Ciudades en domingo

El primer saludo a Apolo: la mañana del domingo
Ocio sin consumo / Niza, enero de 2018, temporada baja
Movimiento sobre manto blanco / Val-d`Isère, enero de 2018, temporada alta

EL PRIMER SALUDO A APOLO: la mañana del domingo

Desde el año 321, los domingos son días de reposo para la gran mayoría de los trabajadores. Salvo ciertos rubros, los demás gozan de un día libre para “conmemorar el nacimiento de Apolo, Dios del Sol”, a instancias del emperador Constantino. Los domingos, entonces, se celebran ritos familiares, religiosos, deportivos y sociales porque, en definitiva, se descansa. También se celebran ceremonias menos prosaicas, las de limpieza y compras para el hogar, por ejemplo.

Las ciudades se muestran de otra manera, cambian de ropa y se animan a salir sin maquillaje, más auténticas, más relajadas. Su fisonomía se transforma porque los domingos operan servicios diferentes al resto de la semana. Algunos comercios cierran y, en cambio, otros abren específicamente: hay ferias, actividades lúdicas y deportivas, paseos distendidos. Los domingos muestran otra faceta de la vida cotidiana, muestran valores y creencias, costumbres y rituales. Los domingos son más destensados y auténticos; en especial, por la mañana, cuando las ciudades relatan costumbres, modos de vida y qué ofrecen a los turistas que viven, a diferencia de los locatarios, siempre en domingo.

OCIO SIN CONSUMO, propuestas alternativas para un clásico de la costa azul francesa: Niza / 21 de enero de 2018 / Invierno, temporada baja

Un domingo de invierno, con las primeras luces de la mañana, cerca de las ocho, la “Promenade des Anglais” en la Bahía de los Ángeles comienza a animarse con corredores y caminantes. La temperatura del invierno europeo en la costa del Mediterráneo es estupenda para hacer deporte y la rambla invita en una mañana luminosa, sin bruma y casi sin viento.

El Paseo de los Ingleses, quizás la semblanza más característica de la ciudad, es ancho y espacioso. Mira al Mediterráneo que es tan azul como en las postales y sugiere un chapuzón o mojar los pies cuando no es estación de playa. El mar, en lugar de arena, tiene piedras de diferentes tamaños, algunas son pequeñas, de esas que se inmiscuyen entre los dedos de los pies.

En la rambla, cada tanto, una hilera de sillas invita a contemplar el agua. La escena se repite en varias ocasiones. La silla azul de metal es otro de los emblemas de la ciudad. También hay grandes macetas con flores, pérgolas, faroles y quioscos. El conjunto es singular, armónico, de cuidada estética.

Sobre una pequeña parcela de la playa, una de las pocas áreas con arena gruesa, entrena un equipo femenino de fútbol. Son preadolescentes, están todas vestidas de rojo; practican técnica en un pequeño espacio, se ríen y conversan en francés. El mar está vacío y solo una persona, a lo largo de muchos kilómetros, toma un baño corto. Si bien está agradable para correr, quienes caminan están abrigados porque hace frío. La bañista, una intrépida mujer de tercera edad, apura el baño y se envuelve en una toalla grande.

Pasan los minutos y se incorporan más deportistas en el entorno. También hay patinadores. En el bulevar que está próximo a la rambla —con palmeras y estilizados edificios art nouveau del otro lado de la calle se ven numerosos ciclistas. Van de a uno, en parejas o en tríos, y otros en grandes grupos. También hay ciclistas que transitan por el carril bici de la propia rambla, una incorporación significativa para la movilidad de la ciudad. Algunos van en bicicletas tándem y otros en bicirodados más extraños, esos que atraen a los turistas.  

Sobre la calle se ven autos, algunos veloces y todos costosos. También hay buses locales y muchos de turistas. No hay vestigios de una noche frenética de sábado, el espacio está impecable, dispuesto para el disfrute de quienes salen temprano en la mañana. Algunas áreas públicas y ciertas veredas tienen el pavimento mojado, como si recién las hubiesen lavado.

La rambla, que no tiene interrupciones, ofrece varios kilómetros para recorrer sin pausa con una vista excepcional. La ciudad tiene edificaciones claras sobre el mar y otras de colores armoniosos en el centro histórico, con construcciones rosadas y amarillas principalmente. Detrás están las primeras elevaciones: hay canteras y barrancos con casas de diferente tamaño, luego hay sierras con vegetación muy verde y en el fondo, lejos pero no tanto, montañas con nieve.

A media mañana, los comercios están cerrados, solo algunos cafés están abiertos con locatarios que leen la prensa y turistas que miran sus mapas. Se perciben y se disfrutan los olores del pan francés recién salido del horno y del café que acaba de prepararse. La ciudad recién comienza a moverse, lentamente. Incluso, sobre el mediodía en la zona turística, los locales de venta de ropa y de accesorios siguen cerrados. Todos: los de baratijas y también los más encopetados, esos que atrapan gruesas billeteras y que también dan identidad a la propuesta nizarda.

En temporada baja, los domingos de Niza son de pausa comercial. La ciudad convoca al deporte y a la cultura. Además de la rambla, un paseo por las cercanías (con muy buenos senderos en la zona de Tourrette-Levens) o caminar por la ciudad, hay varios museos atractivos. El nacional de Chagall, el de Matisse, el de Bellas Artes, el de Arte Moderno y Contemporáneo, y el de Fotografías, por ejemplo. También una visita por las iglesias, aunque la más hermosa y elegante, la Catedral Rusa, está cerrada al público, pues es día de oficio religioso. A pesar de ello, vale la pena asomarse entre las rejas para admirar su arquitectura colorida y suntuosa, para dejarse llevar por su porte elegante, tan adecuado a la ciudad.

Niza, uno de los centros turísticos más famosos de la costa azul francesa, saluda a Apolo con mesura y se aleja del consumo con propuestas que revalorizan su patrimonio. Sin lugar a dudas, una buena invitación para vivir la ciudad sin gastar mucho dinero.

MOVIMIENTO SOBRE MANTO BLANCO: Val-d’Isère, Francia / 14 de enero de 2018 / Invierno, temporada alta

Val-d’Isère, en los alpes franceses, es una pequeña ciudad que no alcanza los 2000 habitantes. Su estación de esquí es reconocida entre los aficionados y especialistas en el deporte por una geografía generosa en extensiones, pendientes y con gran caudal de nieve. Junto a Tignes, la localidad más próxima, conforma una de las zonas de esquí más importantes de Europa que congrega un alto caudal de turistas. El pueblo, mayormente en madera y piedra, es un conjunto armonioso y bien cuidado de construcciones bajas, con balcones y techo a dos aguas. Tiene un pequeño canal y, como no podía ser de otra manera, una iglesia que le aporta historia y tradición, construida en 1664.

A media mañana de domingo, en plena temporada invernal, la ciudad está fría. Hay seis grados bajo cero y la sensación térmica es menor, todavía. Está todo blanco, del cielo al piso, y el suelo algo resbaladizo. Se ven turistas en movimiento. Son esquiadores, mayormente; portan su equipaje: esquíes, bastones y botas, y van con lentes, gorro y guantes, algunos también llevan casco. Caminan lento y con movimientos poco gráciles. Se mueven en grupos de a dos o tres, algunos más numerosos.

Los comercios están abiertos, hay tiendas de ropa y de accesorios de esquí, también varios supermercados, bien surtidos y con precios similares a otras ciudades (salvo las frutas y las verduras que son significativamente más caras). Todo parece funcionar con normalidad. En la estación de policía terminan de limpiar la entrada, se nota que barrer la nieve da trabajo. La funcionaria a cargo se mueve rápidamente y su rostro congestionado muestra el contraste ante el calor que desprende su cuerpo y el frío del exterior.

Hay nieve por todos lados, gruesas capas que cubren todo, vehículos totalmente tapados y enterrados bajo una capa blanca. El día está muy gris y el límite de las montañas, cubiertas de nieve, es apenas perceptible. El cielo parece fundirse entre las elevaciones que muestran protuberancias, pinos de diversas formas, pistas de esquí, carriles de funiculares, construcciones.

Los cafés están casi vacíos, en algunos hay turistas que compran bebidas calientes para llevar y algún croissant. Hay poco movimiento, la movida se desplegará más tarde, hasta la noche cuando los servicios gastronómicos despachan platos calientes y bebidas frías entre animadas conversaciones.

El escenario general es de postal europea de invierno. Icónico e ineludible para el registro mental de referencias geográficas. También el frío, que es inapelable.

El bus local, gratuito, recorre parte de la ciudad acercando a los esquiadores a la zona de subida. En las paradas, hay dispositivos digitales que indican el tiempo que falta para el próximo servicio. Cuando para el bus, los deportistas suben y bajan, cuidan que los esquíes no se golpeen, se mueven lento, trabajosamente.

La gente es cálida y educada, en los comercios y en la calle. Hay algunas familias y pocos adultos mayores. El público ronda, en líneas generales, entre los 25 y los 50 años. Se nota su alto poder adquisitivo en la ropa y en los accesorios. Visten de colores brillantes: azul, verde, amarillo, fucsia. Los lentes son envolventes, los guantes muy grandes y también las botas, firmes, de un plástico duro y con trabas en la suela. Hablan diferentes lenguas: francés, inglés, alemán y, esporádicamente, se escucha el español.

Se respira un aire turístico pautado por la adrenalina que espera fluir arriba, en la montaña. Se palpa ese aire de ansiedad, la espera de algo bueno que sucederá. En la playa, la sensación está ahí, sobre el mar; en cambio, en una ciudad turística con estación invernal, la adrenalina está arriba y comienza a brotar cuando los esquiadores suben a las pistas.

Sin viento, en Val-d’Isère todo parece inmóvil, pero el movimiento es imperativo porque, de lo contrario, el frío penetra y lacera. Primero llega a la piel, luego al músculo y finalmente al hueso. Ahí se instala, sin pudor y sin piedad. Los turistas lo sienten, sus rostros evidencian el frío pero parece que no les importara porque van en busca de la adrenalina del manto blanco. Los locatarios, agradecen ese manto blanco que atrae turistas y, con la calefacción arriba de 24º, miran la escena desde las ventanas de los comercios y de los hogares.

El lunes, Val-d’Isère despierta de la misma manera y a la escena del domingo se le suman los vehículos para retirar la nieve, los de limpieza y los que abastecen los servicios gastronómicos y de hotelería. Es un lunes resplandeciente, con el cielo tan azul como se pueda imaginar y sin tanto frío, para alivio de los trabajadores y gozo de los turistas. Otra postal europea de invierno.

Del blog al taller. La experiencia de “La Vida la la la” para “construir la realidad en la que se quiere vivir”

Susana Castro Conti (43) es esposa, madre y docente de Comunicación Visual, y es la responsable del Taller (de crochet y otras artesanías) La Vida la la la. Susana es muy cordial, expresiva y se muestra naturalmente dispuesta a mostrar lo que hace. Su inclinación por la docencia se hace evidente en el tono de su voz y en la forma de encarar los temas. Además, en la manera generosa de contar sus vivencias como emprendedora.

Su experiencia comenzó con un blog que se transformó en un taller. El lugar físico en el que se desarrollan las instancias creativas (el taller físico) está muy cuidado porque el entorno debe favorecer el proceso de enseñanza-aprendizaje. La modalidad de taller permite intervenciones que Susana considera fundamentales para el proceso creativo, por ello “el lugar debe generar ganas de estar para predisponer al aprendizaje y fomentar la creatividad”.

El taller, amplio y con ventana a la calle, es un lugar que invita. Es un espacio en el que prevalece el color y el orden, a pesar de la gran cantidad de materiales. Hay latas y latitas, cajas de todos los tamaños y baldes pequeños que albergan lápices, pinceles, fibras. Hay muchos cajones, algunos grandes y otros chiquitos. Hay armonía y diversas texturas. Hay elementos que invitan a trabajar con las manos y artesanías que invitan a mirar o usar. Entre tanto color, prevalece el anaranjado y el rosa con algunos tonos de fucsia y violeta.

La preocupación estética del emprendimiento también se evidencia en las redes sociales. El contenido de las publicaciones de “La Vida la la la” en Faebook e Instagram es variado y, además, generan un boletín de noticias cuando tienen un taller para ofrecer. Se muestra un trabajo arduo y constante, y un afán por sostener el interés del público.

Una instancia para la creatividad personal

Susana se presenta como profesora de Comunicación Visual y también como emprendedora, aunque lo expresa con timidez y parece que debe justificarlo con una sonrisa, como si todavía no se convenciera de su iniciativa. “Mi trabajo formal como profesora de Dibujo, y de Educación Visual y Plástica es en Secundaria (pública y privada). Toda la vida me gustaron las manualidades, me gusta coser, tejer, bordar, y  me pasó algo que es habitual en la docencia: mi espacio creativo personal se fue relegando porque los tiempos no dan….

A partir de una capacitación específica en relación con las TIC (Tecnologías para la Información y la Comunicación), Susana se enganchó en un foro español de decoración de interiores, un tema vinculado a su veta creativa. “Muchos de los miembros del foro tenían blogs, descubrí ese mundo y me entusiasmé. Los blogs abren puertas que abren otras puertas, así que de la decoración de interiores llegué a blogs de artesanías. Y de España salté a Argentina. Me entusiasmé tanto que comencé a armar un blog; empecé a hacerme un espacio para mí, el tiempo creativo que estaba abandonado. Ese fue el primer sentido del blog La Vida la la la.

El nombre del blog, que canta a la vida, es una expresión comodín de su familia. “Es una frase que dice todo y nada, que tiene música y que destaca la unión de vida y del canto, de la vida y del disfrute. Es algo divagada, pero me gustó y me sigue gustando”.

Entre los miembros de un foro (personas con un fuerte interés en común) suelen generarse vínculos fraternos y Susana no fue ajena a esa realidad. En las conversaciones digitales —dice que en ciertas charlas hasta se trataban temas muy íntimos— surgió la necesidad y el empuje para pasar del blog a la acción. Hubo quienes se dedicaron a vender sus artesanías, quienes emprendieron en grupo y quienes se enfocamos a enseñar. Del blog, entonces, surgió el taller “La Vida la la la” para unir la docencia y un espacio de creatividad.

Un espacio para crear con las manos

Los primeros talleres que Susana ofreció, hace cuatro años, fueron de crochet. “El crochet es muy sencillo, yo veía, de niña, a mis abuelas hacer crochet y en particular lo aprendí con mi suegra. Ella me enseñó la técnica básica y descubrí que, a partir de lo básico, se puede hacer mucho”.

Susana agrega, insistentemente, que no es necesario de “tener mano”. En su taller para principiantes llegan personas “que no saben nada y se van con algo hecho por ellos”. “Lo más básico es el punto bajo que permite mucho más, porque el crochet se basa en combinaciones de ese punto. Es cierto que requiere algo de pensamiento geométrico y quizás algunas personas, las que tienen inteligencia espacial, se sentirán más cómodas con la técnica. Pero quienes no tengan esa habilidad, también pueden aprender”.

La propuesta de talleres de “La Vida la la la” es de aprendizaje y experiencia compartida. Susana trabaja en la creación de “un espacio para pasarla bien, para crear con las manos”. Asisten, mayormente, mujeres entre 20 y 60 años y, en general, cuando van adolescentes lo hacen en compañía de sus mamás, “para pasar un tiempo juntas”.

Del crochet para principiantes —que es el primer escalón— se puede continuar con talleres más avanzados. En 2016, se realizaron varios: uno de mandalas, otro de amigurumis y uno de granny squares (los cuadrados de abuela).  

Además del crochet, en “La Vida la la la” se ofrecen diversas instancias creativas porque Susana comparte el taller con otros artesanos. Esas instancias (sobre bordado, encuadernación, fieltro húmedo y papel reciclado) le permiten, además, participar como asistente para aprender y enriquecer su veta creativa.

Emprender es aprender

Gestionar el taller y que funcione implica mucha dedicación, significa tiempo de trabajo, además del que demandan las clases y la vida (del hogar y en general). Para que el taller sea viable hay que alimentar las redes sociales y generar boletines informativos. “Mi esposo me ayuda porque es mucho trabajo. Requiere dedicación, esfuerzo y mantenimiento. Todo fue surgiendo y tuve que aprender sobre la marcha. No solo he tenido que aprender y mejorar las técnicas que enseño, sino que debo estar al día con otras cuestiones. Por eso aprendí a manejar Facebook e Instagram, por ejemplo. Me inclino por las redes que me gustan más o las que me son más fáciles, el blog primero e Instagram ahora. Pero también tengo que hacer otras, porque Facebook, por ejemplo, tiene gran alcance y muchas repercusiones”.

El taller de Susana es parte de su casa, porque “en definitiva, es un emprendimiento familiar, mi esposo se encarga de la gestión de la base de datos para la newsletter y mis hijos me ayudan los días de taller. El emprendimiento tiene un involucramiento familiar. Así se dio porque emprender implica vivir de una forma coherente con los sueños”.

Susana agrega que emprender significa animarse a seguir a pesar de las dificultades y que el desafío es sobreponerse a los problemas y continuar. También implica estar atento a las oportunidades, generar espacios, manejar los intereses y lidiar con el manejo de los tiempos (¡todo un tema, según ella misma confiesa!). Cuando Susana pasó de los sueños a la acción, tenía mucho miedo. “Pensaba ¿qué pasa si no viene nadie? Y me decía: ¡nada! Habrá que ofrecer un nuevo taller”.

Su recomendación, como emprendedora, es que “hay que aprender a bancarse la frustración. Hay que aprender a tolerar los errores porque si realmente se quiere algo, hay que meterle para sobreponerse a `los a pesar de´”.

Taller La Vida la la la

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Qué se ofrece: “Técnicas y experiencias, un tiempo para cada uno. Un tiempo para tomar té, café y crear, para sentir la gratificación de transformar algo.

Días de taller: sábados de tarde.

Técnicas: crochet y bordado, fundamentalmente. En estos años han realizado talleres de encuadernación, fieltro húmedo y papel reciclado. Y a futuro mucho más: origami, caligrafía bordada y confección de prendas básicas.

Para: quienes gustan de las manualidades, valoran los oficios y quieren experimentar la satisfacción de crear.

La mensajería instantánea en el ámbito laboral. Reflexiones en torno al buen uso

Los servicios de mensajería instantánea (MI, en adelante) aterrizaron con fuerza en los diversos ámbitos de nuestra vida y, por su practicidad, se impusieron con rapidez. El mundo del trabajo no fue ajeno a la situación y, en muchos casos, los trabajadores comenzaron a usarlos desde sus teléfonos personales para el intercambio de datos e información con fines laborales.

La mayoría de las organizaciones —salvo las vinculadas al sector tecnológico— reacciona tardíamente ante las prácticas de tecnología digital y comunicación, y el uso de la mensajería instantánea ha respondido con la misma lógica. Por ello, las normas de buen uso y etiqueta en relación con estos servicios quedan, en principio, libradas al criterio de cada empleado.

Normalizar prácticas es una tarea tediosa e implica un verdadero trabajo “de hormiga”. Además, los recursos tecnológicos cambian, se renuevan con frenesí y las reglas, muchas veces, se tornan vetustas con rapidez. Aún así, vale la pena intentar una reflexión acerca de la mensajería instantánea en el ámbito laboral para generar un estilo que propicie una comunicación con aspectos profesionales.

La identificación. En los servicios de MI la foto es la identificación de la persona, además del número (que es un dato frío y que no aporta información sobre el usuario). Es conveniente que la imagen sea del emisor, puesto que es muy difícil (imposible, a veces) reconocerlo a través de la foto de una mascota, de un paisaje, de un grupo familiar o de amigos.

También se sugiere, cuando se usa el teléfono con fines laborales, evitar el descuidado estilo “fantasma” o la foto inapropiada. Y conviene adecuar el “estado” con un mensaje coherente porque esta información aparece en cada envío. El emisor se expone al brindar información de sí mismo con texto elegido para el “estado” y la foto que escogió para identificarlo.

