Las manos de Neneta

En los diversos entornos, incluso hasta en los más sombríos, se moldean conmovedoras historias de vida resguardadas en la apariencia casual de un familiar, vecino o compañero de trabajo. Son personas con semblantes cotidianos que, sin embargo, sintetizan experiencias inusuales; son historias que enriquecen nuestras vidas con sus destrezas, valores y peripecias. La de Neneta es una de ellas. Sus manos son la metáfora de habilidades para la cocina y las labores forjadas en el medio rural, hace 80 años. Pericias fortalecidas, más tarde, con la necesidad de llevar adelante un hogar y enriquecidas con Pinterest en la actualidad. La suya es una vida de adecuación y templanza.

Neneta es una mujer fuerte y de espalda ancha, apenas plegada a pesar de 80 años de vivencias de sábana y mantel. Su nombre verdadero es María Angélica, aunque ya casi nadie la conoce así.

Fue la séptima hija de un matrimonio algo acomodado de hacendados rurales de la zona de Young, Río Negro. Creció y se educó en el campo, bajo la impronta del trabajo y del esfuerzo, en una familia rígida con muchas bocas para atender. En su casa, junto a sus hermanos, recibió formación escolar con una maestra contratada para esos fines y luego finalizó Primaria en el Colegio del Huerto de Paysandú.  En ese hogar, se formó en las tareas que una mujer de aquella época debía realizar. Aprendió a cocinar, coser, bordar y a administrar con recelo los recursos, tanto en tiempos de bonanza como de escasez. De su madre y de las mujeres que trabajaban en la estancia, aprendió a sostener una casa en orden. Esa formación para el hogar y una fortaleza interior inusual con profunda fe cristiana fueron los pilares con los que abordó la adultez.

Se casó joven y junto a su esposo vivieron primero en Paso de la Laguna, luego en Arroyo Grande y finalmente en Young, cuando la ceguera de su madre ―producto de la diabetes― comenzó a avanzar. Neneta se hizo cargo de su cuidado y también del de su padre, y tiempo después enfrentó la viudez a temprana edad, apenas pasados los 40 años. Con tres hijos para criar (de 15, 8 y casi 1 año), llevó adelante su casa con los recursos que había recibido de aquella pragmática formación en economía doméstica. El tejido a máquina, el fino bordado de vainillas caladas, los postres para casamientos, los budines y panes dulces para Navidad fueron los ingresos con los que armó, semana a semana, el presupuesto para sostener a sus hijos.

También tuvo “pensionistas”: estudiantes de la zona rural que alquilaban una cama en casa de Neneta con derecho a la comida. Sus manos se transformaron, innegablemente, en su fuente de ingresos. Los bordados que aprendió de niña le permitieron adornar ajuares, una práctica muy codiciada hasta hace unos 15 o 20 años. Además de postres para bodas (que preparaba durante agotadoras horas en la cocina de su casa), comenzó a ofrecer viandas diarias y la clientela recomendaba sus platos caseros.

Con el tejido a máquina respondió a pedidos individuales y también de comercios. El tejido a dos agujas, una de sus manualidades favoritas, no era tan redituable y lo reservaba para los afectos. La lista de manualidades y artesanías en las que ha incursionado Neneta es extraordinaria. Parece que no hay técnica con la que no pueda. En su momento, pintó en madera, en vidrio, en cerámica y en hierro. Dio clases de pátina y de pintura, también. Los bordados siempre se le han dado muy bien: a máquina, a mano con bastidor y últimamente el mexicano, que primero aplicó en almohadones y luego en vestidos, shorts y pantalones para sus nietas.

En la casa de Neneta siempre hay revistas de tejido, bordado y decoración, y en la tele algún magazine con Choly, la famosa cocinera argentina. Neneta siempre ha estado atenta a las tendencias en manualidades, cocina y repostería. Y por ello, la tradicional ambrosía que había aprendido de su madre y la famosa torre de bombas, con las que era muy conocida, dieron lugar a la torta helada, el rogel y el marquise de chocolate.

Ahora ha sumado una nueva estrategia para nutrirse de ideas: usa la tableta del plan Ibirapitá. Tiene una cuenta Pinterest que le configuró una de sus nietas y busca inspiración en el mundo tecnológico. Además, es una lectora contumaz. En su mesa de luz siempre hay algún libro. Disfruta de las novelas, las biografías y las crónicas de los más diversos autores. Su género preferido es la novela histórica, aunque lee todo lo que llega a sus manos y más de una vez, incluso. Por ello, tiene un rico vocabulario que supera, en creces, su tímida instrucción formal.

Una mujer así de activa requiere un cuerpo que la sostenga. El de Neneta es grande, de anchas caderas, piernas largas; es un cuerpo robusto que contrarresta con su carácter reservado. Su voz es suave y su hablar pausado, pero firme. Busca ser ecuánime y es amable hasta para retar a un niño o poner a un adulto en su lugar.  Es introspectiva, aunque jovial cuando la ocasión lo amerita. Difícilmente discuta o hable de temas incómodos: cuando un asunto la perturba, lo pone a macerar hasta que se disuelve.

