«Al pintar, solo pienso en colores: hoy estoy nogalina y otros días en azul»

Libretas y cuadernos artesanales, las tapas de Amati

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Libretas para todos los gustos y necesidades

Para el escritorio, la cartera o mochila o incluso para el bolsillo. De hojas lisas, con renglones, cuadriculadas, milimetradas o pautadas. Cosidas, con ganchos o con espirales. Con elástico, con soporte para el lápiz o la lapicera. ¿Con sobre interior? ¿Y cubierta exterior? Con o sin separadores separadores. De hojas blancas, de colores, de papel reciclado. Con encuadernación artesanal o seriadas. De autor. Modernas o vintage. Clásicas o innovadoras. Discretas o de llamativos colores y texturas. Algunas son tan bellas que da pena usarlas.

Las combinaciones de las libretas y cuadernos son infinitas y un breve paseo por tiendas de regalos y librerías (físicas o digitales) da cuenta de una tendencia que gana lugar en estantes, bolsos y mochilas. La elección del adminículo para apuntes se ha complejizado. Un nuevo interés por la escritura a mano y las redes sociales que acercan el trabajo de artistas —conocidos y anónimos— muestran un panorama de novedosos artículos para tomar notas. La oferta satisface todos los gustos y los precios varían, también la originalidad.

En el panorama montevideano, diversos artesanos se dedican a la encuadernación y Jana, de Amati, tiene algo diferente para mostrar.

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A mano y con tapas exclusivas

Jana Ferrari (tallerista, maestra, madre y diseñadora gráfica) habla bajo, lo hace con suavidad y cautela. Abre grande sus ojos, que son muy expresivos, mueve las manos y explica rápido. Narra y describe con agilidad. Se para, se sienta y se vuelve a parar. Busca un ejemplo, saca una hoja, muestra un dibujo, va por las herramientas de trabajo. Con paciencia y con sus gestos explica qué hace y muestra sus creaciones. «Siempre me gustó el objeto libro. No tanto leer, sino el libro como objeto», explica con timidez.

Se asombra de que su arte genere interés, quizás porque convive con sus creaciones, son el producto de sus manos, una extensión de su ser. Jana hace encuadernaciones artesanales porque le nace y «tiene mano». Y eso se nota. Tiene arte, mirada sensible y esa intensa capacidad de plasmar sentimientos. «Primero, antes de ser maestra, fui tallerista. De grande estudié diseño y para una entrega de Facultad —Diseño Editorial, la materia que más me gustó— tuve que crear un libro que tenía que hacer a mano. Armé un cuaderno, en realidad, y aprendí a hacerlo por tutoriales».

Esa anécdota tuvo lugar hace siete años y tanto le gustó que buscó ayuda. Llegó a Agustín Montemurro, encuadernador de la Biblioteca Nacional. Con Agustín, una eminencia en la materia, tuvo una «masterclass de tres horas». «Él me dijo esto sí, esto no. Me dio muchos piques», dice Jana. Con el tiempo y algo de práctica experimentada continuó con las encuadernaciones y se animó a usar telas y sus pinturas para las tapas. Descubrió un mundo, una veta, un filón. «Mis amigas me dicen que haga cuadernos seriados, pero yo no quiero, todos hacen eso», admite en defensa de su arte y estilo.

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Sin control zeta

Jana confiesa que, en estos años, su producción ha sido irregular. Hace un tiempo se quedó sin trabajo y entonces hizo práctica y adquirió experiencia, pues pudo dedicarle tiempo a un proceso que demanda sosiego, además de técnica.

«Antes no existía esto de encuadernar, pasaba desapercibido. Pero hora no», dice Jana en tono reflexivo mientras explica y describe el proceso. Mira y muestra el papel y las tapas. Toca las hojas pintadas que servirán para cubrir los registros que poblarán cada libreta. Explica con parsimonia y aclara, una vez más, que la paciencia es esencial para encuadernar.

