Signos de identidad de Crandon. Métodos, técnicas, recetas y fe: el Departamento de Economía Doméstica y el “Manual de Cocina”

El Manual de Cocina de Crandon es la síntesis de un proceso de extensión comunitaria, es la concreción de un programa que las misioneras norteamericanas llevaron a cabo desde los años 30. El libro surgió en el marco de una organización que pertenece a la Iglesia Metodista y responde a su concepción, tiene una intencionalidad y representa una forma de ser Iglesia. 

El hogar como espacio de dignidad

El Metodismo llegó al Río de la Plata con un propuesta misional religiosa y cultural, con saberes científicos y artísticos que impregnaron la labor concreta de la acción, en el marco de la fe cristiana. Entre esos saberes, la economía doméstica era un conocimiento en auge en los Estados Unidos y también en Europa. Además, los pastores y las misioneras que llegaron al país manejaban la disciplina emergente, pues formaba parte de su formación eclesial. En particular, las misioneras que se radicaron en Crandon sabían de cocina, costura, puericultura, arreglo personal y otras diversas cuestiones que conformaban un modo de gestionar la casa como unidad de un engranaje comunitario y social en el que se desarrollaban los valores cristianos. Las misioneras tenían un claro objetivo encomendado en el marco de la fe protestante: enseñar la palabra de Dios a través de acciones. El programa de servicio comunitario que llevó adelante el Departamento de Economía Doméstica de Crandon era parte de un proyecto de Iglesia que preparaba a las mujeres para el hogar y para otros ámbitos de la vida laboral y social. 

El servicio de extensión comenzó con un programa radial, se sumaron clases, cursos y recetarios, y tuvo un impulso significativo con el arribo de Miss Lena May Hoerner en 1937. Graduada en Química y Economía Doméstica, tenía vasta experiencia en África y vino a Uruguay con un doble propósito: vincularse con los organismos nacionales que tuvieran necesidad de elaborar programas de alimentación racional y formar maestras uruguayas en economía doméstica. Era muy menuda, pero tenía una fuerza peculiar. Logró sus propósitos con devoción y disciplina. 

El Departamento de Economía Doméstica en la comunidad

El impacto del Departamento de Economía Doméstica en el Uruguay fue en aumento; especialmente en Montevideo, pero también en el interior del país donde cabe destacar el vínculo con las Escuelas para el Hogar del Departamento de Colonia, proyecto de Ana Armand Ugón de Tron, también pionera en la instrumentación de la economía doméstica en nuestro país. 

A través de iniciativas públicas y privadas, las profesoras de Crandon difundían una forma de preparar alimentos con valor nutricional, recetas sencillas, practicables, económicas y austeras en las que se aprovechaban todos los recursos. Detrás subyace una concepción productivista y de austeridad que marca el protestantismo metodista. Además, el firme propósito de llevar adelante una iglesia proactiva que incidía en la sociedad a través de la economía doméstica, entre otras iniciativas. 

En el conjunto de diversos ejemplos que dan vida a los vínculos comunitarios, merece especial atención la investigación sobre el uso de maíz solicitada por ANCAP en 1946. El ente, en el marco de un proyecto de producción del cereal, contactó a Miss Lena May Hoerner, directora del Departamento de Economía Doméstica, para la selección y pruebas de recetas con maíz. En el Subte Municipal, ANCAP organizó una muestra para llegar masivamente a la población y las profesoras realizaron demostraciones de cocina. Además, se regalaba un vistoso recetario realizado para la ocasión. Las recetas de cocina cuya elaboración tiene como base el maíz tenía fotos, ilustraciones y diversas preparaciones dulces y saladas. Fue un éxito y despertó un sueño: contar con un manual propio, un texto para los cursos regulares y para llegar a las casas uruguayas.

Un libro para ejercer la fe en el ámbito más privado 

Miss Lena May Hoerner inspiró a otras dos mujeres en la realización de un libro que les permitiera ejercer la fe en el ámbito más privado: el del hogar. Miss Dorothy Nelson y Miss Nelly Marabotto tuvieron a cargo la tarea específica. La primera había llegado a Uruguay en 1947, tenía formación en Economía Doméstica y experiencia en alimentación fabril. Ejerció la docencia primero y, luego del retiro de Miss Hoerner, se hizo cargo de la Dirección del Departamento. La segunda fue una de las primeras uruguayas en formarse en Economía Doméstica en la Institución. Además, viajó a Estados Unidos para completar sus estudios y fue intérprete de Miss Hoerner, quien no hablaba español.

