Arte callejero para reflexionar: los mensajes del Tano Verón

Nota publicada en Granizo / 2 de noviembre de 2019 / Fotografía: Erika Keuroglian y @tanoveron

Con letras grandes, en mayúsculas y en negro; con fondo de colores y una onda retro, el cartel callejero dice «Sea feliz (no joda al prójimo)». Otro, con la misma estética, anima al lector: «Improvise. Todos los caminos son correctos». Las letras braman, se precipitan de la pared y se lanzan a quien las lee. Ese mismo espíritu se mantiene en otros muros de Buenos Aires, también en ciudades de provincias y en el exterior. Detrás está el Tano Verón, un diseñador gráfico que en 2015 empapeló la capital argentina con estos carteles y comenzó a dejar su impronta en el arte callejero.

Es graduado de la carrera de Diseño Gráfico de la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde actualmente es docente. Es un apasionado de la tipografía, del mundo vintage y de las conversaciones lentas. Estuvo en Montevideo, en una visita fugaz el pasado agosto; dirigió dos talleres en la escuela de creativos Brother —uno sobre collage y otro sobre arte callejero—  para numerosos participantes que lo esperaban con denodado interés.

El Tano Verón habla rápido y es elocuente. Es muy amable y está atento a todo: se preocupa por los alumnos, posa para la cámara, responde las preguntas. Ofrece y prepara café. Es solícito. Se mueve con agilidad, a pesar de que es muy grande; tiene pelo bien corto, ojos muy expresivos y varios tatuajes, y usa una túnica de colores con aire infantil, como de pediatra, que en la espalda dice: «Amá lo que hacés».

En su mochila siempre tiene aerosoles porque está atento a los muros; pinta de día, pide permiso para usar las paredes y conversa con los vecinos. Involucra a todo el que se detenga a mirarlo. Usa el arte callejero para expresarse como ciudadano, además de ofrecer mensajes positivos. «Me involucro en las causas en las que siento que vale la pena. Si puedo ayudar a visibilizar desde el arte, lo hago», explica con convicción. Agrega que sus pinturas son democráticas, que están a la vista para que «reflexione el que quiera y el que no quiera, que ni las mire». Busca fusionar la calle, el arte, el diseño, los vínculos. Tiene un romance declarado con lo antiguo y por eso decidió reutilizar las imprentas viejas. El Tano Verón hace carteles con letras de madera y de metal, con una técnica que no requiere electricidad porque decidió salir de la computadora y con una brocha, un pincel y un látex reivindica el arte manual.

Su clave es estar activo: se mueve en la calle, da clases en la Facultad y en talleres, sus diseños se vehiculizan en cuadernos y pósters (de la marca Monoblock) y ahora lo tentó una gran editorial para publicar un libro de historias y carteles. Él es multimensaje, por eso sus túnicas siempre expresan algo, por eso su cuenta de Instagram es puro signo.

Su estadía en Montevideo —ciudad que no conocía— fue corta. Con poco tiempo y mucho ojo, identificó cuán latentes están las calles de la ciudad. «Creo que el fuerte es la letra urbana. Vi varios murales, pero la letra uruguaya se impone y eso está buenísimo. Hay un rasgo característico de acá que está bueno ver». Declaró que quiere volver en breve y coordinar con algún artista local para hacer un mural juntos. Pronto Montevideo tendrá un mensaje «tanesco» que seguramente se transformará en un lugar de encuentro, como la esquina porteña de Gurruchaga y El Salvador, un clásico de la ruta simbólica del Tano Verón.

Brother. Escuela de Ideas. Brother nació en Buenos Aires. Mauro Suárez fue su fundador, en 2002. De inmediato, surgió la sede uruguaya (en Montevideo) y luego la red se extendió a Chile, Perú, Brasil, España.

Martín Rumbo, socio y director académico de Brother Montevideo, explica que la escuela nació «con la consigna de formar talentos para entrar a la industria creativa, más principalmente a las agencias de publicidad». Después creció con el objetivo de «ensanchar el arco creativo y, por eso, empezaron otros cursos». Al ser una red de escuelas, cuentan con talentos de diversas partes del mundo y ofrecen propuestas con artistas locales y extranjeros. En ese marco, el Tano Verón estuvo en Montevideo, luego de «pegar onda con Guillermo [Giordano] en Brother Buenos Aires hace unos meses».

“La vida después del fútbol”: cuando los deportistas cuelgan los botines

Título: La vida después del fútbol
Autores: Patricia Pujol y Sebastián Chittadini
Editorial: Fin de Siglo

En la reciente edición de Feria del Libro (FIL) de Montevideo, se presentó La vida después del fútbol, una obra escrita por Sebastián Chittadini y Patricia Pujol y editada por Fin de Siglo. En el ciclo de charlas, el 9 de octubre, el periodista deportivo Rómulo Martínez Chenlo conversó con los autores a propósito del libro, un conjunto de retratos que da cuenta de cómo viven los futbolistas uruguayos el momento de «colgar los botines».

La inquietud surgió de la editorial. «Me lo habían comentado y realmente no me sentía con “uñas para guitarrero”», comentó Chittadini, periodista y autor de varios libros sobre fútbol. Entonces, «se abrió la cancha» con la incorporación de Pujol, también periodista y referente en el fútbol femenino. Si bien no se conocían, el proyecto fluyó de tal manera que en los textos no se evidencian las clásicas costuras de las tramas escritas a cuatro manos. Continuar leyendo

Nota publicada en Granizo / 15 de octubre de 2019
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Miniperfiles para #GranizoTV

Mercedes Rosende, primera entrevistada / Publicado el 3 de mayo de 2019

Escribe y lee mucha novela negra. Menciona autores y obras, y no duda en elogiar y recomendar a sus favoritos. Se la juega. Se nota su fervor. Es simpática y muy natural. Esa mañana en la que grabamos la entrevista llegó desplegando cordialidad y frescura. Vestía de gris y negro y, en el conjunto, sobresalían los lentes de marco rojo y el pelo castaño claro, vaporoso, que, cada tanto, repasaba con sus manos en un gesto de verdadera coquetería femenina.

Le ofrecimos café e inmediatamente respondió que sí. Cuenta que es algo que le apasiona. Todas las mañanas se prepara una prensa francesa y, cada vez que escribe, necesita una taza «muy cerca de la mano derecha», bien al alcance.