«Compro las resmas en el lugar más barato de todo Montevideo. En el barrio Reus. Son hojas de noventa gramos. Para el lápiz es mejor porque se desliza con más soltura. También son mejores para dibujar», agrega. «La pliego en dos y armo los folios. Es un trabajo que puedo hacer hablando con una amiga, con mis hijos dando vueltas en la casa. Después prenso». Pero no tiene prensa y añade que es fundamental porque da una terminación más acabada. Usa libros y discos para aportar peso. «No me ha rendido el trabajo para comprar una prensa todavía», aclara.

Jana guarda las hojas plegadas y luego cose. Usa hilo especial, «el posta». La aguja que utiliza, grande y fuerte, fue un regalo de Agustín. La muestra y se detiene a mirarla como si se tratara de un tesoro. Sabe que lo es. Se distrae con el detalle y luego sigue.

«Prenso y coso. Y comienzo con otra tanda. Tengo distintas camadas. Si tengo tiempo y espacio para pintar las futuras tapas, aprovecho y lo hago. Coso los folios y al final anudo. Después me encargo de las guardas que van pegadas a la tapa y luego de la tela del lomo que sirve para unir y que no se vea el aire entre las hojas. Esta tela porta firmeza y unidad», agrega.

Cuando las guardas están secas, hay que refilar y, como no tiene las herramientas para hacerlo, va a una imprenta. Luego llega el momento del lomo y de hacer los cálculos porque hay que armar canaletas para que el libro o cuaderno se pueda abrir. Se calculan los milímetros para que no se rompan las páginas de guarda y para que se abra bien.

Durante la charla, en más de una ocasión aclara que disfruta del proceso y realmente se nota. Es evidente en las libretas, en las fotos que toma para mostrarlas y en en cómo lo cuenta. «En diseño existe el control zeta que se usa para deshacer una tarea, pero aquí no», explica. Y agrega: «Aquí lo importante es respetar los tiempos. Este es el mundo de la materia, no podés ir para atrás. No hay retornos, es un trabajo que requiere otros tiempos, otras habilidades. Todo es corpóreo y reparar demanda otras técnicas».

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La expresión de su arte

Con cartulina blanca y muchos colores, Jana plasma estados de ánimo, percepciones e imágenes interiores. Dice que «en las tapas expresa su arte y que son su diferencial» mientras muestra varios ejemplos realizados con cascola, una técnica que aporta textura. Tiene una serie con hojas de ginkgo biloba que juntó y secó, y otra realizada con nogalina a espátula. «La serie ginko es única. Y está mi lado oscuro que se ve en la de nogalina. No la pensé como una serie, pero salió. La serie azul tiene caracoles porque es del mar», reflexiona. Dice que al pintar solo piensa en colores: «Hoy estoy nogalina y otros días en azul, por ejemplo. Todo surge desde el color. Tengo muchas ideas y voy plasmándolos de a poco. Tengo series en mi cabeza y un cuaderno específico para las ideas. En el arte me gustan lo abstracto y las vanguardias. Fuerza y colores fuertes. No soy pastel».

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«Esperé tanto tiempo y ahora puedo hacerlo»

El emprendimiento de Jana se llama Amati, «que significa amado. Amor por los libros, por lo que uno hace». El logo es un libro corazón y «es la representación del amor», explica.

Jana creó el logo, toda la gráfica de la marca y se encarga de la cuenta de Facebook. También, entre el ejercicio docente y el de su familia, encuaderna, procura aprender sobre redes sociales, saca las fotos y arma los textos. «Todo demanda mucho tiempo, pero seguiré de esta manera porque esperé tanto tiempo y finalmente ahora puedo hacerlo», agrega con la satisfacción de dar vida a Amati.

