Gustavo Laborde: referente gastronómico en #Alacartauy

Gustavo Laborde: «La comida va bien con compañía»

Nota publicada en Alacarta / 19 de junio de 2019

Gustavo Laborde es antropólogo, estudió en la Universidad de la República y se doctoró en España. Es autor de varios libros vinculados a la gastronomía, un interés que lo acompaña desde niño. Su tesis doctoral (Universitat de Barcelona, 2017) trata sobre la identidad uruguaya en la cocina. Desde esa perspectiva y con un discurso entretenido y vehemente, Laborde aporta análisis y resignifica la cocina local. Además, es muy mediático, aunque se sonroje ante la aseveración.

Nos encontramos en la grabación de uno de los programas del ciclo La Vuelta al Plato, con la conducción de Ximena Torres y Pablo Silvera. El segmento se filma en los estudios del Mercado Agrícola de Montevideo (MAM) para TV Ciudad y Laborde participa como panelista. Ese día, los cocineros prepararon eclairs, en alusión a Titanic, porque en la tercera temporada recrean recetas de películas famosas. En el corte, mientras se aprontaban para el último bloque, Laborde probó la crema pastelera, se distrajo con su celular y sugirió soluciones ridículas para un problema técnico. Buscó cómplices y los encontró. Cosechó sonrisas y comentarios, y se encargó de las bebidas con las que brindaron, minutos más tarde. Y, aunque es muy histriónico, se mostró vergonzoso cuando Pablo Silvera, en cámara, lo abrazó como lo hicieron Leonardo Di Caprio y Kate Winslet en la icónica escena en la proa del Titanic.

¿En todos los programas comés?
Solo un poquito. Come el equipo. Es increíble cómo se come. Siempre les hago la misma broma: ¡menos mal que no están grabando porno! Antes no se comía. Si ves los programas de Doña Petrona o de Julia Child, te das cuenta. Se empieza a comer recientemente. Hay varios autores que ven una sexualización de la comida que va a desembocar después en el food porn, que es el nombre que se le da ahora.

Te manejás entre los medios —en la TV y en la radio— y el ambiente académico
Sí. Lo mediático se dio así. Hice periodismo durante veinte años y después me dediqué a la Academia. Ahora estoy trabajando en un proyecto de investigación, que es lo que a mí más me gusta. Soy parte del Sistema Nacional de Investigadores y trabajo en un proyecto de la Escuela de Nutrición. Estoy como entre dos mundos.

Nos sentamos en una de las cafeterías del MAM y Laborde pide un té. Se interesa por las variedades y elige uno de menta y limón. No come nada, ni siquiera mira la carta. Intercambiamos comentarios sobre el Mercado Agrícola y sobre el Ferrando. El tema le atrae y, obviamente, aporta descripción y análisis. La gastronomía le gusta desde siempre, desde que tiene memoria. Cuando comienza a narrar esa historia, entona la voz, da énfasis al relato, le pone suspenso.

¿Te acordás, de niño, comiendo algunos platos?
Totalmente. Me acuerdo de todo. Todo. A los siete años invitaba a varios amigos para mi cumpleaños y yo le pedía a mi madre que hiciera buseca. Me encantaba la buseca. Y mis amigos revolvían el plato. Mi madre, un buen día, decidió hacer milanesas y me preparaba la buseca antes. Es un caso raro porque, además, ella es nutricionista y no le gustaba ni conocía ese tipo de cocina. La conoció cuando se casó con mi padre. Ella es de las verduras, del pescado; no comía en su casa la cocina que hoy percibimos como criolla. A mí me gusta todo eso y también las hojas de remolacha salteadas con ajo. De lo salado, no hay nada que no me guste. De lo dulce, soy un poco más selectivo.

¿Estudiar y escribir sobre comida no te da apetito?
Yo llego a la alimentación por otro lado, para mí es una excusa para hablar de otra cosa. Me interesa desde qué lugar la gente opina sobre la comida. El discurso de la crítica gastronómica no me interesa para seguirlo, lo que me interesa es por qué surge. Porque es un discurso fuertemente normativo. Ahí se ve el lugar que ocupa o que quiere ocupar esa persona, el lugar de la autoridad, de alguien que dicta la norma y que sanciona las variaciones. Me importan las percepciones, si la gente cree que un plato es criollo o no, si cree que es de origen italiano o español.

Charlar con Gustavo es muy entretenido. Él tiene historias y datos para sorprender. Sabe narrarlos y sabe aportar el marco histórico, explicar las causas y analizar las consecuencias. De cada tema culinario tiene algo que aportar. Durante su estadía en Europa, mientras preparaba el doctorado y la tesis, viajó y probó todos los platos que pudo. Conoció investigadores, referentes internacionales y se consolidó como un referente local, aunque estaba lejos. La escena culinaria histórica y actual no le es ajena, la conoce muy bien y sabe explicarla. La disfruta.

«Por distintos desarrollos sociales, culturales y económicos, en un momento se conforma un campo gastronómico en Uruguay que pasa de lo doméstico a otro en el que empiezan a jugar diferentes actores», aporta Laborde. El cambio al que refiere surgió a partir de los años 90 con el surgimiento de los primeros críticos gastronómicos y con algunos medios masivos que comenzaron a abrir espacios a este tipo de discurso. Siguió en los 2000 con los primeros institutos de gastronomía que ahora congregan seis mil estudiantes en todo el país. «Cada vez hay más crítica, están las redes sociales, se ha creado un campo gastronómico y los cocineros pelean por quién es el más innovador y creativo, por quién hace una receta tradicional de la mejor manera. Hay restaurantes de gente de otros países y el público va. Porque para todo esto se necesita una masa crítica intrépida, osada, dispuesta a probar nuevas cosas». 

¿Cuáles son tus referentes gastronómicos locales?
Hugo García Robles y Ramón Mérica —con quien trabajé— son mis referentes de la crítica. Además, trabajé en Placer y conocí a Titina Núñez, Isabel Mazzucchelli y Mario Del Bó [1]. Al mismo tiempo, conozco los recetarios del Uruguay bastante bien y Francisco Figueredo, que fue el primer cocinero de alta cocina en Montevideo y Buenos Aires, es un referente. Y Pascal, que fue el cocinero de Julio Herrera y Obes y que publicó el Consultor Culinario en 1890, también lo es. El Instituto Crandon es un referente y, en la actualidad, veo a Hugo Soca como representante de la cocina nostálgica. Él publicó ese libro que recoge el repertorio clásico de la cocina uruguaya en un momento en el que se están abandonando esos platos. 

A Laura Rossano la veo como la representante de una tendencia política vinculada a la economía moral y al slow food que busca actualizar la cocina uruguaya, incluyendo los frutos nativos. Ella es la consecuencia de experiencias previas. Beatriz Viñales, de la estación en Salto de la Facultad de Agronomía, está trabajando en los frutos nativos desde hace quince años. Entonces, es lógico que eso en algún momento se transforme en un recetario. Y que los cocineros empiecen a trabajar con ellos. Y Marta Lujambio del Hotel Bahía de La Paloma y Elsa Curbelo del restaurante La Balconada, también de La Paloma, son las iniciadoras de la renovación culinaria del Uruguay. En los 90, ellas hablaban de los frutos nativos, del butiá, del camarón de la laguna, del cangrejo sirí y del cordero de pastura salada.

¿Qué es lo mejor del servicio gastronómico local y qué es lo peor?
Creo que ha mejorado, sin lugar a duda; hay muchas más cosas, por ejemplo. A mí me gustan las porciones grandes y los lugares donde tratan bien a los productos. También la oferta amplia de restaurantes de cocina coreana, china, india, peruana, venezolana.

¿Qué no me gusta? La parrilla uruguaya podría elevarse más si destierran los braseros. No solo se sigue cocinando la carne, sino que se cocina en una fusión de grasas de diferentes animales y partes. Hay que erradicarlos y los comensales deberían decirlo. No me gusta cuando pido una milanesa y aparece arriba de una ensalada: enfría la milanesa y calienta la ensalada. Detesto los recorte y pegue; las arvejas arriba de la milanesa a la napolitana, por ejemplo. ¡Y la enorme cantidad de queso! Me molesta porque tapa el sabor y es pesado. Cuando pido una carne con una ensalada, me gusta tener la ensalada antes para condimentarla y que los ingredientes se embeban. Si llegan juntas, aderezás la ensalada, te comiste la carne y recién ahí está pronta la ensalada. Te la sirven, además, en platos en los que es difícil dar vuelta las hojas. La ensalada tiene que venir en bol y antes.