Está trabajando en su cuarta novela («algo así como un sueño», reveló), y nos contó que su agente literario la apura con la entrega. Se confiesa muy desordenada, le cuesta mucho concentrarse y asegura tener un «déficit atencional no diagnosticado que se compensa con profesionalidad».

Colecciona cuadernos y libretas. Escribe con lapicera violeta y con verde tacha garabatos que ni ella entiende. Llena esos cuadernos —de diversos tamaños y de tapas de colores—  con ideas; toma notas todo el tiempo y, como después no entiende su letra, interpreta a su antojo. Mientras comparte estos detalles de su vida, gesticula con gracia, entona la voz y explica de forma muy didáctica. Se nota que, además de escritora, Mercedes Rosende tiene experiencia y vocación docente.

«La dama y el perrito»

Historias de gente que parece común

Publicado en Granizo.Uy / 8 de febrero de 2019

Fotografía: Javier Noceti

Felipe y los lobos

Es primavera, caen las pelusas de los plátanos en el Cordón. Revolotean. Todo lo invaden. Ella estornuda y el perro también: es que las pelusas se meten, por igual, en la garganta de personas y animales. Como todas las mañanas y las tardes, los dos están en la esquina del Bar Luz en el Cordón. Ella lee el diario, toma café, charla con los mozos y saluda a los vecinos que pasan por la vereda, un cruce muy transitado y con reminiscencias de barrio.

—Me llamo Josseline Ivette Cabanne. Cabanne con dos enes; como Pierre Cabanne, el escritor francés—. Toma mis útiles y escribe para asegurarse de que no haya errores. La lapicera es grande y la libreta es chica, sus manos aletean y los dedos parecen perder el equilibrio, pero Josseline se acomoda y escribe, concentrada, nombre, apellido y teléfono.  Aclara que va al bar todos los días porque la atención es muy buena, el café es muy rico y porque Felipe se hizo habitué.
—¿Desde cuándo tenés el perrito?
—En París y en Madrid vi que mucha gente salía con sus perros. Se sentaban en los bares, en los boliches, en los restoranes e iban a las galerías y autobuses con los perros. Y me pregunté: ¿yo no tendré un perrito? Se lo dije a mi hijo y conseguimos a Felipe, en 2015, y empecé a venir todos los días porque él necesita socializar, así me dijo el veterinario.
—¿Por qué elegiste un salchicha?
—No lo elegí. Yo quería tener un perrito y a Christian, mi hijo, se le ocurrió que fuera un salchicha. Cuando era cachorrito, Felipe hacía amistad con todo el mundo, pero ahora se ha puesto bastante selectivo y tiene sus preferencias. Es íntimo amigo de Pablo, que viene al bar todos los días. Con Pablo tiene locura y con algún otro más también.

Fotografía: Javier Noceti

Josseline es docente de Educación Artística con énfasis en Artes Visuales. Se formó en Literatura, en el antiguo Instituto de Estudios Superiores, y en Arte en el Taller Barradas, principalmente. Desde hace treinta y seis años se dedica a la enseñaza y ahora, jubilada, sigue formando a otros docentes: «siempre en el encuadre de taller porque permite encuentro, diálogos, conversaciones». Desde hace tres años va todos los días al Bar Luz y promovió la creación de un rincón literario que el café ostenta desde el segundo semestre de 2018. Frente al baño había un biombo de mimbre, viejo y desvencijado, y uno de los responsables encargó la restauración de unos postigos que hoy ofician de estantería y que otorgan cierto refinamiento cultural al lugar. Ella hizo la primera donación de libros y luego otros clientes se sumaron.

—En un café del casco antiguo de Bilbao había libros y un cartel que decía: «El rincón del libro promiscuo. Se va con quiera cogerlo». Entonces traje la idea para acá, porque este bar me gusta, pero aquí hay palabras que no podemos usarlas—. Habla con picardía y ríe abiertamente. Disfruta del recuerdo y saborea la historia entre sorbo y sorbo de café.
—Los dueños se apropiaron del proyecto— agrega con orgullo.
—Pregunté de quién había sido la idea y me dijeron: «de la señora del perrito».
—Como Chejov, la dama del perrito— responde con brillo en la mirada y afirma.

A pesar de la tradición literaria de los cafés de tertulia de los siglos XIX y XX y de ciertas cafeterías más modernas que ofrecen libros o que se instalan en librerías, una biblioteca en un bar de barrio es una curiosidad. No todos los clientes se acercan, pero sí reparan en esos libros. Hay nuevos y viejos, hay títulos para niños y para adultos, hay novelas y cuentos.  La biblioteca se ha transformado en motivo de conversación: con los mozos y entre los clientes. Y se escuchan recomendaciones y reflexiones sobre un libro no terminado, el que más gustó, el primero de la vida, el que está pendiente.

A la señora del perrito le gusta el café bien caliente. Si lo encuentra frío, pide que se lo calienten un poquito más. Los mozos están atentos, ya lo saben, y cuidan sus hábitos. De mañana, come pan con grasa y algunas tardes un alfajor de maicena. Pero no quiere que su hijo lo sepa porque «me va a retar», dice con picardía. Además del Bar Luz, va a otros bares y cafés. Conoce todos los del barrio y los del Parque Rodó, el Centro y la Ciudad Vieja. Va a las cafeterías de moda y a las clásicas. Cuando Felipe era chiquito, iba a Puro Verso y lo llevaba en el bolso. Dice que lo acariciaba y se quedaba tranquilo mientras ella leía, miraba libros y tomaba café. A Josseline le gusta salir, tiene muchas actividades: los jueves de noche coordina un curso en el taller Barradas para docentes y los martes da clases a los que se forman para maestros de Educación Inicial, siempre en educación artística. Los miércoles de tardecita asiste, como alumna, a la cátedra Alicia Goyena y los viernes, en general, tiene más libre, pero aclara que muchas veces supervisa trabajos de los docentes y que los fines de semana siempre tiene algo.