Miss Nelson y Miss Marabotto trabajaron desde inicios de la década del 50 en la preparación del libro. Conformaron un férreo equipo y lideraron a numerosas mujeres: docentes, secretarias, auxiliares de despensa. Eligieron recetas y las probaron hasta tres veces porque la consigna era que debían prepararse con los ingredientes que había en el Uruguay de aquel momento. En sus libros de cabecera —The Herald Tribune Home Institute Cook Book, The Boston Cooking School Cook Book y, principalmente, The Basic Cook Book— encontraron la mayor parte de las recetas del primer Manual. Estos fueron los libros de referencia con los que las docentes norteamericanas enseñaban administración para el hogar. Además, sumaron preparaciones criollas y de diversos lugares de América, producto de los viajes que habían realizado las misioneras. Y compilaron otro caudal de información, el necesario para llevar adelante la economía doméstica de un hogar uruguayo: nutrición, planeamiento de menús, normas de etiqueta.

El primer Manual de Cocina salió a la venta en noviembre de 1957. Se editaron 5000 ejemplares; el libro tenía 423 páginas (más el índice), era del tamaño de un cuaderno, con ocho fotos a color que se habían tomado para el recetario de maíz, 250 en blanco y negro, tablas e ilustraciones y numerosas recetas. Desde el primer momento, el Manual fue muy bien recibido, no solo en el ámbito del Instituto Crandon. 

Simple, hogareño, infalible y con arraigo

El libro aportó significativas innovaciones y se distinguió de los recetarios de uso en el momento por su valor didáctico, según menciona el Dr. Gustavo Laborde en sus tesis de doctorado acerca de la identidad uruguaya en cocina. El Manual fue pensado para incorporar nuevos conceptos en la enseñanza de la alimentación y de la cocina, especialmente a las nuevas alumnas y a las amas de casa. Sumó, además, un concepto habitual en el marco de la enseñanza de la economía doméstica: la cocina como laboratorio en el que se atienden los procesos químicos que surgen al preparar los alimentos. De esta manera, el trabajo se estandariza, se puede replicar de la misma manera, se ahorran recursos y se cumple así con uno de los preceptos de la Iglesia Metodista: el de de ser un buen cristiano, responsable, austero, cumplidor, productivo. 

El Manual, entonces, fue diseñado como un texto básico de referencia en la cocina. Buscó, de la forma más didáctica posible, enseñar a preparar alimentos con valor nutricional a través de preparaciones simples y hogareñas. El libro, explican las docentes consultadas, “no es una colección de recetas, sino que muestra métodos y técnicas para preparar los ingredientes”. Las recetas fueron cuidadosamente seleccionadas para enseñar las técnicas básicas de cocina y, de esta manera, abrir la heladera y preparar alimentos nutritivos que permitieran a los niños estudiar y a los adultos trabajar.

El Método Crandon: un formato innovador de receta

El libro sumó una forma particular de receta que, con el tiempo, se transformó en el “método Crandon”. Este formato presenta la preparación a partir de los diversos pasos que conforman la receta. El proceso se narra con la acción a través de un verbo en infinitivo y en paralelo se mencionan los ingredientes. Es un esquema sencillo y eficaz, simple y didáctico; también exacto, porque los ingredientes se expresan en tazas, cucharadas y cucharaditas de acuerdo al Sistema Imperial de Medidas de uso anglosajón. Los recetarios que se usaban en el Uruguay de principios del siglo XX, orientados a mujeres intuitivas que sabían cocinar, hablaban de “tacitas”, “un poco”, “un dedal”, acota Laborde. El Manual impuso exactitud, y la combinación del paso a paso de cada acción con el detalle minucioso de los ingredientes fueron la fórmula de un modo particular de enseñar a cocinar que se reconoce como “infalible”.

A pesar de ser un libro con recetas mayormente foráneas —las que se enseñaban en Crandon y que respondían a la bibliografía de cabecera de las misioneras— el libro de 1957 contenía diversas recetas del fondo criollo. Las docentes uruguayas hicieron un excelente trabajo y la misión en el territorio recogió con especial interés el saber que el Uruguay ofrecía. El Manual llegó a los hogares uruguayos con recetas del mundo y con preparaciones locales. El puchero, el matambre, el pastel de carne, las milanesas, el fainá, el arroz con leche, el budín de pan, el dulce de leche, los pasteles criollos y la pasta frola, entre tantas, representaban los sabores del Uruguay. El libro tenía arraigo y desplegó sus alas.

Esa primera edición se agotó rápidamente y la segunda se editó muy poco tiempo después. El libro se popularizó en las clases del Instituto y en las de adultos. Tiempo más tarde tuvo su impacto en televisión cuando Nelly Marabotto, como Directora del Departamento de Economía Doméstica, cocinaba con el método Crandon: sencillo y práctico. 

El Manual creció y fue respondiendo a las demandas nutricionales de la sociedad. Se ha adaptado constantemente y para ello ha incorporado métodos y técnicas, recetas, nuevas fotos e ilustraciones. Y siempre ha mantenido el formato de receta que lo hace único. Numerosas personas, en especial mujeres, han aportado trabajo, convicción y credo en su puesta al día.