Con una sonrisa concluye el repertorio, pero se acuerda de algo más y agrega: «Me parece un desperdicio ecológico que las pizzerías que tienen horno a leña lo subutilicen. El horno queda caliente toda la noche, ¿no se puede poner unas bandejas con carne u ollas para hacer braseados a fuego lento? ¿Cómo es que no se ha instrumentado?».

En sus comentarios, Laborde busca las palabras exactas, afina conceptos, procura el detalle. Es gráfico y elocuente. De las escenas concretas —las grasas de diferentes carnes fusionadas en un brasero, la milanesa que aplasta la lechuga y una ensalada fuera del plato que come tardíamente— pasa a la mirada general con naturalidad y termina con una reflexión: «La comida va bien con compañía, y también es compañía. El amor de la comida es muy sincero, te acompaña, te sorprende siempre, te saca de una depresión… porque la comida dispara emociones».

[1] Isabel Mazzucchelli y Mario Del Bó publicaron el libro Saber cocinar. Manual teórico y práctico (Aguaclara editorial, 2018) y Laborde es autor del prólogo y de otros textos.

Fotos: Sergio Gómez

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Signos de identidad de Crandon. Métodos, técnicas, recetas y fe: el Departamento de Economía Doméstica y el “Manual de Cocina”

El Manual de Cocina de Crandon es la síntesis de un proceso de extensión comunitaria, es la concreción de un programa que las misioneras norteamericanas llevaron a cabo desde los años 30. El libro surgió en el marco de una organización que pertenece a la Iglesia Metodista y responde a su concepción, tiene una intencionalidad y representa una forma de ser Iglesia. 

El hogar como espacio de dignidad

El Metodismo llegó al Río de la Plata con un propuesta misional religiosa y cultural, con saberes científicos y artísticos que impregnaron la labor concreta de la acción, en el marco de la fe cristiana. Entre esos saberes, la economía doméstica era un conocimiento en auge en los Estados Unidos y también en Europa. Además, los pastores y las misioneras que llegaron al país manejaban la disciplina emergente, pues formaba parte de su formación eclesial. En particular, las misioneras que se radicaron en Crandon sabían de cocina, costura, puericultura, arreglo personal y otras diversas cuestiones que conformaban un modo de gestionar la casa como unidad de un engranaje comunitario y social en el que se desarrollaban los valores cristianos. Las misioneras tenían un claro objetivo encomendado en el marco de la fe protestante: enseñar la palabra de Dios a través de acciones. El programa de servicio comunitario que llevó adelante el Departamento de Economía Doméstica de Crandon era parte de un proyecto de Iglesia que preparaba a las mujeres para el hogar y para otros ámbitos de la vida laboral y social. 

El servicio de extensión comenzó con un programa radial, se sumaron clases, cursos y recetarios, y tuvo un impulso significativo con el arribo de Miss Lena May Hoerner en 1937. Graduada en Química y Economía Doméstica, tenía vasta experiencia en África y vino a Uruguay con un doble propósito: vincularse con los organismos nacionales que tuvieran necesidad de elaborar programas de alimentación racional y formar maestras uruguayas en economía doméstica. Era muy menuda, pero tenía una fuerza peculiar. Logró sus propósitos con devoción y disciplina. 

El Departamento de Economía Doméstica en la comunidad

El impacto del Departamento de Economía Doméstica en el Uruguay fue en aumento; especialmente en Montevideo, pero también en el interior del país donde cabe destacar el vínculo con las Escuelas para el Hogar del Departamento de Colonia, proyecto de Ana Armand Ugón de Tron, también pionera en la instrumentación de la economía doméstica en nuestro país. 

A través de iniciativas públicas y privadas, las profesoras de Crandon difundían una forma de preparar alimentos con valor nutricional, recetas sencillas, practicables, económicas y austeras en las que se aprovechaban todos los recursos. Detrás subyace una concepción productivista y de austeridad que marca el protestantismo metodista. Además, el firme propósito de llevar adelante una iglesia proactiva que incidía en la sociedad a través de la economía doméstica, entre otras iniciativas. 

En el conjunto de diversos ejemplos que dan vida a los vínculos comunitarios, merece especial atención la investigación sobre el uso de maíz solicitada por ANCAP en 1946. El ente, en el marco de un proyecto de producción del cereal, contactó a Miss Lena May Hoerner, directora del Departamento de Economía Doméstica, para la selección y pruebas de recetas con maíz. En el Subte Municipal, ANCAP organizó una muestra para llegar masivamente a la población y las profesoras realizaron demostraciones de cocina. Además, se regalaba un vistoso recetario realizado para la ocasión. Las recetas de cocina cuya elaboración tiene como base el maíz tenía fotos, ilustraciones y diversas preparaciones dulces y saladas. Fue un éxito y despertó un sueño: contar con un manual propio, un texto para los cursos regulares y para llegar a las casas uruguayas.

Un libro para ejercer la fe en el ámbito más privado 

Miss Lena May Hoerner inspiró a otras dos mujeres en la realización de un libro que les permitiera ejercer la fe en el ámbito más privado: el del hogar. Miss Dorothy Nelson y Miss Nelly Marabotto tuvieron a cargo la tarea específica. La primera había llegado a Uruguay en 1947, tenía formación en Economía Doméstica y experiencia en alimentación fabril. Ejerció la docencia primero y, luego del retiro de Miss Hoerner, se hizo cargo de la Dirección del Departamento. La segunda fue una de las primeras uruguayas en formarse en Economía Doméstica en la Institución. Además, viajó a Estados Unidos para completar sus estudios y fue intérprete de Miss Hoerner, quien no hablaba español.

Miss Nelson y Miss Marabotto trabajaron desde inicios de la década del 50 en la preparación del libro. Conformaron un férreo equipo y lideraron a numerosas mujeres: docentes, secretarias, auxiliares de despensa. Eligieron recetas y las probaron hasta tres veces porque la consigna era que debían prepararse con los ingredientes que había en el Uruguay de aquel momento. En sus libros de cabecera —The Herald Tribune Home Institute Cook Book, The Boston Cooking School Cook Book y, principalmente, The Basic Cook Book— encontraron la mayor parte de las recetas del primer Manual. Estos fueron los libros de referencia con los que las docentes norteamericanas enseñaban administración para el hogar. Además, sumaron preparaciones criollas y de diversos lugares de América, producto de los viajes que habían realizado las misioneras. Y compilaron otro caudal de información, el necesario para llevar adelante la economía doméstica de un hogar uruguayo: nutrición, planeamiento de menús, normas de etiqueta.

El primer Manual de Cocina salió a la venta en noviembre de 1957. Se editaron 5000 ejemplares; el libro tenía 423 páginas (más el índice), era del tamaño de un cuaderno, con ocho fotos a color que se habían tomado para el recetario de maíz, 250 en blanco y negro, tablas e ilustraciones y numerosas recetas. Desde el primer momento, el Manual fue muy bien recibido, no solo en el ámbito del Instituto Crandon. 

Simple, hogareño, infalible y con arraigo

El libro aportó significativas innovaciones y se distinguió de los recetarios de uso en el momento por su valor didáctico, según menciona el Dr. Gustavo Laborde en sus tesis de doctorado acerca de la identidad uruguaya en cocina. El Manual fue pensado para incorporar nuevos conceptos en la enseñanza de la alimentación y de la cocina, especialmente a las nuevas alumnas y a las amas de casa. Sumó, además, un concepto habitual en el marco de la enseñanza de la economía doméstica: la cocina como laboratorio en el que se atienden los procesos químicos que surgen al preparar los alimentos. De esta manera, el trabajo se estandariza, se puede replicar de la misma manera, se ahorran recursos y se cumple así con uno de los preceptos de la Iglesia Metodista: el de de ser un buen cristiano, responsable, austero, cumplidor, productivo. 

El Manual, entonces, fue diseñado como un texto básico de referencia en la cocina. Buscó, de la forma más didáctica posible, enseñar a preparar alimentos con valor nutricional a través de preparaciones simples y hogareñas. El libro, explican las docentes consultadas, “no es una colección de recetas, sino que muestra métodos y técnicas para preparar los ingredientes”. Las recetas fueron cuidadosamente seleccionadas para enseñar las técnicas básicas de cocina y, de esta manera, abrir la heladera y preparar alimentos nutritivos que permitieran a los niños estudiar y a los adultos trabajar.

El Método Crandon: un formato innovador de receta

El libro sumó una forma particular de receta que, con el tiempo, se transformó en el “método Crandon”. Este formato presenta la preparación a partir de los diversos pasos que conforman la receta. El proceso se narra con la acción a través de un verbo en infinitivo y en paralelo se mencionan los ingredientes. Es un esquema sencillo y eficaz, simple y didáctico; también exacto, porque los ingredientes se expresan en tazas, cucharadas y cucharaditas de acuerdo al Sistema Imperial de Medidas de uso anglosajón. Los recetarios que se usaban en el Uruguay de principios del siglo XX, orientados a mujeres intuitivas que sabían cocinar, hablaban de “tacitas”, “un poco”, “un dedal”, acota Laborde. El Manual impuso exactitud, y la combinación del paso a paso de cada acción con el detalle minucioso de los ingredientes fueron la fórmula de un modo particular de enseñar a cocinar que se reconoce como “infalible”.