—Tu agenda es muy agitada…
—Sí y dos veces por semana voy al Espacio de Desarrollo Armónico de Graciela Figueroa. Tomo clases de Armonización y Danza. Me encanta. Ella combina varias disciplinas: yoga, baile, el encuentro.
—A ti te interesan los encuentros y generar conversaciones, ¿hablás a través de los libros y de tu cuerpo que se expresa?
—Claro. El Espacio de Desarrollo Armónico integra hasta la capoeira. Integra el grito primario para identificarse con el animal. Yo me identifico con el lobo. Entonces, de repente, me paro y aúllo—.  Estamos sentadas afuera y Josseline fija la mirada en la calle, sus ojos se posan en el aire, endereza el cuerpo, acomoda los hombros hacia atrás, apoya levemente las manos sobre la mesa y, en teatral pose con la cabeza en alto, aúlla. Aúlla. Lo hace bien. Lo hace con convicción, con cuerpo y alma, y luego ríe. Ríe.
—¿Y vos hacés todo eso?
—Sí. Yo trato de interpretar lo que Graciela hace y le contesto a través de mi cuerpo. Es un diálogo corporal.
—¿Cuántos años tenés?
—¿Qué te parece?—. Se rehúsa, como en un juego de típica frivolidad femenina, tengo que convencerla y finalmente responde.
—Bueno, cumplí 70.

Fotografía: Javier Noceti

Los libros y los platos

Es verano, hay mucho sol que se cuela a través de los plátanos y hace algo de calor. Ese día, Josseline usa un sombrero de paja, con ala. «Lo uso por el sol y en primavera siempre ando de sombrero porque me protege de las pelusas de los árboles. En invierno también uso, por el frío. Y Felipe, en invierno, usa capitas, tiene varias. También le compré un pañuelo, pero no se lo dejó poner. Él es friolento, de noche se cubre solito con su manta».

Cuando hace frío, ella se abriga para salir —con capas de diversos materiales, algún pañuelo o chalina y siempre con un marcado perfil de artista bohemia— y se resguarda en una mesa próxima a la pared. Si el día lo permite, disfruta del sol. Siempre se sienta afuera porque va con el perrito. Y, si llueve, no pueden ir porque al chucho no le gusta el agua. «Sí bañarse, pero no mojarse con la lluvia. Es muy coqueto». En verano, cuando hace calor, Josseline se sienta en una mesa que está frente a una puerta secundaria que, suele estar cerrada, pero que los encargados abren para ventilar. El perro se acuesta en la vereda y, de a poco, va metiendo su cuerpito hacia adentro, buscando el fresco del interior. Felipe gana espacios porque, como dice Josseline, «se cree el patrón del barrio».

—¿Se porta bien?
—Sí, bastante.
—¿Rompe cosas?
—Bueno, él se cree un artista y hace intervenciones textiles que comienzan como un broderie y terminan en un filamento. Entonces lo tengo que retar.
—¿Reconoce tu tono de voz?
—Cada vez más. Yo le digo: «hay un regalo para Felipe» y va a la heladera porque sabe que tiene un hueso o carne. Y si le digo: «vamos a dormir», va para su camita. Con «vamos a pasear» se pone como loco y agarra la correa. Reconoce, desde muy pequeño, cuando le digo «quedás al mando» o «quedás al frente».
—¿Por qué «queda al frente o al mando»?
—Cuando queda responsable del apartamento porque yo me voy a trabajar.
—Te decodifica por la entonación de tu voz…
—Dicen que los perros tienen un acervo comprensivo de 170 palabras y que hay que hablarles mucho. Yo creo que le da rabia no entender todo el lenguaje, porque Felipe quiere hablar.

Fotografía: Javier Noceti

Josseline adora los libros y confiesa que cada vez tiene más. Los atesora, aunque se desprendió de algunos para formar la biblioteca del bar. Colecciona libros de adultos y, en especial, de educación artística y de filosofía de la educación. También tiene libros para niños pequeños porque coordina un curso de primera infancia. Lee de todo un poco: «Me gustan todos los escritores que le gustaban a Julio Cortázar porque ¡soy devota! ¡Devota de Julio! Lo amo locamente».

—Empecé a leer a Walt Whitman a los doce años. Ahí comencé a hacerme humanista y antibelicista. Leo mucho en francés. Ahora estoy leyendo un libro sobre filosofía de la educación artística y a Loris Malaguzzi, de Reggio Emilia.
—Hoy te vi leyendo El Observador, pero comúnmente leés El País.
—Leo lo que hay acá, como para empezar la mañana. Pero no son diarios que compro para nada. Me gusta la revista Lento y me gusta mucho Brecha. Antes la compraba, ahora no puedo, porque no me dan los capitales y tengo que priorizar.

Josseline ha dado varias ponencias sobre educación para el arte. Fue dos veces a España a presentar trabajos: en 2007 estuvo en la Universidad de Alcaná de Henares en un encuentro de escritura silenciada y, en 2015, en la Universidad de Huelva, donde disertó sobre educación en el arte en contextos socioeconómicos desfavorecidos. «Es un tema en el que he trabajado bastante. El arte permite calar hondo», reflexiona. Felipe ladra y nos interrumpe. Josseline lo llama al orden y seguimos conversando hasta que se repite la escena.

En 2016, curó una exposición de platos infantiles con depósito para el Archivo Histórico de Montevideo. En 2018, diseñó una nueva muestra para el Museo de Historia del Arte (MuHAr) de Montevideo. Las exposiciones surgieron de su propia colección. «Tenía tres platos infantiles, los térmicos que se calientan con agua abajo», explica. «Muy viejos, de “cuando la tierra estaba caliente”». Y así comenzó a coleccionarlos. Los compra en la feria de Tristán Narvaja, en la casa de remates Bavastro y trilla la feria del barrio, también.

—¿Cuántos platos tenés?
—¿Esto va a ser público? Me estás dejando «en cuero vivo». Bueno, poné 200 piezas— dice mientras ríe fuerte, revolea los ojos y busca a Felipe que, atado, nunca se aleja más de un metro porque, además, es aprehensivo y también un poco quisquilloso.
—Nos tenemos que ver otro día, ahora me voy al taller. El sábado voy a hacer una formación con un grupo italiano que trabaja el gesto gráfico desde la danza, desde el movimiento. Me voy a tomar dos oxabedoce para «aguantar la pulseada» porque será todo el día.

El oxabodoce es un analgésico y desinflamatorio que Josseline toma para calmar sus dolores neuropáticos (mal funcionamiento del sistema nervioso). «Me cuesta subir escaleras. Me cuesta mucho, pero vivo en un segundo piso por ascensor», aclara al pasar sin prestarle mucha atención a la cuestión.

