Bicis en la ciudad

Marianela tiene 31 años y tiene una bici dorada, simple y glamorosa. Es muy original. Daniel usa su bicicleta para trabajar. Es limpiavidrios y vive en La Teja. Se mueve por toda la ciudad. Le robaron 59 bicis, tantas como sus años de vida. Betania anda en bici porque la desconecta y porque le «embolan los bondis». A Diego le gusta su bici porque le es fiel y nunca lo dejó a pie. Bruno también piensa lo mismo. Santiago dice que en unos años lo «llevará a recorrer el mundo». Para Cecilia, el peor enemigo de la bici es el viento. Su opinión es compartida por otros. Martín elige este medio de transporte por economía, ecología, autonomía y salud. Luna es chilena y dice que la bicicleta, en su país, es una manera de resistencia.

En la cuenta de Instagram Bicicleta.uy y en la web http://www.bicicletaaa.com cada semana hay microhistorias de ciclismo urbano con otras Marianelas, Brunos, Martines y Lunas. Son relatos cortos, fotorreportajes mínimos que se muestran como un álbum de figuritas, siempre con un elemento en común: el birrodado en la ciudad.

«Me acuerdo del momento justo en el que me la regalaron»

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Andrés Amodio (34) es el responsable de estas postales que perfilan a ciclistas urbanos. Él también se mueve en bicicleta por la ciudad. Es diseñador gráfico, docente y le gusta la fotografía. La entrevista fue en Tándem —un café pensado para ciclistas— porque las bicis llaman a las bicis.

Su amor por la bicicleta comenzó de niño y su primera chiva fue una Graziella roja que no siente como la primera. «La que más me acuerdo era una BMX celeste con las ruedas amarillas que tenía los polifones en el manillar y en el cuadro. Tenía todos esos chiches. Las ruedas, cuando estaban nuevas, tenían pelito, como unos pinchos. Me acuerdo del momento justo en el que me la regalaron». Narra la anécdota con brillo en los ojos y cadencia en la voz. Hay un sentimiento que contagia en sus palabras, hay ritmo de pedaleo.

Su actual bicicleta es amarilla y roja, tiene los colores de los superhéroes. Parece Flash. «La compré usada y tenía un cuadro metalizado que se partió y tuve que cambiarlo. Fui a una bicicletería y justo tenían ese que es amarillo, también metalizado». Tiene un guardabarros aerodinámico —una pieza que se adosa de marca Ass Saver— de color rojo, como el manillar. «La bici fue armándose de a poco. Es una rutera con ruedas de la marca Create y asiento Brooks». La de Andrés, es una bici que parece haber viajado en el tiempo. Es un poco setentosa y para completar el atuendo, su casco es como los que usaban los motociclistas antiguamente. «Quería que fuera simple y lindo para usarlo», explica.

Contagiar porque «hace bien»

Andar en bici me «hace sentir bien» —dice Andrés—. «De niño y adolescente andaba en bici, pero estuve un buen tiempo sin andar porque me la habían robado. Después retomé como un medio de transporte, me pareció lógico e inteligente para no andar en ómnibus. La bici es un transporte feliz. No se ven ciclistas enojados, no es el rostro del estrés de quienes manejan otros vehículos. Es un disfrute» .

Tan bien se sentía que se propuso «intentar contagiar» y para eso le pareció buena idea «contar las historias que hay detrás de los ciclistas». De referencia tenía el proyecto Humans of New York que «es un catálogo increíble», agrega. «Mi idea no es llegar a tanta profundidad porque tiene que ser algo rápido: un par de preguntas, unas fotos y nada más».

Pedaleó el proyecto en su cabeza durante más de un año, sin animarse a salir. «Lo pensaba y lo pensaba y no lo hacía. Lo pensaba y nada. Como soy diseñador, armé la gráfica y hasta que no estuvo lista no quería largarlo. Después busqué cuatro o cinco personas cercanas para no tener un Instagram vacío al iniciar».

Así, en marzo de 2018, empezaron los primeros fotorreportajes. Luego tomó coraje y se animó a parar ciclistas por la calle, contar su propósito, preguntar y tomar fotos. Comenzó con una cuenta de Instagram y después sumó una web. Dice Andrés que las herramientas son adecuadas para cierto rango de edad. «Hay historias muy interesantes, de gente adulta que —como no entienden de qué se trata esto de las redes—, no aceptan salir».

Bicicleta.uy tiene casi cuatro mil seguidores en Instagram, un número significativo para Uruguay y para un segmento tan concreto. «No sé si es tanto», dice con humildad. Y agrega con cadencia de anhelo: «Me gustaría llegarle a más gente. Quiero contagiar y contagiar».

Todas las microhistorias de Bicicleta.uy tienen un mismo formato: una foto bien cuidada y siete imágenes más solo con texto en blanco y negro. Breves y concretas, con ocho secuencias se relata una experiencia ciclista con nombre, edad, ocupación, el traslado de ese día, la primera bicicleta, el peor enemigo, la mejor bajada, el porqué de la bici en general y de esa en particular. Son historias sencillas y genuinas que demuestran amor por una máquina que fue creada hace doscientos años. «La gente se siente orgullosa de su bici. Es que la bici te representa. Entonces ahora me contactan, me envían sus fotos porque quieren salir». Entre tantos relatos, el que más le llegó es el de Ruben. «Él trabaja en un Frigorífico y se mueve en la bici para dar los servicios sanitarios. Lleva una valija pesada y los baldes. Es muy diferente a la gente con la que me cruzo habitualmente».

Diversos actores con un propósito en común

En Uruguay, como sucede en otros países, surgen biciactivistas como Andrés. El cicloctivismo es una herramienta de cambio a partir de las bicis (Cicloesfera), es global y diverso y se expresa en personas y organizaciones. Y nuestro país no está ajeno, por eso han surgido diversos grupos ciclistas y un número significativo de personas que usan el ciclismo como medio de transporte. Han surgido también colectivos como Masa Crítica, Café con ruedas y cafeterías especializadas: Tándem y KOM, recientemente inaugurada.

Cada actor, individual o grupal, aporta su identidad y todas las voces ponen el foco en la bicicleta más allá del objeto e instan a otros a movilizarse de esta manera en términos de rebeldía, autonomía, individualidad y estilo.

