Un encuentro delicioso, sano y atractivo en «El arte de comer bien»

Publicado en Alacarta.uy / 21 de agosto de 2019

A la periodista Diana Henry, especializada en gastronomía, le encanta comer y tiene dos debilidades: la pastelería y el pan. Preocupada por la alimentación y la salud en general, ocupada en baja su tensión arterial y perder peso y, sin omitir los carbohidratos, redefinió su alimentación. Así, se propuso preparar comidas «informalmente sanas» a partir de una «alimentación reflexiva», sin tener que dividir los alimentos en «sanos o perjudiciales». Su experiencia se recoge en El arte de comer bien, cuando lo delicioso se encuentra con lo sano, un libro atractivo y tentador.

El cambio permitió a Diana Henry aprender a comer sano, además de reunir recetas que la entusiasman. La autora confiesa que ahora come mejor y que se siente mejor. Dice que en sus platos abundan los sabores, que no cree en las privaciones, y que se guió por el sentido común y la experiencia. El resultado es El arte de comer bien: una lectura entretenida, una propuesta de cocina diversa y una invitación a aprender. El texto regala y sugiere con información accesible y diversos platos a través de un conjunto de recetas organizado por estaciones.

La obra comienza con la primavera, una temporada que invita a combinar colores, texturas y jugos. Para demostrarlo, la autora abre el capítulo con una ensalada que incluye rabanitos, pepinos, hojas tiernas de espinaca, flores y pétalos comestibles. Además de las recetas, Diana Henry propone —en esta y en las demás estaciones— un listado con frutas y verduras que clasifica en tres categorías según la temporada (principio, intermedio y fin).

El verano ayuda a comer sano sin necesidad de cocciones largas. Es tiempo de frutas y de verduras. También es una buena oportunidad para preparar pescado, e introducir cereales como el cuscús y el trigo bulgor.

La combinación de meses cálidos y fríos del otoño hace que sea la mejor estación para los cocineros, argumenta la autora. Para este tiempo, hay propuestas de lentejas y contundentes cereales. Por eso, el capítulo incluye un apartado sobre los cereales integrales con detalles sobre diferentes el arroz, la avena, el centeno, la quinua y los trigos, entre otros.

Para el invierno, la periodista sugiere cortar la monotonía gris, y aportar color a la mesa, además del calor del fuego. De esta manera, dice Diana Henry, es posible saciar un apetito que busca las tradiciones.

En el viaje gustativo de El arte de comer hay sabores peruanos, vietnamitas, japoneses; hay frutas y verduras típicas del mediterráneo, y también hay flores. Abundan los cereales y también hay preparaciones con pescado, pollo y carne roja. El libro exhibe diversos sabores, algunos próximos y otros exóticos, con despliegue de productos y creatividad.

El arte de comer bien es un libro grande, de tapa dura, lomo entelado, cuerpo en papel mate y múltiples fotografías. La obra demuestra una muy buena factura editorial, un gran trabajo de equipo con diferentes profesionales que cuidaron todos los detalles. Las recetas se muestran de forma práctica a través de dos columnas: en la primera están los ingredientes y en la segunda el procedimiento. Al final, si es necesario, se incorporan variantes.

Las fotografías —que en cocina son un elemento clave— son generosas en tamaño y en despliegue cromático. Algunos de las preparaciones se muestran en proceso de elaboración y otras ya están listas para degustar. En estas es posible imaginar a los comensales en torno a la mesa, listos para comenzar luego del último clic. Las recetas se muestran en vajilla de hogar y con detalles que armonizan (manteles, cuencos con aderezos, vasos, copas y tazas).

Los aportes informativos y las reflexiones aderezan la obra. Cada tanto, en hojas en fondo verde claro, se muestra información sobre cuestiones de salud y nutrición: todo aquello que la autora descubrió a través de una «alimentación reflexiva e informada». Son temas diversos, desde cuántas dietas caben en una vida, hasta almuerzos para el trabajo y la casa; desde las calorías, hasta las características de los hidratos de carbono y las grasas saludables, entre otros.

Diana Henry dejó de contar calorías, elige alimentos sin añadidos y no se priva de ningún producto. Además, cuando se sienta a la mesa no come «bloques de nutrientes, sino que disfruta de una buena comida». El libro da cuenta de ello y es muestra de una alimentación diversa para deleitarse con lo sano y lo delicioso. El arte de comer bien es una invitación a la buena mesa, una oportunidad para preparar recetas, comer y disfrutar.


El arte de comer bien
Autora: Diana Henry
Editorial: Salamandra, colección Fun & Food
Fecha de publicación: 2019 (Salamandra) y 2014 (Octopus Publishing, Reino Unido)
336 páginas
Más de 150 preparaciones e información sobre calorías, dietas, ensaladas, caldos, panes, etc. Además, consideraciones sobre alimentación e índices de recetas.
$ 1090 en La Librería del Mercado (@delmercadouy) y en librerías de todo el país

Diana Henry (Reino Unido) es periodista. Su profesional y comprometido trabajo le han otorgado un lugar de referencia en el periodismo gastronómico británico. Además de una columna semanal en The Sunday Telegraph, colabora con diversas revistas, y es autora de varios libros.

Fotos: Sergio Gómez

Un regalo de Reyes para adultos: recuerdos de los primeros libros, los que marcaron la historia de cada lector

La nota sobre lecturas y recomendaciones de “gente común para gente común” tuvo una importante acogida. Los reseñados se la apropiaron, la compartieron y las repercusiones no tardaron en llegar a través de comentarios, además de la oportunidad de una nueva reseña.