Las abreviaturas, acortamientos y emoticones. Escribir bien como regla fundamental. En los mensajes de MI suelen abundar las abreviaturas y acortamientos, algunas son útiles (aprox por aproximadamente, por ejemplo y otras son innecesarios e indeseables (pa’ por para, k por que y un largo etcétera).

Por otra parte, ¿los emoticonos y emojis son tan necesarios? Parece que para muchos la comunicación a través de los servicios de MI no pudiese realizarse sin agregados de abundantes colores y hasta con movimiento… Quizás uno y hasta dos, ¿pero diez seguidos? Pensemos en sus beneficios (ahorran tiempo y facilitan la expresión de sentimientos y emociones) y, en ese marco, un uso consciente es conveniente para incorporar sensibilidad al entorno laboral.

Escribir bien es difícil, es cierto, por ello es bueno ajustarse a la fórmula “sujeto + verbo + complemento”. Los servicios de mensajería instantánea, a pesar del paradigma de la instantaneidad bajo los que fueron creados, no escapan al bueno uso de la lengua. Se recomienda, entonces, como en todos los otros tipos de textos, escribir bien y con apego a las normas de la lengua.

La regla de los 140 caracteres. Twitter nos legó la regla de los 140 caracteres que nos obliga a ser muy (¡muy!) escuetos y creativos. No siempre es posible seguirla, pero es una interesante práctica. Como los servicios de MI no cuentan las palabras, la norma es solo una referencia para ser conciso. Y es bueno escaparse de ella, si implica escribir mal o si el mensaje amerita un desarrollo más exhaustivo.

Etiquetas/Hashtags. Algunos servicios de MI —Telegram, por ejemplo— permiten el uso de etiquetas (hashtags) que son mecanismos útiles para agrupar información. Hasta el momento, WhatsApp no lo tiene y esperamos que próximamente lo incorpore para facilitar la búsqueda de datos.

Mensajes compartidos a más de una persona. Muchas veces se envía una misma información a más de un usuario en comunicaciones persona a persona. En esos casos (en los que no existe un grupo), es ético indicar que el mensaje se compartió con otros.

Los errores de texto ya enviados. En ciertos ámbitos se ha impuesto el uso del asterisco para indicar un error enviado (fundamentalmente en relación con faltas de ortografía). Esta práctica demanda un mensaje que se suma al inicial y no siempre aporta, salvo que el error ortográfico genere dudas de interpretación.

Verificar datos para evitar “bulos”. ¡Las cadenas de los servicios de mensajería instantánea son la versión renovada de las cadenas de los correos electrónicos! Circulan con una velocidad inaudita y han generado alarma ante catástrofes, enfermedades o fallecimiento de personas famosas. Hay cadenas de todo tipo: políticas, religiosas, de cobro de servicios, etc., y muchas de ellas son “bulos” o hoax (noticias falsas que se generan para desinformar).  Siempre es conveniente verificar la fuente o al menos tomarse un rato antes de distribuir mensajes de esa naturaleza (el tiempo suele ser buen consejero).

Grupos. Respetar la finalidad. Casi con seguridad, respetar la finalidad para la que fue creado el grupo debe de ser uno de los aspectos más sensibles y más “bastardeados”. ¡Y es tan sencillo! Si el grupo fue creado para facilitar una tarea, los mensajes que circulan deben aportar a esa tarea. O a lo sumo, brindar información de alguno de los miembros, siempre que los datos sean relevantes y no comprometan aspectos personales.

Grupos. Ortografía y sintaxis. En los grupos y en especial los de carácter laboral, hay que extremar cuidados en relación con la ortografía y la sintaxis. Escribir bien facilita la comunicación y minimiza errores. WhatsApp, Telegram y otros no están peleados con las mayúsculas y los signos de puntuación, así que hay que usarlos sin temor. La instantaneidad de estos servicios no implica tener que hacer un curso para decodificar mensajes cifrados.

Grupos. Cadenas y “bulos”. En los grupos, hay que extremar cuidado ante cadenas y “bulos”, puesto que entorpecen la comunicación, salvo que estén alineados a la finalidad para la que fue creado ese chat.

Grupos. Temas sensibles y temas privados. Los temas sensibles (religión, política, deporte, etc.) y los privados no son, generalmente, apropiados para divulgar en los grupos. Suelen generar malestar y huidas; hay otros medios más indicados para expresar ideas de ese tipo o comunicar hechos que hacen a la intimidad de las personas.

 

La elegancia conocida de París y la intensidad por descubrir de Córcega

Escribo cada reseña de viaje para finalizar el periplo. La experiencia —que siempre implica diversos aprendizajes— comienza cuando elegimos el lugar y comenzamos a pensar en el destino. A veces, podemos planificar el viaje concienzudamente con la suficiente anterioridad y en otras oportunidades lo hacemos cada mañana. Y cada experiencia de viaje termina con estos textos y los álbumes de fotos que pretenden dar un cierre.

También escribo para ofrecer posibles recorridos a quienes quieran visitar ese lugarLo hago, además, para “despuntar el vicio de escribir” y para volver a vivir los viajes al releer las líneas esbozadas.

Utilizo la técnica del minireporte que envío a través de un servicio de mensajería instantánea a mis afectos, para que sepan cómo estamos y en qué andamos. A través de esas líneas (que según el día, el cansancio y la inspiración contienen diferentes niveles de detalle) doy cuenta de los “nudos” y al llegar “hilvano” los minirelatos para dar cuerpo a una vivencia mayor.

En ciertas ocasiones, en campamentos o en recorridas por lugares más inhóspitos no puedo usar esta técnica, pues no cuento con conexión a internet. En esos casos uso la clásica libreta con elástico y recojo las impresiones a mano, incluso a veces con letra temblorosa pues me ha tocado escribir en tránsito.

En particular este viaje, planificado desde diciembre del año pasado, tuvo dos partes muy diferentes unidas por una misma cultura o dominación. En primer lugar, visitamos y descubrimos París. Una semana después, nos trasladamos a Córcega para descansar antes de participar del desafío deportivo del año: la Restonica Trail.

 

París es París y dicen que “bien vale una misa” (¿será por su gran cantidad de iglesias o que para volver hay que asistir a un oficio religioso?)

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El domingo 26 de junio llegamos a París con el cansancio de haber cruzado el Atlántico. Con profundas ganas de conocer la ciudad y mucha expectativa, decidimos comenzar por la Tour Eiffel que elegantemente domina todo el entorno (después comprendimos que domina casi toda la ciudad). Subimos, por las escaleras y como enajenados (como si fuera un entrenamiento deportivo) llegamos sin aliento hasta el segundo piso, pues el último estaba cerrado. La vista es fantástica y la construcción impacta; escalón tras escalón pensábamos en la Exposición Universal de 1889, ¿acaso Eiffel imaginó en el ícono en que se transformaría? ¿Alguien pudo hacerlo?

Caminamos por la orilla del Sena que ya estaba recuperado de una inundación como hacía mucho no sufría, no vimos vestigios del agua que llegó a los muros de sus puentes. París nos esperó con una temperatura ideal para “turistear” y con un particular y eufórico clima de Eurocopa que suele verse como “revoltoso” y hasta con cierto peligro a través de las noticias, pero que es mucho más seguro (¡mucho más!) que un partido clásico en Montevideo. Recorrimos calles con mucho verde, vimos balcones con flores, cafés en los que las personas se sientan una al lado de la otra contemplando el afuera (en lugar de mirarse entre sí), permanente ruido a la sirena policial e Historia por todas partes. Además, aires de mucho mundo, de cultura y de bellas artes.

Para cada día trazamos un circuito geográfico diferente. La ventaja de estos diseños es la cercanía entre lugares y la mayor desventaja de “turistear” de esta manera es la diversidad conceptual de cada día, pues entre una iglesia y una plaza puede haber un café, un jardín, un museo o simplemente caminar y permitir que la vista vague por edificios, comercios, personas.

Con un mapa clásico, el mapa digital del teléfono y las recomendaciones de una amiga, fuimos definiendo cada día y dejando, además, que la ciudad nos sorprendiera ya que, como no es novedad, París tiene mucho para ofrecer.

Día 1. Conocimos el Sacré-Cour y subimos agitadamente sus 300 escalones para llegar a la cúpula y ver París desde un lugar excepcional. La iglesia alcanza las profundidades del alma por su construcción y la belleza de sus vitrales. El barrio, como ya se sabe, es bohemio, distendido, bello. Después fuimos al cementerio de Monmartre, al Moulin Rouge, las Galerías Lafayette (suculentas y tentadoras) y la Ópera Garnie que es majestuosa. Fue un día de mucha calle, mucha caminata, diversos y encantadores cafés con algo de lluvia para una experiencia parisina inolvidable. Y jazz a la noche en un típico bar: Sunset.

Mientras caminaba pensaba qué hace bella a una gran ciudad. Varias cuestiones: sus monumentos, los árboles, flores y plazas, la limpieza, las simetrías y las disrupciones, el mobliliario urbano y las luminarias, y principalmente la gente. París tiene todos esos ingredientes forjados desde un paradigma en el que la belleza es el fundamento. Hay grandes monumentos, cada uno con su historia que refuerzan la Historia; tiene amplios y pequeños espacios verdes, muchos árboles y no solo en las avenidas; tiene arcos, faroles, árboles y ventanas en ritmos de igual cadencia. Las disrupciones de las calles que se cortan generan ángulos que terminan en cafés. París tiene todo, es una ciudad con vida en movimiento, una ciudad que sueña con ser referente y lo es.

Día 2. El martes fue día de iglesias, té y museos. Comenzamos por la zona de la Bastilla (la plaza y el moderno edificio de la Ópera que contrasta con el entorno). El circuito religioso del día incluyó Saint Denis, Saint Gervais y la gran Notre Dame. Estas iglesias presentan características comunes: solemnidad, rasgos góticos e impactantes vitrales, además de escasos metales preciosos (un alivio, pues la sobrecarga de oro suele ser difícil de “digerir”). En todas vimos grandes órganos de tubo, obviamente, y en Notre Dame pudimos ser parte, a la noche, de un concierto de música sacra.

Conocimos dos museos: el Picasso y el Carnavalet que nuclea la historia de París. El primero me permitió conocer las diferentes facetas del artista plástico español, en especial sus esculturas. Durante el circuito del día, además fuimos a tres de las más exclusivas casas de tés. Los datos los había recogido de listas de expertos en la temática. Comenzamos por Damman: puro glamour. Luego el Palais du Thé: moderno y sencillo, y finalmente Mariages Freres: más glamour y mucha historia, pues el local funciona desde 1854.

Para continuar con nuestra lista de lindas librerías, fuimos a Shakespeare & Co. que es un preciosidad. El entorno, algo bohemio, le da un marco de cuento bien parisino. Encontramos notas de jazz en la vereda, mucha gente en la propia librería y el café de la esquina repleto de muestras del mundo más diverso.

En París, entre tiendas y comercios se destacan las panaderías y las delicatessen. Los franceses han logrado la exaltación del pan desde su simpleza. El sabor y la textura son incomparables y lo acompañan con los más diversos rellenos, desde los sencillos (dulces o quesos) hasta los más sofisticados. La pastelería es fina, como de orfebrería. Cada boulangerie es mejor que la anterior. Todas son tentadoras y las vidrieras son sus mejores instrumentos publicitarios. El culto al pan es tan importante que en los museos encontramos encantadores bolsos de tela especialmente diseñados para portar el pan fresco del día, porque los franceses salen a comprarlo cada jornada.

Pero no solo los comercios de comida invitan a entrar: la ropa, los cosméticos obviamente, los accesorios, los artículos para el hogar, las papelerías. En París se pueden gastar fortunas en una sola cuadra y no solamente en las tiendas más caras (las que abundan, por otra parte).

Es difícil describir una ciudad tan rica en la que hay cabida para todos los gustos. Además, ha sido pintada, filmada y narrada por los grandes. ¿Qué decir que ya no se haya mencionado? En “la Ciudad Luz” hay historias dentro de la Historia, bellezas en las Bellas Artes, hay vida, seducción y hasta lujuria, pues la pasión se palpa en la calle.

Día 3. Versailles es la materialización de la simetría, además de los excesos. Al llegar, una gran estatua de Luis XIV ofrece la bienvenida y el palacio, jardines, bosques y los aposentos de María Antonieta no defraudan, son coherentes con esa grandilocuente bienvenida. La belleza de Versailles radica en el concepto del reflejo que tiene su clímax en la gran sala de los espejos. La opulencia está a la orden en todo momento y da cuenta de las razones de la sublevación. La visita es fantástica por el valor histórico y la magnitud de los jardines.
En la tarde, para continuar con la representación de la grandeza, fuimos al Arco de Triunfo que desde su fantástica construcción evidencia el concepto de la República y sus mártires. El arco es grandioso y, al igual que otros monumentos, también domina la escena.

Día 4: jueves de cultura y más asombros. Comenzamos por el obelisco: en la plaza más importante de París se encuentra un recuerdo/regalo del templo de Luxor, un hijo de la cantera de Assuan donde “nacen” los obeliscos que adornan el mundo. A través del Jardín de las Tullerías llegamos al Louvre. Fuimos en busca de lo más significativo, lo encontramos y apreciamos: la Venus de Milo, la Victoria de la Samotracia (que invita a volar), la Gioconda que cautiva, y varias esculturas de Miguel Ángel. Encontramos mucha gente que peleaba por una foto en lugar de mirar, pero aún así lo logramos, pues nosotros también peleamos. El edificio es espléndido, vale una visita propia para admirar una obra tan clásica con esas pirámides de cristal incrustadas como joyas.

Después caminamos a la isla de la cité en busca de dos obras de un gran conjunto: la Conciergerie y la Saint Chapelle. Para esta última se necesitan pulir los adjetivos puesto que sus vitrales quitan el aire. Dos descubrimientos de paso: la iglesia Sain-Germain y el mercado de las flores. Y para finalizar un día memorable, volvimos a Saint Chapelle a escuchar las Cuatro Estaciones de Vivaldi: una experiencia “sans paroles”.

En París, además de caminar, nos movimos en el metro que es rápido y eficaz. Compramos un pase de cinco días ni bien arribamos al aeropuerto. Al llegar nos costó comprender la lógica, quizás por el cansancio del viaje. En un momento miré a ambos lados y comenté con desazón “¡No puedo ser, todas las salidas van a Sortie!”. ¡Es que “sortie” es salida en francés! Nos acostumbramos cuando comprendimos que en las estaciones en las que confluyen más de una línea hay varios pisos, y a partir de ese momentos ya nos pudimos trasladar con rapidez y seguridad.

Los locatarios usan diversos medios de transporte. En la calle se ven bicis, muchas y e imponentes motos y casi no hay ómnibus, salvo los turísticos que se pavonean por los lugares más concurridos. Grandes y chicos usan monopatines y mucha gente corre y no solo a orillas del Sena o por los jardines.

En París encontramos una ciudad limpia, pero no atildada. Se nota el movimiento de miles y el aire bohemio, pues hay grafitis, por ejemplo.

Día 5. El viernes fue de intensas impresiones visuales. Comenzamos desde el arco de La Défense, la zona más moderna de París. El Gran Arco, de líneas muy rectas, mira al Arco de Triunfo y continúa la experiencia parisina en otra perspectiva, la de los negocios. Desde allí nos fuimos a la iglesia de la Madelaine. En la plaza de la Concordia está este edificio neoclásico: afuera es un templo griego y adentro un recinto católico que ofrece una fantástica escultura de María Magadalena.

Frente está Fouchon, una tienda gourmet que es casi un joyería, por la que pasamos y no perdimos oportunidad de comprar té y café. Llegamos un rato más tarde a la plaza de la Vendome entre comercios muy glamorosos. L’Orangerie y d’Orsay fueron los museos del día que lograron en nosotros vivencias de los más reconocidos impresionistas franceses: obras para el recuerdo, obras de dos museos que integran nuestra lista de imperdibles.
Sin buscarlo, nos sorprendió la iglesia Saint-Roche y para terminar el recorrido del día, hicimos un almuerzo tardío en el área gourmet de las Galerías Lafayette pues habíamos encontrado uno de nuestros lugares favoritos: Pret A Manger. De noche, fuimos a la Ópera Bastilla (un imponente edificio de líneas modernas) a ver Aída. La larguísima ovación final fue electrizante y dio cuenta de un espectáculo de primer nivel internacional.

En París, un descuido equivale a perderse algo y la recompensa es girar la mirada para otro lado y dejarse sorprender. Una plaza, un monumento, un edificio que empequeñece y engrandece al que lo mira… porque la experiencia ante la belleza es de puro contraste. La ciudad —que pareciera que es levemente descuidada en su apariencia, como muy natural— invita al mejor de los trabajos: ser turista de jornada completa. Esta esa una tarea física y emocionalmente agotadora porque la cultura en general se instala, ocupa lugar en el alma y se encarga de elaborar nuevos significados interiores. París invita a pasear, pensar y resignificar.

Días 5 y 6. Los últimos dos días de París fueron también intensos y de muchos kilómetros. Continuaron las sorpresas, pues la “ciudad luz” no se cansa de ofrecer postales de diversas épocas, algunas muy ancestrales. Destaco el Cementerio de Montparnasse (en el que buscamos a Cortázar y, como en sus cuentos, nos fue esquivo y nos fuimos sin rendirle tributo), los Jardines de Luxemburgo (la plaza más linda de París, tan cosmopolita y tan simétrica), el Panteón que deja sin aliento y la Sorbonne que es tan femenina, la tumba de Napoleón por lo pomposa en un edificio clásico, enorme y bello. También el petit Palace y los jardines del Palacio Real.

Cada día, encontramos turistas por todas partes e inmigrantes trabajando en tiendas, cafés, museos. En París dan ganas de caminar, mirar, “vitrinear”. Las tiendas y cafés están esperando a los turistas para ofrecerles recuerdos que luego son hilos que retrotraen a la experiencia vivida. Los cafés, tés, almuerzos y cenas son pausas de intenso sabor que despiertan el placer del gusto. En la “ciudad luz” se come rico y las tentaciones se muestran y se exponen sin esconderse en mesas y vidrieras. La gula, como otros tantos placeres/pecados está al acecho. Los fantasmas más oscuros del ser humano rondan cada esquina y se codean con lo más hermoso: la pintura, la arquitectura y el arte en general. Es un vínculo de lujuria en el marco de un país que encarna grandes momentos de la historia universal y en particular la Ilustración se siente en el aire.

París no siempre suena orquestadamente, su tránsito es desordenado con muchas bocinas, aunque no tantas como en Montevideo o Buenos Aires. Se escucha la sirena policial permanentemente, ese sonido tan característico del cine europeo. Hay ruido a turistas y en especial al permanente clic de las cámaras. El ruido de París no es ensordecedor porque los espacios son amplios, también los internos (salvo el metro), aunque en ciertos lugares, como en el Louvre, se añora un ambiente más propicio y menos bullicioso.

Hay otros aspectos que desentonan en el gran concierto parisino: la enorme cantidad de turistas, especialmente en los lugares emblemáticos, como en el Louvre. Algunos característicamente llegan en hordas, lo invaden todo y pelean por una foto. Portan insoportables palos de selfies y por una foto se olvidan de todo marco de educabilidad, no se preocupan por admirar, solo por figurar en su propia postal.

También es molesto el cigarrillo que deja rastros de olor y colillas. Es inaudita la cantidad de gente que fuma y el hábito no discrimina género ni edad. Está muy de moda el cigarro electrónico que, por otra parte, parece ser igual de nocivo. En síntesis, mucha veces terminamos almorzando o cenando adentro, en lugar de disfrutar de lindos espacios al aire libre, para no contaminarnos con el humo denso que parece que siempre busca a quienes lo detestan.