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Vigente y con constantes mejoras: Ideas + no defrauda

A fines de noviembre, la plaza Florencio Sánchez del Parque Rodó se prepara para un clásico del paisaje montevideano. Cuando llega el último mes del año, los puestos y el escenario ya están prontos, los artesanos pasaron noches sin dormir para mostrar sus productos y la esquina de 21 de Setiembre y Gonzalo Ramírez se prepara para recibir oleadas de visitantes cada noche.

Desde el primer día de diciembre hasta el 24, la feria Ideas +  muestra calidad. El paseo ha procurado, a lo largo del tiempo, sofisticarse para mantener vigencia; condición fundamental en épocas en las que proliferan las ferias.  El proceso de selección de los artesanos es exigente en calidad y en atención, y ambos aspectos se perciben al mirar, consultar y comprar.  El público responde a la Feria con presencia sostenida e Ideas +, como en años anteriores, no defrauda y muestra diversas opciones de regalos, además de una nutrida agenda cultural.

En Ideas + el rubro orfebrería parece ser el más fuerte, el que aporta la identidad. Los materiales más originales y los clásicos están presentes en un amplio rango de precios. La decoración es otro punto fuerte con propuestas ornamentales en vidrio, cerámica y madera, y el vinilo que se impone junto con algún otro material innovador.  Hay luminarias, juguetes para niños, agendas y cuadernos, jabones, algo de ropa, bolsos y carteras, mates y otros objetos utilitarios. Están las librerías y el repertorio gastronómico se ha ampliado significativamente con la inclusión de alimentos y bebidas de corte gourmet.

 

Cada año, entre el bullicio y los puestos que se suceden uno al lado del otro, se destacan ciertas propuestas por su originalidad. En 2017, vale detenerse en Jacarandá, Aromas de la naturaleza, Zampin, Comolópezenelagua y Enanas de Jardín.

Jacarandá ofrece encuadernación artesanal con toques rústicos. Hay agendas, cuadernos, álbumes para fotos y bitácoras de viaje en diversos materiales y tamaños, con predominio de los colores tierra. En la propuesta de Jacarandá hay interés ambiental con el uso del papel reciclado y tapas de tela con impresión botánica (técnica de ecoimpresión con tintes naturales).

Los perfumadores para pequeños ambientes de cerámica artesanal de Aromas de la naturaleza son los más originales en el rubro. El emprendimiento invita a impregnar la vida cotidiana con perfumes naturales. Por eso, las fragancias de los perfumadores están inspiradas en el aire, el agua, la tierra y el fuego. Se compran por unidad o toda la colección.

Zampin es la opción de regalos para los más pequeños con creaciones que dan cuenta de creatividad, originalidad y armonía conceptual. Se nota el trabajo interdisciplinario en el que el diseño tiene un rol importante, con especial énfasis en la función didáctica. En este puesto hay “cuentacartas” (para reconocer, organizar y contar números e imágenes), rompecabezas reversibles de la línea Animalia (con dibujos muy simples e icónicos), juegos para estimular la memoria y tazas con animales y frases. La propuesta de Zampin es singular, los materiales son durables y los trazos son bellísimos.

Comolópezenelagua es el puesto de Diego López Brandón. El artista, en esta ocasión, muestra piezas en madera calada: cuadros pequeños y medianos, algunas esculturas, móviles y ornamentos para colgar. El trabajo artesanal de López Brandón es delicado y extraordinario; la temática varía entre animales y flores de colores sutiles, muy bien manejados. Entre gatos, perros, peces, ranas y crisantemos, sobresalen dos piezas inspiradas en el Quijote que demuestran el prodigio del artesano.

Enanas de Jardín es la alternativa uruguaya en alforjas, bolsos, riñoneras y chalecos para ciclistas. En la propuesta de Enanas predominan el color y la comodidad. Los materiales son a prueba de agua y muy resistentes. Hay alternativas para niños y grandes, con diseños muy jugados y otros más clásicos.

