaron pero debo confesar que otras tantas también me llegaron al alma y viví, por primera vez en mi vida, la experiencia de mayor emoción frente a la pintura. La música, el teatro y la danza me habían ofrecido ese sobrecogimiento del alma y pude en ese Museo experimentarlo por primera vez ante la belleza de un cuadro.

Horas antes de volar a Uruguay pude recorrer el Palacio Real y la Catedral de la Almudena. Me quedé con ganas de más. España me cautivó, me asombró y me conquistó a pesar de que soy una persona muy desapegada a los orígenes de la “madre patria”. Por eso mismo disfruté tanto pues me sorprendí a cada instante. Volveré a Madrid para recorrer los lugares pendientes, ir al Museo del Prado una vez más y vivir la Historia que con tanto orgullo se muestra.

El viaje fue perfecto pues conjugó estudio en una gran Universidad, turismo y deporte. Conocer el mundo de esta manera fue un regalo maravilloso.