Parece que nada en la vida la supera, aún en aquellos momentos en los que decidía repetir las bombas para un casamiento porque habían quedado chatas. Su temperamento mesurado la muestra equilibrada, sin fisuras ni debilidades; incluso en una triste serie de fallecimientos, porque ha sido testigo de la muerte de siete de sus ocho hermanos. La tristeza, en momentos de enfermedad y de muerte, el desasosiego y la angustia ante la adversidad se manifiestan con una jaqueca o una sinusitis que la perturban solo unos días, porque Neneta se levanta, se rearma y sigue.

Su piel es blanca y hoy presenta múltiples arrugas, algunos lunares y manchas. Su presencia es siempre muy atildada, aunque su pelo es rebelde, tanto que de niña le decían “la Mechuda” (tiene el privilegio de contar con un nombre y dos apodos). Las uñas de Neneta están cortas y pulidas siempre, pues sus manos están prontas para la acción inmediata. En ellas, y también en un rostro con ojos cansados, se demuestra el paso del tiempo, las horas de trabajo en la cocina, en el bordado, en el tejido y en la pintura, y también las tantas veces que cortó astillas y armó el fuego para dar calor.

Agasajar es parte de su esencia: escarpines para el nacimiento de sus nietos, una comida especial para una cuñada o alguno de sus tantos sobrinos, un regalo para las amigas de gimnasia o de pintura, una pascualina para esperar la visita de sus hijos. A cada uno de los afectos les ha regalado su tiempo y el fruto de sus manos.

Ella está atenta y siempre presente en los momentos cruciales, sin algarabía pero con gozo. Neneta es una figura de otra época, una mujer abnegada que arremetió para salir adelante. Fue criada para dar vida a las sábanas que arropan y que amortajan, para dar vida a los manteles en los que sirve el pan preparado con sus propias manos, para dar vida y sostén a la familia con trabajo, juicio y mesura.

Ella es parte de una generación de amas de casa formadas para llevar adelante un hogar con la economía de las conservas, del ensopado y de la “ropa vieja”. Es parte de una generación que se va perdiendo. En Neneta y en esas otras mujeres reside un legado a rescatar, pues ellas conocen las herramientas que nos permitirán volver al tiempo de las manos, al tiempo para coser un botón que no es más que hilvanar la vida.

 

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Objetos de infancia

Ahí, como siempre

“El banquito está desde que tengo memoria, y tengo recuerdos desde que era muy, muy chico. Siempre estuvo en mi dormitorio. Nos mudamos varias veces y sobrevivió. Está en la casa de mi madre, en el que era mi cuarto. Era un actor de reparto. Estaba en un rincón, por ahí. Lo usaba para jugar con algo, con otra cosa”.

El taburete de Mauricio —de madera maciza, de color marrón agrisado— y de base redonda, tiene la medida justa para un niño pequeño. Es cándido y robusto, y reclama atención: una mano de barniz, un poco de cola para una de las patas. Es una de las representaciones de la infancia; porque si tuviste un banquito, seguro lo recuerdas.

Entre las zonas más pulidas de unas patas trabajadas, anidan recuerdos de niñez, postales de juegos, risas y cantos. Entre las ásperas, también hay imágenes: las que forjan y templan para encarar lo que está por venir.

“Fue mi primer arma y el protagonista principal en una pelea con mi hermana. Ella, ocho años mayor que yo, me insistía para que bailara el vals en su fiesta de 15. Yo me negaba. Estaba muy cargosa y, hastiado, le pegué con el banquito. Lo usó de chantaje. Bailamos el vals, por supuesto.

Podría haber elegido otros objetos, pero el banquito estaba ahí, como siempre. Lo restauraré y será parte de mi nueva casa, acabo de mudarme. No sé qué lugar ocupará; estará ahí”.

La hizo papá, para mí

“Eran recuerdos olvidados, pero fue inmediato: vi la foto y regresé a la infancia… mi padre armando la estructura y el tapizado, todos sentados al lado de la salamandra y el olor a maní que tostábamos en invierno. Antes de cenar teníamos ese ritual. Siento el ruido de la cáscara al romperse, yo intentaba hacerlo con los dientes porque no podía con las manos, no me daba la fuerza. Los adultos que me decían que no lo hiciera, que me iba a romper los dientes y que las cáscaras estaban sucias. Siento la rugosidad de la piel del maní que se pegaba en mi garganta.

Es muy importante porque la hizo con sus propias manos, él es muy hábil para esas cosas. Esa sillita, muy sencilla y estable, era mía. Después lo usó Gaby, mi hermana. Ella es cuatro años menor y nos peleábamos por usarla. Yo no quería prestársela porque era mía. También la usó Andrés, que es menor; tiempo más tarde mi sobrina Camila, hija de Gabriela y mucho después Agustín, hijo de Andrés. Cuando le mostré la foto a Camila, se acordaba de la sillita y especialmente me contó que le gustaba sentarse y enterrarla en el pasto. En ese momento, ya no tenía los regatones. Yo no hacía eso, yo la cuidaba.