En síntesis, resumir París me resulta imposible. Viajé predispuesta a maravillarme y la ciudad no me defraudó. En varias ocasiones me han preguntado si la considero la más linda del mundo y no puedo responder, aunque sí considero que tiene todo lo necesario para serlo: es bella, intensa, con amplios jardines y plazas, es baja (para admirar el cielo y reconocer sus íconos) y con las referencias históricas de una cultura que nos permite reconocer un pasado glorioso.

 

Córcega es sinónimo de intensidad natural

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Mientras tomábamos algo en uno de los lugares más lindos de Corte (una primorosa cafetería y “patissiere”), leía a Martín Caparrós (Lacrónica, editorial Planeta). La belleza del lugar, los tés y accesorios, las delicias de sus vitrinas contrastaban con la angustia que me produjo el texto introductorio del libro. Una vez más, fui consciente de que no dominaría la técnica y que las imágenes interiores, esas ideas que pugnan por salir, no lograrían materializarse en palabras. En síntesis, las experiencias del viaje quedarán en un intento hogareño de crónica pobre como dice Leila Guerriero…

Córcega es en naturaleza tan bella como París como ciudad. El esplendor natural lo cubre todo, hay trescientos sesenta grados para ver montañas, bosques, playa, cielo y comenzar de vuelta: montañas, bosques, playa y cielo. Está lleno de poblados, algunos linderos, otros a escasos kilómetros. Son todos bellos, con flores, con pequeñas ventanas en construcciones angostas y altas. Cada uno tiene, al menos, una iglesia particularmente adornada y recargada, sin las notas góticas de las de París y con profundo olor a moho.
Entre tantos recursos naturales, se respira cierto aire de emancipación. Los carteles de la vía pública están escritos en francés y en corso y en varios lugares encontramos grafiteados los primeros. Es que Córcega ha sido históricamente una isla ocupada y dominada.

A Córcega se la conoce como la “isla de la belleza”, pero el nombre no le hace honor porque es mucho más que bella. Para describirla, necesitaría cientos de adjetivos y ya se sabe que no es de estilo usar más de tres. Elijo dos: sorprendente y avasalladora. Porque la naturaleza es profunda y agreste, como si se metiera desde los ojos a la panza; impacta y da vértigo, aprieta donde anida el sentimiento del abismo. Hay que imaginarse una isla en el medio del Mediterráneo (que es muy azul y tranquilo) con varias cadenas montañosas altas (altas de verdad) que se entrecruzan. Y muchos pueblos, todos lindos, dispersos entre los bosques y las alturas.

Bastia y Nonza, Solenzara, Zonza y Porto Vecchio, la Cascada de Radule, Porto y Piana y la capital Ajaccio son algunas de tantas atracciones para conocer la isla y apreciar sus contrastes. En Córcega, los recorridos, que no son largos pero son lentos por lo sorpenteante de los caminos, los hicimos en auto. Para manejar, es necesario contar con seguridad y arrojo, además de pericia puesto que muchas veces el precicipio está al costado del camino y en otras ocasiones, además de vehículos, pueden encontrarse chanchos jabalíes, cabras o vacas.

Corte fue nuestra ciudad “base”. Su privilegiado lugar, en el corazón de la isla, nos permitió movernos con facilidad al contar con gps, obviamente. Dos días antes del desafío deportivo que nos llevó a Córcega procuramos bajar el ritmo y aprovechamos para conocer Corte: la ciudadadela, el museo, la iglesia, el belvedere (mirador), además de recorrer sus calles. Las del barrio histórico tienen adoquines y muchas escaleras porque en Corte se ejercitan las piernas constantemente. La ciudadela fue construida en 1420 y se encuentra en excelente estado. Impacta saber que cuando Colón llegó a América, por esos lugares ya tenían edificaciones de ese porte y desarrollo (con un espacio destinado a las letrinas, por ejemplo). El museo es antropológico y muestra diversos aspectos de la región y la ciudad, y la iglesia es pequeña y barroca. Hay turistas por todas partes, se escucha mayormente el francés, pero el inglés es la lengua de comunicación de quienes no dominamos el galo.
En julio hizo calor, aunque no fue sofocante; dicen que agosto es terrible y el invierno es muy duro. El clima de la isla es propicio para que las flores muestren intensos colores. El cielo es muy azul y de noche impresionantemente oscuro. De día hay golondrinas que van y vienen todo el tiempo, vuelan como “enajenadas”.

El sábado, casi al final del viaje, fue mi gran día de trekking en el circuito corto de la Restonica Trail, la actividad deportiva más famosa de la isla. De mañana bien temprano, salimos más de 300 participantes, muchos de ellos buscando su mejor tiempo; yo me lo tomé de otra manera, pues sabía de las dificultades del terreno. Pensé que los 33 k me demandarían entre 6 y 7 horas, pero finalmente fueron 10:30 de caminata continua entre salvajes montañas y árboles que parecía que tocaban el cielo y más aún. Fui siempre al final y en el kilómetro 18 me alcanzó el “corredor escoba” que recoge las señalizaciones. Se quedó siempre atrás y yo seguí con determinación. El recorrido fue inconmensurablemente más difícil de lo que imaginé y durante la mayor parte me fue imposible correr por falta de técnica, por miedo y porque había partes que eran para caminar. La llegada, sobre la calle principal del pueblo y entre los restaurantes y cafés llenos de gente aplaudiendo, fue emocionante: con los bastones y la mochila con la bandera de Uruguay en alto.

El ambiente de carrera fue estupendo, jovial y contagiante. Días antes la ciudad se aprontaba para el gran momento. La carrera se palpitaba en el aire y se escuchaba en las conversaciones. Había numerosos corredores, menú Restónica en los restaurantes y bares y emoción en los rostros de los organizadores, en los deportistas y sus familiares. Era difícil vivir al margen, la carrera se palpitaba casi con la misma devoción que la Ultra Trail du Mont Blanc de Chammonix.

En suma y para finalizar el viaje a la isla en la que nació Napoleón, puedo agregar que Córcega suena pausadamente, como una sinfonía de campo. Si bien hay muchos autos en las ciudades puesto que es el medio de transporte por excelencia, no hay bocinas porque hay tolerancia y tiempo (y si no lo hay, igualmente se respeta la forma lentamente particular de moverse en la isla). En las ciudades, se escuchan conversaciones por aquí y por allá. En la costa, se escucha el mar casi sin olas y las alas de las golondrinas que vuelan todo el tiempo. En las montañas reina el silencio adornado levemente por algunos pájaros, una cascada, unos pasos.

En Córcega hay olores ricos por todas partes: a mar, pinos, diversas hierbas y matas y en las ciudades predomina el rastro de la comida (queso, pan, oliva, tomate). La isla huele bien; la isla abraza con intensa naturaleza, pero lo hace con la calidad humana de los corsos, y lo hace tan bien que invita a volver.

Washington es elegante y Nueva York despampanante

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El viaje a Washington y Nueva York estaba programado desde hacía varios meses, pero en la previa pude hacerme cargo solo de la lista (un par de días antes) puesto que mi tiempo giraba en torno a la finalización de la tesis de maestría. Entre la revisión final del texto, el diseño de la portada y la impresión del documento llegó el gran día y, después de catorce meses de trabajo, entregué la tesis el jueves 19 de mayo y al día siguiente volamos a Washington.

El destino fue elegido en función del congreso anual de la ASNR en el que Osmar y dos colegas de la Cátedra de Neurorradiología del Hospital de Clínicas presentaban trabajos científicos para los que habían concursado en la modalidad póster. Con expectativas -pues se trataba de mi primer viaje a los EEUU-, orgullo por el desempeño académico de Osmar y tranquilidad por haber entregado mi tesis, iniciamos un viaje muy deseado pero con muy poca planificación.

Luego de la clásica escala en Miami y después de varias horas de haber dejado Montevideo, el sábado arribamos al aeropuerto Ronald Reagan de la capital de los EEUU. La entrada al país fue sencilla, mucho más de lo que estimaba. Llegamos cansados, pero con ganas de conocer y ser parte de la ciudad; por ello (y por cuestiones económicas también) decidimos tomar el metro. Y realmente fue una excelente decisión, puesto que con bastante agilidad compramos las tarjetas, las cargamos, procuramos descifrar dónde estábamos y hacia dónde íbamos. Lo logramos y llegamos a destino con facilidad, no solo por nuestra capacidad de entender esos códigos (la compra, dónde estábamos, etc.), sino porque comenzábamos a conocer una ciudad que está pensada para simplificar la experiencia turística.

El domingo iniciamos el día muy temprano corriendo a orillas del Potomac, un clásico en la representación fílmica de la capital. Varios meses antes nos habíamos anotado en una carrera de 10 millas (16 kilómetros) que nos permitió conocer la rivera del río, disfrutar de hacer deporte en un clásico de la ciudad (algo así como la rambla para Montevideo) y compartir una experiencia con locatarios y turistas.

Entre el congreso y las ganas de conocer la ciudad, comenzamos por la Library of Congress (LOC) que es un ícono para los bibliotecólogos, además de un tesoro en libros y otros recursos. Emocionada y feliz, pues soy bibliotecóloga además de licenciada en comunicación, recorrimos las salas y exposiciones del “mayor repositorio de conocimiento y creatividad del mundo” con 162 millones de ítemes. Entre libros, objetos de arte, impresiones de todo tipo, fotografías, mapas, partituras y manuscritos, pudimos observar la sala principal de lectura y conocimos la colección de libros de Thomas Jefferson.

El Thomas Jefferson Building que aloja a la LOC es un edificio espléndido con un conjunto de obras pictóricas y esculturas que dan cuenta de las ciencias, las artes, la religión, el comercio,  y de importantes valores de la cultura norteamericana. En particular, me impactaron dos de sus grandes objetos: la Biblia de Mainz (manuscrito) y la de Gutenberg (ambos son de la autoría de Mainz, Alemania, aprox. 1450).

Ese día conocimos también el Capitolio que estaba pleno de turistas y la elegante calle Georgetown de día y de noche. Entre los diversos museos, en especial los que conforman el conjunto Smithsonian (el más grande del mundo, ubicado el conocido National Mall), seleccionamos tres: el Museo de Historia Natural, el del Aire y el Espacio, y la National Gallery of Art.

Del primero, me fui con la hermosa experiencia de ver dos tesoros de la Humanidad: Lucy y una cronología de cráneos muy bien armada. El Museo en sí es impecable y las exposiciones son fantásticas.

Washington es una hermosa ciudad, es limpia, ordenada, con mucho verde y bastante baja (porque nada debe estar por arriba del Capitolio que es la síntesis de la Democracia). Es, verdaderamente, una ciudad para “turistear” con total seguridad y confianza. La Casa Blanca, muy blanca y con muchas flores, es uno de los lugares más concurrido por los turistas, especialmente los norteamericanos. Entre un mar de gente, procuramos tomarnos unas fotos en uno de los lugares en donde “se corta el bacalao”.

En una de las mañanas, bastante temprano porque ya hacía calor, corrí por el National Zoo que también forma parte del grupo de museos Smithsonian. Sus huéspedes dormían en enormes recintos bien cuidados, como todo el parque que estaba inmaculado. En particular, me llamaron la atención las estrategias didácticas orientadas a grandes y chicos, en especial las vinculadas a la preservación de los elefantes.

En la National Gallery of Art quedamos atrapados por la belleza clásica del edificio y sus jardines interiores, además de las impactantes obras. En especial, nos conmovimos ante la estupenda colección de los impresionistas franceses.

La capital de los EEUU es una ciudad con garbo, con múltiples tonos verde y preponderantemente blanca. Tiene de todo: es moderna, cuenta con edificios históricos que son importantes íconos de la democracia norteamericana y también es cosmopolita.

El transporte
En Washington el transporte fluye rápida y civilizadamente, tanto que casi no se escuchan bocinas. En un par de ocasiones tomamos taxis (grandes, sin mampara y limpios) que encontramos un poco caros, como en Montevideo. Los desplazamientos los hicimos a pie y en metro que es amigable, comprensible, rápido, aunque algo caro. Los trenes están limpios y bien cuidados y las estaciones son amplias y con escaleras mecánicas bien profundas porque pareciese que ese pulpo se mueve casi en el centro de la tierra.

Además del metro y del taxi, hicimos un paseo en bici en el que recorrimos muchos kilómetros de la ciudad, tanto que nos fuimos a uno de los Estados linderos. Lo hicimos a través de las bien señalizadas bicisendas que permiten largos y rápidos desplazamientos. Durante el trayecto nos cruzamos con muchos ciclistas.

La gastronomía
En la ciudad abunda la oferta de cafés, restaurantes y las opciones varían entre la comida rápida y los elegantes lugares ubicados en la zona de Georgetown. También hay fruta, bebida, sándwiches y comida preparada en los supermercados, así que hay de todo y se puede comer saludablemente sin tener que caer en la comida chatarra.

El hospedaje
Para Washington elegimos un ático muy bien cuidado en la zona de Columbia Heights, lejos del centro pero de fácil acceso a a través del metro. Quedamos conformes con el hospedaje (que conseguimos por Aibnb) y con el barrio también.

 

Segunda parte del viaje: la gran manzana

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El jueves al mediodía dejamos Washington con su elegancia y urbanidad para volar a Nueva York. Llegamos al aeropuerto La Guardia, nos tomamos un bus primero y el metro después, y debimos lidiar con pesadas valijas e incómodas escaleras, además del ritmo desenfrenado de la ciudad.

En el metro, a escasa horas de haber llegado, la ciudad comenzó a “comerme” y al salir, a las dos cuadras, me había fagocitado por completo. Hordas de neoyorkinos y turistas se desplazan, hay bocinas, bicicletas, un tránsito feroz y el ruido de la construcción como permanente telón de fondo. En las esquinas, para mirar los edificios hay que doblar la cabeza que casi queda paralela al piso. La ciudad vive a 220 voltios.

El tránsito en Nueva York no fluye, aunque la ciudad vive excitada. Y no transpira, sino que suda. Suda mundo y diferentes culturas, suda tecnología y adrenalina, y a pesar de los miles que transitan cada metro cuadrado de sus veredas y calles, no hay suciedad vieja, sino rastros del paso de la muchudeumbre. En las primeras horas de vivir Nueva York tuve la sensación de que crecería porque caminaba mirando hacia arriba, es que NY es una ciudad elongada…

El primer paseo fue a la Quinta Avenida que es mucho más de lo que imaginaba, nada le hace justicia: ni el cine, las series, los libros. Las vidrieras son puestas en escena que generan altos niveles de tentación y los edificios son exuberantes. Desde la entrada al famoso Hotel Plaza, la icónica Apple Store, la Trump Tower y el Rockefeller Center llegamos a otro gran reservorio del saber: la biblioteca pública de Nueva York.

Al día siguiente nuestro recorrido comenzó con St. Paul’s Chapel primero y el Memorial del 11 S después. Ambos son lugares sobrecogedores. No pensé que me iba a emocionar de esa manera; sentí próximo aquel momento que una y mil veces vi por TV. Sentí la vida y la muerte en un mismo lugar. Tuve una profunda sensación de vacío, pues esas dos enormes piscinas-fuente que ocupan el lugar de las antiguas torres se llevan todo a un punto que no sabemos cuál es: ¿el lugar más allá de la muerte?, ¿la mente de quienes llevaron a cabo el ataque? Por otra parte, hay vida en los árboles jóvenes que rodean el lugar, hay vida y bullicio en las miles de personas que se acercan minuto a minuto a conocer el “kilómetro cero”. Hay contraste entre esas vidas y las placas frías de acero que muestran los nombres de los que murieron.

En la tarde fue el turno del Museum of Modern Art (MOMA) y de otra manera volví a emocionarme con el edificio primero y sus fantásticas obras, fundamentalmente las de la primera parte del siglo XX.

Nueva York, con su desparpajo, continuó atrapándome minuto a minuto, cuadra a cuadra. Es una ciudad atrevida, prepotente y que brilla por mostrar todo, sin esconder nada. De día y de noche el mundo entero se materializa en diferentes lenguas, diferentes códigos de vestimenta, en el arte, en el tránsito, en las fotos de miles de turistas que sonríen impactados.

Una de las noches, en el Lincoln Center tuvimos el privilegio de ver Sueño de una noche de verano del New York City Ballet: un espectáculo delicioso en un edificio impresionante. Para la otra, elegimos una obra de Le Cirque Du Soleil especialmente creada para Broadway en la que la famosa compañía canadiense ofrece una obra que conjuga un musical y vertiginosa acrobacia: Paramour. Inolvidable.

Times Square después de la caída del sol, los puentes de Brooklyn y de Manhattan en bici, contemplar la ciudad desde Dumbo, una fugaz pasada por Chinatown y Chelsea Market, y el fantástico Metropolitan Museum (MET) fueron la elección de otro largo e intenso día. Vivimos un día más al ritmo de esa gran ciudad con un flash de colores, olores, texturas y cultura en una metrópoli que resume experiencias, que conjuga diversidad y habilita todo.

El MET requiere, como todo gran museo, días para explorar. En viajes cortos, como este, la visita a un museo de esta naturaleza se reduce a algunas horas y el impacto que determinadas obras puedan generar define la vivencia. Entre otros, debo mencionar la espléndida colección de Degás y en especial sus bailarinas, varios Monet, Manet y el autorretrato de Van Gogh. Aunque esta escueta mención no da cuenta de la riqueza incalculable del MET que finalizó con la visita a su tentadora tienda.

Despedimos Nueva York con una larga corrida por el Central Park que nos esperaba con toda su gama de verdes, con mucha gente, limpio y prolijo, muy bien cuidado, seguro y sin rastros de residuos de animales (algo tan característico de los parques uruguayos). Nos cruzamos con cientos o quizás miles de personas, cada uno en lo suyo, sin molestar, es que el sentido de urbanidad y el buen trato están muy arraigados. El parque parece alejado de la ciudad, se siente el canto de los pájaros y se disfruta del viento en la cara porque, sorprendentemente, Nueva York es una ciudad que, con aire, quita el aire.

La catedral de St. Patrick’s (en la que sonaba su enorme órgano pues había finalizado el servicio del domingo) y una fugaz visita a la sucursal de la librería Barnes & Nobles de la Quinta Avenida coronaron nuestro primer vínculo con NY. Quiero creer que este rápido contacto con la ciudad fue una muestra de lo que volveré a ver con más tiempo en una futura ocasión.

Durante el viaje me sentí una ameba permeable a todo. Después de visitar ciudades de ese porte, conocer obras de arte clásicas y modernas, sentir el ritmo de las grandes avenidas del comercio, de la política y del espectáculo nada puede ser igual. Entonces, después de un viaje así, el compromiso debe ser el de resignificar.

 

El transporte
Ya mencioné el ritmo del tránsito y nuestra primera experiencia en el metro lidiando con pesadas valijas. En Nueva York básicamente nos movimos a pie y por metro, e hicimos un paseo en bici que fue muy seguro por bicisendas y calle que nos permitió llegar hasta Brooklyn. Las calles de la ciudad están bien identificadas y su conocido sistema de numeración facilita ubicarse y medir distancias.

El metro es rápido, bastante económico y eficaz, aunque no pude entender la lógica del sistema (me pareció un caos). Las estaciones son viejas, muy ajetreadas y limpias. Hay trenes nuevos y viejos, todos bien cuidados y con refrigeración. La gente se comporta amablemente y con mucho respeto entre sí.

No tomamos taxis y me quedé con la percepción de que en la zona turística los autos se mueven lentamente. Para el traslado al aeropuerto elegimos Uber a través de su práctica aplicación. El auto llegó en pocos minutos, el conductor se ocupó de nuestro equipaje y nos dejó en la salida de nuestro avión en el tumultuoso aeropuerto JFK.