Fotografía: Javier Noceti

Colgada en un arnés

Una mañana tomamos café y reflexionamos sobre los objetos del ritual: la taza, el pocillo, el vaso y la bebida. A Josseline le gusta el café en pocillo, ya sabemos que caliente, pero lo repite varias veces para que quede claro. Me cuenta que desayuna con café y que el resto del día toma mate. Compra café en una tienda del barrio.

—Pido 300 gramos de familiar especial y 200 gramos de moka. Lo hago moler para la cafetera italiana. ¡Queda delicioso! El sabor y el objeto, esa cafetera… Los italianos son los padres del diseño. Pero no conozco Italia, siempre fui a los mismos lugares: España, Francia y algo de Portugal. Como «el caballo del comisario, siempre a los mismos lugares».
—Decías que te gusta el mate…
—Me gusta el mate, pero me gusta que me lo ceben. Es que en casa no sé dónde lo dejo. Me olvido. No tomo mucho té porque me da un poco de acidez. Me encanta el submarino porque me enloquece el chocolate. ¡El chocolate! ¡El chocolate!— y Josseline ríe. Y Felipe ladra. Ella lo mira y dice: «Este se cree el dueño del barrio».

Me muestra una foto de Christian, su hijo. «Es psicólogo, también vive por aquí y, a veces, viene conmigo al bar. Le encantan los perros y con Felipe se llevan divino. Felipe se vuelve loco cuando le digo que viene su hermano. Además de ser buen mozo, Christian es un excelente profesional y una excelente persona». Su expresión se suaviza, como si se quebrara.

—¿Qué hiciste el fin de semana?
—Fui a ver una película exquisita, impresionante: Mi obra maestra. Te la recomiendo. Fui con un amigo. No tiene desperdicio esa película.
—¿Y vas al cine sola, también?
—Sí. Me gusta ir con compañía, pero también voy sola.
—¿Te molesta salir sola?
—No, para nada—. Su voz denota asombro, como si la pregunta sobrase.
—No todo el mundo vive la soledad como una oportunidad.
—Puede ser. Yo no me ato a la situación. Voy generando el día a día.
—¿Hiciste algo más el fin de semana?
—El sábado estuve todo el día en una formación intensísima en Casa Rodante: una compañía italiana que trabaja el gesto gráfico y el gesto corporal. Muy nutritivo y formador. ¡Todo el día! Estuve desde las nueve de la mañana hasta las ocho y media de la noche. Y, después de estar todo el día en la formación en Casa Rodante, me fui de noche a una cena en La Unión.

Pasa una vecina con su perro. Se para y saluda a Felipe. Él se queda quieto para recibir mimos. Minutos después se acerca un muchacho con su mascota y Felipe, atento, lo espera para jugar. Josseline reflexiona: «Felipe y sus amigos». Me quedo mirando los perros y su juego un tanto infantil, cómo interactúan los dueños y el mozo del bar que también es parte de la dinámica. Josseline aprovecha mi distracción y busca algo en su celular. Me muestra un video en el que está colgada en un arnés de tela, se la ve paralela al piso, suspendida en el aire y dibujando sobre cartulinas.

—Eso fue el sábado en Casa Rodante. Sentís que volás y mientras, con las manos, hacés gestos gráficos sobre el papel. Fue intensísimo— cuenta con entusiasmo.
—¿Y vos te colgaste?
—¡Obvio! ¿Me voy a quedar con las ganas de experimentar eso?

Fotografía: Javier Noceti

Fuentes

Josseline Cabanne, comunicación personal, 11 de octubre de 2018.
Josseline Cabanne, comunicación personal, 15 de octubre de 2018.
Josseline Cabanne, comunicación personal, 18 de diciembre de 2018.
Josseline Cabanne, comunicación personal, 14 de enero de 2019.


Federico «Fede» Vaz Torres: «En la armónica, encontrar el tono es un viaje»

Texto publicado en Granizo.uy

Copyright: Sergio Gómez

—¿Cómo suena una armónica?

—¿Cómo suena?— se pregunta «Fede» Vaz Torres mientras recorre el lugar con la mirada como si la respuesta sonase en el aire. Minutos después, con un dejo de felicidad y de asombro casi infantil, agrega: «Es un instrumento que tiene el rol de cantar y de encargarse de la melodía».

—¿Tiene la pluralidad de las voces?

—Sí. Puede imitar la voz humana, como pocos. Usa, mediante la respiración, unas lengüetitas que permiten ser la propia voz y cada persona que toca la armónica tiene su voz con el instrumento, salvo los principiantes que soplan desde la boca y no desde el tracto y eso genera un timbre bastante común. En la armónica encontrar la voz es encontrar el tono y es todo un viaje.

El entusiasmo y el carisma musical de «Fede Vaz» Torres se perciben sonoramente: explica con gestos de instrumentos, canta, imposta la voz, mueve los pies con ritmo y golpetea cada madera que encuentra. Le gusta explicar y poner en palabras la complejidad de la armónica, un «instrumento inventado para llegar a todo el mundo, pero difícil de ejecutar. No hay chance de errarle en un principio porque las notas están puestas para dar acordes, soples donde soples. Pero después eso se hace muy monótono, te limita la posibilidad de cantar melodías y por eso hay que estudiar y practicar».

Copyright: Sergio Gómez

La armónica es un instrumento de viento (grupo viento-madera, subgrupo instrumento de lengüeta libre) inventado en China tres mil años antes de Cristo y conocido como sheng (voz sublime). En 1821, Christian Friedrich Ludwing Buschmann —relojero alemán— creó una versión moderna de la armónica que llamó mundäoline y que dio origen al desarrollo del actual instrumento. La armónica se popularizó en Estados Unidos, durante la Guerra de Secesión, por su portabilidad y bajo costo. «Estaba al alcance de mucha gente y hay historias de armonicistas famosos que las robaron para poder tocar», ilustra el músico.

El mismo Fede Vaz está dentro de este grupo de armonicistas. Con tono cómplice y sin vergüenza narra la historia: «Viví en La Paloma desde los tres años hasta la adolescencia. Me mudé a Montevideo a los diecisiete para jugar al fútbol y seguir el liceo. Me fue muy mal en los estudios y mis viejos me mandaron a laburar con una prima que tenía un cibercafé. Estuve un par de meses y un día descubrí una armónica en un mueble. La probé, me enamoré y me la llevé. Fue un viaje».

