“La competencia me obligó a estudiar y a practicar, tuve que hacerme una rutina”

Charla con María Gracia Sosa, MasterChef Uruguay

Dice que le encanta la cocina y describe su pasión con elocuencia y ritmo caribeño. Aclara que le gusta “desde siempre, desde que era niña”, cuando probaba recetas en su Venezuela natal. Cuando cocinaba con el libro de Armando Scannone, “algo así como el Manual de Crandon aquí”, explica. Es seguidora de MasterChef porque “ama el formato”. Los mira todos, el último que siguió es el de México que finalizó en diciembre, uno pocos días después del que la coronó a ella como segunda MasterChef Uruguay.

 

Es María Gracia Sosa, tiene 29 años y es médica. Es la antítesis del cliché de mujer venezolana: es menuda, un poco tímida y para nada exuberante. Tiene un dejo casi aniñado, aunque se desenvuelve segura y se muestra genuina. Vive en Uruguay desde hace tres años y le gusta salir a la calle y recibir el reconocimiento de la gente, “con respeto, como caracteriza al uruguayo”, acota.

“Uno de los miedos de los inmigrantes es justamente el rechazo, así que es muy gratificante que me pidan fotos. Desde el primer programa me comenzaron a reconocer por la calle, especialmente por la voz. Cuando me asomo en la puerta de la Emergencia [trabaja en la Asociación Española] y nombro a los pacientes, ¡me reconocen! Me encanta y es más emocionante cuando me dicen que estaba en sus casa todos los lunes”.

“Soy venezolana hasta la médula, pero creo que para que un inmigrante se sienta parte de otro país, debe dejar de lado su origen. Yo estoy aquí y concursé en MasterChef Uruguay porque vivo aquí. Sé que hubo algo de polémica; no estoy al margen, pero yo vivo en Uruguay y me desempeño profesionalmente aquí. Dejé de lado algunas cuestiones de Venezuela para adaptarme a las costumbres y a la gente de Uruguay. Mantengo mis costumbres venezolanas, pero mi cultura se ha enriquecido porque he sumado otras costumbres y no solo gastronómicas”.

“Elegí Montevideo porque quería vivir en Latinoamérica, en particular Uruguay me atrajo por el nivel de vida y por la seguridad. También tenía que ser un lugar en el que pudiera revalidar mi título y continuar estudiando porque quiero especializarme. Me gustan la cirugía y la ginecología. Aunque ahora tengo que replantearme todo, sé que tengo que continuar formándome en medicina, pero no sé si podré hacer una especialidad próximamente porque estudiaré cocina”.

“La competencia me obligó a practicar, tuve que hacerme una rutina de estudio y de práctica. Leí libros, mis compañeros de trabajo me prestaron varios, y miré muchos videos en YouTube. Una de las primeras pruebas fue la de deshuesar un pollo, yo había aprendido a hacerlo en YouTube y la hice en siete minutos. Me dio un poco de vergüenza decirle a Sergio Puglia que lo había aprendido en un video, pero era la verdad”.

Invertí mucho en ingredientes, fue una de las cosas más difíciles. Yo tenía debilidad en la preparación de achuras, así que tuve que practicar: una molleja, un hígado, un corazón. Y para la cena en casa había una molleja con una mousse dulce, por ejemplo. Porque en casa no se tira nada. El que más comía era mi novio, aunque no quedara rico”.

“Nuestra economía se vio afectada en la competencia. Bajé las guardias a la mitad, por ende el sueldo, y además iba al supermercado y la compra era muy rara: mondongo con frutillas, queso crema e hígado, jamón con espárragos y endibias. La lista era en función de lo que tenía que practicar”.

“La locura comenzó después de la final. Ganar fue sorpresivo, realmente no me lo esperaba. Fue así desde que comenzó MasterChef: sin expectativas. La noche de la final nos fuimos a dormir tarde, yo estaba muy cansada. ¡Al despertarme, al otro día, tenía 50 mensajes con entrevistas y compromisos! Mi novio que es comunicador social y publicista es el que me ayuda. En el celular anoto los compromisos de MasterChef y en la agenda las guardias. He tenido muchas entrevistas aquí en Uruguay, también de Venezuela y de venezolanos por el mundo. Ya me caigo mal yo misma de tanto escucharme… Aunque me ha sorprendido mi facilidad de palabra, he agarrado el ritmo y lo disfruto porque se va a acabar”.

“He conocido médicos que hacen otras cosas, además de la profesión. Son músicos, pintores, humoristas y logran armonizar su vida. Me gustan los retos: la medicina y la cocina son dos cosas que me encantan y me gusta que sean diferentes. Me saco el chip de uno cuando me dedico al otro y funciona como una limpieza mental. Si estoy en la cocina, ese es mi mundo y cuando estoy en las guardias, me olvido totalmente de la gastronomía. Será un reto y será difícil. Espero lograrlo, por lo pronto ese es mi plan. Me emociona muchísimo el curso que haré el año próximo [Cocina en Crandon Gastronómico], aprenderé de verdad. Me tomo muy en serio la formación en cocina, al igual que me tomé en serio mi carrera en medicina. Le voy a aplicar todo el tiempo y el estudio que sean necesarios. Siempre quise hacer un curso de cocina y esta es la oportunidad”.

“Mi mamá está muy contenta. De pronto me dice: `María, si es que tú ganaste MasterChef`. Y yo le respondo: `Sí, mamá`. Y nos abrazamos, como locas.