 

La gastronomía
En NY, que es una de las capitales del mundo, hay ofertas de todo tipo, hay cadenas de comida rápida, de comida lenta (que está muy de moda), de bebidas calientes, de jugos fríos, de las más diversas ensaladas y un larguísimo etcétera. La variedad de sabores es infinita y también la de precios. En NY se puede comer muy bien, pues hay grandes supermercados, pequeñas tiendas y los llamativos food trucks, además de elegantes restaurantes. Solo hay que tomarle el pulso a la ciudad, leer la carta, conocer algo del idioma y preguntar para disfrutar de sabores locales y de comida de todo el mundo, en especial la versión yanqui de la cocina italiana (que es riquísima).

 

El hospedaje
Para los tres días neoyorkinos elegimos hospedarnos en un monoambiente en la 9 y la 56, muy cerca de la estación Columbus Circle en una de las esquinas del Central Park en el barrio Hell’s Kitchen (donde está el bar de Luke, el “noviete” de Jessica Jones). La locación nos resultó cómoda y también el hospedaje que habíamos elegido a través de Airbnb.

 

Lic. Gabriela Cabrera Castromán

Tras las huellas de los incas: ascenso al Plomo

Preámbulo. Las vacaciones de enero 2016 debían ser cortas, pues estaba en mis planes avanzar en la tesis con la que finalizaría mi maestría. Luego de la rica experiencia vivida en el viaje a Chile-Bolivia, decidimos descansar en la montaña. Contactamos a Hans, de Spondylus-Chile, para que nos planificara una expedición en función de los días previstos, nuestros intereses y condición física. Surgió así una travesía al cerro El Plomo (Santiago de Chile, Andes Centrales), lugar donde habíamos estado años antes durante un fin de semana.

El Plomo es una montaña ubicada en la Región Metropolitana de la capital chilena. Tiene una altitud de 5424 metros sobre el nivel del mar (msnm); es el punto más alto visible desde Santiago de Chile y fue una montaña sagrada para los incas quienes realizaron la ofrenda más especial de su cultura: un niño.

Fin de año es siempre agitado por su naturaleza y porque es el cierre de un ciclo en mi trabajo (una institución educativa). Entre despedidas, algunos cumpleaños, entrega del avance de la tesis y cierre profesional se fue anudando un año intenso. Sin realizar cuentas de lo que no pudimos concretar, como es nuestra costumbre, y con fuertes compromisos para el año siguiente, llegó el fin de 2015.

Viajamos a Chile el 1º de enero; dejamos una Montevideo dormida y nos recibió Santiago con algo de calor. El ajetreo continuó de alguna manera, entre compras necesarias para la expedición a la montaña y un ansiado cumpleaños. La noche del sábado, previa al inicio de la travesía, fue de poco sueño y mucha ansiedad.

Día 1. Domingo. A las 9 AM nos pasó a buscar Hans, teníamos todo nuestro equipamiento pronto: dos grandes mochilas, los bastones de trekking y dos mochilas chiquitas para portar lo necesario durante las caminatas.

Luego de los saludos y con la alegría de volver a vernos por tercera vez (El techo de Chile / Chile y Bolivia) comenzamos, en camioneta, el viaje hasta Valle Nevado. Entre curvas y curvas, llegamos a nuestro destino. Nos esperaba Patricio, el arriero, con sus cuatro mulas. Patricio comenzó a cargar a Rosalindo, con pericia y experiencia armaba nudos, sopesaba la carga, la balanceaba y sujetaba. Cada mula puede transportar hasta 60 k. Nuestro equipamiento incluía las mochilas (las nuestras y la de Hans), las carpas, grandes cajas azules donde Hans almacena alimentos, enseres y mesa de cocina, la cocinilla, la garrafa, mesas y sillas para la estadía en la carpa comedor.

Mientras el arriero acomodaba la carga, comenzamos a caminar. Valle Nevado está a 3025 msnm; tranquilos, sin prisa y con convicción avanzamos paso a paso. Salimos un rato después del mediodía y cerca de las 3:30 PM llegamos al valle que nos hospedaría durante dos noches.

Me sentí pesada, hinchada, cada paso me costaba mucho, las manos daban cuenta también de la altura que habíamos ganado desde la mañana (Santiago de Chile está ubicada a 800 msnm). En Piedra Numerada, nuestro primer destino, armamos el campamento: la gran carpa cocina-comedor, nuestra carpa y la de Hans. Nos ubicamos sobre el costado de un hilo de agua que nace unos kilómetros más arriba y que da origen al río Mapocho que recorre gran parte de la ciudad de Santiago.

Al atardecer, entre las montañas nos sorprendió un intenso juego de luces. El efecto era teatral, la cúspide de las alta cadena montañosa se tiñó de diversos colores entre anaranjados y rojos. La luminosidad finalizó en minutos, pues la obra fue solo para quienes estaban atentos a la magia que la naturaleza ofrecía… Finalizaba así un primer día de contrastes y nos encontrábamos cansados, prontos para dormir.

 

Día 2. Lunes. El desayuno es el momento del día que más me gusta en este tipo de viajes. Nos levantamos temprano (la vida en el campamento se desarrolla en función de las horas de luz) para tomar un café y comer tostadas con dulce y queso. Aprontamos un equipamiento ligero (agua, ración de marcha, protector labial, filtro solar) y salimos a hacer una caminata de aclimatación.

Fue un trekking duro, pero ya nos sentíamos algo mejor que el día anterior. Las montañas nos esperaban con los más diversos terrenos, a veces con senderos relativamente sencillos y otros complejos donde nos costaba avanzar. En esas superficies las botas se entierran, además falta el aire, el cansancio se apropia del cuerpo y de la mente, no se ve la cima del día… hay que avanzar a pesar de todo.

Llegamos, finalmente, a la cumbre estipulada y quedamos muy satisfechos cuando Hans nos comentó que no esperaban llegar tan alto (4070 msnm). Comenzamos el descenso que por suerte no fue tan tortuoso para mi vértigo. Debimos, como en la subida, descender varios kilómetros para poder bordear el cruce de agua sin mojarnos. Durante la caminata nevó varias veces, aunque fueron copos minúsculos que no impidieron nuestra marcha.

Luego de una cena reparadora, nos fuimos a dormir pues al día siguiente debíamos levantar campamento. Hans nos leyó la historia del niño del Plomo. Conversamos al respecto, reflexionamos sobre el gran imperio inca y la concepción de la vida y la muerte. Un dejo de tristeza se instaló en mí, sin lugar a dudas la incapacidad para comprender las ofrendas humanas.

 

Día 3. Martes. A las 7:30 AM comenzó nuestro día. Desayunamos y levantamos todo el equipo. Pronto llegó el arriero, nosotros comenzamos a caminar y él se encargó de cargar las mulas.

La primera parada fue en la cascada que origina el cruce de agua que se transforma en el río Mapocho. La cascada, como todos los elementos naturales, era un símbolo muy importante en las celebraciones incaicas que se realizaron en la zona. Nos detuvimos sobre una plataforma construida en las peregrinaciones hacia la cima y apreciamos otras construcciones. La proximidad con la historia fue cercana.

Continuamos con la ilusión, el espíritu y el ambiente de un nuevo camino incaico, recordamos de alguna manera el realizado hace unos años (La magia del reino del Tahuantisuyo). El imperio Inca fue enorme y se extendió bien al sur de América, incluso mucho más abajo que Santiago de Chile. No deja de asombrarme la fuerza espiritual de los incas que pudieron extender sus redes a pesar del poderío de la naturaleza que parece no dar tregua con el frío, el viento, la altura, las inmensas distancias.

A Federación, nuestro segundo paraje,  llegamos luego de una caminata que no nos demandó demasiado esfuerzo, aunque las pantorrillas acusaban la gran cantidad de subidas realizadas. A 4135 msnm armamos el campamento. Patricio ya nos había dejado la carga; el trabajo nos cansó y decidimos dormir un rato, comenzó a nevar y a soplar un fuerte viento. Tuve un atisbo de preocupación.

En el lugar había otras carpas que, al igual que nosotros, debieron reforzar su seguridad con más cuerdas. Eolo soplaba con determinación.

Día 4. Miércoles. Desayunamos a las 8 AM y al finalizar comenzamos la caminata de aclimatación del día. Para el ascenso planificado usamos las botas de montaña que son incómodas, pero abrigadas y muy seguras. El tiempo fue bueno, a pesar de una noche con viento y nieve que nos había dejado poco sueño.

Caminamos casi cinco horas, un total de cinco kilómetros y 300 metros desde 4135 a 4840 msnm. Por momentos el cansancio fue agotador, pero increíblemente el cuerpo se recupera en minutos de descanso para permitir la marcha una vez más.

La vista en la altura es increíble. La nieve caída en los últimos días había generado un manto blanco e impecable, salvo en los senderos en los que se ve la huella de los caminantes.

El silencio era profundo y devastador por momentos. Las reservas de energía del cuerpo parecen evaporarse paso a paso, pero se recargan inexplicablemente. Las montañas dominaban la escena. El sol nos fue esquivo una vez más y el viento, por suerte también.

El descenso fue estresante por momentos (tengo vértigo); me pregunté qué hacía en ese lugar y por qué intentaba una vez más vencer mis miedos en la acción. La respuesta, como en los grandes desafíos deportivos, me esperaba al finalizar el recorrido.

En la tarde descansamos, probamos los crampones que usaríamos el día siguiente al intentar cumbre. Tenía mis serias dudas acerca del éxito de lo que nos esperaba: ocho horas de caminata hasta la cumbre más el regreso.

Ese día y en función del estado del tiempo, Hans decidió que intentaríamos cumbre el jueves (a pesar de que también podríamos hacerlo el viernes pues contábamos con un día de seguridad). Saldríamos con la esperanza de una buena sintonía con la Pacha Mama, pero con la información meteorológica que preveía vientos y nieve en la tarde. Esos factores podrían significar un eminente regreso sin hacer cumbre.

La experiencia de Hans y su mesura me daban tranquilidad. Aún así, sentía la angustia previa a las “grandes gestas”. La montaña, mi cuerpo y mi cabeza decidirían cuánto podría avanzar el día después.

Cenamos muy temprano, comimos pasta con salsa, limpiamos todo, aprontamos las raciones de marcha y nos fuimos a descansar. Mi pie izquierdo (el metatarso) que está resentido desde hace unos meses acusaba el ajetreo del día y estaba especialmente dolido por las botas que son rígidas.

Me dormí con la convicción de que al día siguiente diría que no iba a intentar cumbre: muchos factores me indicaban que no estaba en condiciones de hacerlo.

 

Día 5. Jueves. ¡Lo logramos! Comienzo por el final, como en la gran obra de Gabo —la que más me gusta— Crónica de una muerte anunciada. Lo hago por la vital sensación totalizante de logro que todo lo invadió.

Salimos 3:30 AM, aunque debimos levantarnos una hora antes. Desperté con la convicción de intentarlo y, a pesar de que el pie me molestaba, solo quería salir y comenzar a caminar. El cielo estaba bordado de estrellas y no había viento, la noche era espléndida. Caminamos con nuestras luces frontales prendidas por el mismo sendero que transitamos el día anterior. Estábamos muy abrigados, no teníamos frío, solo ganas.

Cruzamos el refugio Agostini, descansamos y continuamos. Pasamos por el punto al que habíamos llegado el día anterior 30 minutos antes incluso. En un momento Hans nos comentó que “teníamos chances” —por el desempeño que era el esperado y por las condiciones del estado del tiempo—. Decidimos seguir hasta que las chances se agotaran.

Por momentos el cansancio se apoderaba de nuestro cuerpo, el ascenso no daba tregua. Llegamos a una pirca incaica, lugar sagrado en el que acondicionaron al niño ofrecido a los dioses antes de conducirlo a su morada final en la altura de El Plomo. Estábamos exhaustos, varias veces creí que no lo lograríamos.

Metros después de la pirca comienza el cruce del glaciar, nos pusimos los crampones (entre el cansancio y el frío, Hans realizó la tarea por nosotros) y continuamos. Supimos que todavía faltaba una hora y 30 minutos de marcha y decidimos continuar, más por voluntad que por fuerza.

El terreno seguía en ascenso, en ocasiones el sendero se volvía casi imposible y debíamos descansar. Conté 140 pasos y tuvimos que detenernos para tomar aire, usé el sistema como medida un par de veces más.

Divisamos una altura, pero se trataba de la falsa cumbre, la que se ve desde Santiago. Seguimos unos metros más que fueron casi un suplicio, pero la meta estaba cerca, muy cerca… Y pronto vimos a Hans con un mástil en alto con la bandera chilena. Lloramos, sin lugar a dudas. Disfrutamos del momento, pues casi no había viento y se asomó el sol. El panorama de los Andes es sobrecogedor. Nos tomamos fotos, nos abrazamos y volvimos a llorar.

Comenzamos el descenso, hacía siete horas que habíamos salido; pensábamos hacer cumbre en ocho, así que tan mal no estábamos. Desandamos el camino con las mismas paradas para descansar. En el refugio Agostini encontramos una pareja que se sumó al descenso, bajamos charlando, el tiempo se escurría fácilmente. El cielo se enrareció y espesas nubes cubrieron el entorno. Aún así fue increíblemente bonito, tan gris, tan sórdido.

Llegamos al campamento a las once horas de haber iniciado la travesía del día. Recorrimos once kilómetros y 50 metros desde los 4135 msnm hasta la cumbre de El Plomo a los 5400 msnm. Satisfechos, así nos sentimos al llegar. No me creía capaz de hacerlo, pero lo logré. Cuando arribamos al campamento solo pensaba en descansar, estaba marchita. Hans ya tenía planes para el día siguiente, aunque yo solo pensaba en recostarme.

Ese día también cenamos temprano (un delicioso guiso de lentejas) y nos fuimos a descansar y leer.

 

Día 6. Viernes. Dormimos bien, pero de a ratos porque había mucho viento. Soplaba en ráfagas intensas que parecían arrancar la carpa con nosotros adentro. Salió el sol por primera vez desde que llegamos, se veía un cielo azul y limpio, pero el viento generaba un ambiente inhóspito. Entre ráfaga y ráfaga el silencio generaba expectativas de calma y minutos después desde lejos se comenzaba a escuchar un zumbido que se transformaba en un remolino que sacudía la carpa nuevamente.

Desayunamos a las 8:30 AM tal como teníamos previsto, pero el plan del día —un ascenso al cerro La Leonera— se suspendió. Preparé un té para hidratarme (aspecto fundamental en la altura) y dar calor al cuerpo mientras escribía y leía para esperar que el mal tiempo nos diera la oportunidad de una nueva caminata.

El día nunca mejoró. Tuvimos visitas de otros campamentistas, conversamos sobre la vida, los ascensos, las dificultades de la altura, los viajes. Descansamos en la tarde y nos fuimos a dormir temprano, pues al día siguiente debíamos retornar.

Día 7. Sábado. El plan del día era sencillo, pero intenso: terminaba la experiencia a El Plomo. Luego de desayunar, levantamos campamento. Llegó el arriero y comenzó a cargar las mulas y nosotros abandonamos Federación rumbo a Valle Nevado.

Caminamos cinco horas, nos cruzamos con hombres y mujeres que, al igual que nosotros, marchaban con el objetivo de conocer el punto más alto de Santiago. Había, además, varios corredores que se aclimataban y entrenaban ya que la semana siguiente tendría lugar la Mammut Andes Infernal con dos distancias: 15 y 28 k (desde Valle Nevado hasta Federaciones en la versión corta y desde Valle Nevado a la cumbre del Plomo en la carrera “más alta del mundo”).

Patricio, el arriero, nos esperaba en el lugar donde una semana antes había comenzado esta historia con la carga en el suelo, pronta para subir a la camioneta y regresar a Santiago. El fin del viaje era eminente y los sentimientos propios de un cierre estaban a flor de piel: alegría por lo vivido, tristeza y añoranza por la vida de montaña que tendrá que esperar un año más para volver a repetirse.

 

Fuentes: [http://www.andeshandbook.org/montanismo/cerro/18/Plomo] [http://chile.travel/donde-ir/santiago-y-alrededores/centros-de-ski/valle-nevado/]

Ropa recomendada (en bolsas ziplocs): botas de trekking / botas de montaña / pantalón de montaña / sobrepantalón / medias (tantas como se pueda) / 2 pantalones de trekking /  chaqueta de plumas / chaqueta cortaviento / 2 equipos primera capa / 2 remeras de manga corta / 2 polares / 1 remera de manga larga / ropa interior / pijama y medias / sandalias, crocs o similar / 1 pantalón deportivo o calza

Equipamiento sugerido (también en bolsas ziplocs): sobre y colchoneta para dormir / bastones de trekking / luz frontal / termo / botella para agua / desodorante / toallas húmedas / bolsas de nylon / toalla (aunque no pudimos bañarnos ni lavar ropa pues solo tuvimos un día de sol) / jabón de lavar (sirve para un eventual aseo) / cepillo y pasta dental / medicamentos (dolor de estómago y de cabeza principalmente) / peine / filtro solar / protector labial / crema antiherpes / alcohol en gel / crema para el rostro y el cuerpo / cuerda y palillos / costurero / curitas, vendas, cinta / alicate / cepillito / esponja / hipoglós (crema curativa) / ratisalil (antiinflamatorio) / sopas y jugos

Agreste, feroz y voraz: el altiplano boliviano en invierno

La previa chilena
Miércoles. Día 1
Jueves. Día 2
Viernes. Día 3
El salar
Sábado. Día 4
Domingo. Día 5
En campamento, el momento del día que más me gusta
Lunes. Día 6
El té de coca y la altura
La quínoa
Martes. Día 7
La Reserva
El frío
Miércoles. Día 8
Macario
Jueves. Día 9
Viernes. Día 10
Sábado. Día 11. Colofón
Datos útiles. Cosméticos
Datos útiles. Ropa
Referencias

La previa chilena
Osmar y yo llegamos a San Pedro de Atacama el martes 30 de junio de 2014 de noche y con ganas de cena y dormir. Nos esperaban Hans y Adrian de Spondylus-Chile para comenzar una travesía de once días por Bolivia desde la cosmopolita ciudad de San Pedro de Atacama. San Pedro, que es ocre, achaparrada, mágica y babélica, nos esperaba para seducirnos una vez más.

Miércoles. Día 1
Salimos, luego de un excelente desayuno, caminando hacia el Pukará de Kitor primero y el Valle de Catarpe después. La primera parte del recorrido fue por un tramo vecinal. Pasamos un cruce de agua y nos adentramos al valle. Ese cruce nos guió durante todo el recorrido. Debimos atravesarlo varias veces, el agua estuve siempre fría y corría con mucha fuerza. Pasado el mediodía, luego de tres horas de casi ininterrumpida marcha, paramos para almorzar y descansar.

El valle, amplio al comienzo, se angostó y el agua adquirió más fuerza todavía. En un momento nos costó avanzar, el andar se hizo difícil entre altas paredes color ocre. El recorrido del día terminó con unas mínimas subidas y bajadas que pusieron a prueba mis tobillos. Al final nos esperaba la camioneta para el traslado al pueblo. Adrian la había ubicado estratégicamente frente a un muro de muy antiguas piedras con petroglifos incaicos y atacameños: llamas, círculos concéntricos y otras figuras geométricas.

Hans, nuestro guía, para dar marco al momento leyó la leyenda de la llama celestial. Regresamos cargados de naturaleza, historia y con la fuerza mística de las leyendas indígenas.

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Jueves. Día 2
Nos despertamos temprano, al igual que el día anterior, porque la ansiedad es siempre mayor que el cansancio. Dimos cuenta de un rico desayuno y nos preparamos para el traslado a Bolivia. La ruta del Desierto, por la que comenzamos a transitar, es sobrecogedora por su aridez y recorte ondulado a ambos lados del horizonte. Al salir de la ciudad la imponente Cordillera de la Sal posó elegantemente para nosotros.