La incorporación de Enanas en la Feria refleja una tendencia que se impone en Montevideo y evidencia la necesidad de considerar estacionamientos para bicicletas en cada emprendimiento (en especial, si son públicos). No es responsabilidad exclusiva de la Intendencia Municipal de Montevideo —que prometió mucho y ha hecho bastante poco—, los operadores privados también deben sumarse a una realidad que no es solo moda, sino una necesidad urbana.

La falta de un espacio para estacionar las dos ruedas es una de las debilidades de Ideas +. Con seguridad, un estacionamiento con estas características será considerado en próximas ocasiones, puesto que los organizadores han demostrado estar atentos a las necesidades del público. La ampliación de la oferta gastronómica y el repertorio de actividades para niños revela adecuación, una de las claves de la Feria que se mantiene vigente a partir de altos estándares de calidad y un radar puesto en el público.

 

Sugerir libros, reinvidicar el oficio

 

En la primavera de 2016, una librería con nombre literario irrumpió en la vida montevideana…

En la primavera de 2016, una librería con nombre literario irrumpió en la vida montevideana y desplegó en su ancha vidriera —en el cruce de las Avdas. Rivera y Soca (Pocitos)—, sugerencias que se diferencian de la oferta habitual. Además, en las redes sociales, el nombre, con la impronta de un centro cultural, comenzó a sonar con talleres y encuentros de diversas temáticas.

Las Karamazov” es un lugar pet friendly en el que venden café y té de buena calidad y lo sirven en tazas de cerámica artesanal (Taller Gallina, Colonia del Sacramento), especialmente elegidas. Tienen un piano abierto en el que una tarde tocó Luciano Supervielle y llevaron adelante un ciclo de cine mudo, musicalizado con ese piano, con la participación de veteranos, jóvenes y hasta niños. Se sumaron a Museos en la Noche y despidieron el año con canciones hiperacústicas. Así de originales son.

Detrás de la librería “Las Karamazov” hay dos mujeres jóvenes, ambas formadas en Letras. Mariana Álvarez (33) y Martina Seré (27) saben del oficio y conocen los vericuetos de las librerías porque tienen experiencia en el rubro. Trabajaron juntas durante un buen tiempo, se hicieron amigas, se complementan muy bien, y haber concretado la apertura de la librería les permite “conjugar trabajo con placer”.

Con los ahorros de mucho tiempo y un estilo de vida austero, juntaron el dinero para alquilar, armar la colección y amueblar. En remates y en Mercado Libre consiguieron mesas, estanterías, y sillones, una lámpara y alfombras para ambientar un living. La mesa que se destaca, en un conjunto armónico y colorido, es un banco de carpintero. Es una mesa con presencia, fuerte y sólida, como los libros que sostiene.

El fondo de “Las Karamazov” está pensado con rigor y amor, y cada libro es elegido por sus cualidades literarias

Conocer el ambiente de las librerías permitió a Martina y Mariana iniciar un aceitado vínculo comercial con las distribuidoras y las editoriales. Con un proyecto minucioso y tan analítico como les fue posible, seleccionaron los libros cuidadosamente. Sabían que el material es esencial porque “no se trata de acumular lo que todas tienen o caer [exclusivamente] en la novedad, pero tampoco se trata de ser elitista”. El fondo de “Las Karamazov” está pensado con rigor y amor, y cada libro es elegido por sus cualidades literarias.

El nombre de la librería es un guiño literario (Los hermanos Karamazov del ruso Fiódor Dostoyevski) con una licencia de género y surge de una historia en común, porque en más de una ocasión, trabajando juntas, les preguntaron si eran hermanas. Tenían la convicción de que el nombre de su librería debía tener referencias literarias, querían que no fuera rebuscado ni esnob y a ambas les gusta la literatura rusa en general y Dostoyevksi en particular. Así llegaron a “Las Karamazov”, hermanadas por una pasión en común y con el anhelo de que el proyecto funcionaría. Aclaran que mucha gente decodifica el parpadeo, aunque también les gusta explicar las razones de la elección, ante quienes no conocen la obra rusa.