Bicicleta.uy en Instagram
http://www.bicicletaaa.com

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Cuatro cafeterías con personalidad

La Greca Café, Tándem, Nómade La Tostaduría y Che.Co.Fee

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El panorama cafetero de Montevideo continúa nutriéndose de nuevas propuestas. En el último año, numerosos locales desde la Ciudad Vieja a Carrasco han abierto y ofrecen café en sus múltiples variedades. Más allá de la cercanía geográfica, de un determinado interés o vínculo, ¿cómo elegir y evaluar una cafetería?

Sabor, atmósfera y honestidad

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La empresa de alimentos Stockton Graham & Co (EEUU) se especializa en el tostado del café y en la implementación de cafeterías con vasta experiencia y renombre en el área. Según su eslogan, «fusionan el arte y el negocio del café» y para ello han desarrollado diversos programas. En particular, han investigado las claves del éxito y de la lealtad de los clientes y describen algunos parámetros esenciales: sabor, servicio y atmósfera.

El café es el aspecto más importante de cualquier cafetería

Para estos expertos, el café es el aspecto más importante de cualquier cafetería. En Winning Customer Loyalty mencionan que el 45 % de los consumidores de la bebida considera que el sabor es la razón por la que son fieles a un lugar.

En segundo término ubican el servicio pues,«al fin y al cabo, una taza de buen café depende de la habilidad del barista». Por ello, la experiencia y la formación permanente  son fundamentales. También consideran la eficacia, la rapidez y la comodidad del lugar.

Por último, pero no menos importante, está la atmósfera que sintetiza y representa los parámetros anteriores. La distribución de las plantas y la decoración impactan en la experiencia del cliente, además de la iluminación, los colores y la música. La atmósfera, según Stockton Graham & Co, debe estar en consonancia con los consumidores y a sus necesidades (mesas para reuniones si el local está ubicado en una zona comercial, áreas para el cuidado de los niños en las cafeterías próximas a tiendas de moda y acceso con mascotas para los cafés de los parques, por ejemplo). 

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En el ámbito local, Claudio Lombardo —Club de Chefs, Gerente de Márketing en Woow— también considera que una cafetería debe servir buena bebida, tener ambiente y atmósfera. «Lo más obvio, entre lo primero que busco, es el café», explica. «Pero suman mucho el ambiente y la atmósfera. Me gusta que tenga las posibilidad de estar, charlar y trabajar con el espacio adecuado para hacerlo».

En la búsqueda de esos lugares, Lombardo señala, con un dejo de pena, que casi han desaparecido los cafés de barrio, aquellos «atendidos por su dueño con el delantal puesto, el repasador en una mano y la oscilante bandeja (que nunca se caía) en la otra». «Se fueron perdiendo —agrega—, no supimos aprovecharlos ni disfrutarlos. En Buenos Aires o a cualquier lugar de Italia, esos cafés son los mejores. Los modernos, más cool están muy bien, pero para mí el café típico es inigualable. Estar parado en la barra y tomar un café con los parroquianos sigue siendo un lugar muy disfrutable».

La honestidad es fundamental

Los cafés de barrio tenían personalidad, eran auténticos y tenían «honestidad en la propuesta, algo que es fundamental», comenta Lombardo y que los más nuevos también pueden conseguir. «No se trata de buena vista, decoración o ambientación, sino de tener personalidad. Muchos de los cafés que abren ahora quieren parecerse a otros y al final eso no funciona. La honestidad en lo que ofrecen es fundamental. Ser propios, ser auténticos».

Con los parámetros propuestos por los especialistas, el paladar listo para abundantes cafés y libreta en mano, visitamos cuatro cafeterías montevideanas. Mientras tanto, la lista crece y las oportunidades de un café de verdad se multiplican en la ciudad.

La Greca Café (Barrio Sur)

Una casa vieja, reciclada, diversos ambientes, diferentes mesas. Un corredor al aire libre y una pared descascarada para recordar la historia de ese hogar. Sillas de reja de los años 80, otras de bar y gente muy amable (con acento del caribe). En La Greca Café abunda la calidez que brinda la  madera, en las mesas, en la mayoría de las sillas y en el servicio. Hay una vitrina con tentaciones para el desayuno y la tarde. Se escucha buena música y hay penetrante olor a café, intenso, inspirador. Así es la atmósfera de La Greca que tiene un logotipo encantador con la esencia del café italiano de hogar: la cafetera Bialetti. Un logo sencillo e icónico con recordación, ¡perfecto!

La carta de La Greca tiene espresso, doppio, lungo, americano, cappuccino, cappu largo, flat white, machiato, latte y latte macchiato con explicaciones para cada bebida. También hay jugos, té frío y refrescos Chi. Para acompañar: galletitas, magdalenas saladas, scones de queso, medialunas porteñas, tortas y budines y coffeecakes («Capas de distintas texturas: húmedas, suaves, crujientes. Son la mejor manera de acompañar un café», según se explica en la carta).

El cappu largo lo sirven en «tazón tipo casa de abuela» que concuerda con el lugar. Es vehemente y perfecto para un buen despertar y ni qué hablar para encarar la tarde, pues tiene la dosis suficiente que brinda la adrenalina de un buen café. Es una bebida contundente, se siente el aroma y tiene un sabor definido.

La Greca Café es un buen lugar para trabajar en solitario o en pequeños grupos. También para un encuentro en pareja, familia o amigos. Es distendido, acogedor y gentil.

Tándem (Cordón Soho)

Las grandes ciudades del mundo se precian de tener emblemáticos «cafés ciclistas» y Montevideo tiene el suyo desde hace unos meses . La propuesta local tiene el corazón ciclista del Rapha de New York o La Bicicleta Café de Madrid. Se llama Tándem, está en el Soho del Cordón y combina taller de reparación―desde pinchaduras hasta un ajuste general―, venta y alquiler de bicicletas, de ropa y accesorios, y cafetería.