La cuidaba mucho porque la hizo papá, para mí. El pantasote era de los asientos de los ómnibus de la empresa en la que trabajaba. Es bien de los 70. Un tapizado grueso. Para mí era una reliquia. Aprendí a cuidar mis pertenencias con esa silla. Cuando no se usaba, estaba en nuestro dormitorio y arriba sentaba a mi muñeca de pelo rubio y dos colitas”.

Por momentos, se le quiebra la voz. Se recompone rápidamente y busca expresiones para recrear la historia de una silla que es muy simple, pero que refleja ricos recuerdos de infancia. La silla de Andrea tiene estructura de metal, respaldo y asientos color bordó, y es lo suficientemente acolchonada como para brindar comodidad a un cuerpo pequeño. Se nota un trabajo amoroso, muy prolijo y dedicado. Se nota esmero y el tiempo del  trabajo manual.

Las sillas de los niños invitan al protagonismo, a participar de una ronda, a ser parte de escenas de noche, secuencias que se repiten y que conforman infancia y familia. Los niños se hacen grandes y las sillitas van quedando, siguen siendo parte del mobiliario, incluso con más arraigo que otros elementos del hogar.

“Yo tenía 7 años. Aprendí responsabilidades con la silla. Los adultos me decían: ‘Tené cuidado con la salamandra, no te acerques porque el pantasote se puede quemar’. “No la arrastres’, me retaba mi madre.  En esa casa los pisos eran de madera, ella los lustraba a mano y yo los rayaba con la silla. Es que la sentía pesada porque, a pesar de las patas finas, el asiento y el respaldo tienen base de madera. La sentía firme, además. Nunca me caí de esa silla, pero hacía caer a Gabriela. La bamboleaba para que se cayera y me dejara ese lugar, que era mío”.

La silla, con las historias de Andrea, Gabriela, Andrés, Camila y Agustín, sigue enhiesta y con un par de retoques quedará pronta para un nuevo capítulo. “Con esa foto volvieron tantos recuerdos… le pedí a papá que la restaure. No necesita mucho, solo detalles. Irá al dormitorio de Sofía, mi hija. Mi infancia acompañará la de ella”.

Siempre a mano, siempre en uso

“Tenía 5 o 6 años cuando nos las regalaron. Había dos y las usábamos en todo momento. Una era para mí y otra para Rossana, mi hermana. Creo que fueron regalo de Navidad o de Reyes”.

Jacky explica que las sillas de su infancia son de cármica, con la misma forma y material que el juego de la cocina de su casa. En aquel momento se usaba ese tipo de mobiliario y las sillas son una réplica, pero en tamaño reducido.

Se multiplican las referencia de juegos en los que las niñas adoptaban roles de adulto y se suman a vivencias infantiles y otras postales de época. “De tarde, mi madre nos bañaba y nos vestía muy prolijos. Nos sentábamos todos arregladitos en la terraza, nosotras dos en las sillitas y Enzo en su banco. Con esas sillitas hacíamos de todo. Me veo parada arriba ayudando a mi madre a lavar los platos. Las usábamos cuando jugábamos a las maestras y a tomar el té. En una terraza armábamos una carpa de indios con frazadas y adentro de esa carpa las sillitas eran parte del mobiliario”.

Las referencias a la silla de infancia continúan y las vivencias se proyectan porque hay objetos que permanecen y acompañan. En su mayoría, se trata de objetos que se resignifican en nuevas etapas de vida.

“Desde que entró en mi vida, ha estado siempre. No recuerdo exactamente en qué parte de la casa, pero estaba ahí, siempre a mano, siempre en uso. De niña le daba tantos usos… eso la hacía especial. Y ahora también. Está en la cocina, en el living, en la terraza. Me sirve como una mesita auxiliar. De vez en cuando cuelgo alguna ropa o pongo zapatos en el asiento. Si la llevo al lado de la cama, me permite no tirar cosas al piso, aunque no es el uso habitual. Me subo a ella para llegar a algún estante y me acompañó mientras hice mi tesis. La usaba para sentarme y trabajar en la computadora en una mesa ratona.

La silla fue y es muy importante. Es un objeto particular en mi vida. Tiene mucho valor afectivo porque me ha acompañado. Además, a los niños les gusta y la usan para lo mismo que yo lo hacía. Sigue concitando el mismo interés. Es la silla que han usado mis sobrinos y también los hijos de amigos cuando me visitan. Es fuerte y como no tiene posabrazos, pueden sentarse adultos.

Es divina. Es simpática. Es tan versátil que se ha adaptado a mi vida. Es resistente y ha tenido pocos arreglos, un mínimo de mantenimiento. El banquito pereció, pero las sillitas perduraron y continuaron su vida junto a la generación siguiente”.