“No se trata de despachar, sino de sugerir, orientar, recomendar y escuchar a otros lectores”

Su objetivo fue, desde el momento de pensar el proyecto, ser una librería para lectores que buscan una recomendación y que también están abiertos a sugerir. Orientar, desde su pasión como lectoras, es el diferencial de “Las Karamazov” porque “la diferencia del librero se basa en si es o no es lector. No se trata de despachar, sino de sugerir, orientar, recomendar y escuchar a otros lectores”.

Armaron y mantienen las mesas con recomendaciones basadas en su formación y como lectoras, fundamentalmente, porque insisten en que “la función del librero es recomendar y orientar”. A Mariana le gusta, entre otros autores, Hebe Uhart (Argentina), John Cheever (EEUU), Jorge Luis Borges y Juan José Saer (Argentina). Martina se inclina por la literatura infantil, los libros ilustrados y se especializó en novela gráfica alternativa.

En estos meses, las libreras han notado que el público que se acerca es muy diverso; los visitantes consultan por las sugerencias (jugadas, en algunos casos) que muestran en la vidriera o las que resaltan en las mesas. El intercambio que se genera es recíproco, pues Martina y Mariana se nutren de comentarios y consejos de otros lectores. También se “alimentan” de reseñas y críticas —La Diaria, Babelia y Eñe, entre otros—, pues la formación continua es clave.

Una librería concebida como un punto de encuentro cultural

Los talleres que han llevado a cabo desde la apertura son un eje fundamental en la concepción de la librería. “Las Karamazov fue pensada como algo más que un lugar para vender libros, fue concebida como un punto de encuentro, como un espacio cultural”. Al igual que un aleph que condensa diferentes lenguajes, en la librería también hay café, té, un piano abierto y un club de lectura.

“Las Karamazov” es una propuesta joven y, por lo tanto, es muy pronto para evaluar, aunque sí es momento para proyectar. “Esto recién comienza, acaba de concretarse.  Se puede vivir del oficio y mantener el espíritu de calidad [en función] de los talleres, la elección del material y nuestra presencia para recomendar”.

La librería tiene un horario amplio, un par de sillones que son una buena excusa para a bajar el ritmo y las mesas invitan con libros bien dispuestos. Además, la propuesta de encuentros y talleres es amplia y también tentadora. “Las Karamazov” no es una librería más, sin lugar a dudas.

Adelantos del ciclo de talleres 2017

El año comenzó con un ciclo de Encuadernación artesanal a cargo de Gervasio Monchietti. Para el Día Internacional de la Mujer prepararon un encuentro especial con lecturas, música y la creación de un fanzine. Próximamente habrá una Clínica de guion con Daniela Speranza, un taller de Aproximación a la escritura con Fabián Severo y repetirán “un éxito del año pasado”: Ilustración emocional a cargo de Flor de Jopo. Habrá también un taller de tango oriental para conocer a los representantes uruguayos en el tango.

El Club de lectura de “Las Karamazov”

Los socios pagan una matrícula ($ 500) y una cuota mensual ($ 300) y pueden llevarse la cantidad de libros que quieran por mes, salvo que pueden retirar solo dos en cada ocasión. El club tiene una colección propia, diferente a la de la librería, que se nutre de las sugerencias de los miembros.

 

 

“Hay un interés creciente por la encuadernación artesanal, en consonancia con otros oficios que recuperan el valor del trabajo manual”

Charla con Gervasio Monchietti, encuadernador artesanal

Gervasio habla pausadamente. Argumenta, describe y narra con la soltura de quien domina el tema y de quien maneja, además, la oralidad. Porque Gervasio es periodista y locutor, y la profesión se le nota en las pausas, en la entonación y en los énfasis. Tiene 37 años y es argentino. Nació en Santa Fe, en un pequeño pueblo que se llama San Genaro; luego vivió en Rosario (Arg.) y hace un año y medio se mudó a Montevideo. Ni su acento, ni su apariencia lo delatan como argentino, Gervasio ya está totalmente acoplado a la idiosincrasia de nuestro país, es un uruguayo más y parece disfrutarlo. Dice que un poco tarde descubrió la encuadernación; ya había estudiado Periodismo, Locución y también algo de Derecho. En 2005, en la Fundación Patrimonio Histórico de Rosario asistió a un taller de encuadernación artesanal de cuatro meses y así comenzó un vínculo que se desarrolló como un oficio.