«Fede Vaz» Torres tenía dieciocho años cuando decidió llevarse esa armónica en el bolsillo, pocos meses después buscó un profesor y llegó al reconocido Eduardo «Pato» Acevedo. «Lo vi en un programa de Omar Gutiérrez, estaba tocando con El Sabalero. Lo llamó rápidamente y tomé clases con él dos años. Estaba todo el día fisurado con la armónica».

Años después se fue a Buenos Aires a un festival internacional en el que encontró músicos brasileños y argentinos que lo colmaron de información, pues fue la primera vez que vio folclore, jazz gitano, rock. «Se me abrió la cabeza porque yo solo conocía los blues», explica con entusiasmo.

Copyright: Sergio Gómez

Después formó un dúo con un amigo, también empezó a tocar en otras bandas y con Eddy Díaz, un blusero muy conocido. Un día el azar, su talento y las papas fritas le dieron una gran oportunidad: «A los 23 años estaba trabajando de cocinero en La Paloma y llegó La Triple Nelson. La dueña del lugar, que tenía terrible onda, les dijo: “tengo un pibe acá que, cuando no cocina, toca la armónica”. En el show me invitaron, salí con olor a papas fritas y toqué con La Triple. Fue terrible experiencia. A partir de ahí Christian Cary me llamó para tener un toque juntos. Empecé a hacer algo de carrera y aprendí mucho de él, un tipo con gran carisma. Estuve cuatro años tocando con Cary por todo el país y empecé a curtir fuerte: otras bandas me empezaron a conocer y la gente también».

Vaz Torres se ha ganado un lugar en la historia de las armónicas del Uruguay como músico, docente y luthier. Además, es el creador del Club Uruguayo de Armónicas, un grupo que nuclea a sus alumnos y exalumnos y que también está abierto a otros armonicistas. «Armé el Club para que ellos se junten. No todos son músicos, algunos están recién empezando. Pero se entusiasman, ven que otros lo logran y que se puede tener una banda. Es un gran grupo humano que nos enseña la importancia de cada uno».

El Club se formó en 2018. Ya tiene logo, remeras, videos subidos en las redes sociales, lugar de reunión y de práctica, varios talleres con músicos nacionales y extranjeros y un proyecto muy ambicioso: dar vida a la Feel Armónica, la primera orquesta de armónicas del país.  

Copyright: Sergio Gómez

#MuseosEnGranizo: Gustavo Ferrari y el MuHAr

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Nota publicada en Granizo / 29 de octubre de 2018 / Fotografías: Fátima Costa

Esoeris: la estrella del Museo de Historia del Arte

Una momia y mucho más. En el Museo de Historia del Arte (MuHAr) hay una momia. Es Esoeris (o Eso Eris, Gran Isis, Aset Weret), una sacerdotisa egipcia. Es la única momia que hay en el Uruguay que fue adquirida, a título personal, por un compatriota —el Ing. Luis A. Viglione— en El Cairo en 1889. Un año más tarde, Viglione donó la momia al Museo Nacional de Historia Natural de Montevideo. Desde el 2000, forma parte del acervo del MuHAr y de la mayor colección de arqueología egipcia de nuestro país. Esoeris es la más visitada, «es la estrella del Museo», explica Gustavo Ferrari Seigal, el director del museo.

El MuHAr —ubicado en Ejido y 18 de Julio, en una de las esquinas de la sede central de la Intendencia Municipal de Montevideo (IM)—, depende del Departamento de Cultura de la IM. Además de Esoeris, hay varios miles de objetos más. El MuHAr fue fundado en 1971, aunque la colección que lo originó comenzó a formarse en los años 50, y su objetivo es abarcar la producción estética del ser humano a lo largo de la historia.

El principal acervo del MuHAr se originó a instancia de su creador, el Arq. Fernando García Esteban, profesor de Historia del Arte. «Él fue encomendado, incluso en misiones oficiales, para adquirir piezas para lo que en aquel momento era el Consejo Departamental de Montevideo, hoy Intendencia de Montevideo», explica Ferrari. Además de objetos seleccionados por García Esteban, el primer núcleo del MuHAr se constituyó con réplicas del Museo Nacional de Bellas Artes (actual Museo Nacional de Artes Visuales, MNAV) y calcos de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República, «que responden a una época en la que se estudiaba a través de los calcos, con el dibujo directo, muy centrado en lo europeo», dice Ferrari.

Hoy el Museo sigue, con gran dificultad, adquiriendo piezas. El director explica que en su gestión —como coordinador primero y como director después— se han realizado compras directas a través de subastas públicas, «en algunas períodos con mayor apoyo, obviamente, por razones económicas o administrativas».

Fotografías: Fátima Costa

Originales y réplicas con fines didácticos. El propósito del MuHAr es explicar la historia del arte. «Somos un museo didáctico y por eso tenemos originales y muchas réplicas. No somos un museo de Bellas Artes, sino un museo que reúne y divulga la producción estética humana en sus más variadas culturas y épocas», explica Ferrari.

El museo tiene casi tres mil metros cuadrados distribuidos en cuatro niveles. En el segundo subsuelo se exhibe el arte precolombino y hay una sala dedicada al arte africano. Un piso más arriba, en el primer subsuelo, se despliega la colección de calcos desde la Prehistoria a Roma y en la planta baja están la galería para exhibiciones —sobre la calle Ejido -, la cafetería, la recepción y una sala polivalente. El primer piso alberga la principal biblioteca de arte del Uruguay, el sector administrativo y una sala de docentes.

La colección del museo, que responde al guion museográfico planteado por el actual director, se muestra por áreas geográficas en recorridos históricos. «Hay algunos saltos —explica Ferrari―. Es que algunas piezas emblemáticas, por su envergadura, están dispuestas de otra manera para poder disfrutarlas».

Además de la colección permanente, que tiene gran diversidad de piezas, hay muestras transitorias del acervo del museo más otras itinerantes. La selección está a cargo del director y, si son externas, tienen curadoría propia. La temática siempre es la historia del arte. «Las salas no se abren para exhibir obras puntuales, salvo que se vinculen con la historia del arte en general o estén en diálogo con el museo», aclara Ferrari.