Al conversar con María Gracia, el paseo por los sabores de Uruguay —los que la han cautivado— es inevitable, porque la comida está siempre presente. Todo es sabor para María Gracia. Dice que se enamoró de la carne de aquí y explica que la de Venezuela es de cocción lenta porque no tiene comparación. El boniato zanahoria fue otra sorpresa y se entusiasma al contar las diversas maneras de preparación que ha descubierto: como chip u horneado en papel de alumnio, con canela y azúcar. Los dulces son su debilidad y, al respecto, comenta que ¡la pastafrola es perfecta para desayunar y hasta para cenar! Aclara que le fascina el membrillo, y por eso también le gustan los pasteles criollos. Su voz suena dulce mientras relata que aprendió a preparar la pastafrola, los buñuelos de banana y las empanadas en una de las residencias en las que vivió al llegar a Uruguay. “Viví en un apartamento temporario al principio, en varias residencias, otro apartamento temporario cuando vino mi madre y volví a las residencias. Vivir con chicos del interior y de otros países fue muy bueno porque aprendí muchas recetas y conocí sabores de diversas partes del mundo”.

Antes de terminar, agrega que cuando sale a la calle calcula todo con más tiempo, porque la gente la para y le piden fotos. “Y me gusta”, explica. Esa tarde, María Gracia tenía una entrevista en Abrepalabra, Océano FM y sabía del programa y de la radio. Dice que se toma en serio su trabajo y averigua datos con anterioridad, “por respeto al profesional que está del otro lado”.

Al salir de nuestra charla, atravesamos el Mercado Ferrando. Era una tarde de diciembre, había relativamente poca gente y los presentes la reconocían. Saludó, se sacó fotos, recibió más felicitaciones y respondió a cada uno con candidez.

 

 

Fotos extraídas de https://www.elobservador.com.uy/maria-gracia-sosa-la-venezolana-que-llego-escapar-la-crisis-y-acabo-ganando-masterchef-n1150840

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Las manos de Neneta

En los diversos entornos, incluso hasta en los más sombríos, se moldean conmovedoras historias de vida resguardadas en la apariencia casual de un familiar, vecino o compañero de trabajo. Son personas con semblantes cotidianos que, sin embargo, sintetizan experiencias inusuales; son historias que enriquecen nuestras vidas con sus destrezas, valores y peripecias. La de Neneta es una de ellas. Sus manos son la metáfora de habilidades para la cocina y las labores forjadas en el medio rural, hace 80 años. Pericias fortalecidas, más tarde, con la necesidad de llevar adelante un hogar y enriquecidas con Pinterest en la actualidad. La suya es una vida de adecuación y templanza.

Neneta es una mujer fuerte y de espalda ancha, apenas plegada a pesar de 80 años de vivencias de sábana y mantel. Su nombre verdadero es María Angélica, aunque ya casi nadie la conoce así.

Fue la séptima hija de un matrimonio algo acomodado de hacendados rurales de la zona de Young, Río Negro. Creció y se educó en el campo, bajo la impronta del trabajo y del esfuerzo, en una familia rígida con muchas bocas para atender. En su casa, junto a sus hermanos, recibió formación escolar con una maestra contratada para esos fines y luego finalizó Primaria en el Colegio del Huerto de Paysandú.  En ese hogar, se formó en las tareas que una mujer de aquella época debía realizar. Aprendió a cocinar, coser, bordar y a administrar con recelo los recursos, tanto en tiempos de bonanza como de escasez. De su madre y de las mujeres que trabajaban en la estancia, aprendió a sostener una casa en orden. Esa formación para el hogar y una fortaleza interior inusual con profunda fe cristiana fueron los pilares con los que abordó la adultez.

Se casó joven y junto a su esposo vivieron primero en Paso de la Laguna, luego en Arroyo Grande y finalmente en Young, cuando la ceguera de su madre ―producto de la diabetes― comenzó a avanzar. Neneta se hizo cargo de su cuidado y también del de su padre, y tiempo después enfrentó la viudez a temprana edad, apenas pasados los 40 años. Con tres hijos para criar (de 15, 8 y casi 1 año), llevó adelante su casa con los recursos que había recibido de aquella pragmática formación en economía doméstica. El tejido a máquina, el fino bordado de vainillas caladas, los postres para casamientos, los budines y panes dulces para Navidad fueron los ingresos con los que armó, semana a semana, el presupuesto para sostener a sus hijos.

También tuvo “pensionistas”: estudiantes de la zona rural que alquilaban una cama en casa de Neneta con derecho a la comida. Sus manos se transformaron, innegablemente, en su fuente de ingresos. Los bordados que aprendió de niña le permitieron adornar ajuares, una práctica muy codiciada hasta hace unos 15 o 20 años. Además de postres para bodas (que preparaba durante agotadoras horas en la cocina de su casa), comenzó a ofrecer viandas diarias y la clientela recomendaba sus platos caseros.

Con el tejido a máquina respondió a pedidos individuales y también de comercios. El tejido a dos agujas, una de sus manualidades favoritas, no era tan redituable y lo reservaba para los afectos. La lista de manualidades y artesanías en las que ha incursionado Neneta es extraordinaria. Parece que no hay técnica con la que no pueda. En su momento, pintó en madera, en vidrio, en cerámica y en hierro. Dio clases de pátina y de pintura, también. Los bordados siempre se le han dado muy bien: a máquina, a mano con bastidor y últimamente el mexicano, que primero aplicó en almohadones y luego en vestidos, shorts y pantalones para sus nietas.