Hicimos muchos kilómetros en camioneta hasta la ventosa frontera con Bolivia. Luego de los trámites burocráticos en Chile, nos encontramos con el vehículo boliviano que nos esperaba para cambiar todo el equipaje —que era voluminoso, pues incluía las carpas, toda la alimentación, el agua, además de las cuestiones personales de cada uno de nosotros—. También tuvimos que realizar los trámites en Bolivia que fueron rápidos, ya que los aduaneros estaban, como nosotros, ansiosos de terminar esas vueltas por el intenso viento que soplaba sin cesar.

A media tarde llegamos a San Pedro de Quemez con la vista impactada por un mar de corales petrificados que desborda a los viajeros unos kilómetros antes del pueblo.

San Pedro de Quemez es un caserío en el medio de la nada. En la actualidad cuenta con energía eléctrica, una cancha de fútbol muy moderna e Internet —que casi nunca funciona—. Nos hospedamos en el Hotel de Piedra que está situado arriba del pueblo, inmediatamente después de Pueblo Quemado. Nos dijeron que era día festivo y bajamos a conocer el pueblo. Casas grises y pardas, al igual que el suelo, calles de tierra y mucha pobreza son las características que definen a San Pedro de Quemez.

En una esquina vimos la procesión —una treintena de personas— que celebraba y transportaba el Santo del lugar. Sentimos fuerte olor a alcohol y vimos botellas tiradas. El grupo estaba conformado mayormente por adultos de caras castigadas y ataviados con las clásicas vestimentas bolivianas. En las calles se veían niños jugando, perros sueltos y basura. Entramos a la iglesia que estaba repleta de flores de muchos colores. Los santos y el propio Jesús estaban vestidos con brillos y colores fuertes. Sus rostros y vestimentas eran casi infantiles. Preponderaban el destello de la lentejuela y del plástico, los colores intensos y el olor penetrante de las flores.

Regresamos al hotel y temprano nos sirvieron la cena que estaba sencillamente preparada, era muy rica y de sabores plenos. Dormimos casi diez horas en una cama amplia, cómoda y cálida. Descansamos.

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Viernes. Día 3
Otro día que comenzó al amanecer, pues a las 7 AM ya estábamos desayunando. Cargamos el equipaje y salimos hacia el salar más grande del mundo. Pasamos por Galaxia dos estrellas y tuvimos la suerte de conversar con uno de sus descubridores. Galaxia dos estrellas es una cueva disecada muy antigua. Dos lugareños decidieron, hace doce años, reacondicionar el cementerio indígena del lugar un año de sequía en el que la quínoa, su modo de vida, no generó una buena cosecha. Con “respeto, ofrendas y algo de miedo” (como nos comentó quien nos relató la historia) buscaron momias en la Cueva del Diablo. No las encontraron, pero la suerte de estos dos emprendedores estaba de su lado y por un mínimo agujero vieron esa gigantesca gruta. Arreglaron el lugar, le dieron un nombre (Galaxia dos estrellas) y viven del turismo en los años de sequía.

Llegamos a nuestro destino sobre el mediodía: Inkawasi, una isla volcánica con cactus gigantes, pinchudos y marrones, muy antiguos —algunos tienen casi 500 años— en medio del salar. El salar más grande del mundo, conocido como Uyuni, se llama en realidad “Salar de Tunupa”. Tunupa es el nombre del volcán más importante del lugar y del salar y recuerda a una figura mitológica aymara. Son 100 km2 a una altitud de 3653 msnm, la temperatura promedio es de 6º C, en verano alcanza los 30º C y en invierno desciende a -25º C. Los vientos fuertes son habituales y también las bajas temperaturas. El calor del sol se transmite casi exclusivamente por la radiación, por eso la diferencia entre la sombra y el sol es muy extrema. Las lluvias, que son pocas, se reservan para la temporada de diciembre a abril en la que todo se inunda y el suelo se renueva. El ecosistema del salar es muy frágil, pero muy intenso. El suelo es duro y frío y hasta el horizonte en los cuatro puntos cardinales se ve un mar blanco e inamovible.

Desde Inkawasi nos a Isla Pescado, 11 kilómetros antes de llegar al lugar donde pasaríamos la noche la camioneta paró y bajamos para caminar. El trayecto se hizo largo, monótono a veces, pesado y penetrante, así es caminar en el salar. No había viento, algo inusual, y el trayecto hasta el campamento fue un regalo de blancos y silencio.

El salar es indescriptible, hacen falta los diferentes matices de blanco de los esquimales para describir tan inquietante lugar. Quienes conocen la nieve tratan de buscar similitudes, para nosotros la arena es lo más parecido. Yo no conozco arenas tan extensas, salvo las del desierto que son casi doradas. El salar se le parece, de alguna manera, pues es un desierto de sal, de piso duro y albo. Es también un mar con islas. Y en lugar de olas tiene figuras hexagonales que se forman en su superficie.

Al llegar armamos campamento en Isla Pescado, en una cueva formada entre vestigios volcánicos.

El salar. Hace 100 millones de años los Andes no existían, la región que actualmente se conoce como el altiplano estaba a nivel del mar. En esa superficie se depositaron y sedimentaron levas capas de agua salada. 25 millones de años atrás, la comprensión del lado oeste de la placa sudamericana y la del Pacífico causó la formación de los Andes. La sal sedimentada emergió a la superficie y por eso se observan actualmente numerosos salares en el altiplano. Hay escasa vida en el salar porque no hay agua. Se observan, asimismo, rastros de vida animal principalmente en sus islas y proximidades: llamas, vizcayas, roedores, algunas aves. Desde hace unos 20 años el Salar de Tunupa se ha convertido en uno de los destinos más importantes de Bolivia. La razón es simple: el lugar es excepcional.

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Sábado. Día 4
Desarmamos el campamento luego de desayunar. Osmar y yo comenzamos a caminar por la orilla de la isla volcánica y la camioneta nos alcanzó un rato más tarde. Llegamos a Coqueza, nuestro siguiente destino, luego de transitar por ese mar de blancas sorpresas. En la plaza del pueblo Hans pagó los tiques para subir al Tunupa, nuestro primer gran ascenso del viaje. Pasamos primero por una gruta cementerio que ofrece una familia de momias “chullpas” encontradas en el lugar (en la lengua común, la palabra “chullpa” designa las tumbas donde se encuentran las momias, usualmente en las cimas de las montañas; en la región, “chullpa” es el nombre de los primeros habitantes). Había, además, dos momias más encontradas muy cerca. El emprendimiento local y atendido por un lugareño fue curado por arqueólogos alemanes. Es, por cierto, muy interesante y educativo conocer rastros preincaicos e incaicos mientras recorremos la Bolivia profunda.

El ascenso al mirador del Tunupa no requiere destrezas técnicas, pero la falta de oxígeno hace una labor importante y el cansancio es un compañero constante. Las caminatas en la altura solo pueden describirse con la conocida frase de Goethe “sin prisa y sin pausa, como la estrella”. Paso a paso y apoyados en los bastones, llegamos al mirador que está estratégicamente ubicado frente al cráter. Es impresionante, obviamente, y no solo por su tamaño (grande y devorador), sino por sus colores, parece un mousse de chocolate veteado con dulce de leche.

Repusimos fuerzas con la ración de marcha que habíamos preparado, tomamos las fotos de rigor y continuamos hacia un segundo mirador. El tramo se hizo más difícil, pues caminamos entre arbustos achaparrados y algunos con muchas espinas. Llegamos a 4600 msnm y sorpresivamente vimos un árbol, de la familia de las rosas, único en su especie, ya que no hay otros en el mundo capaces de vivir en tal altitud.

Un nuevo descanso nos preparó para el descenso, que es siempre más rápido, pero que a mí me cuesta mucho. Bajo tensa y con extremo cuidado por las rodillas, el tobillo izquierdo y el vértigo. Al llegar, cansados nos subimos a la camioneta. César, el chofer, nos esperaba para conducirnos hasta Jirira. Pasaríamos una noche en el hospedaje de doña Lupe.

El hostal de doña Lupe era todo lo que necesitábamos y más: una buena cama, mantas y una ducha caliente. Osmar y yo nos alojamos en una habitación hecha con bloques de sal.

Ya repuestos y con mejor aspecto, nos fuimos al medio del salar a deleitarnos con el atardecer. Hans nos dejó para que camináramos un poco. Reinaba el silencio, no había viento y el cielo estaba cubierto de nubes. El suelo estaba marcado por los clásicos poliedros y además había copos de sal, uno tras otro. Nos llamó la atención, pues no los habíamos visto hasta el momento.

Encontramos la camioneta un tramo más adelante y, como siempre, Hans había preparado una sorpresa. Todo estaba pensado: sonaba Vangelis y en una mesa —con mantel, obviamente— había un aperitivo para disfrutar mientras el sol se recostaba entre algunas nubes sobre el horizonte. A nuestras espaldas las nubes cubrían el cielo y tocaban el salar. El famoso “efecto blanco” era abrazador.

La luz cambiaba minuto a minuto. Mirábamos el sol atentamente, a nuestra derecha teníamos el volcán Tunupa que todo lo domina, y a nuestras espaldas encontramos un paisaje inédito. La luz producía un contraste sin igual sobre los copos de sal del suelo, los iluminaba y resaltaba sobre el piso que estaba más oscuro. Hacia el horizonte se condesaban en un manto más blanco y denso. Fue mágico y emocionante. Me imaginé muchas el salar, supe que lo conocería cuando coordinamos el viaje, pero nunca, ni en sueños, pensé vivir un momento de tal profundidad.

La cena nos esperaba en el hostal: sopa con fideos y papas, y arroz con pollo. Estaba deliciosamente preparada por doña Lupe, una boliviana “de postal”. Doña Lupe es una mujer emprendedora que supo vislumbrar, hace 15 años, un filón turístico y de a poco armó su hostal. Comenzó alquilando habitaciones en su casa y hoy tiene un lugar muy cómodo al que le ha ido anexando diversas alas y comodidades (como agua caliente, por ejemplo).

Dormimos muchas horas, descansamos y nos aprontamos para dejar la provincia de Oruro a la mañana siguiente.

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Domingo. Día 5
Después de desayunar, cargamos la camioneta con todos los petates y de a poco fuimos dejando el salar. El paisaje se volvió cada vez más altiplánico hasta que aparecieron los valles y bofedales. Ya estábamos en Potosí.

En la entrada del Valle Escondido nos bajamos para caminar. Fuimos siempre bordeando un cruce de agua. Volaban pájaros, vimos llamas y campos de cultivo. Un cóndor nos dio la bienvenida desde lo alto; con garbo voló para nosotros. Sentí que llegamos al Edén sudamericano, se los aseguro. Encontramos agua, grandes animales, pájaros, peces, un sol radiante y la semilla madre —la quínoa—.

Armamos campamento cerca de una cascada. Primero desplegamos la carpa cocina-comedor y luego las dormitorio (una para nosotros y otra para Hans). Y nos dimos un baño en la cascada de agua fuerte y tibia. El ambiente estaba gélido porque, a pesar del sol, la temperatura es baja y siempre hay viento.

Esa noche, muy fría por cierto, cenamos pasta con salsa y de postre arándanos en conserva. Ayudamos con el aseo de los trastos y nos fuimos a dormir. Entramos en calor luego de un rato y más tarde ambos nos enfriamos mucho. Me preocupé, pensé que sería una noche congelante y sin dormir. Por suerte, volvió la temperatura a nuestros cuerpos y pudimos descansar como solo en la montaña se hace.

De mañana todo tenía escarcha, incluso la ropa que habíamos dejado al lado nuestro, los sobres de dormir, las chaquetas de pluma. Y la ropa que habíamos mojado la tarde antes (al bañarnos en la cascada) estaba dura: ¡se había congelado! Nos vestimos tan rápido como pudimos para desayunar. Y luego desarmamos el campamentos; nos dolían las manos de tanto frío. Salimos, finalmente, a caminar en procura del sol, pues en la mañana ese valle está inmerso en grandes y gélidas sombras.

En campamento, el momento del día que más me gusta es el desayuno. Hans nos espera con tostadas, agua caliente para el té y el café, queso, fiambre, miel y dulces. Todo está muy calmo, nos tomamos nuestro tiempo y salimos a disfrutar de lo pautado. El día está pronto para escribirse, como un capítulo de esta bitácora.

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Lunes. Día 6
Caminamos mucho hasta dejar atrás el valle y su cañón. Vimos aves de diferentes tamaños. Después nos esperaba una planicie ventosa que poco a poco fue mostrando su tesoro: piedras enormes de mil formas. Paso a paso nos sentimos atrapados por las figuras, intentamos tomar imágenes a cada paso. Nuestra imaginación volaba y fuimos representando esas formas, casi como en un test de Rorschach.

Cinco horas después y luego de algunas paradas para hidratarnos y reponer energías, llegamos a la entrada de Ciudad de Rocas. Estaba lleno de turistas, demasiado ruido para nuestro modo de vida durante el viaje en el que el silencio es el compañero constante, un regalo que la profundidad de la naturaleza ofrece para la introspección.

César, el chofer, nos esperaba para trasladarnos hasta el lugar de nuestro campamento: el Bofedal de los Sueños. Armamos todo una vez más, era temprano y la cercanía de hilos de agua nos ofreció la oportunidad para lavar y acondicionar algunas de nuestras prendas tan llenas de polvo.

Un rato después, mientras tomábamos el clásico café de la tarde, aparecieron dos lugareñas. Las invitamos a pasar y charlamos un poco. Hans inició la conversión, yo me sumé después. Vidal, la madre, y Lupe, su hija adolescente, nos contaron cómo y de qué viven. Son locatarias, viven con su padre y abuelo, tienen llamas, cultivan zanahorias, habas, papas y frutas. La hija estudia en Uyuni, toca el charango y quiere dedicarse al turismo en la región. Vidal vestía al estilo boliviano, con varias faldas superpuestas y una manta sobre los hombros. Lupe lo hacía como cualquier adolescente en invierno, aunque portaba una carga en su espalda al estilo del altiplano. Fue una charla amena y muy didáctica para nosotros. Las convidamos con té, queso y budín. Probaron y agradecieron con humildad.

Cerca de las 18 h se fue César, el conductor de Kantuta Tours, y un rato después llegó Sebastián, uno de los dueños. A las 19:30 h cenamos carne a la cacerola con puré. Estaba riquísima, como todas las preparaciones que Hans cocina con esmero. Había viento cuando nos fuimos a dormir. Me abrigué mucho, pues todos pronosticaban una noche fría. En la carpa sentíamos el viento y el ruido de los hilos de agua del bofedal. Ese murmullo se fue apagando y a la mañana siguiente cuando nos levantamos todo estaba congelado.

El té de coca y la altura En San Pedro de Atacama tuve un leve dolor de cabeza que se incentivó al día siguiente en San Pedro de Quemez. En la tarde en la que caminamos hacia la isla Pescado (Salar de Uyuni) me sentí muy hinchada: los dedos, las piernas y el abdomen. Y me estalló un punzante dolor de cabeza. No ayudé a armar las carpas y me acosté ni bien pude. Un rato después Hans me envió un té con hojas de coca que tomé poco a poco. Mejoré lentamente y en la noche ya estaba repuesta. A partir de ese momento tomé té de cada desayuno y en la cena. La hidratación es fundamental para sobrellevar la altura; así que bebíamos litros de agua, café, té y jugos durante todo el día. El primer día boliviano probamos mascar coca, pero no nos gustó ya que la sentimos particularmente amarga.

La quínoa merece un capítulo aparte. La quínoa es un grano que no es un cereal. Es una planta robusta que se cultiva en el altiplano desde hace 5000 años. Es originaria del centro de los Andes con granos de diversos colores: amarillo, rojo, violeta, negro o blanco. Todos poseen saponin, una sustancia tóxica soluble que se encuntra en la capa que recubre al grano. Como es soluble, basta lavar la quínoa para que desaparezca. La quínoa (quinoa, quinua) es tan rica en proteínas como el maíz, contiene todos los aminoácidos que el ser humano necesita, posee además vitaminas C, E y B, calcio, fósforo, magnesio, potasio, zinc y ácidos grasos buenos.

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Martes. Día 7
Desayunamos muy tranquilamente, ya había salido el solo que todo lo inundaba. Salimos a disfrutar de una caminata recreativa. Fuimos hasta el lago que estaba totalmente congelado. Era una cita muy privada: solo estábamos los pájaros y nosotros. Más tarde vimos un par de vizcayas. Continuamos caminando por un lugar que cuesta describir. Las enormes rocas de diversas formas levantan paredes inauditas. El suelo es húmedo y hay miles de manojos de una hierba seca amarillo-dorada. Se sentía el ruido de los pájaros y del agua que comenzaba a descongelarse. Una pareja de cóndores voló para nosotros sobre el cielo inmensamente azul.

Volvimos al campamento, tomamos un refrigerio y desarmamos todo. Nuestro próximo destino sería el pueblo de Quetena. Viajamos aproximadamente tres horas mientras escuchamos música de nuestros celulares. Quetena está dentro de la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa. Llegamos temprano a un refugio que ya estaba casi helado. Aprontamos todo lo que necesitaríamos para el día siguiente, porque nos esperaba el volcán Uturuncu.

Cenamos temprano. Primero tomamos sopa de quínoa con caldo de llama (¡deliciosa!) y luego comimos lentejas. Era toda la energía que necesitábamos para procurar el ascenso del día siguiente que comenzaría a las 4:30 h. Yo tenía el miedo oscuro de los grandes eventos deportivos. Se sumaban, además, el frío y la altitud; desde la tarde me preguntaba una y otra vez si podría hacerlo, por qué estaba ahí. Incluso sopesé la posibilidad de no ascender.

Al terminar la cena, Hans nos dio las instrucciones para afrontar el día siguiente: a qué hora desayunaríamos, qué ropa debíamos llevar, el tipo de ración de marcha que teníamos que aprontar y algunos detalles más. Junto a nuestra mesa había un grupo de chicos franceses o suizos. Eran cuatro, muy jóvenes. Su guía les dio instrucciones algo similares a las nuestras, pero su salida sería una hora más tarde. Sin lugar a dudas, nos veríamos en la ruta hacia la cumbre del Uturuncu.

La Reserva, creada en 1973, se trazó diez kilómetros a partir de la base de la Laguna Colorada y en 1981 se expandió hasta alcanzar 714,456 hectáreas. Su altitud oscila entre los 4000 y los 6000 msnm. Fue declarada área protegida básicamente para el cuidado de flamencos, vicuñas y suris. Se ubica en la árida Punta del sur de Bolivia sobre la frontera de Argentina y Chile.

El frío Luego de una semana de transitar por tierras cada vez más gélidas, mis piernas tienen manchas rojizas, las manos están resecas, los pies tirantes, la cara bronceada y seca, y los labios partidos en mil pedazos (además, un herpes amenaza con salir). El pelo que está continuamente trenzado, como es de imaginarse, ya está muy sucio, tanto que he optado por ponerme un pañuelo para disimular un poco el mal estado. Los demás están igual que yo, así que mi aspecto agreste no sorprende a nadie. No hay espejo, así que la cuestión de verse de esa manera —y asustarse un poco— se facilita.

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Miércoles. Día 8
En la noche intentamos dormir inmediatamente, pero el sueño era esquivo y además había algo de bullicio en el refugio. Logramos dormir, finalmente; fue una descanso al ritmo de la ansiedad —en la altura, además, se sueña mucho—. Esa noche me visitó una y otra vez la mayor de mis preocupaciones: mi tesis de maestría.

A las 4 AM sonó el despertador y nos vestimos rápidamente para no congelarnos. Me puse una primera capa técnica para temperaturas menores a 20º C. Medias específicas, un polar y un pantalón de abrigo para la montaña. Así fuimos a desayunar; lo hicimos a conciencia para afrontar el esfuerzo que nos esperaba. Macario, nuestro guía local, compartió la mesa.