En este bicicafé hay un atractivo despliegue visual de las marcas Linus y Thousand que aportan clase y garbo. Y, entre el brillo y la estética ligera de las bicicletas urbanas y de ruta, una mesa comunal de madera y una barra frente a la ventana invitan a saborear un café de origen en un lugar prolijo y ordenado (¡también la zona de reparación!).

La carta de Tándem ofrece espresso (simple y doble), americano, macchiato, capuccino, latte y mocha. El sabor del café no defrauda, tampoco el servicio y la presentación (arte late en jarritos de cerámica ALFE). Para los que gustan maridar café y leche, hay entera, descremada y vegetal, y bocados dulces y salados para acompañar. Además del rubro café, sirven té y jugos Good Vibes.

En el ambiente del pedal montevideano se elogia la apertura del emprendimiento que incluye alquiler de bicicletas, una estación de autoservicio (con inflador de pie y algunas herramientas) y la recarga de cafeína mientras se coordina o se espera una reparación. También de paso, en bicicleta (con bicicletero afuera y estacionar adentro, según las preferencias del ciclista) o en cualquier otro medio. Además, la bicicafetería comienza a posicionarse como un lugar temático de encuentro y con actividades especiales: la celebración del primer cumpleaños del grupo Café con Ruedas y la realización de un taller de reparación ligera de bicicletas ―planificado, en exclusiva, para mujeres―.

Café Nómade La Tostaduría (Cordón Soho)

En el último café Nómade de la ciudad, el del Cordón, se respira el aire de las cafeterías de las grandes metrópolis. La propuesta, que alberga la cafetería (Nómade) y la tostaduría de MVD Roasters, es la de una barra de café con un servicio rápido y muy profesional a cargo de baristas especializados.

El local es amplio, despojado, masculino y de estética fabril. Tiene mobiliario de metal negro, estacionamiento interior de bicicletas y un grafiti de marcada rebeldía. Las mesas y las sillas de Nómade La Tostaduría contrastan con un suelo de cemento pulido que favorece la continuidad de la calle al interior de un local en el que abunda la luz natural. El barrio se mete en la cafetería mientras los clientes piden las bebidas en la barra y los baristas despliegan técnica y arte.

La carta de la cafetería está agrupada en bebidas negras, con leche y frías. Entre las primeras hay espresso, long black, americano y los métodos. Con leche —entera o descremada— hay macchiato, flat white, capuccino y latte. Y, entre los fríos, se puede elegir un cold brew, ice latte o espresso.

Todas las bebidas con leche de Nómade La Tostaduría tienen la combinación perfecta y la cremosidad que aportan la máquina y la buena mano del barista. Las sirven en un tazón de cerámica que es el contenedor ideal para bebidas con intensidad y con delicados dibujos del arte late.

Los métodos (V60, Chemex, AeroPress, sifón y prensa francesa) son un capítulo aparte y merecen una visita en especial para ver cómo los preparan y degustar sus cualidades. Si, además, Nómade La Tostaduría justo está en «modo fabril» (tueste, molido, embolse), la experiencia será completa con un aroma insuperable.

Leer artículo de la autora en Alacarta.uy (portal gastronómico)

Che.Co.Fee (Pocitos)

Los #chicoschecos tienen un casa bien ambientada, con mesas de madera (lo suficientemente grandes como para trabajar), sillas muy cómodas, algunos enchufes y buena wifi. El encuadre del lugar es original, en especial la escalera pintada de rojo que hace las veces de biblioteca.

En Che.Co.Fee sirven bebidas frías y calientes con granos de especialidad de Nicaragua o Colombia. Entre las propuestas para acompañar, se destacan los dulces checos (dicen que la medovink, una delicia con miel y nueces, es inolvidable). El servicio es atento y esmerado y el cortado es rico, intenso, servido con la espuma suficiente para que se luzca el arte late. Tienen una promoción (tarjeta tipo cuponera) para premiar la fidelidad: cada ocho unidades, una va de regalo.

La «cafetería de los checos», como ya se conoce en el medio, ofrece además un programa cultural original con varios encuentros en torno a la cocina checa, sobre el café y de galletitas, entre otros. 

Bicis que encuentran cafés

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Punto de encuentro

Café Latente abrió un nuevo local en el Parque Rodó y desde hace unos meses, está en Panyaro, un centro recreativo en Luis Piera casi Jackson. La cobertura de este nuevo café fue polifónica, a modo de entrevista cruzada, con los ciclistas de Café con Ruedas a quienes quería cubrir desde hace un tiempo, por la novedosa actividad que realizan.

El martes 6 de marzo, a media mañana, llegaron tres de los integrantes de esta original comunidad. Son cinco ciclistas uruguayos y han creado Café con Ruedas, un grupo que “visita diferentes lugares de venta de café en busca de nuevas experiencias para usuarios y amantes de la bicicleta”. Martes y jueves hacen el programa, que está en Facebook exclusivamente y que puede verse siempre, solo hay que buscarlo en la cuenta de la red social. Después de rodar un par de horas —salen muy temprano y a buen ritmo—, entran a un café, toman algo, charlan y puntúan el lugar. Tienen buena onda, son muy amenos y distendidos. Acumulan, en casi un año de vida, una experiencia interesante, con miles de kilómetros recorridos y más de sesenta cafés relevados.

Tuvimos una charla “de contertulios”, en un lugar que merece una parada. Café Latente en Panyaro es un café cien por ciento “biciamigable”, tanto que ese día estaban instalando un nuevo bicicletero —fuerte, robusto, indestructible— porque el anterior había sido vandalizado. Sirven buenas bebidas, cuentan con potente wifi y una vista inmejorable: al Río de la Plata.

Hechas las presentaciones, comenzamos a rodar. Con cadencia liviana, para entrar en calor.


Los primeros kilómetros

Ese martes, los chicos de Café con Ruedas venían del este, en sus bicis ruteras, equipados con el maillot del grupo, como siempre. E inmediatamente aclararon: “salimos para el mismo lado, no somos como los ciclistas [se refieren a los profesionales] que salen con viento en contra para volver con viento a favor”, aclaró Marcos Martínez.