Una historia de fe

Esta es una historia de fe que tiene más de 36 ediciones, más de 200.000 ejemplares vendidos y una edición aniversario publicada en 2017 en homenaje al origen. Es una historia que traduce sueños, legado y un comprometido trabajo que nació con las misioneras y que ha crecido con los aportes de docentes nacionales. El Manual es parte de los hogares de nuestro país, se regala en los casamientos y es la referencia cuando los niños demuestran interés en la cocina, porque es sencillo y para cocinar con él, “solo se necesita saber leer”. Diversas instituciones reconocen el impacto del libro. En 2010, la Fundación Lolita Rubial otorgó el premio Morosoli Institucional al Manual de Cocina por su aporte al “Uruguay Cultural”. En 2012 la Cámara Uruguaya del Libro lo distinguió en homenaje a su trayectoria y en 2017 le otorgó el Libro de Oro en la categoría libro de cocina y gastronomía. Los académicos lo han estudiado y, al respecto, el Dr. Gustavo Laborde expresa: “… es la referencia gastronómica del Uruguay, el libro que pauta la cocina de nuestro país”. Por su parte, Roberto Cataldo, especialista en anticuarios, dice: “… es un clásico porque la gente lo ha puesto en ese lugar; en ficción, es comparable con Tacuruses de Serafín J. García o con Montevideanos de Mario Benedetti”.

Dentro de la concepción protestante de organizar de forma racional el mundo, está también el uso racional de los recursos. El Manual fue un medio de fe que permitió dar a conocer una forma de cocinar responsable y austera, una forma de llevar la vida cristiana a la gente, característica del servicio protestante que, a través del acto, busca mejorar la calidad de vida de las personas. No es evangelizar en términos de conversión, sino una forma de llegar a la comunidad y a los hogares a través de un medio concreto y útil, una forma de expresar la comprensión metodista de la fe en el cuidado de nuestra vida y de la Creación.

Artículo publicado en el libro Golden and Blue del Instituto Crandon. Montevideo, Vergara, 2019.

Fuentes
Archivo Histórico del Instituto Crandon. Montevideo: Instituto Crandon.
Clarke de Ros Jones, Edith. (1969). Historia de Crandon. Montevideo: Instituto Crandon.
Vasallo, Mario. (2004). Huellas del pasado. Historia y Actualidad del Instituto Crandon. Montevideo: Instituto Crandon.
Manual de Cocina del Instituto Crandon (desde 1957 a 2017). Montevideo: Ediciones B.
Entrevistas: Araceli Ezzatti, Jorge Gerhard, Adolfo Tomé. Gustavo Laborde, Sebastián Artigas, Roberto Cataldo, Irene Castro, Julia Varela, Norma Tubino, Mónica Decurnex, Ana Luisa Ituño, Irma Conserva, Margarita y Lila Grassi, Ana Olaso, Titina Núñez y Ricardo Boccardi.

60 años de un método simple y eficaz, 60 años del Manual de Cocina de Crandon

Artículo publicado en la revista Revista Carnes & Alimentos / Diciembre 2017

Homenaje a una rica historia culinaria

El miércoles 27 de setiembre [de 2017] se realizó la presentación de la última edición del Manual de Cocina del Instituto Crandon. El clásico libro de cocina del Uruguay nació hace 60 años y Crandon homenajeó su rica historia gastronómica en un acto que evidenció el orgullo de un libro que es referencia nacional.

La celebración combinó historia, actualidad y sabores a través de una mesa redonda y un brindis. La primera fue moderada por el chef Sergio Puglia y contó con la presencia de las Profas. Mónica Decurnex, Sylvia Gillardo y Leticia Ciuffo, y la Mag. Gabriela Cabrera Castromán quienes detallaron el nacimiento, trayectoria y alcance del libro desde la experiencia institucional. El brindis ―que deleitó a los participantes con clásicas recetas del Manual― estuvo a cargo del equipo de Crandon Gastronómico.

El lanzamiento de esta edición, la trigésimo sexta, ha cosechado múltiples repercusiones y una exitosa venta en librerías y en la Feria del Libro de Montevideo. El nuevo Manual, que impacta por su presencia, se ha vestido de gala con una tapa azul entelada, con letras en blanco y dorado con toques vintage. Tiene 571 páginas e índices (uno general y varios específicos), más de 1130 recetas, un nuevo diseño y tentadoras fotos. Entre las novedades, se destaca un capítulo de recetas sin azúcar, la identificación de las preparaciones sin gluten y 60 recetas “aniversario” que representan la historia culinaria del libro.

60 años, 36 ediciones y más de 200.000 ejemplares vendidos dan cuenta de un hecho inaudito en el Uruguay que recoge elogios de diversas personalidades del mundo cultural, académico y gastronómico de nuestro país. El libro impactó en la sociedad del momento y se ha mantenido vigente, esas son las claves que lo han transformado en la “referencia gastronómica del Uruguay”, según explica el Dr. Gustavo Laborde (antropólogo, especialista en identidad uruguaya en cocina).