El MuHAr tiene, en la actualidad, un equipo docente menguado. «Antes había cuatro docentes; hoy quedan dos. El mínimo necesario, por horarios y por las peculiaridades de la colección, es de cuatro», dice el director. El área didáctica del MuHAr tiene, a juicio de Ferrari, un impacto menor que el deseado. «Ser una institución pública —explica— nos da ventajas. No tenemos que pensar en generar proventos, pero el presupuesto es acotado y es mucho menor del que quisiéramos». Con los dos docentes y con Ferrari, que muchas veces oficia de guía, el Museo recibe un número importante de visitantes: público en general, turistas y, principalmente, liceales y escolares.] Para Ferrari, el enlace que establecen con los jóvenes es motivo de orgullo. «No son el gran público en los museos, llegan obligados por la clase pero se interesan por la temática. Les resulta atractiva la puesta en escena de la colección, y logramos enganchar a la mayoría. Hay feeling y así lo dicen».

Fotografías: Fátima Costa

Diversos objetos, diversos problemas, diversos encares. La función de conservación del Museo de Historia del Arte es compleja debido a los distintos materiales que conforman la colección. La pregunta ineludible es acerca de la conservación de Esoeris. Y, al respecto, el director señala: «La momia, manteniendo las condiciones que tiene de temperatura y humedad —esta última es fundamental― no presenta problemas. Los egipcios hicieron un muy buen trabajo, así que la cuestión es continuar ese trabajo».

En la colección del MuHAr conviven los más diversos objetos y, por lo tanto, diversos problemas técnicos. En palabras de Ferrari: «Tenemos un Taller de Restauración, pero no contamos con restaurador. Sí tenemos una conservadora textil, a través de un contrato. Hay poca cosa de pintura y tenemos algo para restaurar ahora; no contamos con el presupuesto para ello y debemos contratar a un restaurador externo».

En el MuHAr se desarrollan líneas propias de investigación, con mucho interés y compromiso, pero poco presupuesto. «Egiptología, a través de un conservador honorario. Además hay una curadora honoraria, que trabaja desde hace muchos años, en el sector asiático. Ambos casos fueron resolución del Intendente —agrega Ferrari―. En el sector precolombino, el más numeroso en originales, no hay un curador y es importante para conservar e investigar. Son más de 800 piezas».

Accesibilidad y estrategias para la implicación emocional. El guion museográfico está pensado para contemplar las piezas expuestas. El material original se exhibe en vitrinas, mayormente, y las réplicas están expuestas al público. «Cuando se tocan, se dañan», explica el director. «En el mejor de los casos, con la mano abierta se transfiere grasitud. Los daños, con la uña o un anillo, pueden ser incluso mayores».

El Museo no cuenta con audioguías, por ahora. «Están faltando y la cuestión presupuestal incide, obviamente». Sí tiene ascensor, fundamental en el proyecto museístico de Ferrari que comenzó a implementarse en los años 90. «La obra del ascensor, que cosía los cuatro pisos, se hizo con el Museo funcionando. Implicó demolición, se encamisaron los cuatro pisos y se trabajaba en una zona de obra mientras el resto era un museo en funcionamiento. No es algo habitual y lidiamos con eso».

Fotografías: Fátima Costa

Gustavo Ferrari: “El mundo de los museos es parte de mi vida. (…) Cuesta estar a cargo de todo”

La charla con Gustavo Ferrari Seigal, director del Museo de Historia del Arte (MuHAr), fue corta, pero rica en contenido. Ferrari habla rápido y claro, es conciso, da respuestas breves y concretas. No suele abrir paréntesis, salvo que la cuestión amerite una larga explicación. Es menudo y enérgico, atento y diligente.

Al comienzo de la entrevista, aclara que no es arquitecto recibido. Lo hace como muestra de su honestidad intelectual y agrega que tiene toda la carrera terminada, pero no entregó la carpeta final. Además, fue docente en la Facultad de Arquitectura (Universidad de la República) de la asignatura Expresión Gráfica y también trabajó en Composición Arquitectónica del Taller López Perdomo. En el ámbito en el que desarrolla su labor, se formó en la tecnicatura en gestión cultural en el Centro Latinoamericano de Economía, «ni bien se abrió la carrera».

Es director del MuHAr desde hace seis años, aunque aún es interino. Está vinculado a la gestión del Museo desde 1991. Trabajó junto al arquitecto responsable de la obra y estuvo a cargo del guión museográfico del actual Museo. «En el 91 el museo estaba desmontado y en obras. El guion curatorial era definitorio y me empecé a interiorizar en el acervo, en los depósitos, catálogos y fichas. Armé un guion básico y el ajuste del edificio se hizo en función de ese guion. Al año, me hice una oficina, en un pequeño rincón abajo para estar al lado de la obra». Palpitó su crecimiento, vivió las decisiones, sintió el polvo y respiró el aire de la remodelación. Ha sido coordinador de montaje, coordinador general después, conservador (por llamado y concurso de oposición y mérito) y luego director interino hasta el momento. Está próximo a retirarse y dice que, una vez jubilado, seguirá vinculado al mundo de los museos porque esa es su vida.

Su oficina está en el primer subsuelo del MuHAr. Sin vista a la calle, se despliega el escenario de su trabajo cotidiano entre numerosos estantes y mesas repletas de carpetas, papeles y hojas. «Siempre soy director del Museo, trabajo diez horas mínimas de lunes a viernes», agrega. Y explica que, al no contar con personal técnico, el trabajo se recarga en él. «Me encargo del Facebook, de la página web, también de cuestiones de investigación, del relacionamiento con los curadores honorarios o externos y de la carga administrativa. Por suerte hay una jefa administrativa, muy buena, que me alivia el trabajo. Es cambiar el chip continuamente. Cuesta estar a cargo de todo».

Muchas veces, también oficia de guía. Lo hace cuando quienes están a cargo no pueden, a pesar de la enorme cantidad de tareas de las que se encarga. Sus conocimientos le permiten cubrir los dos niveles del Museo: arte precolombino e historia del arte. Además de gestionar los recursos del MuHAr, tiene «el orgullo» de haber puesto en escena la vasta colección de objetos de una manera visualmente «agradable y cálida».