Antes de entrar al local, con la cámara del celular ya prendida, Marcos hizo la presentación para la audiencia que ya esperaba en el mundo virtual. Luego habló con las chicas que estaban a cargo del café y describió la propuesta. Así empezó el programa, con el ritual de siempre. Luego armaron la mesa (el “set”), pidieron los cafés, el jugo “que debe ser natural” y los sólidos. El programa estaba en su curso natural y ya rodábamos los primeros kilómetros de acondicionamiento o entrada en calor.

Fue una charla muy divertida, una conversación informal. Debo confesar que a escasos minutos, me había olvidado de la cámara ante la naturalidad con la que se manejan. Porque esa es su fortaleza: la soltura, la picardía y el intercambio de intereses en común. Ellos hablan y se “pisan”, se ríen, hacen comentarios y anotaciones al margen y las que van al margen del margen, todo con efusividad y elocuencia. Son simpáticos, manejan cierto humor negro en determinadas circunstancias y se ríen de sí mismos. Si bien, pedalean de verdad, no lo hacen saber.

En una articulación de entrevista cruzada que no había sido pautada, quisieron saber mi experiencia como ciclista urbana. Hablamos de la vestimenta, de los zapatos, del casco y de otras cuestiones del ciclismo de ciudad. Convinimos en que los cambios de Montevideo no han sido significativos, pues todos esperábamos más y la ciudad necesita un acondicionamiento vial en el que se incluyan los birrodados a pedal. Observamos, con preocupación, el gran número de ciclistas que salen con audífonos y los que no usan casco, y Marcos fue rotundo: “Salir sin casco, no es de ciclista”. Alejandro Rodríguez y Marcelo Gopar tienen hijos pequeños y comentaron la naturalidad con la que sus niños usan el casco. “Bien por las nuevas generaciones”, concluimos.

Sostuvimos una conversación caótica, que nunca decayó, saltamos de tema en tema que osciló entre cuestiones de ciclismo urbano, las carreras, este blog, los cafés, su experiencia como deportistas y la historia de Café con Ruedas.


Constancia, ritmo y cadencia

Entre los ciclistas que usan las redes sociales, Café con Ruedas ya es un punto de encuentro que suscita comentarios. La iniciativa “surgió mucho antes que el programa”, explica Marcelo. “El año pasado entrenamos Marcos y yo solos, y al terminar íbamos a la ANCAP del Faro por un ´café con cookies´. Una promo que estaba buenísima. Lo hicimos así todo el invierno”. Y Marcos agrega: “Cuando dábamos la vuelta, en El Pinar, ya estábamos pensando en esas cookies. Estábamos deseando llegar a la ANCAP”.

Mientras tomaban ese café y degustaban las galletitas, que dicen estaban deliciosas, charlaban unos cuantos minutos más. “Lo mismo que ahora”, dice Marcelo. “No inventamos nada nuevo, es igual que ahora. Solo que pusimos la cámara”, aclara Marcos.

Marcelo es muy cafetero, tiene sus rituales y buen paladar para la bebida. Durante sus jornadas laborales, suele parar en Los Araucanos y un día invitó a sus compañeros de entrenamiento a cambiar de lugar. En ese entrenamiento, también estaban Juan Alloy. Fueron a Los Araucanos y a Marcos se le dio por filmar desde su cuenta de Facebook, era mayo de 2017 y así, con la espontaneidad que los caracteriza, surgió Café con Ruedas.

Ya están por celebrar el primer aniversario. “Habrá catorce barras y quince orquestas”, dice Marcos con desparpajo. Y comenzó el sprint de ideas, inusitados planteamientos que se suceden uno tras otro y que van perfeccionado con los agregados que aporta la audiencia. Esa dinámica, constante y jocosa, les sale naturalmente, pues la tienen muy bien aceitada.

Para el festejo proponen repartir café de un balde de veinte litros de pintura, “¡pero con decorado!”, dice Alejandro. Y lo servirán con cucharón o “se podrá tomar directamente”, aclaran. El pie era obvio: comenzamos a contar historias de hidratación en carreras. Y así, se escaparon de un tirón, dejaron el pelotón y tuve que ir a buscarlos.

Armamos nueva escalera y Marcos acotó que la primera filmación fue malísima, casi no tenían experiencia. Mejoraron rápidamente, armaron una página en Facebook y, cuando tuvieron seguidores, comenzaron a emitir desde Café con Ruedas. Meses después surgió la ropa y tienen merchandising también: gorros, remeras, buffs y jarritos.

Son cinco en total: Marcos Martínez, Marcelo Gopar, Juan Alloy, Alejandro Rodríguez y Daniel Guerequiz. Rara vez pueden salir todos, pero se las arreglan para darle continuidad. Entre solo dos y un día cualquiera, los he visto “remar” un programa. Con sagacidad, con pasión y constancia. “Lo nuestro es todo improvisación”, dice Marcos. Alejandro aclara que están atentos a los cafés y reciben piques de los seguidores y “de las familias, que no los abandonan”. Tienen más de sesenta lugares visitados y el orgullo de no haber repetido ninguno. Café con Ruedas ha cubierto un menú amplio, desde Carrasco a Ciudad Vieja y con áreas inexploradas porque advierten “que no han peinado el Centro, ni el Prado, por ejemplo”.


Cuestiones de técnica y vuelta a la calma

La evaluación de café, al final de cada encuentro, es fundamental y se lo toman en serio. Manejan diversos criterios que dejan claros mientras los comentan. Marcos acota que “un cinco ruedas, máxima calificación, debe ser un lugar bikefriendly, con productos buenos y un bicicletero seguro y a la vista. La bici tiene que estar segura y próxima al ciclista. No vamos, ni entramos si no es así, porque si no están dadas las condiciones, no es para Café con Ruedas”.

Dentro de las cinco ruedas, están también “las de carbono”: ¡la máxima expresión! Alejandro recuerda que “en Café Nómade entramos rodando. Fue superior: un lugar pensado para la bici”. Hay tres “cinco ruedas de carbono” en Montevideo: MAPI Café, Café Nómade y Tándem.

La charla se extendió, el programa fue el más largo hasta el momento y aportó otra cuestión novedosa: fui la primera mujer ciclista en participar. Marzo era un mes propicio para incorporar la experiencia femenina y así lo observaron las espectadoras. Varias de ellas eran mis compañeras de Chicas en Bici, vale decirlo. Pero había muchas más, porque las mujeres somos parte activa del ciclismo que, en Uruguay, viene creciendo pedal a pedal.