El origen: fe y formación

El Manual de Cocina es la materialización de un programa de servicio comunitario liderado por misioneras norteamericanas con fe cristiana y formación en economía doméstica (también conocida como administración para el hogar). Desde los años 30 del siglo XX, a través del Departamento de Economía Doméstica de Crandon, estas profesoras impulsaron proyectos con instituciones públicas y privadas con el objetivo de enseñar a la población a cocinar con valor nutricional.

Con clases, recetarios y demostraciones, las docentes de economía doméstica difundían una forma de cocinar basada en una concepción científica para maximizar los recursos. Lo hacían como “testimonio de fe, como una forma de actuar responsablemente y con la intención de mejorar la calidad de vida de las personas, características del protestantismo”, explica el pastor Jorge Gerhard (capellán del Instituto Crandon).

Entre esos vínculos con instituciones del Estado y organizaciones privadas, se destaca una solicitud realizada por ANCAP en 1946 que dio origen al antecedente del Manual. Miss Lena May Hoerner, la directora del Departamento de Economía Doméstica, fue la encargada de dirigir las demostraciones y diseñar un recetario de maíz para la exposición que el ente realizó ese año con el objetivo de fomentar el uso del cereal. El librillo Las recetas de cocina cuya elaboración tiene como base el maíz tenía varias páginas, fotos a color y dibujos. Fue un éxito por su sencillez y sembró la semilla de un manual propio.

Miss Hoerner legó el armado del Manual a otras dos mujeres. Miss Dorothy Nelson y Miss Nelly Marabotto trabajaron desde inicios de los años 50 en la selección y prueba de recetas. La primera, misionera norteamericana, tenía formación en economía doméstica y experiencia en alimentación fabril; la segunda fue una de las primeras uruguayas en formarse como docente de administración para el hogar en el Instituto Crandon.

Realizaron un arduo trabajo en la cuidadosa elección de las recetas que probaron hasta tres veces con el propósito de determinar su fiabilidad y evaluar si se podían realizar con los ingredientes que se conseguían en plaza. Además, compilaron información sobre nutrición y planeamiento de menús y condujeron a un equipo de docentes uruguayas en la consecución de una obra que fue innovadora en diversos aspectos. Se basaron en la bibliografía norteamericana que habían traído las misioneras y que se usaba en el Instituto. Además, las docentes uruguayas ya formadas en el Departamento aportaron las recetas criollas.

De una amalgama singular que se sustentó en la fe cristiana, un gran amor por el servicio al prójimo y la concepción científica del trabajo en los laboratorios de cocina, nació el Manual de Cocina del Instituto Crandon. En noviembre de 1957, con 423 páginas (más el índice), ocho fotos a color, 250 en blanco y negro, tablas e ilustraciones y numerosas recetas se lanzó el primer libro. Tuvo un tiraje de 5000 ejemplares y fue impreso en Colombino Hnos.

Los aportes: método, precisión y actualización

La cocinera oriental (1904), La cocinera uruguaya (1920) y El gorro blanco (1921) eran los recetarios uruguayos de principios del siglo XX. También el Libro de Doña Petrona (1935), de Argentina, era muy popular. Eran libros creados para mujeres que sabían cocinar, mujeres intuitivas que podían decodificar “un poco”, “un dedal” y “algo más” en relación con un determinado ingrediente. En cambio, el Manual propuso un destinatario diferente y se dirigió a quienes no sabían cocinar. Fue un libro que nació con un doble propósito: llegar a los hogares uruguayos con recetas con valor nutricional y apoyar las clases de economía doméstica del Instituto. Para enseñar a estas mujeres, que no sabían nada de cocina, aportó simpleza y precisión y lo hizo a través de la “receta Crandon”, un formato específico, innovador y sencillo.

En este método, la receta es un esquema que enuncia el proceso a través del paso a paso. Se mencionan la acción (en infinitivo) y en paralelo los ingredientes a través del Sistema Imperial de Medidas (tazas, cucharadas y cucharaditas). Es un formato tan simple que, para cocinar con el Manual, “solo se necesita saber leer”, explican las docentes. La receta Crandon es muy rigurosa en el uso de los ingredientes y en las etapas a seguir, porque se basa en una concepción científica del acto de cocinar en el que se deben respetar todas las etapas.