En la casa de Neneta siempre hay revistas de tejido, bordado y decoración, y en la tele algún magazine con Choly, la famosa cocinera argentina. Neneta siempre ha estado atenta a las tendencias en manualidades, cocina y repostería. Y por ello, la tradicional ambrosía que había aprendido de su madre y la famosa torre de bombas, con las que era muy conocida, dieron lugar a la torta helada, el rogel y el marquise de chocolate.

Ahora ha sumado una nueva estrategia para nutrirse de ideas: usa la tableta del plan Ibirapitá. Tiene una cuenta Pinterest que le configuró una de sus nietas y busca inspiración en el mundo tecnológico. Además, es una lectora contumaz. En su mesa de luz siempre hay algún libro. Disfruta de las novelas, las biografías y las crónicas de los más diversos autores. Su género preferido es la novela histórica, aunque lee todo lo que llega a sus manos y más de una vez, incluso. Por ello, tiene un rico vocabulario que supera, en creces, su tímida instrucción formal.

Una mujer así de activa requiere un cuerpo que la sostenga. El de Neneta es grande, de anchas caderas, piernas largas; es un cuerpo robusto que contrarresta con su carácter reservado. Su voz es suave y su hablar pausado, pero firme. Busca ser ecuánime y es amable hasta para retar a un niño o poner a un adulto en su lugar.  Es introspectiva, aunque jovial cuando la ocasión lo amerita. Difícilmente discuta o hable de temas incómodos: cuando un asunto la perturba, lo pone a macerar hasta que se disuelve.

Parece que nada en la vida la supera, aún en aquellos momentos en los que decidía repetir las bombas para un casamiento porque habían quedado chatas. Su temperamento mesurado la muestra equilibrada, sin fisuras ni debilidades; incluso en una triste serie de fallecimientos, porque ha sido testigo de la muerte de siete de sus ocho hermanos. La tristeza, en momentos de enfermedad y de muerte, el desasosiego y la angustia ante la adversidad se manifiestan con una jaqueca o una sinusitis que la perturban solo unos días, porque Neneta se levanta, se rearma y sigue.

Su piel es blanca y hoy presenta múltiples arrugas, algunos lunares y manchas. Su presencia es siempre muy atildada, aunque su pelo es rebelde, tanto que de niña le decían “la Mechuda” (tiene el privilegio de contar con un nombre y dos apodos). Las uñas de Neneta están cortas y pulidas siempre, pues sus manos están prontas para la acción inmediata. En ellas, y también en un rostro con ojos cansados, se demuestra el paso del tiempo, las horas de trabajo en la cocina, en el bordado, en el tejido y en la pintura, y también las tantas veces que cortó astillas y armó el fuego para dar calor.

Agasajar es parte de su esencia: escarpines para el nacimiento de sus nietos, una comida especial para una cuñada o alguno de sus tantos sobrinos, un regalo para las amigas de gimnasia o de pintura, una pascualina para esperar la visita de sus hijos. A cada uno de los afectos les ha regalado su tiempo y el fruto de sus manos.

Ella está atenta y siempre presente en los momentos cruciales, sin algarabía pero con gozo. Neneta es una figura de otra época, una mujer abnegada que arremetió para salir adelante. Fue criada para dar vida a las sábanas que arropan y que amortajan, para dar vida a los manteles en los que sirve el pan preparado con sus propias manos, para dar vida y sostén a la familia con trabajo, juicio y mesura.

Ella es parte de una generación de amas de casa formadas para llevar adelante un hogar con la economía de las conservas, del ensopado y de la “ropa vieja”. Es parte de una generación que se va perdiendo. En Neneta y en esas otras mujeres reside un legado a rescatar, pues ellas conocen las herramientas que nos permitirán volver al tiempo de las manos, al tiempo para coser un botón que no es más que hilvanar la vida.

 

Vigente y con constantes mejoras: Ideas + no defrauda

A fines de noviembre, la plaza Florencio Sánchez del Parque Rodó se prepara para un clásico del paisaje montevideano. Cuando llega el último mes del año, los puestos y el escenario ya están prontos, los artesanos pasaron noches sin dormir para mostrar sus productos y la esquina de 21 de Setiembre y Gonzalo Ramírez se prepara para recibir oleadas de visitantes cada noche.

Desde el primer día de diciembre hasta el 24, la feria Ideas +  muestra calidad. El paseo ha procurado, a lo largo del tiempo, sofisticarse para mantener vigencia; condición fundamental en épocas en las que proliferan las ferias.  El proceso de selección de los artesanos es exigente en calidad y en atención, y ambos aspectos se perciben al mirar, consultar y comprar.  El público responde a la Feria con presencia sostenida e Ideas +, como en años anteriores, no defrauda y muestra diversas opciones de regalos, además de una nutrida agenda cultural.

En Ideas + el rubro orfebrería parece ser el más fuerte, el que aporta la identidad. Los materiales más originales y los clásicos están presentes en un amplio rango de precios. La decoración es otro punto fuerte con propuestas ornamentales en vidrio, cerámica y madera, y el vinilo que se impone junto con algún otro material innovador.  Hay luminarias, juguetes para niños, agendas y cuadernos, jabones, algo de ropa, bolsos y carteras, mates y otros objetos utilitarios. Están las librerías y el repertorio gastronómico se ha ampliado significativamente con la inclusión de alimentos y bebidas de corte gourmet.