Con la cadencia de la vuelta a la calma, hablamos del futuro y Marcelo dejó bien en claro que “la impronta natural es el espíritu del grupo, algo que no se puede perder. Estas charlas son como las que tenemos en una reunión de amigos. Esta es la consigna”. Alejandro acotó que brindan información que el ciclista o el amante de la bici quiere tener, “queremos seguir en esa línea y seguir siendo espontáneos”.

Café con Ruedas ha generado un espacio de información en el ciclismo competitivo, además, porque no hay medios que cubran esas actividades. Ellos aprovechan las carreras, comentan y brindan datos, y cuentan con la ventaja de conocer a los ciclistas profesionales (con los que comparten competencias). Han hecho coberturas especiales en diferentes carreras y encuentros: La Eroica Punta del Este, Rutas de América, la Doble de Melo y desde Piriápolis, Cardona y otros tantos lugares. También reciben invitados, los improvisados y otros agendados previamente. “Nos gustan los invitados, sus historias y anécdotas. Nos gusta que nos cuenten ´las perdidas´, fundamentalmente”, acotan.

La interacción con los espectadores es lo más importante que tienen, mencionan una y otra vez. Por eso están en Facebook y no en YouTube. Tienen muchos seguidores, en todo el país y también en el exterior. Y uno en particular, el sexto integrante: Rodolfo Alejandro Miguez, un amante del ciclismo que los sigue desde el primer día.

Pronto habrá autoadhesivos Café con Ruedas para los lugares que han visitado, una de las tantas ideas que nació en el programa. Habrá más iniciativas, sin lugar a duda, porque son una usina de proyectos. Ahora se preparan para la cobertura de Café con Ruedas en el Gran Fondo Schneck 2018 que convocará, a fines de abril, a 1200 ciclistas. Llegarán al punto de encuentro de este Gran Fondo, frente al glamoroso Hotel Casino Carrasco, en un carro de bomberos con sirena abierta, en bote o en un carro tirado por caballos. Habrá que ver.

 

Café con Ruedas y Para despuntar el vicio:
https://www.facebook.com/cafeconruedasuy/videos/395896114214403/

Los cafés cinco ruedas
Café Solana / Diego´s Coffee & Food / La Farmacia Café / Farola / Café & Animé Shop Macaco / Pachu´s / Tropical Smoothies / Beatniks Café / Amadeo BAR / La Isla Surfshop Café / Nescafé Dolce Gusto Uruguay / Deli / Café Doré / Café Latente en Alma Libre / Tienda de Café / Almacén de Pizzas / Café Latente en Panyaro

La Farmacia, un elegantísimo café de la Ciudad Vieja, fue el elegido por los seguidores en una votación que realizaron en diciembre de 2017.

Los cinco ruedas de carbono
MAPI Café en MAPI Museo: “El primer cinco ruedas de carbono. Llegás por ciclovía, tienen estacionamiento cerrado y con minitaller. Generaron un espacio para ciclistas, lo crearon aunque el edificio no tenía las condiciones, quisieron hacerlo y lo lograron”.

Café Nómade: “Entrás andando con la bici, es lo máximo. Está pensado así. Y ellos ya nos seguían, fue todo una sorpresa. Cuando nos dijeron que la rampa estaba pensada para entrar andado, ¡colapsamos! Ese programa fue compartido hasta en Brasil con el comentario: ´Cuando las bicis encuentran café´”.

Tándem: “Bici, taller y café, ¡es el sueño del pibe! Todos los ciclistas queremos tener un café así. Tienen nuestro espíritu, nos sentimos a gusto”.

Vigente y con constantes mejoras: Ideas + no defrauda

A fines de noviembre, la plaza Florencio Sánchez del Parque Rodó se prepara para un clásico del paisaje montevideano. Cuando llega el último mes del año, los puestos y el escenario ya están prontos, los artesanos pasaron noches sin dormir para mostrar sus productos y la esquina de 21 de Setiembre y Gonzalo Ramírez se prepara para recibir oleadas de visitantes cada noche.

Desde el primer día de diciembre hasta el 24, la feria Ideas +  muestra calidad. El paseo ha procurado, a lo largo del tiempo, sofisticarse para mantener vigencia; condición fundamental en épocas en las que proliferan las ferias.  El proceso de selección de los artesanos es exigente en calidad y en atención, y ambos aspectos se perciben al mirar, consultar y comprar.  El público responde a la Feria con presencia sostenida e Ideas +, como en años anteriores, no defrauda y muestra diversas opciones de regalos, además de una nutrida agenda cultural.

En Ideas + el rubro orfebrería parece ser el más fuerte, el que aporta la identidad. Los materiales más originales y los clásicos están presentes en un amplio rango de precios. La decoración es otro punto fuerte con propuestas ornamentales en vidrio, cerámica y madera, y el vinilo que se impone junto con algún otro material innovador.  Hay luminarias, juguetes para niños, agendas y cuadernos, jabones, algo de ropa, bolsos y carteras, mates y otros objetos utilitarios. Están las librerías y el repertorio gastronómico se ha ampliado significativamente con la inclusión de alimentos y bebidas de corte gourmet.

 

Cada año, entre el bullicio y los puestos que se suceden uno al lado del otro, se destacan ciertas propuestas por su originalidad. En 2017, vale detenerse en Jacarandá, Aromas de la naturaleza, Zampin, Comolópezenelagua y Enanas de Jardín.

Jacarandá ofrece encuadernación artesanal con toques rústicos. Hay agendas, cuadernos, álbumes para fotos y bitácoras de viaje en diversos materiales y tamaños, con predominio de los colores tierra. En la propuesta de Jacarandá hay interés ambiental con el uso del papel reciclado y tapas de tela con impresión botánica (técnica de ecoimpresión con tintes naturales).

Los perfumadores para pequeños ambientes de cerámica artesanal de Aromas de la naturaleza son los más originales en el rubro. El emprendimiento invita a impregnar la vida cotidiana con perfumes naturales. Por eso, las fragancias de los perfumadores están inspiradas en el aire, el agua, la tierra y el fuego. Se compran por unidad o toda la colección.