El primer Manual ―el de 1957― tuvo una adhesión inmediata al mostrar, de forma sencilla, cómo preparar alimentos a través de las técnicas básicas. Tenía recetas anglosajonas, francesas y de América. El repertorio criollo estaba muy bien representado, entre otras preparaciones, con las albóndigas, el mondongo, el puchero (que no tenía chorizo), las milanesas, el matambre, los guisos (faltaba el de arroz que finalmente se incorporó en la nueva edición), el pastel de carne, la pizza y el fainá. Entre los dulces, figuraban los pastelitos criollos, el budín de pan, los buñuelos, los huevos quimbo, el arroz con leche, la pasta frola y el dulce de leche. Faltaron las tortas fritas que se agregaron en 1981.

Las primeras ediciones se agotaron rápidamente y para 1960 ya había 16.000 ejemplares distribuidos. El Manual se fue ganando, poco a poco, un lugar en los hogares uruguayos y se transformó en un clásico regalo de casamiento, en el libro en el que aprenden a cocinar los niños y en el que se soslayan las dudas básicas del quehacer culinario.

Los diversos equipos del Departamento de Economía Doméstica y, desde hace unos años, de Crandon Gastronómico han analizado las tendencias culinarias para dar respuestas a la sociedad y mantener la vigencia del libro. Así, al poco tiempo se enriqueció el capítulo de congelados, luego se incorporó la olla a presión y después llegó el momento del microondas, entre las técnicas. Además, ha sumado diversas recetas luego de ser probadas en los laboratorios de Crandon, bajo el metódico escrutinio de los docentes y profesionales gastronómicos. Cuando una preparación se asienta en la dieta y es representativa de lo que se come en el país, pasa a integrar el conjunto de recetas con las que se enseñan los métodos básicos de cocina, porque “el Manual no es una colección de recetas, sino métodos y técnicas para enseñar a preparar alimentos”.

En las clases y con los aportes de la población, el libro se ha sometido a prueba constantemente. Hasta hace un tiempo, las consultas llegaban por correo postal y por teléfono y hoy se recepcionan a través de las redes sociales y del correo electrónico. Siempre hay un libro testigo en el que se consignan las modificaciones. Son 36 ediciones que dan cuenta de la vida culinaria nacional y de una forma científica de trabajar.

De la cocina a la biblioteca de referencia gastronómica

Los especialistas en diversos ámbitos culturales reseñan el valor del libro. Para el chef Sergio Puglia, es “la biblia burrera de la gastronomía nacional”. Ana Durán (ecónoma) valora “cada receta, todas las variaciones y agregados maravillosos que se han ido sumando para enriquecerlo más aún”. Roberto Cataldo (especialista en libros antiguos) lo considera un “clásico porque la gente lo ha puesto en ese lugar; es comparable con Tacuruses y con Montevideanos”. “Leer el Manual inspira a cocinar”, dice Titina Núñez, referente gastronómica.

Hoy, el Manual vive en las cocinas del país y se ha ganado un lugar preponderante en la biblioteca de referencia gastronómica nacional. En 2010, la Fundación Lolita Rubial otorgó el premio Morosoli Institucional al Manual de Cocina por su aporte al “Uruguay Cultural” y en 2012 la Cámara Uruguaya del Libro lo distinguió en reconocimiento a su trayectoria. Los uruguayos lo eligen porque sus recetas “no fallan”, “son infalibles” y porque “enseña todo: a poner la mesa, planificar un menú, hacer un huevo duro y a armar un cumpleaños infantil”. Es que el Manual fue pensado para acompañar la vida familiar y, con orgullo y responsabilidad, lo ha logrado en estos 60 años.

Fuentes
Archivo Histórico del Instituto Crandon. Montevideo: Instituto Crandon.
Clark de Ros Jones, Edith. (1969). Historia de Crandon. Montevideo: Instituto Crandon.
Vasallo, Mario. (2004). Huellas del pasado. Historia y Actualidad del Instituto Crandon. Montevideo: Instituto Crandon.
Manual de Cocina del Instituto Crandon (desde 1957 a 2017). Montevideo: Ediciones B.

Entrevistas: Gustavo Laborde y Sebastián Artigas; Irene Castro, Julia Varela, Norma Tubino, Mónica Decurnex, Ana Luisa Ituño e Irma Conserva; Margarita y Lila Grassi; Ana Olaso; Titina Núñez; Ricardo Boccardi; Roberto Cataldo.

Las manos de Neneta

En los diversos entornos, incluso hasta en los más sombríos, se moldean conmovedoras historias de vida resguardadas en la apariencia casual de un familiar, vecino o compañero de trabajo. Son personas con semblantes cotidianos que, sin embargo, sintetizan experiencias inusuales; son historias que enriquecen nuestras vidas con sus destrezas, valores y peripecias. La de Neneta es una de ellas. Sus manos son la metáfora de habilidades para la cocina y las labores forjadas en el medio rural, hace 80 años. Pericias fortalecidas, más tarde, con la necesidad de llevar adelante un hogar y enriquecidas con Pinterest en la actualidad. La suya es una vida de adecuación y templanza.