Ferrari confiesa, como tantos otros en su mismo rol, que les es muy difícil dejar de ser director del MuHAr cuando no está en el Museo. «Continuamente estoy pensando en beneficiar al Museo. Cuando voy a otro, me fijo en una fotografía, en una experiencia o en un contacto para el MuHAr». Más allá del cometido y su compromiso con la función, el arte lo interpela, como al resto de sus colegas: «Sí logro abstraerme, en un momento, y disfrutar del arte. Soy muy sensible a las manifestaciones etnográficas que aportan datos más íntimos, más cercanos, más cálidos. Ese el tipo de museos que me llega más».

Fotografías: Fátima Costa

●●●Qué ver en el Museo de Historia del Arte
En el Museo de Historia del Arte hay, aproximadamente, dos mil piezas. En palabras de Gustavo Ferrari, «visitar el MuHAr puede ser una experiencia muy removedora, para cualquiera, tanto para el amante del arte como para el neófito». Para este último, habrá interesantes objetos y «el amante del arte, que sabe apreciar la calidad de los originales y de las copias, podrá disfrutar de un breve recorrido con piezas que están dispersas en otros».

Además de la momia Esoeris, que es la estrella del MuHAr, el Museo exhibe «otras piezas importantes. Dentro de cada una de las categorías, hay algo para ver. La colección precolombina es la más importante en exhibición en el Uruguay, también»

●●Dónde está el museo
Ejido 1326, Centro

●●Web y redes
Con poco personal —en la actualidad trabajan diecinueve personas, mientras que llegaron a treinta en su mejor momento―, el director del MuHAr también se encarga de la comunicación y de las redes. El Museo tiene página web y cuenta de Facebook, herramientas de difusión que se actualizan con asiduidad.

●●Público/Privado/Costo
Museo público con entrada libre y gratuita. Consultar horarios y días libres en la web del Museo.

●●La tienda y la cafetería del MuHAr
El MuHAr tiene cafetería a cargo de la concesionaria que brinda los servicios de la Intendencia Municipal de Montevideo. Aún no tiene tienda; está prevista en el proyecto, pero no ha podido concretarse por cuestiones presupuestales.

●●Estacionamiento para bicicletas
Si bien el MuHAr no cuenta con estacionamiento específico para bicicletas, hay buena disposición e interés en la cuestión. «Aunque no es la constante; en el Centro hay pocos ciclistas y los turistas, en general, llegan caminando», explicó Ferrari.

Las caras dominicales de Montevideo en #GranizoUy

Publicado en Granizo / 22 de octubre de 2018

Rambla, deporte, ferias, gastronomía y museos. 

Con suave temperatura y ondulante viento, Montevideo se quita, minuto a minuto, los resabios del invierno. A media mañana de un domingo de fines de setiembre, muestra colores de primavera en el cielo, los árboles, el césped, las ropas y los rostros. Rambla, deporte, ferias, gastronomía y museos: así es una de las caras dominicales de Montevideo.

Fotografías: Erika Keuroglian

La rambla es uno de los escenarios más originales de la capital. Desde las primeras horas hay ciclistas (algunos con vistosas bicicletas, ropas y accesorios y otros en birrodados más modestos), corredores y caminantes. Hay locatarios y también hay turistas que se identifican por su voz, alguna bandera distintiva y por las sucesivas fotos en los icónicos emplazamientos de la ciudad. En la zona también hay muchos autos y algunos pocos buses.

En veintidós kilómetros de rambla, Montevideo enseña edificios y casas, áreas verdes, dos puertos, monumentos, plazas, palmeras y algunos bancos. Todo mira al Río de la Plata. La rambla es un borde sinuoso que divide dos mundos. De un lado, hay verde, arenas blancas o rocas y el agua mansa de un río marrón lechoso; del otro, la gran metrópoli del país con sus luces y sombras, que los domingos elige despertarse más tarde. En ese borde ondulante se congregan miles de personas para hacer deporte y pasear. La rambla es un motivo de encuentro, de esparcimiento y de inspiración que se refleja en el arte: pintura, fotografía, literatura, música. En las veredas y en los parques linderos los uruguayos toman mate. Algunos lo hacen en solitario, otros en pareja o en pequeños grupos. También hay cafés para degustar buenos granos, los de especialidad, una tendencia internacional que Montevideo acompaña. En la tarde, hay vendedores ambulantes que ofrecen helados: barritas, conos, sándwiches. Son cremosos, dulces y de estridentes colores; son los preferidos de los más pequeños.

Desde Carrasco —encumbrado barrio capitalino— hacia el Puerto (el kilómetro cero) hay puntos estratégicos para contemplar la ciudad y el manso recorte del horizonte. El largo collar se forma con el Hotel Carrasco, un imponente edificio que fue inaugurado a principios del siglo XX con reciclaje a cargo de la cadena Sofitel, la playa para kite surf y otros deportes de viento en Malvín, el Puerto del Buceo, el cartel de Montevideo en Pocitos que es cita obligada para la foto turística, el Club de Golf y el Parque Rodó que aportan sus espacios verdes, la Fotogalería de la zona —una exposición a cielo abierto que se renueva periódicamente—, la pista de patinaje y el otro embarcadero, el fundamental collado de Montevideo con fama de tener el mejor calado del Río de la Plata.

Fotografías: Erika Keuroglian

Sobre el Puerto hasta Palermo se congregan los pescadores con sus cañas y carnadas en una zona en la que la rambla es ancha y bastante más tranquila. Ahí también se toma mucho mate y reinan la concentración y el silencio. No se escuchan estridencias, solo el ronroneo de los autos y de alguna radio. Los pescadores comparten escenario con los ciclistas que, afanados contra el viento que siempre sopla en Montevideo, pegan la vuelta hacia el este, y también con los patinadores que cada día son más.

En la rambla o en algún otro barrio montevideano es habitual encontrar carreras pedestres. El runninges un deporte fermental en el Uruguay, como en el resto del mundo. Si bien en la ciudad hay carreras todo el año, en primavera y en verano el calendario es más activo. En estos encuentros hay despliegue de color, endorfinas, sudor, música y jolgorio contagiante.

En las zonas de playa hay bañistas que aprovechan el sol. La temperatura del agua está fría y se ven pocos en el agua, solo los más atrevidos. La mayoría se asolea en la arena. Hay pocas sombrillas y mucho filtro solar que hace brillar la piel. Algunos juegan a la pelota, otros al tejo y varios se entretienen leyendo.