Mi miedo se convirtió en ganas. Terminamos de vestirnos (balaclava, chaqueta de pluma, sobrepantalón, botas dobles, filtro solar, protector labial y tres pares de guantes) y salimos hacia el Uturuncu. Viajamos casi dos horas hasta que la camioneta no pudo avanzar más. Se fueron apagando las miles de firmes estrellas que nos acompañaban porque el sol tímidamente comenzó a reinar. Horas más tarde otro fenómeno natural le disputaría el reinado.

Comenzamos a caminar y caminar. Hacía frío, pero nuestras buenas prendas técnicas nos resguardaron. Un rato después vimos a nuestros vecinos de cena, se nos acercaban poco a poco. Cuando llegaron a nosotros nos preguntaron si podían continuar con nuestro grupo, estaban solos porque uno había tenido que bajar con el guía —el hijo de Macario—. Les dijimos que sí, naturalmente. Notamos que sus prendas eran totalmente inadecuadas. Tiempo después dos de ellos se bajaron de la expedición y continuó con nosotros Paul, el que parecía mejor equipado.

Seguimos la marcha, de a poco y con esfuerzo. El olor a azufre de las antiguas minas del volcán era penetrante. Comenzó a aparecer la nieve, también había hielo y rocas. Vimos un pequeño géiser, aislado y ya debilitado por la luz del día. No sé cuánto llevábamos de marcha cuando Paul dijo que no sentía sus pies. Hans lo asistió y le recomendó regresar. Él estaba seguro de que era lo adecuado, pero su voz destilaba miedo. No quería volver solo. Hans convenció a Macario de que lo guiara y nosotros seguimos.

El viento se hizo insoportable y dominó la escena. La cumbre estaba cerca pero se sentía lejos, cada paso era agotador. Con un esfuerzo difícil de conmensurar llegamos a los 6006 msnm y quedamos a escasos metros de la cumbre. Nos separaba un hielo duro que necesitaba pericia para atravesar. Además, el viento con nieve fina no nos daba tregua. Hans decretó que esa era la cumbre del día. Yo reclamaba salir de ahí, ni siquiera pudimos desplegar nuestra bandera para retratar el momento.

Comenzó el descenso y al principio fue terrible para mi vértigo. El miedo se me instaló en los hombros y corría por la espalda. Me caí un par de veces. Caminamos con sigilo, en un momento procuramos tomar agua de nuestras botellas, pero fue imposible porque se había congelado.

Seis horas nos llevó recorrer ocho kilómetros con 400 metros de ascenso. Llegamos consumidos por el cansancio, yo me sentía tan fatigada como al finalizar un maratón. El Uturuncu nos goleó, no nos perdonó ni un momento y la calma de los primeros pasos fue solo un señuelo. Cerca de la cumbre desplegó sus garras y la naturaleza se nos impuso una vez más.

Volvimos al refugio y nos acondicionamos como pudimos. Tomamos una reparadora sopa y salimos rumbo a Laguna Colorada. Al llegar, cenamos temprano (cuscús con jurel) y nos fuimos a la cama con la certeza de que dormiríamos mucho.

Macario es pequeño y con facciones “muy bolivianas”. Tiene 68 años y la primera vez que subió el Uturuncu tenía seis (lo llevaron en carrito). Desde hace 25 años es guía de montaña, ha llevado hasta la cumbre del Uturuncu miles de personas de todas partes del mundo. Su indumentaria era precaria y por ración llevaba y consumía exclusivamente hojas de coca.

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Jueves. Día 9
Luego de muchas horas de sueño nos levantamos a las 7 AM para desayunar media hora más tarde. El refugio —que era simple, básico y frío— ya estaba casi desierto, los demás huéspedes se habían ido y otros emprendían la marcha en ese momento.

Cargamos todo y salimos hacia nuestro último destino. Pasamos primero por Laguna Colorada y nos detuvimos a observar su colonia de gráciles flamencos. El color de la laguna —que es sorprendentemente llana, como si fuera un estanque— se debe a un alga que habita en sus agua. Los organismos del agua son el alimento para los flamencos que, a pesar de parecer tan frágiles, sobreviven a las bajísimas temperaturas del altiplano.

Seguimos camino y la segunda parada no dejó de desconcertarnos, la naturaleza todavía tenía regalos que ofrecer. El campo geotérmico Sol de Montaña es de un km2 en los que gases y aguas, géiseres y fumarolas dan marco a la antesala del infierno. A diferencia del Tatio (San Pedro de Atacama), estos son mayormente de barro. Y los hay de diferentes colores: marrón, negro, rojo, blanco, arena. El olor a azufre es muy fuerte, casi nauseabundo por momentos. Estábamos a casi 5000 msn y hacía, verdaderamente, mucho frío.

Después continuamos rumbo a las aguas termales en la orilla de la Laguna Salada y el Desierto de Dalí nos esperaba unos kilómetros más adelante. El lugar brinda una escena surrealista con una colección de rocas volcánicas en medio del desierto conocido como Pampa Jara, muy cerca del Salar de Chalviri.

Dos lagunas más nos esperaban antes de llegar al refugio de alta montaña “Volcán Licancabur”. La primera fue la Laguna Blanca y la segunda, la Laguna Verde, nos cautivó con su color inaudito. Son aproximadamente 17 km2 y su impactante color jade se debe a la presencia de dos minerales: arsénico y cobre. En sus aguas se refleja, con imponente porte, el volcán sagrado Licancabur (5916 msnm).

Al llegar al refugio nos acomodamos en las simples habitaciones y luego almorzamos. Una larga tarde nos esperaba para descansar antes de intentar un nuevo desafío: ascender al Licancabur. Entre tés —teníamos que hidratarnos a conciencia—, la escritura y la lectura, se nos fue una tarde introspectiva.

Hans debió hacer parte del recorrido del día siguiente, ya que no había guardaparques ni guía para acompañar el ascenso. Para asegurarse fue hasta el lugar de salida de la caminata y ascendió hasta los 5000 msnm. A su regreso, preparó la cena —pasta con atún— y luego comimos y charlamos. Planteé mis miedos y mi preocupación mayor: que por mi responsabilidad no pudiéramos hacer cumbre. Me sentía insegura y temerosa. Hans me respondió que éramos una cordada y que, como tal, la fuerza del grupo es tanta como la debilidad del más vulnerable. Quedamos en intentarlo y disfrutarlo, fundamentalmente. Nos fuimos a la cama convencidos de que lo que haríamos. Hans, que siempre nos da tanta tranquilidad, recordó que nuestras condiciones eran buenas: estábamos aclimatados, nos habíamos alimentado e hidratado bien, teníamos buen nivel de entrenamiento —aunque para otros fines— y, lo más importante, estábamos muy motivados. Horas más tarde sabríamos realmente qué sucedería en el sagrado Licancabur.

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Viernes. Día 10
A las 3 AM sonó nuestro despertador. A pesar de la ansiedad, habíamos logramos dormir bien. Media hora más tarde desayunamos y a las 4 salimos. Cuarenta y cinco minutos después comenzamos a caminar bajo un manto de fulgurantes estrellas. No había viento y tampoco sentíamos frío.

Cada tanto parábamos para hidratarnos, Hans nos había pedido autoiniciativa: que estuviéramos atentos al tema sin esperar sus indicaciones. Comenzó a salir el sol y apagamos las linternas. Seguimos subiendo, la cuesta (desde los 4700 msnm donde había quedado Sebastián esperándonos) era empinada y con piedras, las había chicas y también grandes. Comenzó a aparecer la nieve, ya íbamos sobre el camino que trazaron los propios incas y una sensación de gran historia envolvía el lugar.

Vimos una enorme lengua de nieve, la sorteamos con dificultad y por su borde continuamos. Llegamos a una terraza construida por los incas, la vista a la Laguna Verde era turbadora. Habíamos llegado a los 5300 msnm, estábamos cansados —es muy difícil explicar la experiencia de la altura para quienes viven al nivel del mar— y decidimos subir un poco más arriba, hasta los 5500.

Ni bien continuamos entre grandes piedras, Hans fue determinante: yo no podía continuar. Si bien todavía tenía fuerzas, mi vértigo me impedía avanzar con seguridad. Todavía nos faltaba mucho y después había que descender por la cuesta que era tremenda para mí, aspecto que ya me preocupaba desde el primer momento del ascenso. Volvimos a la terraza. Me senté y lloré, con timidez primero y desgarradoramente después. Osmar estaba a mi lado, con la tranquilidad y la contención de siempre. Me sentí responsable de ese intento fallido y lo peor es que no era por cuestiones físicas (más allá de que estaba cansada), sino por una limitación mayor que no se soluciona fácilmente. Sentí, en esa frustrante situación, el apoyo incondicional de Osmar y la paciencia de Hans.

Comenzamos a bajar y redefinimos el día: visitaríamos las ruinas incas que están sobre la ladera y que, por la profundidad de la noche, no habíamos visto al subir. Las ruinas son historia presente del paso de los incas por el lugar. El Licancabur, por su imponente tamaño y gallardía, domina la escena tanto en Bolivia como en Chile. Los incas le rindieron tributo y el volcán todavía guarda tesoros: maderas y cerámicas que ofrece desde sus entrañas.

Después de ocho horas y media de caminar, subimos a la camioneta y volvimos al refugio. Tomamos un café y comenzamos el regreso. Adrián, de Spondylus Chile, nos esperaba en la frontera. Después de la Aduana, hicimos el cambio de todo el equipaje y continuamos hacia San Pedro de Atacama.

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Sábado. Día 11. Colofón
Luego de una semana y media desarmé definitivamente ni trenza y me lavé la cabeza. El último baño había sido en la cascada. Estábamos, obviamente, con todo el polvo del altiplano boliviano. El baño en el hotel de San Pedro de Atacama fue reparador, volvimos a la civilización con un aspecto más urbano y salimos a cenar de noche y compartir anécdotas e impresiones con Hans y Adrian.

Este fue un viaje de descubrimiento. Con Spondylus-Chile vivimos el altiplano boliviano, el sur de ese país nos mostró su agreste naturaleza que tiene mucho para ofrecer al mundo. Nos descubrimos a nosotros mismos una vez más, pues estos viajes son un tiempo valioso de introspección que la vida cotidiana no facilita. Muchas horas de silencio, para meditar, para dejar la mente en blanco, muchas horas para apreciar, resignificar, admirar.

Y el viaje termina al momento de publicar esta crónica que fue escrita diariamente para testimoniar la vida de un viaje inolvidable. Ojalá contagie a otros, así adquirirá un nuevo significado.

Lic. Gabriela Cabrera Castromán / gabrielacabreracastroman@gmail.com / Julio 2015

Datos útiles. Cosméticos necesarios para once días de campamento en Bolivia (con mirada de mujer, obviamente)
—Gel de ducha
—Desodorante
—Cepillo y pasta dental
—Minipeine
—Filtro solar
—Gel para limpiar el rostro (hay mucho polvo)
—Toallitas húmedas (¡muchas, no siempre es posible bañarse!)
—Toallitas húmedas en paquetes chicos
—Protector labial
—Jabón para ropa
—Crema antiherpes
—Crema para el cuerpo
—Crema para el rostro
—Protectores diarios
—Alicate
—Cuerda y palillos
—Curitas
—Analgésicos
—Alcohol en gel
—Minicosturero
—Cepillito
—Esponjitas
—Linterna

Datos útiles. Ropa: en bolsas ziplocs y ¡todo en una mochila! Si algo no entra, hay que clasificar y decidir…
—Ropa interior
—Medias
—Pantalones para trekking (2)
—Primeras capas (2 o 3)
—Zapatillas o chinelas (para el campamento y para caminar en el agua)
—Botas para trekking
—Zapatillas livianas o championes
—Polares (2)
—Pijama
—Remera de manga larga
—Chaqueta cortaviento
—Bufs (2 o 3)
—Cuello polar
—Calzas tipo primera capa (2)
—Guantes
—Mitones de montaña (2 pares)
—Pantalón polar de montaña
—Sobrepantalón de montaña
—Chaqueta de plumas (¡imprescindible!)
—Medias de montaña
—Botas de montaña
—Balaclava
—Traje de baño

Importante: armar un bolsito de ataque con ropa limpia para el regreso. El estado deplorable con el que se termina requiere un mínimo pero eficaz “fashion emergency” para no parecer un salvaje que se escapó de un “reality show”.

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Referencias
JAMMES, Lois, SPECHT, Martin and TINTAYA, Oscar. The Salar of Tunupa. 2000 : Santa Cruz de la Sierra, Armonía.

SERNAP, Ministerio de Medio Ambiente y Agua. Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa. SERNAP, Bolivia.

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El Camino es superación, esfuerzo, sentido, amor

Día 0. 21 de junio de 2014. Nos hospedamos en Roncensvalles (frontera con Francia) y cenamos en Saint Jean Pied de Port que es un pueblito encantador. El Camino a Santiago comienza al día siguiente.

Día 1. 68 k de Roncensvalles a Puente La Reina. ¡Cuánta ansiedad comenzar el Camino! Muchas preguntas, fundamentalmente de qué se trata eso de ser “peregrino/bicigrino”. Lo supimos casi inmediatamente, la magia del “Camino” se nos metió en el alma, ni bien salimos del pueblo. Luego debimos transitar muchas horas en bicicleta con todo el esfuerzo que implica surcar los pirineos.

Día 2. 72 k de Puente La Reina a Logroño. ¡Qué cansancio! Ser parte del Camino requiere esfuerzo físico y mental. Cuántos pueblos y todos requieren el esfuerzo de subir y subir para conocer su plaza y continuar hilvanando estaciones.

Día 3. 51 k “Descanso” activo desde Logroño hasta Sto. Domingo de la Calzada. Fueron 3:50 h de pedaleo con algo de barro por caminos de tosca colorada que empastaban la bici.

Día 4. 72 k desde Sto. Domingo de la Calzada a Burgos. 5:15 h de lindo pedaleo con dos subidas importantes. Pasamos por el bosque Montes de Oca que es fantásticamente verde. Burgos es terrible ciudad: intentamos conocer sus puntos más importantes en una tarde fantástica para descansar y recrear la vista.

Día 5. 88 k desde Burgos hasta Carrión de los Condes. Salimos con muchísima lluvia y nos empapamos. Fueron 5:20 h de pedaleo constante, después el tiempo mejoró. El hotel al que llegamos era un antiguo monasterio, realmente encantador.

Día 6. 95 k desde Carrión de los Condes hasta León en 5:35 h. Etapa larga, pero de fácil andar, salvo los últimos k que tuvieron una subida considerable. Etapa primaveral, con viento y retamas perfumadas. Ya pasamos la mitad y me hice de un enemigo: el sillín de la bici.

Día 7. Desde León hasta Astorga, 51 k en 3:35 h con viento en contra. Se suponía que era día de “descanso activo” para prepararnos para la montaña y debimos luchar contra Eolo. Al llegar disfrutamos de una hora de spa que necesitábamos, sin lugar a dudas.

Día 8. Desde Astorga hasta Villafranca del Bierzo, fueron 77,5 k en 06:05 h. Las montañas nos ofrecieron 20 k de falso plano y un tremendo ascenso (¡siempre con viento en contra!) que luego nos regaló una bajada de 12 k a un promedio de 45 k/h. Fue adrenalínica. En el trayecto tuvimos gratas sorpresas: castillo templario en Ponferrada, carrera de bici de ruta también en esa ciudad, y la encantadora villa de Cacabelos.

Hace una semana comenzábamos a pedalear sin imaginar las sensaciones que podíamos experimentar, sin siquiera pensar en tantos pueblos por conocer y la geografía que nos esperaba. Llevamos recorridos más de 600 k y cada vez hay más peregrinos, hoy incluso vimos personas en sillas de ruedas. El Camino es superación, esfuerzo, sentido, amor. Me acerqué a ambas para mencionarles mi admiración. Así se vive el Camino de Santiago.

Día 9. Etapa durísima, pues la montaña “come piernas”. 68 k desde Villafranca del Bierzo hasta Sarria. Los primeros 18 k de falso plano y muy disfrutables. Después una subida de 12 k por la verde Galicia. Cambió el paisaje y también la configuración de los pueblos. Hay animales de granja, vacas y chivos. Cada vez hay más peregrinos y se ven grupos grandes, algunos de adolescentes y otros de jóvenes. Seguimos haciendo nuestro Camino; Santiago de Compostela está muy cerca y comenzamos a tener sensaciones encontradas: queremos llegar, pero también queremos seguir.

Día 10. 73,5 k con mucho esfuerzo y desgaste en 6:25 h desde Sarria hasta Arzúa. Entre montañas y bosques, recorrimos parte de Galicia con lluvia y algo de frío. Los caseríos que cruzamos son construcciones agrestes de piedra gris. Hay olor a granja y a granos guardados a granel. En el camino florecen los peregrinos, los que van solos, los que caminan de a dos y los grupos multitudinarios. Hoy nos cansamos de decir: “Permiso, permiso… Gracias. ¡Buen camino!”. Terminamos la etapa más dura muy cansados. Nos resta un solo día… y ya se siente la nostalgia de peregrinar.

Día 11. Llegamos a Santiago de Compostela. El último día (la etapa 11) requirió su esfuerzo y los 45 k desde Arzúa a la Catedral de Santiago nos demandaron 3:25 h de constante pedaleo. Tenemos sensaciones encontradas: felicidad por el logro obtenido y nostalgia por el camino ya andado.

En las montañas la naturaleza se ofrece, sugiere, propone y finalmente dispone. La vida en el techo de Chile desde la óptica del nivel del mar

De nuestra primera experiencia de vida en las montañas recogimos muchas enseñanzas, fundamentalmente aprendimos que la naturaleza es la que gobierna. Procuraré describir la experiencia vivida detalladamente para dar respuesta a quienes no han tenido la posibilidad de conocer las montañas. Espero que mi relato pueda establecer un mapa, definir roles, tareas y transmitir alguna de las tantas emociones vividas. La nuestra fue una experiencia completa, desde la vida en Montevideo a nivel del mar a los Andes (Chile) a muchos metros de altura. Quizás algunos pasajes de esta crónica resulten monótonos, pero hay días de montañas que así lo son. En las alturas hay que ser paciente, moverse lentamente y dejar que el tiempo transcurra. La naturaleza es la que gobierna y hay que respetar la salida del sol, el momento de calor, el viento y la noche; a veces también la lluvia y la nieve.

El plan. A mediados de año, un día cualquiera en el frío del invierno montevideano Osmar me sorprendió con un posible plan para las vacaciones de enero 2014: ascender el Ojos del Salado. subir un volcán me pareció inaccesible, pero creo que puse escasos reparos. Después de solicitar un para de cotizaciones, cuando quise darme cuenta ya estaba fijado el objetivo del verano. Y así llegó fin de año y el comienzo de las vacaciones.

La previa. Volamos a Santiago con el equipo mínimo para la montaña, una lista de compra y muchas preguntas. El jueves 2 de enero fuimos a buscar el equipamiento: chaquetas de pluma, parkas, medias, mitones, pantalones de polar, entre otros. Nos probamos las botas especiales; era un día de calor en el seco verano santiaguino e intentamos caminar con ellas (con dos pares de media puestos) y transpiramos hasta para sacarlas.

Domingo 5 de enero de 2014. Nos levantamos temprano, desayunamos bien pues no sabíamos a qué hora almorzaríamos y nos fuimos al aeropuerto. La noche anterior me quité el esmalte y me corté las uñas tan al ras como pude. Me saqué los anillos y las caravanas. Tuve una rara sensación, fue como un ritual de despojo. Volamos de Santiago a Copiapó y en el aeropuerto nos esperaba Hans, el responsable de Spondylus Chile, la empresa que habíamos elegido. El primer encuentro fue muy positivo: Hans se presentó muy educadamente, fue amable y nos brindó la información general del plan del día. Salimos inmediatamente, almorzamos algo ligero y continuamos hasta el primer campamento.