A pesar de ser un libro con recetas mayormente foráneas —las que se enseñaban en Crandon y que respondían a la bibliografía de cabecera de las misioneras— el libro de 1957 contenía diversas recetas del fondo criollo. Las docentes uruguayas hicieron un excelente trabajo y la misión en el territorio recogió con especial interés el saber que el Uruguay ofrecía. El Manual llegó a los hogares uruguayos con recetas del mundo y con preparaciones locales. El puchero, el matambre, el pastel de carne, las milanesas, el fainá, el arroz con leche, el budín de pan, el dulce de leche, los pasteles criollos y la pasta frola, entre tantas, representaban los sabores del Uruguay. El libro tenía arraigo y desplegó sus alas.

Esa primera edición se agotó rápidamente y la segunda se editó muy poco tiempo después. El libro se popularizó en las clases del Instituto y en las de adultos. Tiempo más tarde tuvo su impacto en televisión cuando Nelly Marabotto, como Directora del Departamento de Economía Doméstica, cocinaba con el método Crandon: sencillo y práctico. 

El Manual creció y fue respondiendo a las demandas nutricionales de la sociedad. Se ha adaptado constantemente y para ello ha incorporado métodos y técnicas, recetas, nuevas fotos e ilustraciones. Y siempre ha mantenido el formato de receta que lo hace único. Numerosas personas, en especial mujeres, han aportado trabajo, convicción y credo en su puesta al día.

Una historia de fe

Esta es una historia de fe que tiene más de 36 ediciones, más de 200.000 ejemplares vendidos y una edición aniversario publicada en 2017 en homenaje al origen. Es una historia que traduce sueños, legado y un comprometido trabajo que nació con las misioneras y que ha crecido con los aportes de docentes nacionales. El Manual es parte de los hogares de nuestro país, se regala en los casamientos y es la referencia cuando los niños demuestran interés en la cocina, porque es sencillo y para cocinar con él, “solo se necesita saber leer”. Diversas instituciones reconocen el impacto del libro. En 2010, la Fundación Lolita Rubial otorgó el premio Morosoli Institucional al Manual de Cocina por su aporte al “Uruguay Cultural”. En 2012 la Cámara Uruguaya del Libro lo distinguió en homenaje a su trayectoria y en 2017 le otorgó el Libro de Oro en la categoría libro de cocina y gastronomía. Los académicos lo han estudiado y, al respecto, el Dr. Gustavo Laborde expresa: “… es la referencia gastronómica del Uruguay, el libro que pauta la cocina de nuestro país”. Por su parte, Roberto Cataldo, especialista en anticuarios, dice: “… es un clásico porque la gente lo ha puesto en ese lugar; en ficción, es comparable con Tacuruses de Serafín J. García o con Montevideanos de Mario Benedetti”.

Dentro de la concepción protestante de organizar de forma racional el mundo, está también el uso racional de los recursos. El Manual fue un medio de fe que permitió dar a conocer una forma de cocinar responsable y austera, una forma de llevar la vida cristiana a la gente, característica del servicio protestante que, a través del acto, busca mejorar la calidad de vida de las personas. No es evangelizar en términos de conversión, sino una forma de llegar a la comunidad y a los hogares a través de un medio concreto y útil, una forma de expresar la comprensión metodista de la fe en el cuidado de nuestra vida y de la Creación.

Artículo publicado en el libro Golden and Blue del Instituto Crandon. Montevideo, Vergara, 2019.

Fuentes
Archivo Histórico del Instituto Crandon. Montevideo: Instituto Crandon.
Clarke de Ros Jones, Edith. (1969). Historia de Crandon. Montevideo: Instituto Crandon.
Vasallo, Mario. (2004). Huellas del pasado. Historia y Actualidad del Instituto Crandon. Montevideo: Instituto Crandon.
Manual de Cocina del Instituto Crandon (desde 1957 a 2017). Montevideo: Ediciones B.
Entrevistas: Araceli Ezzatti, Jorge Gerhard, Adolfo Tomé. Gustavo Laborde, Sebastián Artigas, Roberto Cataldo, Irene Castro, Julia Varela, Norma Tubino, Mónica Decurnex, Ana Luisa Ituño, Irma Conserva, Margarita y Lila Grassi, Ana Olaso, Titina Núñez y Ricardo Boccardi.

El Manual de Cocina, un clásico, el libro que pauta la gastronomía de nuestro país

Artículo publicado en la revista Construimos Crandon, Vol. 4, No 1 / Octubre 2017

El libro de cocina más conocido del Uruguay, el que define nuestra gastronomía, el de las recetas que no fallan, nació hace 60 años. Eran tiempos de posguerra, el mundo cambiaba bajo nuevos enfoques y en nuestro país permeaban esas ideas. En ese marco, en una institución fermental y de vanguardia, surgió un libro de cocina que se transformó en “el Manual” del Uruguay.

Resulta sorprendente que un texto básico de cocina sea el protagonista de una historia de más de medio siglo y 36 ediciones. Las razones del éxito inaugural y de su vigencia residen en la simpleza, la innovación y la tradición. Y se sustentan, fundamentalmente, en los valores de un programa de trabajo en la comunidad que las misioneras norteamericanas, a cargo de nuestra Institución, llevaban adelante.

A través de cursos regulares, clases para adultos, recetarios y demostraciones, las docentes del Departamento de Economía Doméstica—las extranjeras y las uruguayas— se vincularon, desde la década del 30, con diferentes públicos.

Fueron pioneras en la cocina del Uruguay al difundir una forma diferente de preparar los alimentos que se respaldaba en un concepto muy innovador: la economía doméstica o administración para el hogar.

El origen: la cocina como proyecto educativo

Desde Crandon se llevaba a cabo un significativo servicio comunitario con especial énfasis en nutrición. La lista de experiencias que el Departamento de Economía Doméstica de Crandon implementó desde los inicios del siglo XX es extensa: clases en escuelas, formación para docentes, cursos para adultos en el Instituto, recetas y menús solicitados por entidades públicas y privadas. Esas iniciativas buscaban enseñar nutrición a través de la preparación de alimentos de forma simple y precisa, con una impronta hogareña y racional que fue haciéndose conocida: la del Departamento de Economía Doméstica.

En ese devenir —en el que las misioneras proyectaban sus conocimientos de administración para el hogar en la sociedad uruguaya— hay hechos significativos en relación con la proyección del Departamento y la historia del Manual. Entre 1940 y 1944, las profesoras dieron clases en los dispensarios de leche (organizados por el Municipio, conocidos como Gotas de Leche) mientras el público esperaba la provisión del día. Al final de la demostración, se sorteaba el menú y se entregaban las primeras recetas impresas. En 1944, las profesoras del Departamento de Economía Doméstica dieron 60 clases de cocina sin fuego a pedido de la Intendencia, en momentos en los que escaseaba el combustible. Dos años más tarde, ANCAP encomendó a las docentes realizar una investigación sobre el maíz en la cocina.

El ente buscaba fomentar el uso del cereal y realizó una exhibición en el Subte Municipal. En esa oportunidad, las profesoras de Crandon realizaron demostraciones y ANCAP regalaba un vistoso librillo con ilustraciones y fotografías elaborado por las profesoras. El éxito de las clases y del recetario Las recetas de cocina cuya elaboración tiene como base el maíz motivó un proyecto de mayor envergadura: un manual propio.

Miss Lena May Hoerner, una misionera norteamericana con formación en Química, Economía Doméstica y vasta experiencia internacional en extensión, era la Directora del Departamento de Economía Doméstica. En aquel recetario, Miss Hoerner vislumbró la oportunidad de expandir el programa de extensión a través de un texto para las clases y para la comunidad, un libro para enseñar a preparar alimentos y administrar los recursos del hogar. Un libro para simplificar la tarea en la cocina.

A inicios de la década del 50 comenzó la preparación del libro en el que trabajaron otras dos mujeres: Miss Dorothy Nelson —también misionera norteamericana, con formación en Economía Doméstica y, en ese momento, a cargo de la dirección del Departamento— y Miss Nelly Marabotto, una de las primeras profesoras formada en el Instituto Crandon.

Las tres eran mujeres enérgicas, decididas y prácticas. “Soñaban con los pies sobre la tierra”, según dicen quienes trabajaron con ellas.