Zampin es la opción de regalos para los más pequeños con creaciones que dan cuenta de creatividad, originalidad y armonía conceptual. Se nota el trabajo interdisciplinario en el que el diseño tiene un rol importante, con especial énfasis en la función didáctica. En este puesto hay “cuentacartas” (para reconocer, organizar y contar números e imágenes), rompecabezas reversibles de la línea Animalia (con dibujos muy simples e icónicos), juegos para estimular la memoria y tazas con animales y frases. La propuesta de Zampin es singular, los materiales son durables y los trazos son bellísimos.

Comolópezenelagua es el puesto de Diego López Brandón. El artista, en esta ocasión, muestra piezas en madera calada: cuadros pequeños y medianos, algunas esculturas, móviles y ornamentos para colgar. El trabajo artesanal de López Brandón es delicado y extraordinario; la temática varía entre animales y flores de colores sutiles, muy bien manejados. Entre gatos, perros, peces, ranas y crisantemos, sobresalen dos piezas inspiradas en el Quijote que demuestran el prodigio del artesano.

Enanas de Jardín es la alternativa uruguaya en alforjas, bolsos, riñoneras y chalecos para ciclistas. En la propuesta de Enanas predominan el color y la comodidad. Los materiales son a prueba de agua y muy resistentes. Hay alternativas para niños y grandes, con diseños muy jugados y otros más clásicos.

La incorporación de Enanas en la Feria refleja una tendencia que se impone en Montevideo y evidencia la necesidad de considerar estacionamientos para bicicletas en cada emprendimiento (en especial, si son públicos). No es responsabilidad exclusiva de la Intendencia Municipal de Montevideo —que prometió mucho y ha hecho bastante poco—, los operadores privados también deben sumarse a una realidad que no es solo moda, sino una necesidad urbana.

La falta de un espacio para estacionar las dos ruedas es una de las debilidades de Ideas +. Con seguridad, un estacionamiento con estas características será considerado en próximas ocasiones, puesto que los organizadores han demostrado estar atentos a las necesidades del público. La ampliación de la oferta gastronómica y el repertorio de actividades para niños revela adecuación, una de las claves de la Feria que se mantiene vigente a partir de altos estándares de calidad y un radar puesto en el público.

 

Asombro ibérico

En agosto de 2012 recibí un regalo muy ansiado: viajar a Salamanca para asistir a un congreso.  Un sueño se hacía posible, estudiar en la Universidad de Salamanca dejaba de ser un anhelo y se convertiría en realidad en febrero de 2013.

En enero tuvimos nuestras vacaciones y en febrero me reintegré a trabajar. El domingo 17, luego de dos semanas arduas en las que procuré prever las demandas laborales, volé rumbo a España.  El plan de AICU (Asociación de Intercambio Cultural) ofrecía cuatro días en Salamanca para asistir al seminario Tendencias de Comunicación y tres jornadas más en Madrid.

Salamanca me impactó ni bien la vi, su color ocre es tan envolvente que brinda una bienvenida cromática agradablemente particular. ¡Y qué limpia se veía la ciudad! Llegamos a media tarde del lunes, estaba bastante fresco aunque no tanto como esperábamos. Para conocer parte de los servicios de la ciudad me fui hasta el centro comercial El Tormes que está afuera del núcleo urbano. Es un lugar chico (parecido al Punta Shopping) en el que visité tiendas de ropa, de cosmética, de productos para el hogar; estuve un buen rato en el supermercado indagando el consumo, productos novedosos, etc. Tomé un muy buen café en una pérgola encantadora y aproveché la wifi (voladora) del centro comercial.

Los precios de la cotidianeidad de Salamanca no me impresionaron: un cortado largo y bien servido: $ 31, un pack de seis botellas de agua sin gas de 300 ml: $ 39, almuerzo en salad bar con una bebida: $ 232, una gaseosa de medio litro: $ 21, seis manzanas medianas: $ 62. Esperé más diferencias frente a un euro que está caro, pero los servicios de la vida diaria española cuestan casi lo mismo que en estas latitudes.

El martes de mañana salí a correr bien temprano, a las 7 AM todavía estaba de noche. Dejé el casco histórico (donde estaba ubicado el hotel) rumbo al Parque de los Jesuitas. Antes de irme ya había indagado en qué espacios verdes podía correr, tanto en Salamanca como en Madrid.  El Parque de los Jesuitas resultó un lugar muy agradable pero chico, así que lo recorrí varias veces, de arriba abajo y de izquierda a derecha. Terminó la noche y despuntó el sol mientras conocía palmo a palmo un jardín prolijamente cuidado, hermoso, ideal para caminar, pasear, jugar. La pulcritud de la ciudad seguía impresionándome minuto a minuto.

Los días siguientes fueron de deporte y turismo en las mañanas, y clases en las tardes. Visité la Plaza Mayor, decenas de iglesias, recorrí calles, saqué cientos de fotos y vi pasar miles de turistas. En las tardecitas, luego de las cursos de cada día, disfruté de tés, cafés y jugos en bares con encanto, historia, tradición y buena atención.

Salamanca invita a fotos, cada esquina es una postal. La vista se recrea con muros de centenarias piedras, lindas ventanas, faroles y calles muy limpias. La Gran Vía despliega un esplendor de antaño y fascina con sus arcas continuas que parecen nunca acabar. En el Mercado se aprecian pescados brillantes que descansan sobre un hielo tan frío como el que hace afuera, hay jamones de todo tipo,  verduras y frutas relucientes.

Salamanca es ciudad de conventos y el de San Esteban es monumental, la fachada renacentista de su iglesia se impone con gallardía y los retablos invitan a pasar pues el edificio está muy bien conservado.

Las torres medievales de la Catedral son uno de los elementos más significativos de la ciudad. Desde cualquier lugar pueden verse pues se imponen con sus 110 metros de altura. El recorrido interior incluye parte de la vieja catedral y también de la nueva. Arriba la vista de la ciudad es espléndida, desde la altura se aprecia el casco histórico y las nuevas edificaciones, los espacios verdes, el río Tormes. El valor histórico de la visita es inaudito: se trata de un edificio que comenzó a construirse en el siglo XII.