 

Cada año, entre el bullicio y los puestos que se suceden uno al lado del otro, se destacan ciertas propuestas por su originalidad. En 2017, vale detenerse en Jacarandá, Aromas de la naturaleza, Zampin, Comolópezenelagua y Enanas de Jardín.

Jacarandá ofrece encuadernación artesanal con toques rústicos. Hay agendas, cuadernos, álbumes para fotos y bitácoras de viaje en diversos materiales y tamaños, con predominio de los colores tierra. En la propuesta de Jacarandá hay interés ambiental con el uso del papel reciclado y tapas de tela con impresión botánica (técnica de ecoimpresión con tintes naturales).

Los perfumadores para pequeños ambientes de cerámica artesanal de Aromas de la naturaleza son los más originales en el rubro. El emprendimiento invita a impregnar la vida cotidiana con perfumes naturales. Por eso, las fragancias de los perfumadores están inspiradas en el aire, el agua, la tierra y el fuego. Se compran por unidad o toda la colección.

Zampin es la opción de regalos para los más pequeños con creaciones que dan cuenta de creatividad, originalidad y armonía conceptual. Se nota el trabajo interdisciplinario en el que el diseño tiene un rol importante, con especial énfasis en la función didáctica. En este puesto hay “cuentacartas” (para reconocer, organizar y contar números e imágenes), rompecabezas reversibles de la línea Animalia (con dibujos muy simples e icónicos), juegos para estimular la memoria y tazas con animales y frases. La propuesta de Zampin es singular, los materiales son durables y los trazos son bellísimos.

Comolópezenelagua es el puesto de Diego López Brandón. El artista, en esta ocasión, muestra piezas en madera calada: cuadros pequeños y medianos, algunas esculturas, móviles y ornamentos para colgar. El trabajo artesanal de López Brandón es delicado y extraordinario; la temática varía entre animales y flores de colores sutiles, muy bien manejados. Entre gatos, perros, peces, ranas y crisantemos, sobresalen dos piezas inspiradas en el Quijote que demuestran el prodigio del artesano.

Enanas de Jardín es la alternativa uruguaya en alforjas, bolsos, riñoneras y chalecos para ciclistas. En la propuesta de Enanas predominan el color y la comodidad. Los materiales son a prueba de agua y muy resistentes. Hay alternativas para niños y grandes, con diseños muy jugados y otros más clásicos.

La incorporación de Enanas en la Feria refleja una tendencia que se impone en Montevideo y evidencia la necesidad de considerar estacionamientos para bicicletas en cada emprendimiento (en especial, si son públicos). No es responsabilidad exclusiva de la Intendencia Municipal de Montevideo —que prometió mucho y ha hecho bastante poco—, los operadores privados también deben sumarse a una realidad que no es solo moda, sino una necesidad urbana.

La falta de un espacio para estacionar las dos ruedas es una de las debilidades de Ideas +. Con seguridad, un estacionamiento con estas características será considerado en próximas ocasiones, puesto que los organizadores han demostrado estar atentos a las necesidades del público. La ampliación de la oferta gastronómica y el repertorio de actividades para niños revela adecuación, una de las claves de la Feria que se mantiene vigente a partir de altos estándares de calidad y un radar puesto en el público.

 

Temporada de agendas

Los últimos meses del año son, entre otras cuestiones, temporada de agendas. El comienzo del verano en el hemisferio sur llega con una carga importante de reuniones, listas de compras y la planificación de las vacaciones estivales. Además, para los seguidores de las agendas, noviembre, diciembre y enero son estratégicos para la elección y puesta en funcionamiento de un elemento esencial para gestionar su vida cotidiana.

Para algunos, fin de año parece ser un tiempo de decantación en el que confluyen diversas actividades, y configura el momento propicio para preparar el terreno del siguiente año. Por eso, Sylvia (docente de gastronomía) cuenta que se toma el tiempo para elegir la agenda. Y agrega: “uno o dos meses antes de terminar el año, ya la tengo conmigo para comenzar a escribir fechas importantes, cumpleaños, etc.”.

En cambio, otros prefieren que el verano se asiente y tome su curso: las jornadas calurosas de enero, febrero y hasta marzo son adecuadas para plantear el mapa del año en la agenda. Gabriela (profesora de inglés) confiesa: “comienzo a usarla con fuerza en febrero y, si la compro a fin de año, aprovecho para anotar los cumpleaños, las fechas importantes y alguna que otra actividad ya pautada de antemano”.

En tiempos de tecnología digital, las agendas en papel se perpetúan con significativa presencia y se torna muy difícil determinar la relación y predominio de alguno de los sistemas. Para la Profa. Susana Reyno, subdirectora del Instituto Metodista Universitario Crandon ―institución referente en la formación en Secretariado―, las agendas en papel “seguirán vigentes mientras los analógicos sigan trabajando”. La docente agrega que la tecnología suplirá a los otros medios, puesto que “en las herramientas digitales se puede agendar a largo plazo”.  El ejemplo más contundente es el de los cumpleaños, que ya no deben escribirse año a año, acota.

Aunque los teléfonos inteligentes han aportado portabilidad y muchas funcionalidades, las agendas físicas no solo continúan con vida, sino que parecen energizar su presencia en ciertos ámbitos y en especial entre las mujeres, pues parece ser una costumbre más femenina. Quienes continúan con el formato tradicional de agenda en papel, esgrimen diversas razones.