Compaginar el Manual demandó mucho esfuerzo. Miss Nelson y Miss Marabotto trabajaron con el apoyo de un comprometido equipo docente, de secretaría y de despensa. Seleccionaron y probaron cada una de las recetas y, además, compilaron la información necesaria para llevar adelante la economía doméstica de un hogar uruguayo (nutrición, planeamiento de menús, normas de etiqueta).

El Manual se editó en noviembre de 1957 bajo la responsabilidad autoral del Instituto Crandon, pues desde sus orígenes se trató de un trabajo colectivo. La primera edición tenía 423 páginas (más índice), era del tamaño de un cuaderno, con ocho fotos a color, 250 en blanco y negro, tablas e ilustraciones y numerosas recetas. Las autoras se esforzaron, según se menciona en el prólogo, “por combinar los conocimientos prácticos aportados por [su] larga experiencia, con los métodos más modernos, eficaces y económicos conocidos en la preparación de una alimentación que, conservando sus valores nutritivos, [fuera] a la vez apetitosa”.

El primer tiraje fue de 5000 ejemplares y el público lo recibió con especial interés. Hasta el momento, los recetarios que se usaban en el Uruguay eran “para mujeres que ya sabían cocinar, con intuición y, en cambio, el Manual de Crandon incorporó rigurosidad y técnica para que pudiese cocinar cualquier persona”, explica el Dr. Gustavo Laborde —antropólogo y doctorado en Barcelona en identidad uruguaya en cocina—. El libro estuvo pensado, desde los inicios, como un texto básico de referencia en la cocina para enseñar a preparar resultados con valor nutricional, pues así es la “economía doméstica”.

El propósito: enseñar métodos y técnicas para preparar alimentos

El Manual responde al concepto de administración para el hogar, con “una cocina muy simple, para nada hedonista”, explica Laborde. Para las profesoras que han continuado con el legado, el libro “no es una colección de recetas, sino que muestra métodos y técnicas para preparar los ingredientes. Enseña a usar un alimento: si hay que pelarlo, picarlo, hervirlo. De esta manera, quien cocina, sabe qué hacer con el alimento y luego puede prepararlo de diversas maneras”. Se trata de enseñar técnicas, por ejemplo las de las tortas: “Hay determinados grupos y sabiendo cuáles son (bizcochuelos, tortas de manteca, tortas esponja y las rápidas), luego solo es cuestión de cambiar ingredientes”.

Las recetas del libro tienen diversos orígenes. En primer término, están los textos anglosajones que manejaban las misioneras: The Herald Tribune Home Institute Cook Book, The Boston Cooking School Cook Book y, principalmente, The Basic Cook Book. De esos libros surge la cantera de recetas norteamericano-inglesas que es muy significativa. También estaban las clásicas preparaciones de origen francés —que forman parte de la tradición culinaria internacional—, las del fondo criollo que las profesoras uruguayas habían aportado y las de otras zonas de América que las misioneras conocían de sus viajes. Todas las recetas fueron probadas hasta tres veces y, a pesar de que mayormente corresponden a cocinas foráneas, la consigna era que debían poder prepararse en Uruguay y con los ingredientes del momento.

El libro aportó otra gran innovación: una forma original de receta que se transformó en el clásico “método Crandon”. El formato se respalda en concebir el trabajo de la cocina como si se tratara de un laboratorio, en el que se atienden los procesos químicos que ocurren al preparar alimentos. Por eso, en la receta de Crandon se narra el proceso a través de cada paso a paso, y se mencionan la acción con los ingredientes en paralelo. Se trata de una forma esquemática de representar las clásicas recetas, con rigurosidad y simpleza. “Sin adornos, porque lo innecesario confunde”, explican las docentes. Además, se detallan las cantidades con exactitud con el sistema imperial de unidades, de uso habitual en los países anglosajones, que se expresa en tazas, cucharadas y cucharaditas. La combinación del paso a paso de cada acción y el detalle preciso de los ingredientes genera recetas sencillas e infalibles.

En las clases regulares y en las de adultos, el Manual se ha sometido a prueba constantemente. En la realización de las recetas, una y otra vez, han surgido los cambios que se han registrado metódicamente para actualizar el libro. También los usuarios han aportado valiosísimas sugerencias y preparaciones. Aunque el corpus madre de recetas se mantiene, el Manual ha acompañado las tendencias de la gastronomía del mundo y del Uruguay. En su momento, se amplió “congelados”, tiempo después se incorporó el capítulo de microondas, se cambió el diseño y se agregaron todas las fotos a color. Luego llegó el momento de agregar sushi, risotto y de renovar “bocados y sándwiches”.

El legado: una invitación a la cocina de los hogares del Uruguay

El Manual de Crandon, a pesar de ser un libro de fuerte origen extranjero, contiene la mayoría de los platos uruguayos desde su primera edición. “Y es porque hay mujeres uruguayas que participaron en la redacción del libro y que sabían lo que se comía en las casas del país. En ese sentido, es muy representativo del repertorio culinario de los uruguayos”, explica Laborde.

Las milanesas, las albóndigas, la polenta, el budín de pan y la pastafrola, entre tantas preparaciones, fueron incorporadas y enseñadas a partir de una innovadora “pedagogía de la gestualidad”, como explica el Dr. Laborde, que incluyó fotos y gráficos desde la edición de 1957. El libro se ha encargado de mostrar la práctica, es didáctico y simple, y para cocinar con él solo se necesita saber leer. Más de 200.000 ejemplares vendidos demuestran la contundencia. Para el público, el Manual es inaugural (guía los primeros pasos en la cocina de la niñez, en la soltería o en el matrimonio), es una verdadera invitación a la cocina de hogar, además de ser un estímulo a los sentidos. “Es un clásico porque la gente lo ha puesto en ese lugar; en ficción, es comparable con Tacuruses de Serafín J. García o con Montevideanos de Mario Benedetti”, explica Roberto Cataldo, especialista en anticuarios.

La permanencia del libro —que tiene el respaldo de una institución educativa y que ha sido probado y discutido en sus laboratorios de economía doméstica— y la adhesión del público lo posicionan como el manual de referencia de nuestro país. El alcance y reconocimiento de la obra es tal que, en 2010, la Fundación Lolita Rubial otorgó el premio Morosoli Institucional al Manual de Cocina por su aporte al “Uruguay Cultural”. Y en 2012 la Cámara Uruguaya del Libro lo distinguió en homenaje a su trayectoria.

Desde hace unos años, el porte y el diseño del libro han acompañado las tendencias en el rubro y hoy el Manual es, además de un texto, un libro objeto. En particular, en 2017, el Manual se viste de fiesta para celebrar 60 años. En la edición aniversario se homenajea la primera tapa, se destacan 60 “recetas aniversario” (con historia, tradición e implicancia), se agrega un capítulo sin azúcar y se identifican recetas sin gluten. También se incorporaron nuevas recetas y se ampliaron términos y especificaciones siempre en el modelo Crandon que, a decir de los usuarios, “nunca falla”.

Fuentes
Archivo Histórico del Instituto Crandon. Montevideo: Instituto Crandon.
Clark de Ros Jones, Edith. (1969). Historia de Crandon. Montevideo: Instituto Crandon.
Vasallo, Mario. (2004). Huellas del pasado. Historia y Actualidad del Instituto Crandon. Montevideo: Instituto Crandon.
Manual de Cocina del Instituto Crandon (desde 1957 a 2017). Montevideo: Ediciones B.
Entrevistas: Gustavo Laborde y Sebastián Artigas; Irene Castro, Julia Varela, Norma Tubino, Mónica Decurnex, Ana Luisa Ituño e Irma Conserva; Margarita y Lila Grassi; Ana Olaso; Titina Núñez; Ricardo Boccardi; Roberto Cataldo.

60 años de un método simple y eficaz, 60 años del Manual de Cocina de Crandon

Artículo publicado en la revista Revista Carnes & Alimentos / Diciembre 2017

Homenaje a una rica historia culinaria

El miércoles 27 de setiembre [de 2017] se realizó la presentación de la última edición del Manual de Cocina del Instituto Crandon. El clásico libro de cocina del Uruguay nació hace 60 años y Crandon homenajeó su rica historia gastronómica en un acto que evidenció el orgullo de un libro que es referencia nacional.

La celebración combinó historia, actualidad y sabores a través de una mesa redonda y un brindis. La primera fue moderada por el chef Sergio Puglia y contó con la presencia de las Profas. Mónica Decurnex, Sylvia Gillardo y Leticia Ciuffo, y la Mag. Gabriela Cabrera Castromán quienes detallaron el nacimiento, trayectoria y alcance del libro desde la experiencia institucional. El brindis ―que deleitó a los participantes con clásicas recetas del Manual― estuvo a cargo del equipo de Crandon Gastronómico.