La ciudad invita a liberar el instinto paseador, buscar y asombrarse con esquinas que permiten descubrir y retratar lugares maravillosos. El barrio histórico impacta por sus plazas, monumentos, edificios, bares, restós.

El Cielo de Salamanca es “el imperdible” de la ciudad; luego de visitarlo sentí que el viaje ya tenía un sentido inolvidable. Dice un folleto explicativo que “pocas ciudades tienen dos cielos. Uno, el exterior, el que vemos todos los días y otro en el que la vida, los sueños de la ciudad, se sintetizan, se resumen, toman forma”. Así es el Cielo de Salamanca, un fresco pintado por Fernando Gállego que estuvo en la antigua biblioteca de la Universidad y que fue trasladado al lugar que hoy ocupa.  Para apreciarlo, diversos especialistas desplegaron una puesta en escena envolventemente negra que enaltece al fresco ubicado como bóveda. La iluminación es perfecta y permite apreciar las estrellas, los signos del zodíaco y los seres mitológicos que surgen de un fondo intensamente celeste.

Y del Cielo fui a la Cueva, otro lugar con magia. La Cueva de Salamanca se encuentra en la antigua iglesia de San Cebrián. Es tan famosa que figura en relatos de Cervantes, Botero, Quevedo y otros tantos. Parece que en la cripta de este lugar funcionaba una escuela de ciencias ocultas. Del origen poco se sabe, algunos dicen que ese hermético lugar (en el que se practicaba la nigromancia, la iniciación y la adivinación) fue fundado por Hércules, otros lo relacionan con los árabes o los celtas. La Cueva es la entrada a un laberinto de túneles que recorría el subsuelo de la ciudad dando vida a la otra Salamanca: la cara oscura del conocimiento que generaba saberes herméticos, magia, alquimia.

El viernes de despedida de la ciudad comenzó con un buen entrenamiento matinal con aguanieve incluida. Hacía un atemorizante frío y por la calle San Pablo bajé hasta el río Tormes. Me fui hasta el límite de la ciudad con la vista fija en las torres de la Catedral, esas imponentes construcciones fueron mi guía y referencia. Me alejé del barrio histórico, continué por la ciudad y en el enclave de dos carreteras, luego de correr varios kilómetros doblé a la derecha. Volví a entrar a Salamanca por el costado oeste. Encontré el Jardín Botánico, lo recorrí y seguí rumbo al casco antiguo. Pasé por el puente romano, la Universidad, la Plaza Mayor, recorrí esas milenarias calles, me metí en los portales y en las plazas. Llegué al hotel mojada por el aguanieve que constantemente caía. Llegué feliz pues tuve la oportunidad de hacer deporte en un lugar fantástico, conjugué adrenalina con historia, pasión con pasión.

Ese fue un día inolvidable, volví a la Universidad y visité la impecable Biblioteca. Me faltan palabras para describir el placer de ver esos libros tan bien cuidados, los escritorios, las sillas, los globos terráqueos que adornan la estancia. La Universidad fue fundada en 1218, es la más antigua de España y modelo de las universidades hispanoamericanas. Sus aulas son exquisitas, se respira historia, se vive la pasión del conocimiento y la belleza reina en los artesanales techos, en el mobiliario, en las pinturas, en el propio edificio. Su puerta es muy famosa por la cantidad de símbolos y en especial por su ranita, pagana y esquiva.

Salamanca en invierno es sinónimo de frío, es belleza, innovación, perfeccionamiento y reescritura de la historia. Es una invitación para conocer el pasado, vivirlo, disfrutarlo, comerlo con la vista. La ciudad es seductora, parece que estuviera como en silencio a pesar de estar rebosante de personas. En sus calles hay perfume a jamones de boutiques gastronómicas que tientan hasta a los adictos a las verduras; hay relucientes bollos, bizcochos, panes, cafés, chocolates y churros; hay pinchos, tapas y vinos en pequeños cafés y restós repletos de estudiantes, locatarios, turistas y más turistas.

La última tarde-noche en Salamanca fue una espléndida sesión fotográfica de luces y sombras pues la ciudad luego de la puesta de sol seduce con sus claroscuros. Los edificios históricos están teatralmente iluminados; las calles, los salamantinos y los turistas se visten con otros ropajes, los de “las salidas de tapas”.

Dejamos Salamanca el sábado del fin de semana más frío del invierno español. Llegamos a Ávila, la única ciudad ibérica que mantiene intacta su fortaleza, para apreciar un paisaje gélidamente blanco. Tanto frío hacía que decidí dejar de sacar fotos y resguardar la integridad de mis dedos…

Ávila es pequeña, linda, cuidada, como salida de un cuento de reyes y reinas medievales. Ávila es otra postal, por ello la UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad al ser “tierra de cantos y de santos”. Es la capital de provincia ibérica ubicada a mayor altitud (1130 m sobre el nivel del mar), por eso las bajas temperaturas dominan el invierno. En Ávila se aprecian la Catedral, varias mansiones, monasterios, santuarios, conventos e iglesias. Ávila es el medioevo, Ávila es historia resguardada.

A media tarde del sábado llegamos a Madrid. En subte primero y en bus después, fui hasta el Decathlón de Usera para comprar ropa deportiva. Los servicios de transporte se desplegaron con facilidad y pude hacer el trayecto de ida y de vuelta de forma cómoda, rápida y segura. En la tardecita y a la vuelta de esta excursión que sirvió para aprovisionarme de económicos artículos deportivos, comenzó mi recorrido por la capital ibérica. Primero pasé por el Parque del Retiro y llegué hasta la Puerta de Alcalá que me recibió estoica y firme sobre un manto de flores amarillas. Continué hasta el Palacio de Cibeles primero y su famosa fuentes después y ahí mismo me encontré con una populosa manifestación. La crisis española reúne muy periódicamente en el núcleo más importante de su capital a los parados, a los gremios, a los cientos de miles de damnificados y a curiosos turistas.