“En San Genaro, mi pueblo, no había librerías y en mi casa
no había una gran biblioteca con libros;
en su lugar comprábamos fascículos que salían
en los diarios que después se encuadernaban”

¿Cómo llega un periodista a la encuadernación?
Lo hice como casi cualquier persona hace un taller: con ganas de aprender algo diferente. A mí me gustan mucho los libros. En San Genaro, mi pueblo, no había librerías y en mi casa no había una gran biblioteca con libros; en su lugar comprábamos fascículos que salían en los diarios que después se encuadernaban. Consideré entonces que era interesante aprender algo que estaba relacionado con mi niñez y adolescencia. Ese primer taller que tomé [estaba a cargo de] un encuadernador de Rosario que es de profesión veterinario, en realidad. Se llama Alberto Charamonte y aprendió a encuadernar en Suiza, en una abadía; él es un verdadero apasionado del tema y su interés está focalizado en enseñar y compartir.

Cuatro años después comencé a hacer cuadernos para ir a ferias, adquirí bastante experiencia y en algún momento me proponen dar un taller. Lo hablé con Alberto, que era “mi maestro”. La modalidad de taller ―a partir del periodismo y de la locución― me gusta mucho, [así que] me animé. Fue en 2010, con 25 asistentes; una linda experiencia, aunque nunca repetí un taller con tantas personas.

A partir de ahí busqué más oportunidades para seguir aprendiendo. Hice dos talleres con Martín Farfán Patiño, un encuadernador mexicano que estuvo en Argentina. Uno de encuadernación en cuero y dorado manual, y otro de restauración de papel; aunque no me dedico a la restauración. También asistí a un taller en Buenos Aires en Papelera Palermo sobre álbumes de fotos.  

¿Cuáles son las características que definen a la encuadernación? 
La encuadernación artesanal, que es lo que yo comparto en los talleres, es un trabajo en gran parte manual para pensar la estructura de un libro, el tipo de tapa y el tipo de costura.

La encuadernación “en un primer nivel es una técnica, un oficio,
y hay instancias o aportes que el encuadernador
hace para que la obra se transforme en una artesanía”

¿Es un arte o una técnica? 
Yo creo que es una técnica que puede desarrollarse como arte. En las ferias hay toda una discusión [acerca de] si se considera una artesanía o una manualidad. Creo que en un primer nivel es una técnica, un oficio, y hay instancias o aportes que el encuadernador hace para que la obra se transforme en una artesanía.

¿Qué tipos de encuadernaciones existen? 
Hay unos 30 o 40 estilos de encuadernación, incluso hay encuadernadores reconocidos que han desarrollado sus propios métodos —por ejemplo, Keith Smith que tiene libros publicados y muchos videos en internet—. En general, los estilos tienen que ver con épocas históricas.

A grandes rasgos, en Occidente la encuadernación comienza con la encuadernación copta que es muy conocida, no lleva lomo y tiene una costura con una buena apertura. [Se desarrolló] del siglo II al VI y tiene dos o tres modificaciones diferentes.

Después está la encuadernación a la greca que surgió en Alemania, tiene refuerzo de cuerdas y generalmente lleva lomo redondo. La más tradicional, la que generalmente se aprende en los talleres, se llama cartoné, también conocida como encuadernación francesa, por el tipo de costura. Es una técnica en la que se construye la tapa por un lado y el lomo por otro. Esos son los formatos más clásicos.