El lanzamiento de esta edición, la trigésimo sexta, ha cosechado múltiples repercusiones y una exitosa venta en librerías y en la Feria del Libro de Montevideo. El nuevo Manual, que impacta por su presencia, se ha vestido de gala con una tapa azul entelada, con letras en blanco y dorado con toques vintage. Tiene 571 páginas e índices (uno general y varios específicos), más de 1130 recetas, un nuevo diseño y tentadoras fotos. Entre las novedades, se destaca un capítulo de recetas sin azúcar, la identificación de las preparaciones sin gluten y 60 recetas “aniversario” que representan la historia culinaria del libro.

60 años, 36 ediciones y más de 200.000 ejemplares vendidos dan cuenta de un hecho inaudito en el Uruguay que recoge elogios de diversas personalidades del mundo cultural, académico y gastronómico de nuestro país. El libro impactó en la sociedad del momento y se ha mantenido vigente, esas son las claves que lo han transformado en la “referencia gastronómica del Uruguay”, según explica el Dr. Gustavo Laborde (antropólogo, especialista en identidad uruguaya en cocina).

El origen: fe y formación

El Manual de Cocina es la materialización de un programa de servicio comunitario liderado por misioneras norteamericanas con fe cristiana y formación en economía doméstica (también conocida como administración para el hogar). Desde los años 30 del siglo XX, a través del Departamento de Economía Doméstica de Crandon, estas profesoras impulsaron proyectos con instituciones públicas y privadas con el objetivo de enseñar a la población a cocinar con valor nutricional.

Con clases, recetarios y demostraciones, las docentes de economía doméstica difundían una forma de cocinar basada en una concepción científica para maximizar los recursos. Lo hacían como “testimonio de fe, como una forma de actuar responsablemente y con la intención de mejorar la calidad de vida de las personas, características del protestantismo”, explica el pastor Jorge Gerhard (capellán del Instituto Crandon).

Entre esos vínculos con instituciones del Estado y organizaciones privadas, se destaca una solicitud realizada por ANCAP en 1946 que dio origen al antecedente del Manual. Miss Lena May Hoerner, la directora del Departamento de Economía Doméstica, fue la encargada de dirigir las demostraciones y diseñar un recetario de maíz para la exposición que el ente realizó ese año con el objetivo de fomentar el uso del cereal. El librillo Las recetas de cocina cuya elaboración tiene como base el maíz tenía varias páginas, fotos a color y dibujos. Fue un éxito por su sencillez y sembró la semilla de un manual propio.

Miss Hoerner legó el armado del Manual a otras dos mujeres. Miss Dorothy Nelson y Miss Nelly Marabotto trabajaron desde inicios de los años 50 en la selección y prueba de recetas. La primera, misionera norteamericana, tenía formación en economía doméstica y experiencia en alimentación fabril; la segunda fue una de las primeras uruguayas en formarse como docente de administración para el hogar en el Instituto Crandon.

Realizaron un arduo trabajo en la cuidadosa elección de las recetas que probaron hasta tres veces con el propósito de determinar su fiabilidad y evaluar si se podían realizar con los ingredientes que se conseguían en plaza. Además, compilaron información sobre nutrición y planeamiento de menús y condujeron a un equipo de docentes uruguayas en la consecución de una obra que fue innovadora en diversos aspectos. Se basaron en la bibliografía norteamericana que habían traído las misioneras y que se usaba en el Instituto. Además, las docentes uruguayas ya formadas en el Departamento aportaron las recetas criollas.

De una amalgama singular que se sustentó en la fe cristiana, un gran amor por el servicio al prójimo y la concepción científica del trabajo en los laboratorios de cocina, nació el Manual de Cocina del Instituto Crandon. En noviembre de 1957, con 423 páginas (más el índice), ocho fotos a color, 250 en blanco y negro, tablas e ilustraciones y numerosas recetas se lanzó el primer libro. Tuvo un tiraje de 5000 ejemplares y fue impreso en Colombino Hnos.

Los aportes: método, precisión y actualización

La cocinera oriental (1904), La cocinera uruguaya (1920) y El gorro blanco (1921) eran los recetarios uruguayos de principios del siglo XX. También el Libro de Doña Petrona (1935), de Argentina, era muy popular. Eran libros creados para mujeres que sabían cocinar, mujeres intuitivas que podían decodificar “un poco”, “un dedal” y “algo más” en relación con un determinado ingrediente. En cambio, el Manual propuso un destinatario diferente y se dirigió a quienes no sabían cocinar. Fue un libro que nació con un doble propósito: llegar a los hogares uruguayos con recetas con valor nutricional y apoyar las clases de economía doméstica del Instituto. Para enseñar a estas mujeres, que no sabían nada de cocina, aportó simpleza y precisión y lo hizo a través de la “receta Crandon”, un formato específico, innovador y sencillo.

En este método, la receta es un esquema que enuncia el proceso a través del paso a paso. Se mencionan la acción (en infinitivo) y en paralelo los ingredientes a través del Sistema Imperial de Medidas (tazas, cucharadas y cucharaditas). Es un formato tan simple que, para cocinar con el Manual, “solo se necesita saber leer”, explican las docentes. La receta Crandon es muy rigurosa en el uso de los ingredientes y en las etapas a seguir, porque se basa en una concepción científica del acto de cocinar en el que se deben respetar todas las etapas.

El primer Manual ―el de 1957― tuvo una adhesión inmediata al mostrar, de forma sencilla, cómo preparar alimentos a través de las técnicas básicas. Tenía recetas anglosajonas, francesas y de América. El repertorio criollo estaba muy bien representado, entre otras preparaciones, con las albóndigas, el mondongo, el puchero (que no tenía chorizo), las milanesas, el matambre, los guisos (faltaba el de arroz que finalmente se incorporó en la nueva edición), el pastel de carne, la pizza y el fainá. Entre los dulces, figuraban los pastelitos criollos, el budín de pan, los buñuelos, los huevos quimbo, el arroz con leche, la pasta frola y el dulce de leche. Faltaron las tortas fritas que se agregaron en 1981.

Las primeras ediciones se agotaron rápidamente y para 1960 ya había 16.000 ejemplares distribuidos. El Manual se fue ganando, poco a poco, un lugar en los hogares uruguayos y se transformó en un clásico regalo de casamiento, en el libro en el que aprenden a cocinar los niños y en el que se soslayan las dudas básicas del quehacer culinario.

Los diversos equipos del Departamento de Economía Doméstica y, desde hace unos años, de Crandon Gastronómico han analizado las tendencias culinarias para dar respuestas a la sociedad y mantener la vigencia del libro. Así, al poco tiempo se enriqueció el capítulo de congelados, luego se incorporó la olla a presión y después llegó el momento del microondas, entre las técnicas. Además, ha sumado diversas recetas luego de ser probadas en los laboratorios de Crandon, bajo el metódico escrutinio de los docentes y profesionales gastronómicos. Cuando una preparación se asienta en la dieta y es representativa de lo que se come en el país, pasa a integrar el conjunto de recetas con las que se enseñan los métodos básicos de cocina, porque “el Manual no es una colección de recetas, sino métodos y técnicas para enseñar a preparar alimentos”.

En las clases y con los aportes de la población, el libro se ha sometido a prueba constantemente. Hasta hace un tiempo, las consultas llegaban por correo postal y por teléfono y hoy se recepcionan a través de las redes sociales y del correo electrónico. Siempre hay un libro testigo en el que se consignan las modificaciones. Son 36 ediciones que dan cuenta de la vida culinaria nacional y de una forma científica de trabajar.

De la cocina a la biblioteca de referencia gastronómica

Los especialistas en diversos ámbitos culturales reseñan el valor del libro. Para el chef Sergio Puglia, es “la biblia burrera de la gastronomía nacional”. Ana Durán (ecónoma) valora “cada receta, todas las variaciones y agregados maravillosos que se han ido sumando para enriquecerlo más aún”. Roberto Cataldo (especialista en libros antiguos) lo considera un “clásico porque la gente lo ha puesto en ese lugar; es comparable con Tacuruses y con Montevideanos”. “Leer el Manual inspira a cocinar”, dice Titina Núñez, referente gastronómica.

Hoy, el Manual vive en las cocinas del país y se ha ganado un lugar preponderante en la biblioteca de referencia gastronómica nacional. En 2010, la Fundación Lolita Rubial otorgó el premio Morosoli Institucional al Manual de Cocina por su aporte al “Uruguay Cultural” y en 2012 la Cámara Uruguaya del Libro lo distinguió en reconocimiento a su trayectoria. Los uruguayos lo eligen porque sus recetas “no fallan”, “son infalibles” y porque “enseña todo: a poner la mesa, planificar un menú, hacer un huevo duro y a armar un cumpleaños infantil”. Es que el Manual fue pensado para acompañar la vida familiar y, con orgullo y responsabilidad, lo ha logrado en estos 60 años.