Decidí no continuar pues el gentío era abrumador —aunque en ningún momento sentí inseguridad—. El instinto turístico, tan a flor de piel en esos días, me llevó a la calle Serrano y el asombro se coló en mi cuerpo. Volví a ser la niña younguense que se impactaba con las luces montevideanas. A la derecha y a la izquierda vi hermosos edificios bien conservados, vitrinas brillantes, productos bellísimos, calles bien cuidadas, luces, colores, perfumes, glamour. Viví la experiencia de vitrinear en la calle, algo inusual por estas latitudes en las que se compra casi exclusivamente en los centros comerciales. La calle en España todavía tiene vida de compras; se puede pasear, mirar, disfrutar.

Regresé al hotel exhausta, feliz, deslumbrada y pronta para el día siguiente. El domingo comenzó con una linda corrida por el Parque de El Buen Retiro que me esperaba con muy pocos deportistas pues hacía mucho frío (apenas 3 grados). Corrí con ganas, ganas de hacer deporte, ganas de gozar cada minuto, ganas de conocer ese enorme y sorprendente parque que hace las mieles de cualquier corredor.

Un reparador desayuno me preparó para caminar por la Gran Vía hasta la Puerta del Sol, la Plaza Mayor, la feria del Rastro y el Mercado de San Miguel. En el trayecto paré una y cien veces para tomar fotos, mirar vidrieras, degustar un té “para llevar” en un local de la cadena Tea Shop. De cada uno de estos lugares podría escribir párrafos con abundantes adjetivos, pero esta crónica se transformaría en un libro muy largo. Para sintetizar diré una vez más que quedé asombrada por el lugar que ocupan la historia y la belleza, el orgullo que significa en España un monumento, una plaza, una calle.

A la vuelta hice el recorrido inverso y me zambullí en la librería FNAC de la calle Preciados. Los diferentes pisos y la puesta de los libros me envolvieron; pasé varias horas entre la magia de hojas encuadernadas que guardan mundos, vidas, diferentes horizontes… Me tenté y compré varios, como no podía ser de otra manera.

Llegó la tardecita y me preparé para el día siguiente en el que recorrería El Escorial. El lunes temprano pasó a buscarme Nuria de la agencia Travel Bikex, el objetivo era trasladarnos 45 k hacia las afueras de Madrid para conocer el imponente monasterio de El Escorial construido en el siglo XVI y bicicletear un poco a pesar del gran frío que hacía.

Llegamos a la ciudad de San Lorenzo de El Escorial (municipio surgido dos siglos después de haberse construido el monasterio) un rato antes del mediodía y luego de abrigarnos con varias capas nos subimos a las bicis para comenzar un recorrido de 40 k. Por senderos privados que están abiertos al público (así indica la ley española que se debe operar en los espacios históricos), con nieve y por laderas boscosas llegamos hasta la silla de Felipe II para admirar el imponente edificio de El Escorial.

Entre piedra, granito, pinos, restos de nieve y con un brillante sol llegamos a Zarzalejo para tomar agua y saborear un rico sándwich (emparedado según los españoles) de pan integral con semillas, queso y miel. Una delicia preparada por Nuria que compartimos entre relatos de España, anécdotas de viajes, retratos de Uruguay.

El día terminó con un almuerzo en uno de los tantos restós de la ciudad. San Lorenzo de El Escorial parece haber salido de la pintura de un artista, en la ciudad no hay nada librado al azar, todo es historia, todo es belleza arquitectónica para conocer, aprender y regocijar la vista. En el almuerzo también deleitamos nuestros paladares con aprovisionamientos calientes y, entre plato y plato, Nuria y yo continuamos recreando España, Uruguay, nuestras vidas, y posibles paseos en bicicleta.  La bicicleteada y el después fueron excelentes, el servicio estuvo perfecto.

El día terminó con la visita al Museo Reina Sofía para ver su obra más famosa: el Guernica. Y después de verlo ya no hay nada más que hacer… solo caminar, pensar, meditar y sentirse un ser privilegiado por haber conocido esta gran obra de Pablo Picasso. El cuadro es imponente, por tamaño, técnica y tema. El sufrimiento de la guerra aflora en cada centímetro y envuelve en escala de fríos grises la gran sala en la que se exhibe.

El martes, el último día de la corta estadía en Madrid, fue perfecto. Bien temprano volví al Parque de El Retiro para hacer 80 minutos progresivos, tan progresivos como el parque y sus sorpresas me lo permitieron. A pesar de ser la tercera visita, encontré nuevos lugares, más jardines, corrí en torno al Palacio de Cristal, me dejé ir por las callecitas, sentí el frío en mi rostro y vi despuntar el alba en esa gran ciudad.

Para despedirme de Madrid fui al Museo del Prado con el claro objetivo de ver solo algunas obras pues tenía los minutos contados. Luego de un par de horas debí literalmente arrancarme de las garras del museo, la belleza de ese lugar es indescriptible. El Prado es un museo clásico en su puesta en escena, iluminación y presentación. Es por lo tanto de una hermosura fácil de comprender y sus salas están diseñadas para recorrer sin parar, ir todos los días y dejarse maravillar por El Bosco, Durero, Rafael, El Greco, Caravaggio, Velázquez, Goya, Rembrandt, Rubens.

Fui al Museo del Prado a ver a Las Meninas y el Jardín de las Delicias. Ambas pinturas me cautivaron pero debo confesar que otras tantas también me llegaron al alma y viví, por primera vez en mi vida, la experiencia de mayor emoción frente a la pintura. La música, el teatro y la danza me habían ofrecido ese sobrecogimiento del alma y pude en ese Museo experimentarlo por primera vez ante la belleza de un cuadro.

Horas antes de volar a Uruguay pude recorrer el Palacio Real y la Catedral de la Almudena. Me quedé con ganas de más. España me cautivó, me asombró y me conquistó a pesar de que soy una persona muy desapegada a los orígenes de la “madre patria”. Por eso mismo disfruté tanto pues me sorprendí a cada instante. Volveré a Madrid para recorrer los lugares pendientes, ir al Museo del Prado una vez más y vivir la Historia que con tanto orgullo se muestra.

El viaje fue perfecto pues conjugó estudio en una gran Universidad, turismo y deporte. Conocer el mundo de esta manera fue un regalo maravilloso.