Neneta es una mujer fuerte y de espalda ancha, apenas plegada a pesar de 80 años de vivencias de sábana y mantel. Su nombre verdadero es María Angélica, aunque ya casi nadie la conoce así.

Fue la séptima hija de un matrimonio algo acomodado de hacendados rurales de la zona de Young, Río Negro. Creció y se educó en el campo, bajo la impronta del trabajo y del esfuerzo, en una familia rígida con muchas bocas para atender. En su casa, junto a sus hermanos, recibió formación escolar con una maestra contratada para esos fines y luego finalizó Primaria en el Colegio del Huerto de Paysandú.  En ese hogar, se formó en las tareas que una mujer de aquella época debía realizar. Aprendió a cocinar, coser, bordar y a administrar con recelo los recursos, tanto en tiempos de bonanza como de escasez. De su madre y de las mujeres que trabajaban en la estancia, aprendió a sostener una casa en orden. Esa formación para el hogar y una fortaleza interior inusual con profunda fe cristiana fueron los pilares con los que abordó la adultez.

Se casó joven y junto a su esposo vivieron primero en Paso de la Laguna, luego en Arroyo Grande y finalmente en Young, cuando la ceguera de su madre ―producto de la diabetes― comenzó a avanzar. Neneta se hizo cargo de su cuidado y también del de su padre, y tiempo después enfrentó la viudez a temprana edad, apenas pasados los 40 años. Con tres hijos para criar (de 15, 8 y casi 1 año), llevó adelante su casa con los recursos que había recibido de aquella pragmática formación en economía doméstica. El tejido a máquina, el fino bordado de vainillas caladas, los postres para casamientos, los budines y panes dulces para Navidad fueron los ingresos con los que armó, semana a semana, el presupuesto para sostener a sus hijos.

También tuvo “pensionistas”: estudiantes de la zona rural que alquilaban una cama en casa de Neneta con derecho a la comida. Sus manos se transformaron, innegablemente, en su fuente de ingresos. Los bordados que aprendió de niña le permitieron adornar ajuares, una práctica muy codiciada hasta hace unos 15 o 20 años. Además de postres para bodas (que preparaba durante agotadoras horas en la cocina de su casa), comenzó a ofrecer viandas diarias y la clientela recomendaba sus platos caseros.

Con el tejido a máquina respondió a pedidos individuales y también de comercios. El tejido a dos agujas, una de sus manualidades favoritas, no era tan redituable y lo reservaba para los afectos. La lista de manualidades y artesanías en las que ha incursionado Neneta es extraordinaria. Parece que no hay técnica con la que no pueda. En su momento, pintó en madera, en vidrio, en cerámica y en hierro. Dio clases de pátina y de pintura, también. Los bordados siempre se le han dado muy bien: a máquina, a mano con bastidor y últimamente el mexicano, que primero aplicó en almohadones y luego en vestidos, shorts y pantalones para sus nietas.

En la casa de Neneta siempre hay revistas de tejido, bordado y decoración, y en la tele algún magazine con Choly, la famosa cocinera argentina. Neneta siempre ha estado atenta a las tendencias en manualidades, cocina y repostería. Y por ello, la tradicional ambrosía que había aprendido de su madre y la famosa torre de bombas, con las que era muy conocida, dieron lugar a la torta helada, el rogel y el marquise de chocolate.

Ahora ha sumado una nueva estrategia para nutrirse de ideas: usa la tableta del plan Ibirapitá. Tiene una cuenta Pinterest que le configuró una de sus nietas y busca inspiración en el mundo tecnológico. Además, es una lectora contumaz. En su mesa de luz siempre hay algún libro. Disfruta de las novelas, las biografías y las crónicas de los más diversos autores. Su género preferido es la novela histórica, aunque lee todo lo que llega a sus manos y más de una vez, incluso. Por ello, tiene un rico vocabulario que supera, en creces, su tímida instrucción formal.

Una mujer así de activa requiere un cuerpo que la sostenga. El de Neneta es grande, de anchas caderas, piernas largas; es un cuerpo robusto que contrarresta con su carácter reservado. Su voz es suave y su hablar pausado, pero firme. Busca ser ecuánime y es amable hasta para retar a un niño o poner a un adulto en su lugar.  Es introspectiva, aunque jovial cuando la ocasión lo amerita. Difícilmente discuta o hable de temas incómodos: cuando un asunto la perturba, lo pone a macerar hasta que se disuelve.

Parece que nada en la vida la supera, aún en aquellos momentos en los que decidía repetir las bombas para un casamiento porque habían quedado chatas. Su temperamento mesurado la muestra equilibrada, sin fisuras ni debilidades; incluso en una triste serie de fallecimientos, porque ha sido testigo de la muerte de siete de sus ocho hermanos. La tristeza, en momentos de enfermedad y de muerte, el desasosiego y la angustia ante la adversidad se manifiestan con una jaqueca o una sinusitis que la perturban solo unos días, porque Neneta se levanta, se rearma y sigue.