Fuentes
Archivo Histórico del Instituto Crandon. Montevideo: Instituto Crandon.
Clark de Ros Jones, Edith. (1969). Historia de Crandon. Montevideo: Instituto Crandon.
Vasallo, Mario. (2004). Huellas del pasado. Historia y Actualidad del Instituto Crandon. Montevideo: Instituto Crandon.
Manual de Cocina del Instituto Crandon (desde 1957 a 2017). Montevideo: Ediciones B.

Entrevistas: Gustavo Laborde y Sebastián Artigas; Irene Castro, Julia Varela, Norma Tubino, Mónica Decurnex, Ana Luisa Ituño e Irma Conserva; Margarita y Lila Grassi; Ana Olaso; Titina Núñez; Ricardo Boccardi; Roberto Cataldo.

El paso a paso del Manual de Cocina de Crandon. 60 años de historia gastronómica

“Para mí es un referente fiel. Sus recetas no fallan, son exactas”. Daniela R.

“El libro de Crandon no es solo un libro de cocina, es parte de la vida de los uruguayos”. Beatriz P.

“Tengo uno viejito, no puedo decir de qué año porque con el uso la tapa y las primeras hojas se cayeron. Era de mis papás, los dos lo usaban mucho. Yo tengo 54 años y lo sigo mucho”. Mariela F.

​”La Biblia de la cocina”. Caro L.

¡La edición del sexagésimo aniversario del Manual de Cocina del Instituto Crandon está a la venta! Y en las redes sociales ya se leen comentarios que nos llenan de orgullo y que dan cuenta de su trascendencia.

Después de tantos meses de trabajo, de la espera de impresión y entrega, de definir y preparar su lanzamiento, el nuevo libro azul, de hojas brillantes y apetitosas fotos se exhibe en las librerías. La portada, en homenaje a la primera, impacta porque marca significativas diferencias entre los libros de su estilo: no tiene foto, se viste de entelado azul institucional y muestra con orgullo su nombre en letras blancas y doradas con un toque vintage. Solo eso y nada más; el Manual de Cocina puede hacerlo porque tiene, en nuestro país, suficiente trayectoria y arraigo.

Me detengo en las vidrieras a mirarlo, entro a las librerías para que me regale una guiñada y me gusta cuando alguien lo pide y lo elogia. Sé que a los libreros les apetece tenerlo, lo muestran en góndolas y escaparates especiales, y lo ofrecen con la garantía de un producto que se vende fácilmente. Trabajé en la edición de 2013 en la que lo descubrí y en esta, la del aniversario, ha revelado su fuerza y me ha mostrado sus intimidades sin tapujos. El Manual es un libro que aporta mucho más que recetas. En sus páginas se reflejan la gastronomía del Uruguay, la historia de la Institución, el espíritu de sus creadoras -un grupo de mujeres de inestimable valor- y el trabajo de los diversos equipos que lo han sostenido.

El libro se publicó en 1957 por primera vez, aunque su origen se ancla e impulsa desde el acta fundacional de Crandon (1859) y, en especial, en los años 30 cuando las misioneras norteamericanas, a cargo del Instituto Crandon, comenzaron un sostenido trabajo de economía doméstica en la comunidad. En los escasos relatos que se cuentan sobre los años de preparación del libro, se traduce un espíritu pragmático, de bajo perfil y de gran trabajo en equipo. El proyecto fue enorme, pero nació humilde. Nadie se imaginó, ni en sueños, que un texto para enseñar a cocinar pudiera llegar a ser el libro más vendido del Uruguay.

 

Historias que leudan

Con el propósito de ahondar en la historia del Manual, comenzó otra historia con un primer objetivo muy simple: escribir un artículo para la revista institucional. Pero el Manual me tentó; a la luz de una obra tan sorprendente, el propósito fue creciendo y adquirió vida propia al descubrir vacíos y evidenciar la necesidad de “dar la voz” a quienes trabajaron en el Manual. El artículo para la revista se transformó en una creciente carpeta con entrevistas, análisis de documentos, apuntes y líneas a seguir; se transformó en la espera y en la sorpresa de un nuevo dato, en la satisfacción ante la intuición periodística que arroja resultados.

Como en un proceso de leudado en el que la masa se transforma, emergieron personas y vivencias. Si bien el libro es de autoría institucional, su trayectoria y vigencia ameritan identificar a sus creadoras. En la idea primigenia, está Miss Lena May Hoerner. Y en la realización participaron Miss Dorothy Nelson y Miss Nelly Marabotto. Son la “tríada” que da vida a un relato que, desde hace 60 años, habita en los hogares uruguayos. Ellas me han cautivado; una a una fueron llegando a través de documentos, fotografías y entrevistas a terceros porque ya no están vivas. Delineando los perfiles, me mostraron sus aportes al Manual, me enseñaron los porqués y me indujeron a armar un sistema de hipótesis ante los vacíos documentales.

Miss Hoerner llegó a Uruguay en 1937, era graduada en Química y en Economía Doméstica, había vivido en África y tenía experiencia en extensión. Vino a Uruguay con el propósito evangélico de servir y para ello se propuso establecer contactos con organismos nacionales para enseñar a la población a cocinar con valor nutricional, además tenía como objetivo formar maestras uruguayas. Y con una fuerza increíble, logró sus propósitos desde la dirección del Departamento de Economía Doméstica. Era muy bajita y se imponía a través de su voz. Ella soñó con el Manual luego de preparar un recetario sobre maíz que ANCAP solicitó en 1946. Logró que la idea de un manual institucional para uso en los hogares uruguayos, apoyo a las clases regulares y de adultos prendiese en el espíritu de las otras dos integrantes de “la tríada” que fueron quienes lo llevaron a la realidad.

Miss Nelson arribó diez años después, en 1947. Tenía formación en Economía Doméstica y había trabajado en una fábrica de alimentos. Se formó en la experiencia docente de la mano de Miss Hoerner, a quien conoció en Crandon. Hicieron una excelente dupla con una amistad que se prolongó mucho tiempo después. “Era muy gringa”, según comentan, por momentos parecía incomprensible, como de otro mundo. También era muy exigente, pero muy dulce. Sabía muchísimo de nutrición, era pragmática, muy científica y decidida. Cuando Miss Hoerner se retiró de la dirección del Departamento, ella asumió su lugar. Su interés por la educación para el hogar era tal, que tiempo más tarde, mientras acompañaba a su esposo en misión pastoral en Río Gallegos (Argentina), armó un recetario para las mujeres de la zona.

Miss Marabotto nació en Canelones y fue pupila en Crandon. Fue una de las primeras uruguayas en formarse como profesora en Economía Doméstica en la Institución. Además, viajó a Estados Unidos para completar su formación. Era la intérprete de Miss Hoerner, quien no sabía español, y fue la primera criolla en ser Directora del Departamento de Economía Doméstica. Era una mujer adelantada, pasional e imponente, y fue una figura muy importante en los inicios de la TV uruguaya. Se hizo famosa por su forma práctica en la cocina, se desenvolvía en los medios con soltura y solidez, y con su personalidad arrolladora divulgó la forma Crandon de cocinar y popularizó al Manual.

Muy cercano a “la tríada”, está el primer molde de aro: aquellas mujeres formadas en el Departamento de Economía Doméstica con el sello que el Instituto Crandon sostenía a través de las clases para niños y adolescentes, cursos para adultos, alianzas con instituciones públicas y privadas, presencia en radio, prensa y después en la TV.  Luego, hay un segundo aro más reciente conformado por directoras, profesoras, secretarias y asistentes de despensa. Son decenas de mujeres (recién en los últimos años hay presencia masculina) que vuelven a cobijarse bajo una forma de trabajo colectivo de autoría institucional que da cuenta de una ética sin personalismos.

 

Los ingredientes de una receta infalible

A través del análisis documental, las entrevistas a las integrantes de “los aros” y a diversos especialistas en temáticas afines han aflorado las razones del impacto del libro en su momento y de la vigencia a lo largo de más de medio siglo. El Manual introdujo cambios significativos en un corpus en el que se incluyó, información nutricional, planeamiento de menús y el tendido de la mesa, además del conjunto significativo de recetas extranjeras y nacionales. Fue recibido con interés y su adhesión ha sido tan relevante que es el libro que “pauta la gastronomía nacional”, según el Dr. Gustavo Laborde, antropólogo y especialista en el tema.