“Hay un interés creciente por la encuadernación artesanal, en consonancia con otros oficios que recuperan el valor del trabajo manual”

Charla con Gervasio Monchietti, encuadernador artesanal

Gervasio habla pausadamente. Argumenta, describe y narra con la soltura de quien domina el tema y de quien maneja, además, la oralidad. Porque Gervasio es periodista y locutor, y la profesión se le nota en las pausas, en la entonación y en los énfasis. Tiene 37 años y es argentino. Nació en Santa Fe, en un pequeño pueblo que se llama San Genaro; luego vivió en Rosario (Arg.) y hace un año y medio se mudó a Montevideo. Ni su acento, ni su apariencia lo delatan como argentino, Gervasio ya está totalmente acoplado a la idiosincrasia de nuestro país, es un uruguayo más y parece disfrutarlo. Dice que un poco tarde descubrió la encuadernación; ya había estudiado Periodismo, Locución y también algo de Derecho. En 2005, en la Fundación Patrimonio Histórico de Rosario asistió a un taller de encuadernación artesanal de cuatro meses y así comenzó un vínculo que se desarrolló como un oficio.

“En San Genaro, mi pueblo, no había librerías y en mi casa
no había una gran biblioteca con libros;
en su lugar comprábamos fascículos que salían
en los diarios que después se encuadernaban”

¿Cómo llega un periodista a la encuadernación?
Lo hice como casi cualquier persona hace un taller: con ganas de aprender algo diferente. A mí me gustan mucho los libros. En San Genaro, mi pueblo, no había librerías y en mi casa no había una gran biblioteca con libros; en su lugar comprábamos fascículos que salían en los diarios que después se encuadernaban. Consideré entonces que era interesante aprender algo que estaba relacionado con mi niñez y adolescencia. Ese primer taller que tomé [estaba a cargo de] un encuadernador de Rosario que es de profesión veterinario, en realidad. Se llama Alberto Charamonte y aprendió a encuadernar en Suiza, en una abadía; él es un verdadero apasionado del tema y su interés está focalizado en enseñar y compartir.

Cuatro años después comencé a hacer cuadernos para ir a ferias, adquirí bastante experiencia y en algún momento me proponen dar un taller. Lo hablé con Alberto, que era “mi maestro”. La modalidad de taller ―a partir del periodismo y de la locución― me gusta mucho, [así que] me animé. Fue en 2010, con 25 asistentes; una linda experiencia, aunque nunca repetí un taller con tantas personas.

A partir de ahí busqué más oportunidades para seguir aprendiendo. Hice dos talleres con Martín Farfán Patiño, un encuadernador mexicano que estuvo en Argentina. Uno de encuadernación en cuero y dorado manual, y otro de restauración de papel; aunque no me dedico a la restauración. También asistí a un taller en Buenos Aires en Papelera Palermo sobre álbumes de fotos.  

¿Cuáles son las características que definen a la encuadernación? 
La encuadernación artesanal, que es lo que yo comparto en los talleres, es un trabajo en gran parte manual para pensar la estructura de un libro, el tipo de tapa y el tipo de costura.

La encuadernación “en un primer nivel es una técnica, un oficio,
y hay instancias o aportes que el encuadernador
hace para que la obra se transforme en una artesanía”

¿Es un arte o una técnica? 
Yo creo que es una técnica que puede desarrollarse como arte. En las ferias hay toda una discusión [acerca de] si se considera una artesanía o una manualidad. Creo que en un primer nivel es una técnica, un oficio, y hay instancias o aportes que el encuadernador hace para que la obra se transforme en una artesanía.

¿Qué tipos de encuadernaciones existen? 
Hay unos 30 o 40 estilos de encuadernación, incluso hay encuadernadores reconocidos que han desarrollado sus propios métodos —por ejemplo, Keith Smith que tiene libros publicados y muchos videos en internet—. En general, los estilos tienen que ver con épocas históricas.

A grandes rasgos, en Occidente la encuadernación comienza con la encuadernación copta que es muy conocida, no lleva lomo y tiene una costura con una buena apertura. [Se desarrolló] del siglo II al VI y tiene dos o tres modificaciones diferentes.

Después está la encuadernación a la greca que surgió en Alemania, tiene refuerzo de cuerdas y generalmente lleva lomo redondo. La más tradicional, la que generalmente se aprende en los talleres, se llama cartoné, también conocida como encuadernación francesa, por el tipo de costura. Es una técnica en la que se construye la tapa por un lado y el lomo por otro. Esos son los formatos más clásicos.

La costura parece ser muy importante… 
Hay costuras para cuadernillo y para hojas sueltas. En la encuadernación japonesa, que es muy simple, se trabaja con la segunda, la de hojas sueltas. La costura para cuadernillo más conocida se llama de escapulario o francesa. Hay otra, a la greca, que es para cuadernillo, pero reforzada con cuerdas (antiguamente se usaban nervios de animales, ahora se usa hilo). También está la costura copta y hay muchas variaciones de los refuerzos (de cintas, de cuerdas, etc.).

Después hay una costura para hojas sueltas que se llama diente de perro. Con el mismo nombre se agrupan diferentes técnicas porque hay diferencias de traducciones y terminológicas.

¿Qué materiales se usan para encuadernar? 

Hay distintos tipos de papeles, se procura conseguir [aquellos] que no sean blancos y que tengan el gramaje adecuado al tipo de encuadernación que se quiere realizar. Para las coberturas hay algunos materiales específicos: el papel vinílico y la tela de encuadernación.  