Dayana (empresaria) dice que prefiere la agenda en papel porque tiene memoria visual y escribir la ayuda a recordar. La electrónica se la reserva para los cumpleaños, por ejemplo, “por la comodidad de no volver a agregar la información año a año”. Para Laura (profesora de inglés), resaltar con colores sobre el papel, usar marcadores magnéticos, autoadhesivos, tachar, corregir y agregar comentarios es un mecanismo de apropiación de su agenda, que siente como “casi un ser vivo”, agrega.  Andrea (bibliotecóloga), fiel a su profesión, elige la agenda física porque necesita “tener por escrito las actividades, los gastos ya pagados y las facturas pendientes. Es una cuestión de orden y organización”.

Las agendas también se usan como carpeta o sobre para portar documentos. En ese caso, los usuarios las eligen con cierre o elástico, para no perder el material. Gabriela (médica) dice que ya no usa la agenda clásica porque se acostumbró al celular, pero está tan unida a ella que la sigue eligiendo para llevar todo tipo de papeles. María Laura (secretaria) usa la agenda para consignar fechas cruciales: el médico de los niños, los vencimientos de las facturas, las reuniones. En algún tiempo probó una digital y asegura que no se adaptó porque su agenda “tiene que tener un lugar para llevar anotaciones y recibos”.

Hay una vínculo de apropiación física con la agenda, por el contenido y por la forma. Para algunas personas, la relación de dependencia es tal que si no la tienen sienten desprotección (Gabriela, profesora de inglés), enojo (Silvana, productora agropecuaria) o la convicción  de que algo harán mal (Mónica, docente de matemática).

Otros, en cambio, toman mayor distancia. María de los Ángeles (profesora de informática) ha incursionado en el mundo digital y dice que antes se desesperaba cuando no tenía la agenda en papel, pero desde que usa la digital “lo importante está ahí o sea que no es tan grave”. Rosita (jubilada), la sigue usando, pero siempre en su casa. “Si salgo no la llevo, miro antes lo que tengo que hacer”. ¡Una forma muy pragmática de no perderla!

El mercado nacional e internacional ofrece los más diversos diseños y las tendencias parecen maximizarse. En relación con el tamaño y el formato, Valentina (nutricionista) siempre elige la misma y es indispensable que tenga “semana a la vista”. Rita (odontóloga) la usa con los mismos fines y necesita que el horario sea amplio, de 8 a 20. En cambio Sylvia (docente de gastronomía), necesita cambiar de diseño todos los años, como si eligiera renovarse a través de la agenda.

La semana a la vista parece ganar terreno por practicidad en la planificación y porque además, las de día a día suelen ser más grandes y ocupan más lugar. Las de planificación semanal libre que no llevan fechas no son muy habituales en el mercado uruguayo y las agendas más pequeñas (A5, A6, personal o pocket) con semana a la vista parecen ser las preferidas, porque son portables y entran en cualquier cartera, bolso o mochila. El tamaño es decisorio y las vidrieras (las físicas y las digitales) que ofrecen agendas manejan muy bien las ventajas de cada una. Al respecto, Mónica (profesora de matemática) expresa: “el primer requisito es que sea liviana, porque la carga diaria ha dejado huellas en mi espalda. El segundo es que no sea pequeña ni grande, debe ser de tamaño medio y que permita ver la semana entera con espacio suficiente para escribir”.

Algunas agendas incluyen una planificación mensual, páginas para anotaciones específicas, seguimiento de tareas y esquemas para presupuestos. Los agregados (frases inspiradoras, calendario lunar, anotaciones importantes) parecen ser amplísimos y varían según la temática que oscila de las más barrocas a las más espartanas. Las hojas también varían, no solo en gramaje, sino en presentación: en blanco, con rayas, cuadriculado y con puntos, incluso. Las hay encoladas, con anillas o cuadernillos (midori) y las de recambio, en las que la cubierta es esencial.

Las recomendaciones para elegir “la mejor” agenda, la entrañable y la más práctica son disímiles porque los gustos varían significativamente. Más allá de modelos y marcas, de cuero o de tela, tapa dura o blanda, Laura (profesora de inglés) dice que lo más disfrutable es “armarla a la medida”. Valentina (nutricionista) sugiere usar autoadhesivos para cambiar de lugar las tareas que se posponen o repiten y María Laura (secretaria) recomienda que el material externo sea fácilmente limpiable, pues su agenda suele convivir con sus niños y le gusta que esté prolija. Mónica (docente de gastronomía) que ahora usa el calendario de Google y las notas digitales, dice ser consciente de que “escribir en el papel tiene su encanto”, como si anhelara el tiempo en el que se apropiaba de su agenda a través del trazo de la escritura.

Dónde comprar agendas en Uruguay

Aurora Prints & Goods
Garniè
La Papelaria
Moleskine Uruguay
Perica encuadernación artesanal

Breve diccionario

A5: mitad de un A4 / A6: mitad de un A5 / Midori: cuadernillos con cubierta, comúnmente de piel o cuero / Personal: 95 x 171 mm, muy habitual en las agendas Filofax (con anillas) y PaperBlanks  / Pocket: 81 x 120 mm, se encuentra en agendas Filofax

Con identidad manual: kits de labores y talleres para fomentar la creatividad y reivindicar tradiciones

La experiencia Paquetín

 

En el taller de Paquetín, la casa de una de las socias, se respira aire artesanal. Las creaciones, coloridas y de diversas texturas, cuelgan de paredes, posan y descansan en sillones. Hay arte y mano. Hay estética. Hay técnica. Hay tiempo dedicado al trabajo manual.