La primera noche. En Valle Chico (3050 metros sobre el nivel del mar) armamos el campamento y realizamos nuestra primera caminata. Ascendimos 300 metros en una hora y bajamos en 35 minutos. Entre montañas de diversos colores —gris, negro, verde, amarillo, terracota—, con escasa vegetación y pocos animales, esperamos la noche y la cena. Descansamos profundamente y comenzamos a disfrutar del contacto con la naturaleza.

Lunes 6. Desayunamos, desarmamos las carpas, aprontamos el equipamiento y salimos a caminar rumbo al próximo objetivo. Hans nos recogió en el camino, llegamos a la Laguna Santa Rosa (3760 msnm) que nos esperaba con sus bellos flamencos como en una postal. Armamos las carpas y Hans estableció la cocina-comedor en el refugio de la Laguna; nosotros aprovechamos para lavar ropa y luego almorzamos. La caminata de aclimatación fue en la tarde. Bordeamos el agua y ascendimos un poco. Reinó el viento, un viento como nunca antes había sentido. La laguna es parte de un salar, la vista es espléndida, se trata de una geografía sin igual, casi inhóspita y atrapante. El descanso fue realmente reparador.

Martes 7. Una vez más nos despertamos cerca de las 7 AM y una hora más tarde desayunamos. A las 9 comenzó la rutina del día, con las mochilas cargadas de agua y una abundante ración de marcha, caminamos hacia nuestro destino: cumbre de la montaña Siete Hermanos (4755 msnm, altura acumulada desde nuestra base: 1000 m). El ascenso nos demandó cinco horas y en dos pudimos descender. La subida fue dura, lenta, pausada, esforzada y sin tregua. Solo hicimos un par de paradas para hidratarnos y volver a embadurnarnos con filtro solar. Ya habíamos aprendido que hay algunas cuestiones que son básicas en ese tipo de excursiones: —buena chaqueta cortaviento, —lentes de calidad para proteger la vista, —filtro solar y filtro para labios, —la hidratación. Lo mejor del ascenso fue la vista y obviamente el logro de haberlo realizado. Lo peor fue la vuelta pues a la dificultad del descenso se sumó un viento que soplaba sin tregua. Llegamos a media tarde para un almuerzo liviano; luego descansamos y cenamos en la tardecita para un nuevo descanso reparador.

Miércoles 8.  Temprano en la mañana desayunamos; despertarse y levantarse al alba tiene sus privilegios en la montaña y en este caso pudimos apreciar el amanecer. Fue simplemente una bella estampa, sencilla y grande, con la inmensidad que la naturaleza dotó a los Andes.  La luz es singular, el sol se refleja en la laguna y también las montañas. La tranquilidad del ambiente —no hay viento desde la noche hasta el mediodía— permite que el agua sea un espejo perfecto en el que se mueven grácilmente los flamencos. En la mañana del miércoles debíamos partir hacia el próximo destino, así que desarmamos el campamento y comenzó el viaje hacia Laguna Verde (siguiente etapa del plan de aclimatación). Dejamos paisajes inolvidables con la elegancia de las montañas, el lago y sus habitantes de suaves colores.

Laguna Verde. Laguna Verde (4350 msnm) resultó un lugar paradisíaco, que despertó voces de admiración ni bien lo vimos. Frente al agua de un intenso color había además varios campamentos que daban color al paisaje árido del suelo. Después de armar las carpas y establecer la cocina-comedor en el refugio del lugar, almorzamos. A media tarde salimos a dar una caminata corta de hora y media. Ascendimos unos 250 m, pues siempre es conveniente subir unos metros más que lugar donde se pernocta, de esta manera se favorece la aclimatación. Al regreso el cielo se cubrió de nubes negras y decidimos disfrutar del pozón termal del refugio. Si bien no era el más elegante (sino bastante precario), estaba resguardado. El baño fue el mejor de mi vida y me reconcilió con mi cuerpo; fue reconfortante y balsámico. Descansamos hasta la hora de la cena, compartimos el lugar con un contingente ruso y la mesa con un australiano. Comenzó así la fase cosmopolita del viaje. La noche estaba clara y plena de estrellas. El descanso fue largo y sirvió para recuperar fuerzas. Dormíamos en una carpa para tres personas en la que colocamos una colchoneta para cada uno, con las mochilas grandes, las mochilas pequeñas y esa noche improvisamos una cuerda para secar medias y ropa interior. Resultó una “suite” exótica y bien diferente a nuestra vida habitual.

Jueves 9. Tomamos el desayuno a las 8 AM, como de costumbre y esperamos un rato pues había tormenta y estaba atemorizante. A las 9:15 AM finalmente salimos a bordear la laguna, caminamos un buen rato por la orilla y luego ascendimos unos metros para visualizar la magnitud del paisaje. Pudimos ver el esplendor de la laguna rodeada de cerros y montañas con nieve, apreciamos elevaciones y estructuras, distintas capas geológicas que denotan diferentes estadíos. Regresamos lentamente para completar un recorrido de tres horas. Aprovechamos el calor y el buen tiempo (así de rápido cambia el estado del tiempo) para un baño en los pozones externos, también lavamos ropa y almorzamos frugalmente pues el día continuaba. En la camioneta salimos luego rumbo al refugio Atacama. El camino ya no estaba bueno y el vehículo se bamboleaba constantemente, y mi estómago sufrió las consecuencias. Al llegar al refugio (5350 msnm) caminamos un rato, ascendimos unos 300 m y llegamos a los 5500 de altura. Fue un trekking exigente, debimos subir lentamente procurando respirar hondo, sin perder la calma y el entusiasmo. El descenso fue significativamente más sencillo. Regresamos después al campamento y disfrutamos de un nuevo baño termal en la piscina interior. Tuvimos la compañía de tres chilenos que volvían del San Francisco, nuestro próximo objetivo.

Viernes 10. En la noche del jueves preparamos el equipamiento y las mochilas pues ese viernes se jugaba un gran partido: el ascenso al San Francisco. Nos levantamos a las 5 AM para desayunar una hora más tarde y 45 minutos después salimos hacia la montaña en cuestión. Llevábamos buenas medias y las botas especiales, pantalón polar y cubrepantalón, una primera capa y parka. Cubrimos nuestras manos con mitones, nos pusimos filtro solar y los infaltables lentes de montaña que ya eran parte de nuestros rostros. En las mochilas cada uno llevaba dos botellas de hidratación, una bolsa con raciones de montaña (fruta, caramelos, chocolates, Mantecol, barritas de cereales y frutos secos) y las chaquetas de pluma. Osmar portaba además el equipo de primeros auxilios y Hans una enorme mochila llena de cuestiones importantes para garantizar una buena expedición, y con lugar suficiente para agregar a la vuelta las nuestras y facilitarnos el descenso.

El San Francisco, nuestro primer seismil. Arribamos al lugar donde comenzó nuestro ascenso pasadas las 7 AM y luego de los últimos aprontes (demoramos en colocarnos las botas debido a nuestra inexperiencia) comenzamos a caminar. Llegar a la cumbre nos demandó siete horas de esfuerzo, fue un trekking muy severo. La noche antes Hans nos había dicho que “un seismil no regala nada” y pudimos experimentar esa verdad en toda su magnitud. Caminar a esa altura es como correr con la boca cerrada —invito al lector a hacer la prueba—. Hay que pedirle permiso a una pierna para que dé un paso y luego a la otra, y mientras tanto pesa el cuerpo y hay cansancio, además de dolor de cabeza y náuseas. Los movimientos son lentos, pausados y se avanza poco. El San Francisco tiene diferentes territorios: piedra al principio, arena y tosca dura después, tierra negra con vestigios de nieve, nieve baja y dura y finalmente mucha nieve. Cerca de la cumbre se avanza muy despacio y hay viento que levanta nieve. Hace frío y es muy difícil caminar. Durante el ascenso hicimos algunas paradas para alimentarnos y otras para descansar, tomar aliento y seguir. En marcha el corazón palpita con una frecuencia cardíaca alta y al parar lo hace más rápidamente aún.

Llegar a la cumbre fue realmente extenuante física y emocionalmente; lo hicimos entre las felicitaciones de otros excursionistas y las lágrimas, entre abrazos y ahogos. En la cumbre estuvimos unos escasos 20 minutos. Sacamos las fotos de rigor (con la bandera de nuestro país y la de Spondylus Chile) y nada más, ya que el frío y el viento hacían imposible la estancia. Lograr la cumbre es como terminar un maratón, pero con una gran diferencia: todavía hay que bajar. Y en mi caso eso implica luchar contra el vértigo. Yo, al igual que todos, me esfuerzo en la subida, pero después no puedo disfrutar de la bajada. Comenzamos el descenso y nos encontramos con más viento, en el tramo cercano a la cumbre las ráfagas eran envolventes y además tenían nieve que nos quemaba la piel. Después tuvimos viento seco y ya no hizo tanto frío. El San Francisco significó diez intensas horas de constante caminata con paradas cortas (para no enfriarnos y para avanzar con constancia. Llegamos exhaustos y satisfechos, fue nuestro primer seismil. La cumbre del San Francisco  tiene por convención 6100 msnm y ascendimos unos 1300 m para lograrla. En la montaña las distancias se miden por los metros de ascenso y en horas, nadie menciona a los kilómetros —la medida de quienes corremos y andamos en bicicleta—. A los corredores nos cuesta comprender esa forma de medir el esfuerzo, es bien diferente a lo que estamos acostumbrados. En la montaña además es muy difícil que los novatos puedan determinar distancias, pues se bordean las alturas y se camina en zigzag.

Cambio de rumbo. Al llegar al campamentos tomamos el baño del día, cenamos y conversamos sobre lo que habíamos logrado. Hans nos felicitó por nuestro primer gran logro, por nuestro esfuerzo y determinación, pero nos sugirió redefinir el viaje. Su experiencia le indicaba que no estábamos preparados para un sietemil (el Ojos del Salado tiene 6890 m de altura). Nos faltaba experiencia, obviamente, y también tiempo para acostumbrarnos a usar el equipamiento (las botas de montaña no son fáciles de portar). Se sumaba además mi vértigo que me impediría cruzar el cráter del volcán. Pues bien, nos fuimos a dormir temprano, luego de una cena caliente y deliciosa que complació nuestros estómagos, con la tarea de conversar y responderle al día siguiente. Hans dejó abierta la posibilidad de intentar cumbre de todos modos, pero nos dijo muy claramente que él creía que no lo lograríamos. El Ojos requiere salir de madrugada, caminar por un terreno difícil y llegar al punto más alto antes de las 13 h para asegurarse el descenso con luz.  En la carpa, antes de dormir, Osmar y yo sopesamos las posibilidades y estuvimos de acuerdo en recalcular, resignificar y armar un nuevo plan. Esa noche, después de una jornada agotadora, dormimos profundamente; la carpa ya se había transformado en una “suite con más de cinco estrellas”.

Sábado 11. A la hora del desayuno definimos nuevos rumbos y dos montañas para escalar: Barrancas Blancas y El Ermitaño. Según Hans, tendríamos así dos seismiles bien diferentes con mucho para aportar a nuestra experiencia montañera. Aprovechamos la mañana para ordenar la cocina-comedor del refugio, ya que ese sería nuestro lugar durante los cinco días siguientes. Laguna Verde es un excelente campamento pues cuenta con agua para lavar, los pozones termales y hasta retretes (están sobre una elevación, a la vista de todo el mundo pues los vientos se encargaron de arrancar sus casetas, son “dos tronos” que despiertan el pudor de hasta el más avezado, pero son baños al fin). Lavamos ropa, ordenamos la carpa, asoleamos las botas, los sobres de dormir y las colchonetas. Tomamos un almuerzo rápido minutos antes del mediodía y partimos hacia el refugio Atacama (5270 msnm, Ojos del Salado). Si bien es cerca, ese camino es tan malo que se demora mucho en recorrerlo; nuevamente mi estómago sufrió las consecuencias y volvieron a aparecer las náuseas. El refugio estaba repleto y al llegar comenzamos el trekking del día desde Atacama a Tejos (5825 msnm). Parte de ese camino puede realizase en vehículo, por eso están señalizados los kilómetros. Entre ambos lugares hay cuatro kilómetros y un ascenso de 550 m. El primer kilómetro lo hicimos en 30 minutos y el segundo en una hora, ¡fue desmoralizante! Aunque Hans medía el esfuerzo en términos de ascenso, para nosotros era difícil conmensurar de esa manera. Salimos de Atacama a las 14 h y llegamos a Tejos a las 16:30, sin aire y cansados. Tejos es el último refugio del volcán Ojos del Salado. El lugar estaba vacío y esperaba a los grupos que ese día y el siguiente pernoctarían antes de hacer cumbre. A Tejos llegamos muy fatigados y con el último aliento; el ascenso no es técnico, pero la altura mengua fuerzas y se siente la exigencia. En el refugio descansamos 20 minutos y comenzamos la baja que fue fácil, pues el terreno es mayormente de arena con pequeñas piedras. Encontramos picos de nieve y aprovechamos para tomar unas fotos. Regresamos a Laguna Verde cansados y un par de horas más tarde cenamos. Hans nos propuso descansar el día siguiente y la decisión fue fácil de tomar porque los dos estábamos muy extenuados y además Osmar acusaba síntomas de gripe.

Domingo 12. A las 8 h desayunamos, con la exactitud de quienes gustan de la puntualidad y el ajuste de un equipo que ya funcionaba a la perfección. A una semana de haber iniciado el viaje sabíamos ya que la elección de Spondylus había sido la correcta. Durante la mañana y con la lentitud que impone la montaña, nos dedicamos al aseso de la ropa y de la “suite”. Procuramos quitar la arena de la carpa y ordenamos la ropa y los enseres. La ropa lavada quedó sobre la pirca (pared de piedra que bordea una carpa) para que el intenso sol del día se encargase de hacer su tarea. Aproveché el día para ponerme al día con la crónica sentada frente al lago que nunca dejó de impactarme con su color —a veces azul, otras verde y también turquesa—. Hace días, muchos ya, que vivíamos sin espejo, así que no tenía idea de cómo lucía, pero tampoco me preocupaba mucho. Tenía los labios lacerados (quemados por sol y la nieve) y los pies lastimados por las largas caminatas con las botas. La piel estaba reseca y los intestinos “confundidos” por el cambio de alimentación. Pero la imponente naturaleza que nos rodeaba, con paisajes gigantes, compensaba cualquier inconveniente.

El tiempo. En la región de Atacama durante el verano amanece cerca de las 6 AM y la serenidad reina el ambiente. El sol comienza a calentar lentamente y casi no hay nubes. Al mediodía hace mucho calor y entra Eolo en acción que sopla cada vez más. La temperatura baja en la tardecita y cerca de las 21 se esconde el sol. El viento se detiene y el cielo se puebla de estrellas. En ciertas ocasiones no hay viento y eso significa mal tiempo con nevadas en las montañas cercanas. En esos días, durante la tarde hay muchas nubes, enormes y esponjosas.

Lunes 13, Barrancas Blancas. A las 05:15 h sonó nuestro despertador con un tono bien bajo para no molestar a los vecinos. La vida en un campamento de este tipo se basa en el respeto, el silencio y la integridad. Después del desayuno salimos rumbo al Barrancas Blancas, una montaña de 6040 m de altitud. El equipamiento que llevamos fue similar al del San Francisco: medias de montaña —no demasiado abrigadas—, pantalón de polar, cubrepantalón, botas de montaña, primera campa, chaqueta cortaviento, gorro, lentes y guantes. En la mochila guardamos botellas de hidratación, filtro solar, protector labial y bolsa con raciones de montaña. Llegamos al lugar donde comenzaría nuestra caminata por un camino ruinoso que nuevamente agitó mi estómago. Y comenzó la caminata por una cuesta constante. Fueron siete horas de ascenso, como si se tratase de subir una escalera hasta casi las nueves. Cada tanto descansábamos, procurábamos regular la respiración y tomábamos un poco de líquido. El Barrancas Blancas forma un anfiteatro y tiene varias cumbres y vías de acceso. Hans eligió para nosotros un camino “sencillo pero largo” —les aseguro que de sencillo no tenía nada—.

Siempre caminamos como si subiéramos escalones y sobre piedras, algunas eran chicas, otras medianas y también las había muy grandes al final. Durante el recorrido, como en las otras caminatas, solo escuchamos el ruido de las botas, de los bastones y de la respiración entrecortada por el cansancio. En la montaña se camina en silencio que solo se quiebra por algún comentario aislado o durante los descansos. A veces estos también suelen ser en completo silencio. El ascenso al Barrancas Blancas comenzó a los 5000 msnm; demoramos cinco horas para hacer cumbre y los últimos 800 metros de distancia los hicimos en 50 interminables minutos. Al llegar desplegamos la bandera de nuestro país y tomamos fotos. Pudimos quedarnos unos minutos, pues no hacía frío y tampoco había mucho viento. Comenzamos el descenso por un camino difícil, casi en línea recta con el zigzag obligatorio que requiere este tipo de marcha. Ese día usé mi pulsómetro para calcular la frecuencia cardíaca y el gasto calórico. Fueron 2000 calorías a un ritmo como de trote sin aire y con un permanente estado nauseoso. Regresamos al campamento para el baño ritual con posterior descanso. Cenamos temprano, como siempre, y nos fuimos a la carpa en medio de una gélida tormenta. Llovió despacio y con constancia.

Martes 14. A las 8 AM estaba frío y despejado; los techos de las carpas tenían escarcha y se veía claramente el vapor de los pozones termales. Luego del desayuno lavamos ropa y nuevamente sacamos todo de la carpa para aprovechar el sol. También aseamos, en la medida de lo posible, la cocina-comedor del refugio. Mientras me ponía al día con la crónica, comenzaron a aparecer nubes entre las montañas. El lago estaba estático y reflejaba el paisaje de montañas gigantes. En Laguna Verde la belleza natural es inquietante, el color de la laguna es sobrecogedor, el silencio embarga el alma. Mientras tomábamos un baño termal en la tarde, Hans nos dio una mala noticia: le habían robado 20 libros de bencina. En 14 años de actividad turística era la primera vez que le sucedía. Estaba atónito y no podía creerlo, pues el hecho atentaba contra los códigos de los montañistas. Ya no podríamos ir a El Ermitaño porque para ello necesitábamos movernos en auto hasta la base de esa montaña. Por suerte hay muchas opciones más y teníamos el Mulas Muertas para ascender. Replanificamos una vez más.

Miércoles 15, Mulas Muertas. Desayunamos a las 6 AM y armamos mochilas con todo el equipo necesario. Esa mañana decidí abrigarme un poco más y la intuición me ayudó pues fue el día más frío. Salimos 6:30 AM con paso lento y firme; por un camino de rocas y piedras transitamos durante seis horas hasta llegar a la cumbre norte del Mulas Muertas —5700 msnm—.

Fue un ascenso trabado, cansador y largo, acumulamos un desnivel de 1400 m y nuestros cuerpo sintieron esa diferencia. El descenso no fue sencillo porque el camino no estaba marcado y las piedras (medianas, grandes y muy grandes, afiladas, irregulares y algunas hasta resbaladizas) dificultaban el camino. El trekking nos llevó nueve interminables horas; esa noche “caímos desmayados”. Al acostarnos nevaba constantemente y la nieve hacía un ruido muy particular sobre el techo de la carpa, como un susurro pesado.

Jueves 16, último día. Quedamos en desayunar a las 7 AM y el campamento amaneció con un manto blanco. Las montañas estaban virginalmente vestidas y la luna nos esperaba todavía para tomar increíbles fotos. Comenzamos la “operación retorno”: armamos bolsos, desarmamos carpas y Hans se encargó de las varias cajas azules con los comestibles y utensilios. Después llegó el turno de colocar todo en la camioneta: la mesa y los banquitos, las cajas azules, los bidones de agua y los de combustible, las carpas, mochilas y bolsas. Una gran lona cubrió el equipamiento y con cuerdas se sujetó la carga. Nos esperaban seis horas de carretera. Dejamos Laguna Verde y sentí nostalgia, y más nostalgia sentí cuando abandonamos el camino de tierra y tomamos la carretera asfaltada a pocos kilómetros de Copiapó. Las vacaciones en la montaña definitivamente habían terminado.