El cuero y el papel son los materiales más tradicionales. De hecho, muchas veces una tapa queda mejor con un lindo papel que con los vinilos, que son más plásticos. Se usa el hilo de algodón específico para encuadernación porque es lo más fácil de obtener. El hilo de lino es el más buscado, aunque no es fácil de conseguir por aquí.

¿Qué más hay que tener en cuenta para encuadernar artesanalmente? 
La plegadera, que generalmente es de hueso, es el fetiche de los encuadernadores porque es una herramienta central. [Las hay de] distintos materiales y sirven para plegar y marcar. [Hay que contar con] un buen lugar donde cortar. También trinchetas y una buena regla de metal. Hay otra herramienta que es más difícil de conseguir: la prensa de encuadernación o prensa de hierro. No siempre se tiene, fundamentalmente al principio, y se puede suplir con una prensa como las de matambre. La guillotina también es importante. Aunque hay encuadernadores que no la usan.

“Hay un interés creciente,
en consonancia con otros oficios
que han recuperado la importancia de lo personal,
lo hecho a mano,
también la reutilización de materiales”

¿Por qué crees que está de moda la encuadernación? Lo habrás notado en la oferta de talleres y en la oferta de agendas, libretas, libretitas y libros encuadernados manualmente 
No diría que la encuadernación está de moda, pienso que los celulares están de moda, en el sentido de objetos de consumo masivo. Una cosa es que haya muchos talleres y oferta de cuadernos, y otra muy diferente es que eso se traduzca en que la gente se interese genuinamente por la encuadernación. Es verdad que hay un interés creciente, en consonancia con otros oficios que han recuperado la importancia de lo personal, lo hecho a mano, también la reutilización de materiales.

Creo que en las grandes ciudades —Buenos Aires, Rosario y Montevideo— hay como un boom con la encuadernación, pero cien kilómetros afuera el tema no existe y la gente se sorprende de que haya personas haciendo encuadernación.

He hablado del tema con Alberto [Charamonte] y él considera que la encuadernación tiende a desaparecer, pero yo creo que los talleres generan un movimiento de gente curiosa por la encuadernación y los emprendimientos que de ahí surgen también contagian. Hay, por lo tanto, cada vez más personas que impulsan el tema. Y hay una gama bastante grande de cosas que se pueden hacer y cada uno le aporta su sello personal.

¿Te referís a distintos tipos de encuadernaciones? 
Sí y distintos tipos de objetos, desde editoriales artesanales, cuadernos, agendas, cartas de restoranes. También la restauración, los libros objeto, los libros de artistas.

¿Cómo funciona el tema de los talleres en Uruguay?  
Hay mucho interés. Estoy contento, en los talleres muestro técnicas que aprendí de otros encuadernadores y algunas que descubrí de forma autodidacta, al explorar sobre el tema. Me gustaría que viniesen otros encuadernadores; en Buenos Aires hay algunos maestros que se encargan de la “encuadernación fina” y que han participado de talleres y de ferias internacionales.

¿Cuáles son los próximos cursos que brindarás? 
En [este momento hay un taller en] la librería Las Karamazov que combina poesía y encuadernación. [Es una modalidad muy particular] porque a mí me gusta y escribo poesía. Se llama “poesía y encuadernación japonesa”. Los cupos están completos, pero seguramente en marzo lo vamos a repetir.

El 25 de febrero habrá un taller intensivo de un día en Espacio Aquiles. También estoy armando dos talleres trimestrales, uno en Estudio Sur que será sobre encuadernación de libros de fotografía. Es un taller orientado a la utilización de la encuadernación para realizar fotolibros. Y a partir de mayo, en Espacio Anata, habrá un segundo taller trimestral sobre encuadernación artesanal en general.

En los talleres de febrero, en Las Karamazov, enseñas la técnica japonesa… 
La encuadernación japonesa comienza tardíamente. A mí lo que me gusta es su simpleza; en el taller muestro ejemplos de técnicas realizadas entre los años 1600 y 1800. Son costuras relativamente simples que requieren poca maquinaria, no se utilizan herramientas grandes, en general solo punzón, aguja e hilo o alguna plegadera y la prensa chiquita. Con eso es suficiente, además de martillo y clavo, o taladro para casos específicos.

En el taller, [los participantes] realizan dos o tres costuras y un estuche japonés que también se llama estuche de cuatro lados. [Se trata de] un estuche, como si fuera la base de una caja con cuatro lados que cierran, que sirve para guardar libros pequeños. Es como una caja que contiene varios tomos de una misma unidad.

“Me gusta combinar funcionalidad,
prolijidad y belleza para que la
persona se enamore del objeto”

¿Cuáles son las características que definen las creaciones de Gervasio Monchietti? 
En este momento uso mucho el papel marmolado que es una técnica que se pinta y se lava en agua. Me considero un tanto sobrio para encuadernar, pero estoy atento a los intereses y veo que el color gusta mucho y llama la atención. Busco funcionalidad en el tamaño, fundamentalmente.