Laura y Ana son tía y sobrina, además de las manos, el corazón y el cerebro de un emprendimiento que ofrece kits y talleres para realizar artesanías: bordar, pintar, hacer telar. Laura (56) es contadora, con experiencia en emprendedurismo y Ana (39) es diseñadora textil. Juntas han logrado un equipo sólido que se complementa armónicamente para desarrollar una línea de trabajo que se sustenta en reivindicar las labores manuales.

 

“Quería un bastidor y no había, quería más colores y no encontraba, surgían situaciones que ameritaban un producto para esa situación”

Paquetín, como otros emprendimientos, surgió de la adversidad. “Me había quebrado un hombro, explica Ana. Estuve tres meses curándome de la operación y no podía hacer nada manual, más que bordar. Y comencé a bordar como una desquiciada. Quería un bastidor y no había, quería más colores y no encontraba, surgían situaciones que ameritaban un producto para esa situación. Durante unos meses maduré la idea, finalmente armé un kit y lo publiqué en un grupo. Se vendieron 30 en la misma noche e inmediatamente llamé a mi tía”.

Ese conjunto tenía lo que Ana consideraba importante para comenzar un proyecto de bordado: un bastidor de aproximadamente 16 cm, doce hilos, un lienzo con un dibujito  y unas breves instrucciones. “Era todo lo necesario para aprender y tenía que tener un costo razonable. Además, debía terminarse con rapidez, no podía ser eterno”.

Laura agrega que ya estaban, como emprendedoras, trabajando en algo en conjunto. Era un producto con otros fines, muy diferente, “y como el kit de bordado funcionó, nos decantamos por ese producto y dejamos el otro para otro momento”, ilustra de forma pausada y didáctica.

Ante el entusiasmo de Ana, comenzaron a darle forma al kit de artesanías. Y surgió el nombre que, además de ser muy ilustrativo, tiene connotaciones familiares. “Es el sobrenombre de mi abuelo, el papá de Laura”, explica Ana. Dice que pidió permiso a la familia para usarlo. “Mi papá, explica Laura, murió joven y ella fue la única nieta que conoció. Es un nombre genial porque es un paquetito y me pareció muy oportuno para el proyecto”.

Paquetín, ya con nombre y un primer producto, comenzó a crecer. Al principio, fueron los bordados ―el ruso y el mexicano, muy de moda― y después comenzaron a desarrollar la idea de mostrar las producciones, “porque cuando terminás algo, mostrarlo es muy importante, es parte del proceso”, aclara Ana. Testearon los bordados en bolsos, portacosméticos, agendas y en almohadones, los que más salida han tenido. Las emprendedoras agregan que las agendas eran complicadísimas y las descartaron, ya que “tenemos claro que todo lo que ofrecemos debe ser viable. Queremos que entre en la cartera porque tiene que ser portable para que el bordado se pueda sacar en una sala de espera, en un ómnibus”.

Entre pruebas, comentarios y devoluciones, surgieron los talleres. “Yo pensaba que la gente podía aprender de la misma manera que aprendo yo”, confiesa Ana. “Para mí era natural que alguien entendiese un tutorial en YouTube o en una revista. Entonces me negaba a dar una clase, pero tanto nos pidieron, que finalmente abrimos mi casa”.

 

“Importa el grupo, la vivencia, el tiempo compartido, las personas llegan al taller porque quieren socializar”

En agosto de 2017 dieron el primer taller con diez personas y veinte que quedaron en lista de espera. Esa primera experiencia fue de bordado mexicano y la segunda ya fue diferente; comenzaron a variar la oferta para que los asistentes pudiesen tomar más de un taller, algo que ha sucedido con frecuencia. “Importa el grupo, la vivencia, el tiempo compartido, las personas llegan al taller porque quieren socializar”, explica Laura. El taller, entonces, cumple otras funciones y adquiere características distintas; no solo se trata de principiantes que buscan técnica y método, sino de un espacio para el intercambio en los que se cuidan todos los detalles, porque las emprendedoras ofrecen “experiencias sensoriales”. A ellas les gusta tocar las lanas, se cautivan con los colores que estimulan su creatividad, y ofrecen esa vivencia en cada paquete y en cada taller.

“Nos parece importante retomar labores perdidas. Que la gente sepa que puede pegar un botón, zurcir, bordar. Y despegarlo de la carga de género”, cuenta Ana. Para Laura, desde el paradigma de los números, es importante explicar que no se trata de costos, porque “sin lugar a dudas, gastás mucho más haciéndolo que comprándolo. La cuestión es diferente, es demostrarse que es posible hacerlo, que se puede. Es fomentar la creatividad”.

 

“Son muchas horas de trabajo y dos antenas para observar tendencias”

Paquetín surgió para costear los materiales de las emprendedoras a través de la venta de kits, pero ha crecido significativamente y hoy consume cada día de Ana, además de los talleres de los sábados que dan en conjunto. “Financieramente, comenzamos con muy poco y hemos invertido en el mismo proyecto. Se ha ido sustentando. Nuestra primera inversión fue una tijera de pico y luego un ovillador”, explica Laura entre risas, y agrega: “son muchas horas de trabajo y dos antenas para observar tendencias”. Al respecto, Ana acota que hoy el bordado mexicano es la moda, después podrá venir el crochet, la pintura sobre vidrio u otra técnica. Ellas tienen mano, aprenden y se adaptan, siempre respetando la identidad manual. 