Montevideo es una ciudad muy arbolada —con más de doscientos mil ejemplares, algunos centenarios— y en primavera se lucen varias especies. El palo borracho (Ceiba speciosa) muestra brillantes flores rosadas, de cinco pétalos que, muy tupidas, generan un manto como de croché. Los plátanos (Platanus acerifolia), que emanan molestas pelusas que se pegan en la garganta, se meten por los ojos y la nariz y dan a la piel textura de arcilla, preparan sus frondosas ramas que regalarán excepcional sombra en el verano.

En la ciudad florece el lapacho (el amarillo y el rosado) que es autóctono. También el jacarandá que es regional y que se adaptado muy bien al país. Hay ceibo, espinillo y coronilla —todos criollos—  en el Parque Rodó. Los primeros están en su esplendor y la última tiene flores algo discretas, todavía. Los paraísos perfuman el ambiente montevideano, hay grandes ombúes cerca del Memorial del Holocausto del Pueblo Judío, en la zona del Club de Golf, con flores masculinas y femeninas en el mismo ejemplar. Y las palmeras nativas (Butiá yatay, Butiá capitata y Pindó), que perlan toda la rambla, exhiben grandes racimos de flores que luego serán coquitos.

Fotografías: Erika Keuroglian

Cada domingo, durante todo el año, Montevideo arma sus ferias. En la avenida Julio Herrera y Reissig, en el Parque Rodó, se despliegan en paralelo cientos de puestos con ropa y accesorios, fundamentalmente. También se venden pequeños muebles y enseres para el hogar; hay plantas, juguetes y diversos puestos de alimentos. La del Parque Rodó es una feria colorida en la que se muestran las tendencias de moda. En una de las esquinas, además, hay una pequeño mercado de productos orgánicos: frutas, verduras, lácteos y comidas. Un reducto para sibaritas.

Cerca está la Feria de Tristán Narvaja: otro clásico. Más chabacana, más genuina y con el atractivo de los contrastes. En Tristán —así se la conoce familiarmente— se vende de todo. ¡De todo! Hay comida para perros y gatos, frutas y verduras, sellos postales, ropa, juguetes (casi siempre viejos), choripanes, buñuelos y arepas, jugos y bebidas, productos de limpieza, cosméticos, libros nuevos y usados, revistas y diarios viejos, lentes de sol y de aumento —con armazón de colores, de pasta, de acrílico, de metal— y partes de electrodomésticos, también de autos y de motos. Tristán Narvaja es la suma de diversas miradas. La feria tiene perfumes y olores, y despierta estupor ante la exuberancia porque se puede encontrar hasta una dentadura postiza usada a un precio accesible, ¡por supuesto!

Fotografías: Erika Keuroglian

La Ciudad Vieja brilla los sábados con interesantes museos (se destacan Figari, Torres García y Gurvich, reconocidos pintores nacionales), una feria de antigüedades, otra de artesanías y múltiples comercios abiertos. Los domingos muestra su pluralidad de símbolos históricos en un marco más apagado, más deslucido. En el barrio, ameritan una visita el Palacio Salvo, la Plaza Independencia y la puerta de la Ciudadela, el Teatro Solís, la Plaza y la Iglesia Matriz, las peatonales, la Plaza Zabala y el Mercado del Puerto, entre otros.

Para el almuerzo montevideano hay una variada ofertas en sabores y precios: los puestos de las ferias con choripanes, milanesas al pan y chivitos; las clásicas parrilladas uruguayas desperdigadas por toda la ciudad; restaurantes con suculentos platos de pasta que dan cuenta de una viva tradición italiana y los mercados con su especificidad. Hay cuatro en este momento: el del Puerto en la Ciudad Vieja (icónico y con suculentas parrillas carnívoras), el Agrícola de Montevideo con un edificio que merece una visita, el Ferrando que es gastronómico exclusivamente y el Sinergia Design que tiene aires vintage y mucho estilo.

La tarde de los domingos invita a visitar museos, aunque hay varios que cierran ese día. El Museo Nacional de Artes Visuales en el Parque Rodó —en la misma acera de la feria— cuenta con la pinacoteca más grande del país, además de un hermoso jardín que es patrimonio nacional.  En El Prado, está el Museo Blanes que muestra obras de Juan Manuel Blanes y de otros artistas nacionales. El Museo tiene un delicioso parque —el Jardín de los Artistas— y comparte escenario con el cuidado Jardín Japonés. Muy cerca también está el Rosedal que fue construido a principios del siglo XX y que actualmente exhibe más de trescientas variedades de rosas híbridas y silvestres en arcos, columnas y pérgolas.

Fotografías: Erika Keuroglian

Montevideo sostiene tradición de nutridas librerías. Además de las que están en la calle Tristán Narvaja y los puestos de la propia feria, por su especificidad (gastronomía y diseño) merecen una visita la Librería del Mercado en el Mercado Ferrando y la de El Virrey en Sinergia Design. También hay modernas tiendas de libros en los centros comerciales. Visitarlos, una alternativa con otro enfoque, es una opción oportuna para los días en los que no acompaña el estado del tiempo. Hay varios en la ciudad y, en términos arquitectónicos, el más original es el de Punta Carretas que albergó un penal desde 1915 a 1986.

Para la puesta del sol, la rambla se posiciona, una vez más, como uno de los escenarios más atractivos. La Plaza Virgilio, en Punta Gorda, ofrece una vista panorámica de la ciudad. La perspectiva, con la alcurnia del barrio, es abierta y permite apreciar el agua que muchas veces toma color fuego, la playa que se oscurece y la ciudad que brilla en luces ocres. Pocitos y Punta Carretas muestran gran movimiento de público y el Parque Rodó se ilumina con la atmósfera setentista de su parque de diversiones. Sobre las calles hay larga fila de autos y en las veredas hay jóvenes en flirteo permanente. En la rambla se escucha música, algún que otro auto «roncador», se insinúa, se muestra… Hay escotes, brillos, tacos. Hay seducción. Es un plató para dejarse ver.

Montevideo tiene mil esquinas y fachadas, cientos de oportunidades, decenas de posibles dibujos. Hay innumerables esquemas turísticos. Este trazo hace foco en ciertos matices y revela algunas de las capas de una ciudad que vive en diferentes ritmos, que se sostiene con tenue brillo y que ofrece la cadencia de una exigua capital que mira al mar.

Fotografías: Erika Keuroglian