Cada persona que aprende sobre encuadernación le agrega algo personal: los materiales, los detalles, etc. Yo procuro trabajar en la edición artesanal, ese sería mi agregado. Es algo a lo que me dediqué hace un tiempo y quiero volver próximamente. Me gusta combinar funcionalidad, prolijidad y belleza para que la persona se enamore del objeto.

¿Cómo es tu jornada de trabajo como encuadernador? 
Trato de hacer cosas diferentes, pues hacer una misma actividad durante un largo rato es muy demandante. [Por eso], procuro variar. Trabajo en series cortas: tengo el papel, lo corto, lo doblo, lo perforo, después llega el momento de coser, encolar y elegir la cobertura, forrar las tapas, por ejemplo.

Trabajo en casa, siempre trato de tener un espacio para ese fin, y también en Anata. Cuando encuaderno escucho música, salvo cuando hago papel marmolado porque la técnica invita al silencio, a estar en contacto con la naturaleza [porque] se trabaja en una batea con agua para que los colores se abran y después se cuelgan los papeles al sol.

¿Es un trabajo que demanda mucha paciencia? 
Sí, aunque depende de lo que cada uno quiera desarrollar. Es lento, pero no tanto. Y es muy entretenido. Es importante trabajar con otro para facilitar la tarea y enriquecer el trabajo. Es muy disfrutable, sin lugar a dudas.

¿Dónde se consiguen tus encuadernaciones?  
[En este momento] estoy yendo a Villa Biarritz los sábados y también comencé a ir a Tristán Narvaja los domingos. Se vende, aunque cada día es un azar. En general, en Montevideo hay mucha afluencia de turistas que son los que más compran. En este momento lo que más gusta son las bitácoras de viaje que se hacen con cuero.

Tejiendo identidad rural

Virginia Montoro es diseñadora industrial textil y dirige Ruralanas, una organización que vende tejidos realizados por mujeres del entorno rural. Virginia se crió en el campo; hasta los nueve años vivió en medio del verde y sorpresivamente, de un día para otro, su familia se mudó a Montevideo. El cambio generó un quiebre muy importante en una niña que, sin saber qué profesión elegiría años más tarde, con convicción ya había decidido regresar al campo.

Al finalizar la Secundaria, y con una fuerte impronta artística en la familia, Virginia comenzó a estudiar Paisajismo en el Jardín Botánico. Cuando terminó, había descubierto que el diseño era su verdadera pasión y entonces comenzó la carrera de Diseño Industrial Textil en el Centro de Diseño Industrial.

Para financiar sus estudios trabajó desde los 18 años, fundamentalmente se desempeñó en tareas relacionadas con el comercio. Fue vendedora en una joyería, armó una empresa de arreglos de jardines con una socia y vendió quesos con su novio (quien hoy es su esposo). La venta, como ella misma expresa, ha sido su punto fuerte.

Durante los años de vida en Montevideo mantuvo lazos con el medio rural y finalmente en 2001 se mudó junto a su esposo al litoral. A él le surgió una oportunidad laboral y Virginia lo acompañó, a pesar de las insistentes preguntas acerca de qué podría hacer en el medio del campo con su título de diseñadora. En su interior intuía que en el medio rural y en las pequeñas ciudades había oportunidades y con esa visión comenzó su experiencia profesionalizando locales comerciales en Young (Río Negro). Llevó adelante el emprendimiento con éxito y creatividad, hasta que tomó contacto con un proyecto que parecía estar creado justamente para ella.

Una iniciativa de diseño con anclaje rural
Ruralanas, una empresa que comercializa tejidos, fue creado por la Fundación Gastesi Marticorena en 2003 con el “objetivo de mejorar la calidad de vida de la mujer rural” y Virginia se sumó a la gerencia de la empresa en 2008.

Un año después de su incorporación, “Ruralanas aún no era rentable y la Fundación decidió no seguir con el proyecto. Me ofrecieron hacerme cargo y me otorgaron la marca por tres años, siempre y cuando siguiera con el mismo fin social”, explica Virginia. Agrega que “fueron momentos muy difíciles. Si bien los primeros meses la Fundación me apoyó con la financiación de toda la producción y la materia prima que tenían en stock, no contaba con un capital de giro que me permitiera crecer de inmediato. Pero yo estaba convencida de que era posible que funcionara como empresa y creía firmemente que lo que estaba haciendo era lo correcto. Además, si no me hacía cargo, muchas mujeres iban a quedar sin su entrada económica. Y en algunos casos era la única entrada”.

En la zozobra, su intuición en relación con el proyecto le permitió seguir adelante y en 2010 decidió abrir el primer local de Ruralanas en la explanada del Parador el Rancho —en la ruta 3, en el límite de la ciudad de Young—. La confianza que los dueños del restaurante depositaron en Virginia y en Ruralanas fue muy importante para el crecimiento de la empresa. Tener un local comercial implicaba trabajar de lunes a domingo, un sacrificio significativo y muy demandante, “pero era una buena estrategia para mostrar la marca, ya que la ruta 3 es un lugar en el que pasan muchísimas personas”.