Es difícil jerarquizar los aportes del libro porque son diversos aspectos que conforman un sistema robusto de un texto que es férreo, sin fisuras. Está armado con método y consistencia, tiene inspiración anglosajona y adaptación criolla. La herencia de cocinar en el laboratorio de economía doméstica ha sido la impronta de Crandon y en el libro se traduce a través de su plan general y de un formato de receta específico, en el detalle exacto de las medidas y en la gestualidad del paso a paso.

Hasta el momento de su edición, los recetarios que se usaban en el Uruguay (algunos propios y un foráneo muy conocido: el de Doña Petrona C. de Gandulfo) presentaban las recetas con un discurso narrativo con detalles descriptivos, algunos con mayor precisión que otros. Hay textos escuetos y otros muy floridos, casi poéticos. En esas recetas, los ingredientes se mencionaban sin exactitud porque estaban destinados a mujeres que sabían cocinar. Pero el Manual cambió de destinatario y fue pensado, desde su origen, para la mujer que no sabía hacerlo y que debía proveer la alimentación de la familia. Bajo esa impronta, el formato Crandon de receta es una herramienta didáctica, la que se usaba en la clase; es un esquema que presenta las etapas a seguir a través del verbo y con el detalle inequívoco de los ingredientes.

La consigna de la receta Crandon es leerla primero en su totalidad, cotejar los ingredientes y comenzar la tarea siguiendo fielmente el paso a paso. De esa manera, respetando en orden de cada acción (que da cuenta del proceso químico que se produce mientras se cocina) y con el uso exacto de los ingredientes, el resultado está garantizado. Por eso, las “recetas Crandon no fallan”, “si se sigue al pie de la letra lo que dice, todo sale”. El formato de receta del Manual tiene las características de un discurso prescriptivo que narra a través de un verbo sin conjugar y con escuetas descripciones, las estrictamente necesarias. Es un esquema científico que disecciona un proceso químico en diversas partes y es tan original que hasta el momento no se conoce otro igual. Fue obra de Dorothy y Nelly, quienes, además de ser colegas y armar el libro, fueron muy amigas.

El carácter científico y metódico de ese formato de receta requiere el detalle exacto de los ingredientes. Ya no se trata de un “dedal”, de un “puñado” o de un “poco”, no se trata del ojo de una cocinera con intuición, sino de cucharadas, cucharaditas y tazas porque el libro introdujo el sistema imperial de medidas. Este, de uso anglosajón, aportó rigurosidad y simpleza.

Por otra parte, la gestualidad de la cocina, además del paso a paso mencionado en la receta, se observa en el uso de las fotografías. Es herencia de los libros de cabecera que habían traído las misioneras y que recrearon al estilo uruguayo en los laboratorios de economía doméstica de Crandon. El libro de 1957 tenía 250 fotos en escala de grises para mostrar, de la forma más didáctica que existía hasta el momento, las acciones más significativas de algunas de las preparaciones.


Recetas para el hogar

“El libro no es una colección de recetas, sino que enseña métodos y técnicas para preparar alimentos en el hogar”, explican las docentes del segundo aro. Es un texto sencillo con un sujeto de enunciación muy claro: el ama de casa, una mujer que preparaba los alimentos y administraba la cocina para aprovechar mejor los recursos. Así se concebía la economía doméstica y así se presentaban las preparaciones que recogían diversas vertientes: las anglosajonas que se enseñaban en Crandon con bibliografía en inglés, las francesas (que impregnan las cocinas del mundo), las uruguayas y algunas de América que las misioneras habían traído de sus viajes.

El libro de 1957 era mayormente foráneo, pero todas las recetas podían prepararse en Uruguay con los ingredientes de uso en aquel entonces. Esa fue la consigna y para ello, Miss Nelson y Miss Marabotto seleccionaron con cuidado las recetas, las probaron todas, hasta tres veces, y las reescribieron con el formato propio.

El repertorio criollo, aunque en minoría, también estaba presente en un gran trabajo en conjunto, porque el espíritu de alcance social que llevaban adelante como respaldo ético implicaba valorizar lo local. Las profesoras uruguayas sabían qué se comía en el país y aportaron las milanesas, los ñoquis, la pascualina, la pasta frola, el arroz con leche y los pasteles criollos, entre otros. Faltaron muy pocas preparaciones del fondo criollo; en especial, faltaron las tortas fritas que se agregaron tiempo más tarde.

La adecuación ha sido otra de sus destacadas características. El libro fue pertinente y oportuno en su momento y se ha transformado, sin perder su esencia, en una historia que amalgama tradiciones gastronómicas. Los diversos equipos, siempre liderados por mujeres, han adaptado el Manual a las necesidades de cada momento. Ya no hay ama de casa porque en la actualidad cocinan hombres y mujeres; ya no ciertas recetas porque no se encuentran determinados ingredientes (el ganso y los sesos, por ejemplo); ya no figura la matanza y la limpieza de las aves porque se han dejado de realizar en el hogar. Así, se han agregado, enriquecido y modernizado capítulos: congelados en los años 60, carnes en los 80, microondas en 90, bocados y sándwiches en la edición de 2013 y sin azúcar en la del aniversario. Y se han agregado recetas, “las que debían estar”.

El Manual nació como un texto básico y con el paso del tiempo ha adquirido características de un libro objeto. Hoy, no solo enseña a cocinar, sino que invita y deleita a través de las fotos; se muestra en la cocina, en bibliotecas y también en el living. Pero sigue siendo un manual para preparar alimentos para el hogar, para el día a día. Es una cocina sencilla, para alimentar a la familia con algunos detalles gourmet para sorprender. Ese espíritu, siempre presente a lo largo de estos 60 años, es la base de un libro que impregna, en sus hojas, las historias gastronómicas de cada familia.

 

Para inaugurar la temporada de sopas

 

La temporada de sopa comienza con el otoño cuando las hojas de los árboles parecen fusionar sus colores y texturas en platos y tazones. Si bien los fanáticos la consumen todo el año, más allá la temperatura, se trata de una preparación que en estas latitudes se toma caliente (el gazpacho es una rareza) y cuando hace frío. Es una receta clásica de hogar, aunque los cocineros más renombrados la han elevado a un plato gourmet. Por eso se sirve hasta en distinguidos restaurantes, y está tan de moda, incluso, que en el mercado de electrodomésticos se venden “soperas eléctricas” con recetarios para sibaritas.

La sopa, según el Diccionario de la Real Academia, es un “plato compuesto de un caldo y uno o más ingredientes sólidos cocidos en él”. Entre los diversos tipos, se mencionan las de fideos, verduras y pescados.

El Manual de Cocina del Instituto Crandon (Ediciones B), referencia en la gastronomía uruguaya, dedica un capítulo al brebaje y explica que hay una gran variedad, “desde el bouillon que despierta el apetito con su aromático sabor, hasta las sopas espesas que se pueden servir como plato principal en una comida rápida”.

El libro —que como buen manual define las bases— explica que la sopa se toma en platos hondos o tazones, sugiere calentar los recipientes para que la preparación llegue con la temperatura justa a la mesa, puntualiza la cantidad que se acostumbra a servir y explicita la clasificación. A este respecto, dice que hay sopas livianas, medianas y espesas. Entre las primeras se encuentran los caldos, consomés y bouillons. Las de vegetales, las licuadas y las cremosas se ubican en el segundo tipo; mientras que entre las espesas están los minestronos, los chowders y las de leguminosas.

La sopa crema se prepara a partir de una salsa blanca muy liviana o de un licuado de vegetales y el bouillon es un caldo con cierta concentración que se elabora por cocción en agua de carne o huesos y con hierbas aromáticas. El minestrono (también conocido como minestrón o menestrón) es la especialidad de la cocina italiana, lleva verduras y puede tener pasta o arroz. El chowder es una sopa espesa en la que se dejan los alimentos en trozos relativamente grandes.

Las sopas son muy sencillas de preparar y se cocinan solas, aunque requieren algo de tiempo y un poquito de atención. Si las verduras son insípidas, la sal marina, la pimienta, el jengibre o el queso aportan dinamismo y le quitan el aire de “preparación de hospital”. Mi favorita contiene espinaca, zapallo o calabaza, zanahoria, puerro, nabo y un centímetro de jengibre. Cuando las verduras están listas, se licua y una pizca de curry le otorga la magia de Oriente.

En Montevideo, hay varios restaurantes donde probar ricas sopas (in situ o para llevar). La oferta para el mediodía es bastante amplia, aunque para la cena se acota un poco. En el mundo digital circulan varias recomendaciones para una “ruta sopera”: Caramelos de lima, Valentina Baccino Nutrición y Comer Mejor sugieren sus preferidos en función de diversos criterios (para vegetarianos o veganos, adecuación nutricional, etc).