Bahía Inglesa. Llegamos a Bahía inglesa a media tarde y nos encontramos con un balneario animado, colorido, repleto de gente y con olor a mar. El baño que tomamos al llegar al hotel fue interminable; demoramos bastante en recomponer nuestra imagen. Y el remate final fue perfecto: esa noche comimos mariscos y pescados con Hans y dos suizos que conocimos durante el periplo (Christian y Otmar). Fue una noche muy cosmopolita con el mar de Chile en la mesa y un inglés con acentos de Suiza, Alemania y Uruguay para tender lazos, reírnos y recordar anécdotas de esos días de montaña.

Viernes 17. El descanso fue entrecortado, nos molestó el calor y el ruido de la ciudad —los habituales, pero ya estábamos acostumbrados a noches con silencio de montaña—. Sentimos alarmas, conversaciones, ladridos y recién en la madrugada reinó el Pacífico y cada ola procuró arrullar nuestro sueño.  En la mañana temprano salimos a correr luego de una semana y media de abstinencia. Recorrimos la bahía y la ciudad en una hora de buen trote. El día transcurrió entre correos electrónicos y mensajes en las redes sociales para dar cuenta de la experiencia vivida. En la tarde tomamos en el aeropuerto el último café con Hans. Dejamos la región con muchas ganas de volver y con varios planes de vacaciones con Spondylus Chile. Nos llevamos además nuestros spondylus (molusco), regalo de Hans para que su riqueza, energía y fertilidad nos acompañe a diario.

La montaña. La montaña es un lugar de respeto que requiere un saber particular, experiencia, tolerancia y capacidad para replanificar. No es un lugar para ir en solitario si no se cuenta con el conocimiento adecuado. La montaña es introspección, autosuficiencia (el montañista debe procurar solucionar sus propios inconvenientes) y también trabajo en equipo. Es aconsejable contactar y contratar operadores turísticos responsables; mirar y aprender de otros durante las expediciones y ser humilde frente al que cuenta con la experiencia. Requiere además conciencia ecológica para dejar la mínima cantidad de rastros posibles, los del organismo son inevitables y los demás pueden portarse para eliminarlos responsablemente en las ciudades. Con criterio, paciencia y tiempo las consecuencias de la altura (dolor de cabeza, náuseas, vómitos, etc.) pueden mitigarse y realizar una buena aclimatación.

El saldo. Al mirar las imágenes de los días vividos me asombro de los lugares recorridos, de la inmensidad de las alturas, del color del cielo y del agua. Miro cada foto y me asombro de la experiencia vivida. El impacto en el cuerpo durante la vida de las montañas en enorme y el tiempo de introspección tan largo como el día mismo… son muchas horas para pensar, meditar, soñar y planificar nuevas rutas. Siento la certeza de que elegimos a la persona exacta para hacer el viaje, con Hans formamos un equipo bien aceitado y encontramos la seguridad en sus acciones, palabras y miradas. Spondylus Chile nos brindó un marco perfecto en el que todos los detalles estaban contemplados. Además de logística, encontramos en Hans, historias, anécdotas, compañerismo y calidez.

Anexo: la alimentación. La alimentación es para mí un capítulo aparte: soy una persona que cuida casi obsesivamente lo que come pera mantener el peso (hace unos años tuve un período de sobrepeso importante). Entre el ejercicio y una dieta balanceada, con escasa carne roja y con muchas frutas y verduras crudas, transita mi vida alimenticia. Consumo además pescados, lácteos descremados, no ingiero postres ni azúcar refinada, tampoco harinas demasiado procesadas. Tomo mucho líquido y las únicas grasas permitidas en este plan provienen del aceite de oliva. Semanas antes del viaje, contactamos a Hans para consultarlo sobre la alimentación durante la vida en las montañas. Recibimos un listado y algunos ejemplos de comidas. El tema era para mí extremadamente preocupante. Creo haber sorteado la prueba con cierta altura, pues debí comer —y lo hice en algunas ocasiones hasta con placer— platos que hacía mucho no saboreaba (un guiso, por ejemplo) y combinaciones “casi prohibidas” (carbohidratos y proteína animal: puré y pescado, pollo y arroz, etc.). Fui cuidadosa con las raciones de marcha y solo ingerí frutas, barras de cereales y frutos secos; evité los chocolates y el Mantecol. Soy consciente de que en algunas ocasiones esa decisión me significó no contar con azúcar y grasa suficiente. Agrandé las porciones con miedo, pero con la convicción de la necesidad de contar con la energía necesaria para las caminatas. Me hidraté bien y obviamente mi cuerpo acusó el cambio de alimentación, pues el reloj biológico se trastocó. Solo fue eso, pues no hubo aumento de peso.

Las comidas, algunos ejemplos. Domingo, cena: salmón con alcaparras y papines. Lunes, desayuno: tostadas con queso y miel. Lunes, cena: pasta con salsa de atún y flan.  Martes, cena: humitas y tomate, ensalada de frutas. Miércoles, cena: arroz con pollo. Jueves, almuerzo: arroz con tomate, maíz, arvejas, aceitunas y pepinillos. Jueves, cena: verduras salteadas con puré. Viernes, cena: guiso de lentejas. Sábado, cena: cuscús con atún y maíz, papayas en almíbar. Domingo, cena: capeletis de carne con salsa de tomate. Lunes, cena: jurel con puré y duraznos en almíbar. Martes, almuerzo: palmitos con ananá, huevo duro y arroz. Miércoles, cena: cuscús con verduras.

La magia del reino del Tahuantisuyo

Desde hace mucho tiempo anhelaba hacer conocer Machu Picchu; primero fue un proyecto individual y luego compartido y anhelado en pareja. Año tras año debíamos posponerlo pues nuestras principales vacaciones suelen ser en enero (la temporada de lluvias en Perú, estación inadecuada e inconveniente para este viaje).

En marzo de 2012 finalmente todo “cuadró” y comenzamos a planificar Cusco y Machu Picchu para el receso invernal. Debimos considerar la altura, el clima, el estado del tiempo y el equipamiento (técnico y liviano pues nuestro “camino a Machu Picchu” incluiría bici y trekking). El entrenamiento deportivo nos aportó algo de tranquilidad (la aeróbica) para encarar la travesía y el 6 de julio partimos de Montevideo con la ansiedad propia de un viaje de esta naturaleza.

Los vuelos y sus conexiones —complejos para que fueran económicos— fueron tres: a Santiago, Lima y Cusco; el trayecto duró trece cansadoras horas. El aeropuerto de Lima nos impactó: por el calor, la lentitud y la atención casi con descortesía. El funcionario de Aduanas (un sesentón) vestía camisa lila, tenía un brillante en la oreja izquierda y portaba varios anillos muy grandes, uno de ellos con el símbolo de pesos. Un personaje. El aeropuerto de Lima es moderno, cómodo, lindo y limpio, y cuenta con una amplia oferta de servicios (gastronómicos, tiendas, etc.) disponibles las 24 horas.

A Cusco llegamos a las 6 AM del viernes (8 AM de Uruguay) y un transfer nos llevó hasta el hotel. El Casa Andina Private Collection nos deslumbró: muy colonial, lindo, con buen servicio y muchos detalles. Ni bien arribamos nos instaron a tomar té de coca, el primer sorbo fue con recelo (habíamos probado en Montevideo y no nos había gustado) pero luego lo tomamos con más ánimo. ¡Todo para evitar el “soroche” (mal de altura)! También comenzamos a tomar pastillas Sorojchi Pills (mucho, pero mucho ácido acetilsalicilico, menos mal que me saqué la vesícula…).

Descansamos después del check in en una cama amplia y tapados con unas mantas de alpaca delicadas de tenues colores (castaños). Al despertar nuestros estómagos acusaban apetito y salimos a recorrer la ciudad y almorzar. Cusco nos cautivó con su luz diáfana y su esplendor geográfico y arquitectónico. Los sabores peruanos son además un atractivo particular y ya en el primer almuerzo degustamos un fragante cebiche.

Cusco (ciudad sagrada centro del Tahuantisuyo, antigua capital del Imperio incaico) fue fundada por los “hijos del sol” —Manco Capac y Maa Ocllo o los cuatro hermanos Ayar y sus esposas—.  El Inca, soberano del Tahuntinsuyo, movilizaba grandes cantidades de población y así expandió el territorio. Fueron trece los soberanos y el imperio Inca logró extenderse hasta Colombia, Chile, Argentina, Bolivia y Ecuador.  Dicen que el poder del Inca fue tangible en todo el Tahuantisuyo pero es en Cusco donde la arquitectura alcanza su esplendor: el Koricancha o Templo del Sol, las fortalezas de Ollantaytambo y Sacsayhuamán y, lo más impactante, Machu Picchu.  Cusco fue declarada Patromonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1983. Está ubicada a 3.399 msnm y cuenta con una población de 1.265.827 habitantes. Su clima es semiseco y frío con temperaturas que oscilan entre los 4 (mínima) y los 19 grados (de máxima). Su nombre en quechua, Qosqo, significa el “ombligo del mundo” porque en su esplendor controlaba una vasta red de caminos que unían gran parte de Sudamérica (desde el sur de Colombia hasta el norte de Argentina).

Nuestro camino a Machu Picchu (el Inka Jungle) comenzó el domingo bien temprano en la mañana. Luego de un apetitoso desayuno con toques bien locales (deliciosa fruta, mermelada de coca y café peruano, entre otros), el guía —Heider, Jeider o Jaider, no lo tengo claro— pasó a buscarnos. Nos unimos a otros once excursionistas y viajamos hasta Ollantaytambo, un pueblo hermoso, con construcciones coloniales pero de raíces incaicas que en su momento fue un antiguo lugar de descanso de la nobleza inca. Seguimos varios kilómetros más disfrutando del paisaje montañoso y del encuentro de culturas: la del Imperio Inca, la colonial de la conquista y la de un diverso grupo conformado por colombianos, un suizo, un belga, un brasileño, una francesa y un jordano, además del guía local y nosotros, representantes de la “garra charrúa”.

Nos alejábamos de Cusco, descendíamos en la altura pero una intensa niebla con lluvia y frío enrarecía el ambiente. El guía decidió continuar pues no era seguro rodar en bicicletas en esas condiciones; finalmente pudimos comenzar el tan ansiado descenso. Nos subimos a las bicis y la sensación de libertad fue inmediata, la lluvia mojaba nuestros rostros felices, de un lado las montañas altas y del otro el abismo, frente visualizábamos la carretera sinuosa y en el cielo nubes esponjosas, cercanas. Rodamos un par de horas, pasamos cauces de agua fría y hasta hubo pinchazos y leves caídas.

El primer día finalizó en Santa María, un pueblo triste y pobre entre las montañas. Fuimos a la cama temprano en un hostal básico y sin agua caliente; nos dormimos rápidamente pues estábamos cansados.

El lunes la caminata comenzó al alba, dejamos Santa María y nos  dirigimos al tradicional Camino Inca. A media mañana llegamos a Monkey House, una cabaña en la ceja de selva (selva alta) para descansar y conocer los productos típicos de la zona: frutas, vegetales, café, cacao. En el camino vimos numerosas plantas de coca, café secándose al sol y probamos naranjas y limas que tomamos directamente de los árboles. El imponente Salkantay con su pico nevado se visualiza siempre al frente, como indicando la ruta.

En la tarde llegamos a las termas cercanas a Santa Teresa, nuestro siguiente lugar de estadía nocturna. El baño termal fue reparador y muy agradable. Al pueblo arribamos en la noche, el último tramo lo hicimos alumbrados por nuestras linternas y bajo un cielo brillantemente estrellado. Éramos pocos caminantes pues la mayoría del grupo lo hizo en bus. Osmar y yo continuamos con nuestras pesadas mochilas con el convencimiento de estar entrenando…

Santa Teresa también es un pueblo deslucido aunque un poco más grande que el primero. La cena, al igual que todas las comidas, incluyó arroz como acompañamiento y nos dimos cuenta —finalmente y en conversación con los colombianos— que en Perú todos los platos típicos tienen este cereal. La sopa, bien casera, fue tan deliciosa como las anteriores.

El martes dejamos Santa Teresa con el objetivo de llegar a Aguas Calientes en la tarde. La última parte del tramo es hermosa, se camina al costado de la vía del tren entre una tupida vegetación con Machu Picchu y Wayna Picchu coronando una cadena montañosa espectacular.

Y llegamos a Aguas Calientes (o Machu Picchu pueblo) cansados, sudorosos, con apetito y deseando una ducha caliente.  Cenamos y descansamos porque el miércoles debíamos desayunar antes de las 04:30 h. A las 5 se abre el Puente Ruinas que conduce a la ciudadela y es conveniente tener buen lugar para ascender hasta las boleterías y entrar ni bien se abren las puertas.

Llegar hasta arriba es una difícil “carrera encubierta”, todo el mundo trepa, corre y algunos se desplazan con dificultad; en el camino se escuchan pasos, susurros y jadeos. Si bien Machu Picchu no está a la altitud de Cusco (3.399 msnm), igualmente falta el aire y además se sube por pequeños e irregulares escalones de piedra. Osmar y yo corrimos, nos cansamos, pasamos mucha gente y con esfuerzo llegamos en 44 minutos. Bañados en un sudor frío esperamos que las puertas se abrieran y entramos a una Machu Picchu vacía. El esplendor de la ciudadela inca nos esperaba y me emocioné… Esas lágrimas testimoniaron un sueño cumplido y la magia del reino del Tahuantisuyo invadió nuestros ojos y almas. Recorrimos la ciudadela, la disfrutamos y vimos cómo el primer rayo de sol penetra por la ventana principal del Templo del Sol. Es indescriptiblemente inteligente todo lo que esa civilización construyó, me pregunto dónde quedaron la conciencia colectiva y la inteligencia social… parece no haber rastros en la actualidad.

En Machu Picchu recorrimos las diferentes zonas: la agrícola, la industrial y la religiosa. Comenzamos por el Reciento del Guardián, conocimos la casa del Inka, las fuentes, los depósitos, el imponente Templo del Cóndor, la Plaza Principal, la Roca Ceremonial y el Templo de las Tres Ventanas, entre otros.  El acceso principal a la ciudad es un portal perfectamente construido con doble viga y un sistema de cerramiento muy avanzado.  La ciudadela es fuerte y cada piedra pulida descansa sobre otra para erigir paredes inexplicablemente sólidas.

A las 10 AM teníamos marcada nuestra entrada a Wayna Picchu (la gran montaña puntiaguda que siempre aparece atrás en las clásicas fotos) y entramos. El camino, a la vera de la montaña, es sinuoso y escalonado; es duro, falta el aire y es cansador, pero el regalo es ver a la ciudadela desde diferentes ópticas. La cima —pequeña y vertiginosa— es también un obsequio al esfuerzo y a la vuelta no tuvimos mejor idea que continuar la caminata hasta la Gran Caverna y Templo de la Luna. Cientos de escalones más, rodeados de una intensa vegetación. Más esfuerzo.  Terminamos exhaustos y felices, también hambrientos y esta vez no hubo arroz pues almorzamos en el servicio bufet del Sanctuary Lodge que está abierto a los turistas que no se hospedan en ese hotel (único en la zona, un super exclusivo cinco estrellas): verduras, pescados, quinoa y frutas —con litros de bebida— repararon mi cuerpo cansado.

En Aguas Calientes nos quedamos un día más y el jueves en la mañana volvimos a hacer trekking, esta vez sin mochilas… Parecíamos livianos y etéreos, y sin equipaje fuimos hasta los Jardines de Mandor. El lugar (ceja de selva con cataratas de agua bien fría) es muy bello y conserva la biodiversidad de la zona. Después nos trasladamos a las conocidas termas de aguas sulfurosas que dan nombre a la ciudad, pero no nos gustaron así que el paseo duró menos de diez minutos.

En la tarde-noche del jueves (18 h local, ya con estrellas en el cielo) tomamos el tren rumbo a Cusco. Llegamos a la antigua capital del Perú —el que fuera “ombligo” del mundo incaico, pues eso significa Cusco— a la medianoche. La ciudad es siempre tranquila y segura, limpia y sin gente mendigando. De noche se puebla de brillantes estrellas blancas en el cielo y miles de luces amarillentas del alumbrado público a lo largo y ancho de las montañas que cercan la ciudad por los cuatro puntos cardinales.

El viernes, bien temprano en la mañana, salimos a trotar. El objetivo era correr 40 minutos y partimos rumbo a las ruinas de Sacsayhumán. No pudieron ser continuos pues caminamos al final de la ciudad en intensas escaleras que parece que tocan el cielo.  La vuelta, en bajada, fue rápida y con las caderas hacia adelante; la frecuencia cardíaca fue una locura, siempre como en sprint final.

La ciudad de Cusco nos esperaba, luego del desayuno, para recorrer sus empedradas calles, disfrutar del sol y del limpio cielo azul. En Cusco hay cientos de lugares donde comprar objetos bonitos, miles de restós y cafés. Es un lugar muy cosmopolita, espectacular, una verdadera Torre de Babel, pintoresca y con rico perfume a comida. Recorrimos una vez más la Plaza de Armas, visitamos la imponente Basílica —construida sobre vestigios incaicos—, Koricancha y el cromático y versátil mercado.

En la noche nos dimos otro “regalo” pues habíamos gestionado una reserva en Chicha, el restó local del famoso chef Gastón Acurio. La cena, bien peruana con causas, cebiche, humita y quinoa, fue inolvidablemente deliciosa.

El sábado salimos nuevamente a correr con el objetivo de superar la cardíaca odisea del día anterior. Paramos un par de veces en la “subida al cielo” pero corrimos mucho más. De hecho, fue una hermosa visita a Sacsayhumán y una espléndida vista de toda la ciudad de Cusco desde lo más alto. Fue una experiencia para poner a prueba nuestra resistencia pulmonar, los cuádriceps en la subida y los gemelos en la bajada. Al final llegamos molidos pero felices y con ganas de más.

Las últimas horas de Cusco las destinamos a dos museos: el Inca y el de Machu Picchu. Encontramos reveladores objetos del mundo preincaico en el primero y una linda puesta en escena en el segundo con los objetos que fueron encontrados en las excavaciones de Bingham en la zona (1912 y 1915) y que finalmente fueron repatriados pues durante mucho tiempo se mostraron en los EEUU (Universidad de Yale y National Geographic Society).

A primeras horas de la tarde del sábado fuimos hasta el aeropuerto y comenzamos el periplo de regreso (Cusco-Lima, Lima-Santiago, Santiago-Montevideo). En la capital chilena nos esperaban nuestros entrañables amigos Víctor y Feña y la fiesta continuó en el restó Madam Tusan, también de Gastón Acurio. En esta oportunidad con comida chifa: una modernísima fusión peruano-china. Y el paladar explotó en sabores una vez más.

El domingo llegamos a un Montevideo gris y muy frío. Felices, muy felices de haber logrado un sueño personal que se concretó en pareja. Todavía me emociona haber conocido Machu Picchu y ya anhelo el próximo viaje.

Machu Picchu, la “Ciudad Perdida de los Incas” es una ciudadela enclavada ubicada al sur de los Andes peruanos; está situada en la cima de una montaña que domina el cañón del río Urubamba en plena selva tropical (ceja de selva o selva alta). Se piensa que fue un centro de culto y de observación astronómica o el recinto privado de la familia del Inca Pachacútec. Fue descubierta para el mundo moderno y occidental en 1911 por el norteamericano Hiram Bingham. En quechua Machu Picchu significa montaña vieja; esta ciudadela es considerada el ejemplo más extraordinario de arquitectura paisajística del mundo.