Un año después, le ofrecieron asociarse y abrir un local en Santiago de Chile. La idea de un salto al exterior fue una tentación, y la experiencia fue muy positiva, pero debieron cerrar en 2012 con una importante pérdida. El monto de la pérdida era inabordable y después de mucha angustia Virginia se concentró en crear un producto que se pudiera producir en grandes cantidades para darlo a conocer masivamente. Así nacieron las bufandas y gorros Ruralanas que se comercializan en una pequeña caja sencilla y rústica.

Había logrado proyectar un producto fácil de producir, de comercializar y que además era una buena estrategia de promoción de la marca. Pero para solventar la deuda debían vender, al menos, 10.000 cajas y no contaban con dinero para la producción inicial. De todos modos, Virginia se la jugó y mandó a confeccionar mil unidades. Cuando estuvieron prontas, llamó a la cadena de supermercados Tienda Inglesa (Montevideo). Sabía que no era fácil entrar en ese mercado, pero insistió y pidió solo dos minutos para mostrar el producto. Los convenció, compraron las primeras 300 cajitas y Virgina salió de esa reunión llorando de tanta emoción. Era la forma de recuperarse. Esas cajas implicarían mucho más en el futuro, aunque en ese momento eran un nuevo comienzo.

Luego de esa preocupación en particular, que tanta energía le demandó, siguió a cargo de la producción, de las ventas (las minoristas y al por mayor), los pagos y cobros, del diseño, y de los proveedores. Durante mucho tiempo solo contó con una vendedora que la ayudaba en el local.

En 2014 le ofrecieron abrir un local en Punta del Este y comenzó así un proceso de venta de franquicias que hoy ofrece productos Ruralanas en varios lugares: José Ignacio (con una marca externa), Treinta y Tres, Melo, Paysandú, Montevideo, Young. Además de vender en Uruguay por mayor a diversos locales, Ruralanas comenzó a producir para otras marcas y el desarrollo ha sido tal que, en la actualidad, la empresa teje para siete firmas diferentes.

Ese mismo año la sorprendió una llamada de Ecuador. Patricia Herrera, integrante de la Gobernación de Ecuador y defensora de los pueblos indígenas, la contactó pues había visto las cajitas en Colonia del Sacramento y consideró que era una excelente idea para implementar en una comunidad indígena en la base del volcán Chimborazo (Provincia del Chimborazo). La organización, a cargo de un sacerdote francés, tiene el mismo objetivo que Ruralanas: empoderar a los trabajadores del medio rural. Las cajitas comenzaron así a dar otros frutos y hoy existe “Ruralanas Ecuador”.

En 2015 Virginia fue invitada a asesorar una fundación en Bogotá que tiene un espíritu similar y un año después preparó a 140 artesanos y seguramente “Ruralanas Colombia” se materialice próximamente.

Ruralanas nació con un fuerte sentimiento social que se ha extendido y que hoy favorece la vida de mujeres rurales y también de niños y adolescentes con capacidades diferentes. Cuando Virginia se sumó, el objetivo principal era la rentabilidad de la empresa. Hoy, luego de muchas vicisitudes, ese objetivo se ha cumplido ya que más de cien artesanos trabajan directamente para la marca que procura responder a las demandas del mercado y a los sueños de quien la dirige.

El trabajo en equipo, la alegría, el compromiso y el valor que cada taller y cada tejedora aportan son las características que dan identidad a Ruralanas. Virginia agrega que el espíritu emprendedor, tan necesario, lo adquiere de su esposo pues “él nunca baja la cabeza y siempre sigue adelante”. En su pareja encuentra el acompañamiento necesario para enfrentar las dificultades de llevar adelante una empresa de estas características.

Para Virginia, Ruralanas puede crecer mucho más. Con insistencia, se esfuerza en aseverar que “no tiene tope”. El medio rural aporta gran cantidad de excelentes artesanos con necesidad de trabajo y ella disfruta intensamente con la visita a los talleres y la preparación de los tejedores que implica un “ida y vuelta” con aprendizajes para todos los protagonistas. Para esta etapa espera inversionistas que le permitan seguir funcionando cada vez mejor y crecer, porque sueña con crear un Ruralanas en cada país de América del Sur con una misma línea de diseño y la impronta artesanal de cada lugar.

Mi abuelo: un nuevo retrato muchos años después

Tata1De niña, para una tarea escolar escribí un retrato sobre mi abuelo; creo que fue unos años después de que había fallecido, así que su presencia todavía estaba muy próxima. No sé dónde está ese papel, quizás aparezca en algún cajón de la casa de mi madre, quizás haya avivado algún fuego de invierno.

Muchas veces pensé en hacer un nuevo esbozo, incluso escribí algunas líneas sobre mi abuela en una crónica deportiva a propósito de una carrera que hicimos en su honor. Y la semblanza de mi abuelo, figura vertebral en mi vida, fue postergándose… probablemente por lo que implica emocionalmente.

La presentación de un libro sobre su vida en el trigésimo segundo aniversario de su fallecimiento removió mi interior. Desde ese día, las palabras, su figura y diversas metáforas pugnan por salir y los deseos de escribir se aceleran. Hoy siento ganas de poner en palabras lo que recuerdo de su fuerte presencia. Aunque debo ser honesta, hay olvido y resignificación a partir de su muerte. También hay elementos que descubrí en la presentación del libro y en el propio documento que se cuelan con el pasado para dar vida a mi memoria de niña (él murió cuando yo tenía diez años).