Paquetín está en Facebook e Instagram. Venden los kits y ofrecen los talleres a través de estas dos redes sociales que les dan un gran marco de visibilidad, “que demanda mucha atención”, aclara Ana. Hay paquetes de bordado, de telar y de pintura, se pagan por transferencia, giro o contra entrega. También están en Mercado Libre y entregan al interior por DAC.

Ana y Laura aclaran que son felices con el proyecto, que disfrutan cada experiencia y que aprenden constantemente.  Se nota su entusiasmo y el orgullo por un “bebé que está en proceso de crecimiento”, como les gusta decir. Sienten a Paquetín como parte de la familia ―a la que agradecen constantemente, por otra parte―, lo cuidan y procuran su sustentabilidad para tener la posibilidad de pensar y proyectar. “¡Hasta el diplomado Paquetín no paramos!”, dice Laura y ambas ríen.

Si te gustan las labores, probá con un kit Paquetín. Si no te atrevés Laura y Ana afirman que todas las personas son capaces de hacerlo―, obsequialo para Navidad o un cumpleaños, porque es ideal para las siestas de verano, los viajes largos, las tardes de invierno. 

Mochila y bolso: una pieza de diseño, mudable y con estilo de Renata

Ochentosa, primaveral y con carácter; así es la mochila/bolso creada por Renata. Se llama Nuria y transmuta de manera simple y sin perder identidad. Es una pieza de diseño, mudable y estilosa, con la personalidad de la marca.

Nuria es una pirámide trunca que cierra con dos botones metálicos escondidos y tiene laterales ajustables para aumentar su capacidad. Está confeccionada en cuero marrón coñac y tiene un gran bolsillo externo y abierto de charol beige que aporta un toque de brillo y luminosidad. Es lo suficientemente grande como para contener una computadora portátil, billetera, cartuchera mediana, lentes y algunas pequeñas cosas más. Adentro está forrada con lienzo beige y tiene un pequeño bolsillo que es ideal para las llaves y el celular.

Las correas de la mochila están cosidas en el borde superior y se enganchan (a través de broches metálicos) a dos argollas rectangulares dispuestas en los laterales inferiores. Para mudarla a bolso, las correas se cruzan arriba y se fijan a través de los botones metálicos. El sistema es sencillo y práctico, y con elocuencia muestra diseño y creatividad.

Todas las terminaciones de la mochila/bolso están muy cuidadas (costuras, interior, broches). Es un accesorio perfecto para el día a día, para ir a trabajar y para viajar con todo lo necesario sin cargar demasiado. Para las mujeres ciclistas, como mochila es completísima por su tamaño y portabilidad; además aporta otra versión tan rápida como bajar de la bici.

 

En la sección “productos y servicios” presento descripciones de elementos que uso y que me gustan mucho, aunque quizás aparezca alguno con características de otra índole, también (si es que amerita decir por qué no vale la pena). Las reseñas están centradas en las razones por las que me siento identificada con el producto o servicio. De esta manera, procuro no caer en las descripciones clásicas e impersonales tan habituales en las reseñas de catálogos y tiendas en línea.

 

Objetos de infancia

Ahí, como siempre

“El banquito está desde que tengo memoria, y tengo recuerdos desde que era muy, muy chico. Siempre estuvo en mi dormitorio. Nos mudamos varias veces y sobrevivió. Está en la casa de mi madre, en el que era mi cuarto. Era un actor de reparto. Estaba en un rincón, por ahí. Lo usaba para jugar con algo, con otra cosa”.

El taburete de Mauricio —de madera maciza, de color marrón agrisado— y de base redonda, tiene la medida justa para un niño pequeño. Es cándido y robusto, y reclama atención: una mano de barniz, un poco de cola para una de las patas. Es una de las representaciones de la infancia; porque si tuviste un banquito, seguro lo recuerdas.

Entre las zonas más pulidas de unas patas trabajadas, anidan recuerdos de niñez, postales de juegos, risas y cantos. Entre las ásperas, también hay imágenes: las que forjan y templan para encarar lo que está por venir.

“Fue mi primer arma y el protagonista principal en una pelea con mi hermana. Ella, ocho años mayor que yo, me insistía para que bailara el vals en su fiesta de 15. Yo me negaba. Estaba muy cargosa y, hastiado, le pegué con el banquito. Lo usó de chantaje. Bailamos el vals, por supuesto.

Podría haber elegido otros objetos, pero el banquito estaba ahí, como siempre. Lo restauraré y será parte de mi nueva casa, acabo de mudarme. No sé qué lugar ocupará; estará ahí”.

La hizo papá, para mí

“Eran recuerdos olvidados, pero fue inmediato: vi la foto y regresé a la infancia… mi padre armando la estructura y el tapizado, todos sentados al lado de la salamandra y el olor a maní que tostábamos en invierno. Antes de cenar teníamos ese ritual. Siento el ruido de la cáscara al romperse, yo intentaba hacerlo con los dientes porque no podía con las manos, no me daba la fuerza. Los adultos que me decían que no lo hiciera, que me iba a romper los dientes y que las cáscaras estaban sucias. Siento la rugosidad de la piel del maní que se pegaba en mi garganta.