Su piel es blanca y hoy presenta múltiples arrugas, algunos lunares y manchas. Su presencia es siempre muy atildada, aunque su pelo es rebelde, tanto que de niña le decían “la Mechuda” (tiene el privilegio de contar con un nombre y dos apodos). Las uñas de Neneta están cortas y pulidas siempre, pues sus manos están prontas para la acción inmediata. En ellas, y también en un rostro con ojos cansados, se demuestra el paso del tiempo, las horas de trabajo en la cocina, en el bordado, en el tejido y en la pintura, y también las tantas veces que cortó astillas y armó el fuego para dar calor.

Agasajar es parte de su esencia: escarpines para el nacimiento de sus nietos, una comida especial para una cuñada o alguno de sus tantos sobrinos, un regalo para las amigas de gimnasia o de pintura, una pascualina para esperar la visita de sus hijos. A cada uno de los afectos les ha regalado su tiempo y el fruto de sus manos.

Ella está atenta y siempre presente en los momentos cruciales, sin algarabía pero con gozo. Neneta es una figura de otra época, una mujer abnegada que arremetió para salir adelante. Fue criada para dar vida a las sábanas que arropan y que amortajan, para dar vida a los manteles en los que sirve el pan preparado con sus propias manos, para dar vida y sostén a la familia con trabajo, juicio y mesura.

Ella es parte de una generación de amas de casa formadas para llevar adelante un hogar con la economía de las conservas, del ensopado y de la “ropa vieja”. Es parte de una generación que se va perdiendo. En Neneta y en esas otras mujeres reside un legado a rescatar, pues ellas conocen las herramientas que nos permitirán volver al tiempo de las manos, al tiempo para coser un botón que no es más que hilvanar la vida.

 

El Manual de Cocina del Instituto Crandon: simple y práctico

Me es difícil recordar la primera vez que tuve contacto con el Manual de Cocina del Instituto Crandon, fue hace tanto tiempo…  Pareciera que el libro ha sido parte de mi vida, aunque en mi casa no estaba y tampoco en la de mi abuela, un hecho algo extraño porque el Manual es fuente ineludible de la cocina uruguaya y forma parte de la historia gastronómica de numerosas familias de nuestro país.

Recuerdo ver el Manual en la casa de una amiga; tenían una versión de los años sesenta o setenta con fotos preponderantemente turquesas en la tapa y una tipografía casi “discográfica”. En nuestra adolescencia preparábamos dumplings de manzana. Eran riquísimos y muy exóticos para un pueblo del interior del país de escaso contacto con el mundo anglosajón.

Hace más de diez años entré a trabajar al Instituto Crandon, obtuve el puesto —de responsable del Área de Comunicación— a través de un llamado de una consultora. Cuando me informaron se trataba de Crandon, pensé en dos imágenes inmediatamente: la enredadera que recubre al edificio de 8 de Octubre y el Manual; es que ambos íconos representan a Crandon en el imaginario colectivo.

Sabía, desde siempre y sin conocer exactamente desde cuándo, que el Manual era un libro estupendo, una verdadera referencia culinaria. Desde el primer día de trabajo me interesé en él y conocerlo en profundidad no me decepcionó, pues en su génesis y desarrollo hay datos fascinantes, una historia que representa más que un conjunto de recetas.

Hace unos años fui parte del equipo que preparó la trigésimo segunda edición que implicó varios cambios con una importante ampliación y un nuevo diseño. Ese trabajo me acercó íntimamente al Manual y en extensas jornadas de revisión me involucré estrechamente con la obra.

El Manual de Cocina se publicó por primera vez en 1957, pero su concepción comenzó mucho antes. El libro fue, de alguna manera, la materialización en suelo uruguayo de la “economía doméstica”, un concepto de vanguardia para la época que la Mtra. Cecilia Güelfi (fundadora del Instituto Crandon en 1879) y las misioneras norteamericanas habían plasmado en la Institución. A través de esta asignatura se enseñaba un método y diversas técnicas y herramientas para el buen uso de los recursos de la vida familiar en procura de mejorar la vida cotidiana.

En la “economía doméstica” o “administración para el hogar” la cocina es una tarea preponderante y con el libro The Herald Tribune Home Institute Cook Book las misioneras norteamericanas comenzaron las clases de cocina en el Instituto Crandon hace cien años exactamente. A partir de ese momento, las docentes de la asignatura Economía Doméstica prepararon recetarios; algunos por encargo y otros para la realización de las clases, pues había que traducir y adaptar The Herald Tribune Home.