La costura parece ser muy importante… 
Hay costuras para cuadernillo y para hojas sueltas. En la encuadernación japonesa, que es muy simple, se trabaja con la segunda, la de hojas sueltas. La costura para cuadernillo más conocida se llama de escapulario o francesa. Hay otra, a la greca, que es para cuadernillo, pero reforzada con cuerdas (antiguamente se usaban nervios de animales, ahora se usa hilo). También está la costura copta y hay muchas variaciones de los refuerzos (de cintas, de cuerdas, etc.).

Después hay una costura para hojas sueltas que se llama diente de perro. Con el mismo nombre se agrupan diferentes técnicas porque hay diferencias de traducciones y terminológicas.

¿Qué materiales se usan para encuadernar? 

Hay distintos tipos de papeles, se procura conseguir [aquellos] que no sean blancos y que tengan el gramaje adecuado al tipo de encuadernación que se quiere realizar. Para las coberturas hay algunos materiales específicos: el papel vinílico y la tela de encuadernación.  

El cuero y el papel son los materiales más tradicionales. De hecho, muchas veces una tapa queda mejor con un lindo papel que con los vinilos, que son más plásticos. Se usa el hilo de algodón específico para encuadernación porque es lo más fácil de obtener. El hilo de lino es el más buscado, aunque no es fácil de conseguir por aquí.

¿Qué más hay que tener en cuenta para encuadernar artesanalmente? 
La plegadera, que generalmente es de hueso, es el fetiche de los encuadernadores porque es una herramienta central. [Las hay de] distintos materiales y sirven para plegar y marcar. [Hay que contar con] un buen lugar donde cortar. También trinchetas y una buena regla de metal. Hay otra herramienta que es más difícil de conseguir: la prensa de encuadernación o prensa de hierro. No siempre se tiene, fundamentalmente al principio, y se puede suplir con una prensa como las de matambre. La guillotina también es importante. Aunque hay encuadernadores que no la usan.

“Hay un interés creciente,
en consonancia con otros oficios
que han recuperado la importancia de lo personal,
lo hecho a mano,
también la reutilización de materiales”

¿Por qué crees que está de moda la encuadernación? Lo habrás notado en la oferta de talleres y en la oferta de agendas, libretas, libretitas y libros encuadernados manualmente 
No diría que la encuadernación está de moda, pienso que los celulares están de moda, en el sentido de objetos de consumo masivo. Una cosa es que haya muchos talleres y oferta de cuadernos, y otra muy diferente es que eso se traduzca en que la gente se interese genuinamente por la encuadernación. Es verdad que hay un interés creciente, en consonancia con otros oficios que han recuperado la importancia de lo personal, lo hecho a mano, también la reutilización de materiales.

Creo que en las grandes ciudades —Buenos Aires, Rosario y Montevideo— hay como un boom con la encuadernación, pero cien kilómetros afuera el tema no existe y la gente se sorprende de que haya personas haciendo encuadernación.

He hablado del tema con Alberto [Charamonte] y él considera que la encuadernación tiende a desaparecer, pero yo creo que los talleres generan un movimiento de gente curiosa por la encuadernación y los emprendimientos que de ahí surgen también contagian. Hay, por lo tanto, cada vez más personas que impulsan el tema. Y hay una gama bastante grande de cosas que se pueden hacer y cada uno le aporta su sello personal.

¿Te referís a distintos tipos de encuadernaciones? 
Sí y distintos tipos de objetos, desde editoriales artesanales, cuadernos, agendas, cartas de restoranes. También la restauración, los libros objeto, los libros de artistas.

¿Cómo funciona el tema de los talleres en Uruguay?  
Hay mucho interés. Estoy contento, en los talleres muestro técnicas que aprendí de otros encuadernadores y algunas que descubrí de forma autodidacta, al explorar sobre el tema. Me gustaría que viniesen otros encuadernadores; en Buenos Aires hay algunos maestros que se encargan de la “encuadernación fina” y que han participado de talleres y de ferias internacionales.