Es muy importante porque la hizo con sus propias manos, él es muy hábil para esas cosas. Esa sillita, muy sencilla y estable, era mía. Después lo usó Gaby, mi hermana. Ella es cuatro años menor y nos peleábamos por usarla. Yo no quería prestársela porque era mía. También la usó Andrés, que es menor; tiempo más tarde mi sobrina Camila, hija de Gabriela y mucho después Agustín, hijo de Andrés. Cuando le mostré la foto a Camila, se acordaba de la sillita y especialmente me contó que le gustaba sentarse y enterrarla en el pasto. En ese momento, ya no tenía los regatones. Yo no hacía eso, yo la cuidaba.

La cuidaba mucho porque la hizo papá, para mí. El pantasote era de los asientos de los ómnibus de la empresa en la que trabajaba. Es bien de los 70. Un tapizado grueso. Para mí era una reliquia. Aprendí a cuidar mis pertenencias con esa silla. Cuando no se usaba, estaba en nuestro dormitorio y arriba sentaba a mi muñeca de pelo rubio y dos colitas”.

Por momentos, se le quiebra la voz. Se recompone rápidamente y busca expresiones para recrear la historia de una silla que es muy simple, pero que refleja ricos recuerdos de infancia. La silla de Andrea tiene estructura de metal, respaldo y asientos color bordó, y es lo suficientemente acolchonada como para brindar comodidad a un cuerpo pequeño. Se nota un trabajo amoroso, muy prolijo y dedicado. Se nota esmero y el tiempo del  trabajo manual.

Las sillas de los niños invitan al protagonismo, a participar de una ronda, a ser parte de escenas de noche, secuencias que se repiten y que conforman infancia y familia. Los niños se hacen grandes y las sillitas van quedando, siguen siendo parte del mobiliario, incluso con más arraigo que otros elementos del hogar.

“Yo tenía 7 años. Aprendí responsabilidades con la silla. Los adultos me decían: ‘Tené cuidado con la salamandra, no te acerques porque el pantasote se puede quemar’. “No la arrastres’, me retaba mi madre.  En esa casa los pisos eran de madera, ella los lustraba a mano y yo los rayaba con la silla. Es que la sentía pesada porque, a pesar de las patas finas, el asiento y el respaldo tienen base de madera. La sentía firme, además. Nunca me caí de esa silla, pero hacía caer a Gabriela. La bamboleaba para que se cayera y me dejara ese lugar, que era mío”.

La silla, con las historias de Andrea, Gabriela, Andrés, Camila y Agustín, sigue enhiesta y con un par de retoques quedará pronta para un nuevo capítulo. “Con esa foto volvieron tantos recuerdos… le pedí a papá que la restaure. No necesita mucho, solo detalles. Irá al dormitorio de Sofía, mi hija. Mi infancia acompañará la de ella”.

Siempre a mano, siempre en uso

“Tenía 5 o 6 años cuando nos las regalaron. Había dos y las usábamos en todo momento. Una era para mí y otra para Rossana, mi hermana. Creo que fueron regalo de Navidad o de Reyes”.

Jacky explica que las sillas de su infancia son de cármica, con la misma forma y material que el juego de la cocina de su casa. En aquel momento se usaba ese tipo de mobiliario y las sillas son una réplica, pero en tamaño reducido.

Se multiplican las referencia de juegos en los que las niñas adoptaban roles de adulto y se suman a vivencias infantiles y otras postales de época. “De tarde, mi madre nos bañaba y nos vestía muy prolijos. Nos sentábamos todos arregladitos en la terraza, nosotras dos en las sillitas y Enzo en su banco. Con esas sillitas hacíamos de todo. Me veo parada arriba ayudando a mi madre a lavar los platos. Las usábamos cuando jugábamos a las maestras y a tomar el té. En una terraza armábamos una carpa de indios con frazadas y adentro de esa carpa las sillitas eran parte del mobiliario”.

Las referencias a la silla de infancia continúan y las vivencias se proyectan porque hay objetos que permanecen y acompañan. En su mayoría, se trata de objetos que se resignifican en nuevas etapas de vida.

“Desde que entró en mi vida, ha estado siempre. No recuerdo exactamente en qué parte de la casa, pero estaba ahí, siempre a mano, siempre en uso. De niña le daba tantos usos… eso la hacía especial. Y ahora también. Está en la cocina, en el living, en la terraza. Me sirve como una mesita auxiliar. De vez en cuando cuelgo alguna ropa o pongo zapatos en el asiento. Si la llevo al lado de la cama, me permite no tirar cosas al piso, aunque no es el uso habitual. Me subo a ella para llegar a algún estante y me acompañó mientras hice mi tesis. La usaba para sentarme y trabajar en la computadora en una mesa ratona.

La silla fue y es muy importante. Es un objeto particular en mi vida. Tiene mucho valor afectivo porque me ha acompañado. Además, a los niños les gusta y la usan para lo mismo que yo lo hacía. Sigue concitando el mismo interés. Es la silla que han usado mis sobrinos y también los hijos de amigos cuando me visitan. Es fuerte y como no tiene posabrazos, pueden sentarse adultos.

Es divina. Es simpática. Es tan versátil que se ha adaptado a mi vida. Es resistente y ha tenido pocos arreglos, un mínimo de mantenimiento. El banquito pereció, pero las sillitas perduraron y continuaron su vida junto a la generación siguiente”.