En 1946, ante el superávit de maíz, ANCAP solicitó un recetario en particular (“un libro de cocina con recetas a base de maíz”) para fomentar el consumo del cereal. Ese recetario fue el antecesor del Manual, que nació once años después. La primera versión contenía recetas probadas en los laboratorios de Economía Doméstica de Crandon extraídas del libro de cabecera, mayormente. Los sabores del mundo anglosajón se imponían en las primeras ediciones y en las sucesivas se fueron apaciguando al incorporar recetas del Uruguay y de la región.

En más de medio siglo, el Manual se ha convertido en un verdadero best-seller. Dicen que es el libro que más se vende en el Uruguay y, por su trayectoria, la Fundación Lolita Rubial lo distinguió en 2010 en “reconocimiento a la destacada labor educacional que esta obra implica en materia culinaria para varias generaciones de uruguayos”.

La simpleza identifica al libro de cocina del Instituto Crandon. El pragmatismo de las misioneras se percibe en la narrativa de las recetas con un “paso a paso” didáctico que lo caracteriza. “Con el Manual cualquiera cocina”, “Te enseña a hacer desde un huevo duro”, “Es infalible”, “Si seguís la receta, todo te sale perfecto”…  Estas frases se escuchan y se leen en entrevistas y reseñas, son simples verdades dichas personas que cocinaron con las directivas del Manual.

Las recetas Crandon se caracterizan por una tipología textual fuertemente prescriptiva y una forma particular en las que primero se menciona la acción y luego se detallan los ingredientes. Así, por ejemplo, para hacer arroz hervido hay que:

Hervir:
2 tazas de agua
1 cdta. de sal

Agregar:
1 taza de arroz

Hervir durante 8 minutos. Dejar reposar 5 minutos.

Es que en el Manual se enseña a preparar desde arroz en su forma más básica, puré de papas y milanesas hasta recetas mucho más complejas. Al comienzo del libro se explicita que para lograr el éxito de una preparación se necesitan algunas condiciones: leer cuidadosamente la receta, seguirla paso a paso y medir los ingredientes con exactitud. Esas son las claves, así de rotundas, de contundentes y dichas con claridad en procura de una eficacia que se hace realidad al cocinar.

Hay recetas con nombres sugestivos que hacen volar la imaginación. Me he enamorado de “La reina de los budines” (un deliciosos budín de pan), la “Salsa francesa de lujo”, la “Salsa de mil islas”, la “Torta luz de sol” y la “Torta deliciosa del diablo”.

Entre tantas preparaciones, mi favorita es la receta de scones. Es sencilla, aunque esconde un secreto que se revela en el propio texto: la clave del éxito es “amasar suavemente”.  La receta básica es el inicio del capítulo “Panes rápidos” y en siete pasos, con cinco ingredientes se logra una preparación deliciosa, tan versátil que ofrece 20 versiones diferentes.

De los scones clásicos y tradicionales surgen los de aceite, los cuadrados de naranja, los de queso, de crema, los de emergencia, los rellenos, de panceta, los suecos para el té, de harina integral, los orientales con dátiles, los scones “a la inglesa” (very british!), los arrollados de jamón y queso, los arrollados de higo, de canela, con caramelo, de verdura, los teasers, el pan irlandés, la torta de jamón y queso y hasta la pizza. Son fáciles de preparar, deliciosos y suaves y se adaptan a las más diversas situaciones, ¿qué más se le puede pedir a los scones?

El Manual es una obra muy reconocida y, como tal, tiene algunos detractores. Se le responsabiliza tener recetas con mucha manteca, olvidarse del aceite de oliva y ser muy básico, por ejemplo. En sus orígenes están las respuestas a estas aseveraciones, y como se ha modernizado, los diversos equipos a cargo de las revisiones han procurado “alivianar” las grasas e incorporar nuevas recetas e ingredientes. Y es cierto que es muy básico, ¡porque justamente se trata de un manual!  

Por la estructura de su plan, orienta y guía desde las primeras experiencias culinarias y cuenta con todo lo necesario para ser un verdadero libro de referencia. Ofrece datos nutricionales, un glosario básico, equivalencias de pesos y volúmenes, un índice exhaustivo, y sugerencias para la planificación de menús. Tiene un capítulo muy útil para la cocción por microondas, otro de freezer y también el clásico de  envasados y conservas (muy al estilo “economía doméstica”), además de bebidas, carnes, aves, mariscos, cereales y pastas, verduras, panes (rápidos y de levadura), tortas, caramelos.

Con el Manual se aprende a servir la mesa, a hacer té, a preparar bocados fríos y calientes, una rica sopa crema, un guiso, varias recetas de flanes y de tapioca (tan de moda nuevamente) y también la “Torta de frutas medalla de oro” para grandes ocasiones y con muchos comensales. Las recetas del libro de cocina del Instituto Crandon que acompañan todas las ocasiones de la vida familiar no son producto del azar, sino que están signadas por la historia de la Institución y la impronta de la economía doméstica, pues el Manual es el testimonio vivo de simpleza, método y eficacia.