Estampas mínimas

La nieve siempre gana

Val-d’Isère, Francia / 17 de enero de 2018. Puede ser una tormenta o una nevada fuerte, imposible saberlo al no contar con referencias. Se siente tremenda, por momentos. Para los locatarios, es habitual en el invierno y para los del sur del mundo es toda una novedad. Lo cotidiano se vuelve inusual en la mirada del extranjero que se sorprenderse ante a lo que sucede con frecuencia. Así, una ventisca del invierno en los alpes franceses se convierte en un hecho interesante para el que lo vive por primera vez. Es seductor, pero sumamente molesto al no saber cómo actuar: si es peligroso salir, con cuántas capas cubrirse, cómo caminar.

Son las 10 de la mañana, hay ocho grados bajo cero, 97 % de humedad, vientos de 53 km/h y la visibilidad es de 200 m. La sensación térmica ―la que realmente se siente, se instala y se padece― es de 19 grados bajo cero. Está frío. Muy frío.

El conjunto es abrumadoramente blanco y áspero, en las antípodas de la imagen romántica que venden el cine y la literatura. Los filos de las montañas se funden en el cielo, solo se distinguen algunas protuberancias no cubiertas y los pinos marrones que se mueven lentamente con algo de nieve en las ramas, a pesar de que el viento sopla decidido. Más abajo, en la ciudad, todo está cubierto de nieve: espesas capas sobre techos y balcones, muros de nieve acumulada, autos totalmente ocultos por la nieve que se posa en todo lo que encuentra (carteles, cubos de basura, canteros) y que va tapizando las veredas y la calle.

El viento es molesto porque esparce a los copos que golpean con firmeza y, convencidos, se meten donde pueden. La nieve siempre gana: pincha y quema los breves espacios de la cara que quedan descubiertos: los pómulos, la nariz. Se mete en todas partes y se pega a la ropa. Es impertinente y tenaz. El viento golpea las ventanas, cimbra los árboles y los postes; es tal, que suena como el mar.

La visibilidad, que es escasa, impone una única escena con una garúa dura de copos blancos y densos que suben, bajan, van y vienen y que finalmente se depositan en el suelo que va subiendo con constancia. Salir a la intemperie es una aventura incómoda para quienes no conocen de estas inclemencias. Los demás se mueven con cierta pericia, pero tampoco mucha. Todo es robótico, salvo el viento y la nieve que tienen su propia danza.

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