Más allá de los aportes de estos especialistas en el rubro gastronómico y de nutrición, me atrevo con recomendaciones basadas en la experiencia de tomar mucha sopa. En esta lista de sopas montevideanas con vegetales (quedan por fuera el arroz y los fideos), los tazones son generosos con preparaciones caseras, espesas y hasta virtuosas. Para llevar, sugiero visitar Mercado Verde y Masala Haus, y para disfrutar en el propio restaurante, recomiendo Benicio Deli & Cofee House, Disfruta, Bar Lobo y Jacinto (estos dos últimos tienen servicio de cena).

Si la sopa te es ajena, animate en cualquiera de estos restaurantes; encontrarás sabor y hasta pasión en preparaciones bien elaboradas. Y si vas por más, preparala en tu casa. Hay cientos de recetas en libros clásicos, digitales y en modernas aplicaciones, y contá con tu intuición culinaria que, en definitiva, te guiará hacia el punto mágico en el que el sabor por lo simple se transforma en placer.

El Manual de Cocina del Instituto Crandon: simple y práctico

Me es difícil recordar la primera vez que tuve contacto con el Manual de Cocina del Instituto Crandon, fue hace tanto tiempo…  Pareciera que el libro ha sido parte de mi vida, aunque en mi casa no estaba y tampoco en la de mi abuela, un hecho algo extraño porque el Manual es fuente ineludible de la cocina uruguaya y forma parte de la historia gastronómica de numerosas familias de nuestro país.

Recuerdo ver el Manual en la casa de una amiga; tenían una versión de los años sesenta o setenta con fotos preponderantemente turquesas en la tapa y una tipografía casi “discográfica”. En nuestra adolescencia preparábamos dumplings de manzana. Eran riquísimos y muy exóticos para un pueblo del interior del país de escaso contacto con el mundo anglosajón.

Hace más de diez años entré a trabajar al Instituto Crandon, obtuve el puesto —de responsable del Área de Comunicación— a través de un llamado de una consultora. Cuando me informaron se trataba de Crandon, pensé en dos imágenes inmediatamente: la enredadera que recubre al edificio de 8 de Octubre y el Manual; es que ambos íconos representan a Crandon en el imaginario colectivo.

Sabía, desde siempre y sin conocer exactamente desde cuándo, que el Manual era un libro estupendo, una verdadera referencia culinaria. Desde el primer día de trabajo me interesé en él y conocerlo en profundidad no me decepcionó, pues en su génesis y desarrollo hay datos fascinantes, una historia que representa más que un conjunto de recetas.

Hace unos años fui parte del equipo que preparó la trigésimo segunda edición que implicó varios cambios con una importante ampliación y un nuevo diseño. Ese trabajo me acercó íntimamente al Manual y en extensas jornadas de revisión me involucré estrechamente con la obra.

El Manual de Cocina se publicó por primera vez en 1957, pero su concepción comenzó mucho antes. El libro fue, de alguna manera, la materialización en suelo uruguayo de la “economía doméstica”, un concepto de vanguardia para la época que la Mtra. Cecilia Güelfi (fundadora del Instituto Crandon en 1879) y las misioneras norteamericanas habían plasmado en la Institución. A través de esta asignatura se enseñaba un método y diversas técnicas y herramientas para el buen uso de los recursos de la vida familiar en procura de mejorar la vida cotidiana.

En la “economía doméstica” o “administración para el hogar” la cocina es una tarea preponderante y con el libro The Herald Tribune Home Institute Cook Book las misioneras norteamericanas comenzaron las clases de cocina en el Instituto Crandon hace cien años exactamente. A partir de ese momento, las docentes de la asignatura Economía Doméstica prepararon recetarios; algunos por encargo y otros para la realización de las clases, pues había que traducir y adaptar The Herald Tribune Home.

En 1946, ante el superávit de maíz, ANCAP solicitó un recetario en particular (“un libro de cocina con recetas a base de maíz”) para fomentar el consumo del cereal. Ese recetario fue el antecesor del Manual, que nació once años después. La primera versión contenía recetas probadas en los laboratorios de Economía Doméstica de Crandon extraídas del libro de cabecera, mayormente. Los sabores del mundo anglosajón se imponían en las primeras ediciones y en las sucesivas se fueron apaciguando al incorporar recetas del Uruguay y de la región.

En más de medio siglo, el Manual se ha convertido en un verdadero best-seller. Dicen que es el libro que más se vende en el Uruguay y, por su trayectoria, la Fundación Lolita Rubial lo distinguió en 2010 en “reconocimiento a la destacada labor educacional que esta obra implica en materia culinaria para varias generaciones de uruguayos”.

La simpleza identifica al libro de cocina del Instituto Crandon. El pragmatismo de las misioneras se percibe en la narrativa de las recetas con un “paso a paso” didáctico que lo caracteriza. “Con el Manual cualquiera cocina”, “Te enseña a hacer desde un huevo duro”, “Es infalible”, “Si seguís la receta, todo te sale perfecto”…  Estas frases se escuchan y se leen en entrevistas y reseñas, son simples verdades dichas personas que cocinaron con las directivas del Manual.

Las recetas Crandon se caracterizan por una tipología textual fuertemente prescriptiva y una forma particular en las que primero se menciona la acción y luego se detallan los ingredientes. Así, por ejemplo, para hacer arroz hervido hay que:

Hervir:
2 tazas de agua
1 cdta. de sal

Agregar:
1 taza de arroz

Hervir durante 8 minutos. Dejar reposar 5 minutos.

Es que en el Manual se enseña a preparar desde arroz en su forma más básica, puré de papas y milanesas hasta recetas mucho más complejas. Al comienzo del libro se explicita que para lograr el éxito de una preparación se necesitan algunas condiciones: leer cuidadosamente la receta, seguirla paso a paso y medir los ingredientes con exactitud. Esas son las claves, así de rotundas, de contundentes y dichas con claridad en procura de una eficacia que se hace realidad al cocinar.

Hay recetas con nombres sugestivos que hacen volar la imaginación. Me he enamorado de “La reina de los budines” (un deliciosos budín de pan), la “Salsa francesa de lujo”, la “Salsa de mil islas”, la “Torta luz de sol” y la “Torta deliciosa del diablo”.

Entre tantas preparaciones, mi favorita es la receta de scones. Es sencilla, aunque esconde un secreto que se revela en el propio texto: la clave del éxito es “amasar suavemente”.  La receta básica es el inicio del capítulo “Panes rápidos” y en siete pasos, con cinco ingredientes se logra una preparación deliciosa, tan versátil que ofrece 20 versiones diferentes.

De los scones clásicos y tradicionales surgen los de aceite, los cuadrados de naranja, los de queso, de crema, los de emergencia, los rellenos, de panceta, los suecos para el té, de harina integral, los orientales con dátiles, los scones “a la inglesa” (very british!), los arrollados de jamón y queso, los arrollados de higo, de canela, con caramelo, de verdura, los teasers, el pan irlandés, la torta de jamón y queso y hasta la pizza. Son fáciles de preparar, deliciosos y suaves y se adaptan a las más diversas situaciones, ¿qué más se le puede pedir a los scones?

El Manual es una obra muy reconocida y, como tal, tiene algunos detractores. Se le responsabiliza tener recetas con mucha manteca, olvidarse del aceite de oliva y ser muy básico, por ejemplo. En sus orígenes están las respuestas a estas aseveraciones, y como se ha modernizado, los diversos equipos a cargo de las revisiones han procurado “alivianar” las grasas e incorporar nuevas recetas e ingredientes. Y es cierto que es muy básico, ¡porque justamente se trata de un manual!  

Por la estructura de su plan, orienta y guía desde las primeras experiencias culinarias y cuenta con todo lo necesario para ser un verdadero libro de referencia. Ofrece datos nutricionales, un glosario básico, equivalencias de pesos y volúmenes, un índice exhaustivo, y sugerencias para la planificación de menús. Tiene un capítulo muy útil para la cocción por microondas, otro de freezer y también el clásico de  envasados y conservas (muy al estilo “economía doméstica”), además de bebidas, carnes, aves, mariscos, cereales y pastas, verduras, panes (rápidos y de levadura), tortas, caramelos.

Con el Manual se aprende a servir la mesa, a hacer té, a preparar bocados fríos y calientes, una rica sopa crema, un guiso, varias recetas de flanes y de tapioca (tan de moda nuevamente) y también la “Torta de frutas medalla de oro” para grandes ocasiones y con muchos comensales. Las recetas del libro de cocina del Instituto Crandon que acompañan todas las ocasiones de la vida familiar no son producto del azar, sino que están signadas por la historia de la Institución y la impronta de la economía doméstica, pues el Manual es el testimonio vivo de simpleza, método y eficacia.