Mi abuelo —los nietos lo llamábamos “tata”— era un prohombre. Su accionar solidario lo ubica en un lugar importante en la historia de Young, tanto es así que hay una plaza en su nombre. Y para muchos, la escuela Nº 67 para discapacitados intelectuales debería incluirlo también. Es que Héctor Conrado Castromán marcó su entorno y fue un pilar para las personas y las instituciones que lo rodeaban.

Lo recuerdo en contrastes y antítesis: severo y gritón, suave y cariñoso, intempestivo y sereno, muy trabajador y hogareño; y siempre erguido sobre sus valores, con la cabeza y la frente en alto. Si él estaba presente, todo giraba a su alrededor. Se imponía, generaba respeto y quizás idolatría. Para mí era todo, aunque mi cariño competía entre él y “la mama” (María Rosa, su esposa), que era la abuela perfecta.

El “tata” era atildado, muy pulcro, se vestía con esmero y adecuación. Era acalorado y su cara siempre tenía matices rosados producto del vitiligo; de pelo blanco y engominado (aunque usaba otro producto, era amarillo me parece…) lucía muy buen porte. Sus manos eran de piel fina y estaban castigadas por la vida, por el trabajo que lo había acompañado desde la infancia y porque, como pasatiempo, criaba gallinas que lo picoteaban cuando las alimentaba. Además, era diabético y las cicatrices, por pequeñas que fueran, llegaban para quedarse.

Todo lo hacía bien, buscando la perfección. Recuerdo que en las tardes de invierno preparaba el fuego de la estufa, arrimaba los palos y con diario, solamente, lograba que la leña ardiera. Dejaba todo limpio y el encendedor estaba siempre en el mismo lugar. Así de prolija estaba su mesa de luz y también el auto. Nada quedaba librado al azar, todo se desarrollaba bajo su atenta mirada y unas manos rápidas que respondían a una mente sagaz.

Cada tarea la encaraba con energía y un compromiso hasta el final, en su paradigma no existían las cosas a medias, era “todo o nada”. Sin importar la envergadura del emprendimiento —podía tratarse de una iniciativa social o de lustrar los zapatos—, su entrega era ejemplar.

Dicen que era sistemático y metódico. Quiero creer que de esa manera y con profundas ansias de vivir logró superar su escasa instrucción, ya que había cursado solamente hasta tercer año de Escuela. Lo recuerdo culto, pues era muy buen lector. Hablaba muy bien y era elocuente. Con estas características, ineludiblemente, no escapó a la pasión de la política; pero de su accionar proselitista no puedo hablar porque no lo recuerdo en ese ámbito.

Con sorpresa últimamente descubrí que, además, tenía un humor fino. Era, sin lugar a dudas, una figura sorprendente y “totalizante”, quizás por eso opacaba a muchos y generaba rechazo en otros. Porque no era inocente: gritaba y se hacía imponer, sabía cómo mandar y le gustaba hacerlo. Creo que llegaba a desprender una aureola de miedo en quienes no lo conocían. No parecía humilde y los foráneos podían creer que era un “agrandado”; en realidad, se vestía con una coraza de majestuosidad que ocultaba un hombre muy sensible y castigado.

Viví varios años de mi niñez junto a mis abuelos, tanto es así que en Fray Bentos —su ciudad de origen— muchos creían que era una “hija de la vejez”. Nuestra relación se hizo muy profunda, pues era una nieta-hija a la que ambos entregaban todo: cariño, valores, enseñanzas y algún que otro reto.

A pesar de una galopante ansiedad de vivir todo como si fuera el último día, de ser andariego e impaciente, se tomaba el tiempo suficiente para, por ejemplo, enseñarme a escribir. Fue en el verano anterior a comenzar mi primer año de Escuela, cada tarde durante un ratito de su sagrada siesta cotidiana identificábamos vocales y consonantes, dibujábamos letras y comenzamos a armar las primeras palabras. Él me introdujo en el paralelo mundo de la lectura sin tiempos ni horarios, me enseñó a zambullirme en las historias y me trasladó su cuidado por los libros.

El “tata” era para mí, y para todos los nietos, dulzura pura. Esa figura rígida y perfeccionista nos mostraba con altruismo la generosidad de dar. Lo hacía con acciones a la comunidad y también con regalos cotidianos. Cada noche miraba el cielo, juntaba sus manos como en una oración y le pedía a las estrellas un regalo. Un dulce coronaba el rito y materializaba un acto de alegría para el nieto involucrado y supongo que fundamentalmente para él, que había vivido una niñez privada de afecto y de magia.

Cuando murió, la pérdida fue irreparable y cada miembro de la familia debió reconstruir su vida sin él, que era todo… Me dejó muchas cosas (apego al trabajo, a la solidaridad, rectitud, fijación por la puntualidad); aunque quisiera que me hubiese dejado más, pues era una persona fenomenal, como hay pocas en el mundo.