¿Cuáles son los próximos cursos que brindarás? 
En [este momento hay un taller en] la librería Las Karamazov que combina poesía y encuadernación. [Es una modalidad muy particular] porque a mí me gusta y escribo poesía. Se llama “poesía y encuadernación japonesa”. Los cupos están completos, pero seguramente en marzo lo vamos a repetir.

El 25 de febrero habrá un taller intensivo de un día en Espacio Aquiles. También estoy armando dos talleres trimestrales, uno en Estudio Sur que será sobre encuadernación de libros de fotografía. Es un taller orientado a la utilización de la encuadernación para realizar fotolibros. Y a partir de mayo, en Espacio Anata, habrá un segundo taller trimestral sobre encuadernación artesanal en general.

En los talleres de febrero, en Las Karamazov, enseñas la técnica japonesa… 
La encuadernación japonesa comienza tardíamente. A mí lo que me gusta es su simpleza; en el taller muestro ejemplos de técnicas realizadas entre los años 1600 y 1800. Son costuras relativamente simples que requieren poca maquinaria, no se utilizan herramientas grandes, en general solo punzón, aguja e hilo o alguna plegadera y la prensa chiquita. Con eso es suficiente, además de martillo y clavo, o taladro para casos específicos.

En el taller, [los participantes] realizan dos o tres costuras y un estuche japonés que también se llama estuche de cuatro lados. [Se trata de] un estuche, como si fuera la base de una caja con cuatro lados que cierran, que sirve para guardar libros pequeños. Es como una caja que contiene varios tomos de una misma unidad.

“Me gusta combinar funcionalidad,
prolijidad y belleza para que la
persona se enamore del objeto”

¿Cuáles son las características que definen las creaciones de Gervasio Monchietti? 
En este momento uso mucho el papel marmolado que es una técnica que se pinta y se lava en agua. Me considero un tanto sobrio para encuadernar, pero estoy atento a los intereses y veo que el color gusta mucho y llama la atención. Busco funcionalidad en el tamaño, fundamentalmente.

Cada persona que aprende sobre encuadernación le agrega algo personal: los materiales, los detalles, etc. Yo procuro trabajar en la edición artesanal, ese sería mi agregado. Es algo a lo que me dediqué hace un tiempo y quiero volver próximamente. Me gusta combinar funcionalidad, prolijidad y belleza para que la persona se enamore del objeto.

¿Cómo es tu jornada de trabajo como encuadernador? 
Trato de hacer cosas diferentes, pues hacer una misma actividad durante un largo rato es muy demandante. [Por eso], procuro variar. Trabajo en series cortas: tengo el papel, lo corto, lo doblo, lo perforo, después llega el momento de coser, encolar y elegir la cobertura, forrar las tapas, por ejemplo.

Trabajo en casa, siempre trato de tener un espacio para ese fin, y también en Anata. Cuando encuaderno escucho música, salvo cuando hago papel marmolado porque la técnica invita al silencio, a estar en contacto con la naturaleza [porque] se trabaja en una batea con agua para que los colores se abran y después se cuelgan los papeles al sol.

¿Es un trabajo que demanda mucha paciencia? 
Sí, aunque depende de lo que cada uno quiera desarrollar. Es lento, pero no tanto. Y es muy entretenido. Es importante trabajar con otro para facilitar la tarea y enriquecer el trabajo. Es muy disfrutable, sin lugar a dudas.

¿Dónde se consiguen tus encuadernaciones?  
[En este momento] estoy yendo a Villa Biarritz los sábados y también comencé a ir a Tristán Narvaja los domingos. Se vende, aunque cada día es un azar. En general, en Montevideo hay mucha afluencia de turistas que son los que más compran. En este momento lo que más gusta son las bitácoras de viaje que se hacen con cuero.