Jennifer sugirió, para Reyes, una nota sobre libros infantiles y la idea me entusiasmó. En clase de inglés con Mariana terminé de definir el alcance de la reseña y salí, una vez más, a consultar al entorno. En esta oportunidad la pregunta procuró indagar acerca de los libros que habían marcado la niñez y la adolescencia, pues en las conversaciones con Jennifer y Mariana surgió la hipótesis de la permanencia de esos libros.

Con sorpresa, recibí muchísimas respuestas y en algunos casos los consultados también preguntaron a los allegados más jóvenes. Esta nueva nota, entonces, se ha enriquecido con respuestas de niños y adolescentes, y es larga porque consigna todas las opiniones por respeto a los entusiastas colaboradores.

Los libros mencionados reflejan diversas épocas, sus personajes, autores, estilos narrativos y temas demuestran la rica variedad que la literatura infantil y juvenil ha propuesto en los últimos 50 años. Este Día de Reyes es la oportunidad para obsequiar ricas memorias literarias de la niñez y en esta reseña el regalo se materializa en recuerdos de libros y personajes. A través de aventuras e historias de vidas, con personajes reales y mitológicos, con cuentos pueriles y otros no tanto, se tejen los recuerdos de historias literarias de infancia y de adolescencia de “gente común”.

Entre tantas respuestas recibidas, hay una obra que se roba la mayor atención: Mujercitas de Louise May Alcott. La obra insigne de Alcott es mencionada por mujeres de diferentes edades, ocupaciones e intereses que recuerdan esta historia en particular. Las razones son diversas y dan cuenta de las estrategias simbólicas que se desarrollan en torno a una misma historia.

Leticia —maestra de Inicial, profesora de literatura y de inglés— era una niña muy lectora y este es el libro que elige para representar ese momento de su vida. “Creo [que me marcó] por la descripción de un mundo femenino que invitaba a soñar e imaginar. Eran las aventuras de cuatro hermanas que jugaban a ser otras, sin evitar u olvidar la guerra o la mala situación económica. Eso me permitía soñar a partir de un relato sencillo que plasmaba un mundo [diferente al mío]”.

Beatriz, Renée y María Eugenia también son maestras, comparten profesión, lugar de trabajo y un mismo libro que identifica su niñez. Dice Beatriz que al leer Mujercitas “se sentía grande”. Renée cuenta que el libro “colmó la cuota de fantasía y de romanticismo que una niña de nueve o diez años necesitaba. Me pude identificar con las jovencitas protagonistas y sus desventuras”. Y María Eugenia, en especial, hace énfasis en “ese vínculo mágico de las hermanas y en Jo con su fuerza desafiante”. Además, aporta que le gustaba la colección “Los cinco [Enid Blyton] porque era pura aventura y misterio… antecedente de la novela negra y Torres de Malory [del mismo autor] con las intrigas femeninas, lecturas que compartía con mi amiga Ana Patricia, que es lo que tiene más peso en el recuerdo”.

Margarita —secretaria e incansable aprendiz— también mencionó Mujercitas junto a los cuentos de Horacio Quiroga que leía en la escuela.  Gabriela, profesora y experta en cocina sin gluten, dice que su “infancia pueblerina [en Minas] estuvo marcada por Mujercitas y otros del estilo [porque] me encantaba ese estilo romanticón e inocente”.

Anita (profesora y cocinera amateur) confiesa que le “encantaba leer Mujercitas porque vivía en un hogar muy desestructurado y la Sra. March, la madre, llevaba adelante todo con orden, amor y sabiduría”. “Yo me identificaba con ella; era el modelo de madre que yo quería ser cuando tuviera hijos”. Para Mariela (profesora y experta en té), hay varios libros y Mujercitas surge en primer lugar “por sus vivencias de dificultad política y económica (¡viví de niña toooooda la dictadura!)”; también recuerda Peter Pan [James Matthew Barrie], Buscabichos [Julio C. Da Rosa] y El Principito [Antoine de Saint-Exupéry] por su sutileza espiritual y la belleza exaltada.

En una frenética conversación de amigas a través de Whatsapp (con mensajes que parece que se interrumpieran como en la oralidad) en la que se mezclaron libros y vivencias infantiles, Gabriela —médica y aficionada a la jardinería— describió su periplo como lectora: “Me fascinaban las Selecciones [del Reader’s Digest], no era una lectura muy infantil, pero yo me devoraba [esas revistas]. Recuerdo “La risa, remedio infalible”, “Gajes del oficio”, “Así es la vida”. También Mafalda de Quino y después se incorporó Asterix [René Goscinny y Albert Urderzo]. Y mi adolescencia estuvo marcada por Mario Benedetti, [de quien] leí casi toda su obra”.

Por su parte, Cynthia —veterinaria y trotamundos— aportó su recorrido literario que da cuenta de su posterior interés por conocer el mundo. “Yo no era de las más lectoras, pero me encantaban Las Aventuras de Tom Sawyer [Mark Twain] y ya de chica leía las novelas de Agatha Christie. En la preadolescencia me marcó Mi planta de naranja lima [José Mauro de Vaconcelos], una historia muy cruel que me hizo llorar mucho”.

Para Mónica, profesora y experta en economía doméstica, el libro más significativo de su niñez también es Mi planta de naranja lima. “Fue recomendado por mi papá que vivió muchos años en Brasil. Me lo regaló en portugués y después me lo compró en español. Mi planta de naranja lima me atrapó con las historias de Zezé”.

La fuente de inspiración artística de Laura (maestra de Inicial) parece nutrirse de las historias que abuela, una excelente narradora, le contaba en la infancia. El Principito, Las aventuras de Tom Sawyer, La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson y Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas “me aportaban aventura, nobleza, valor, y profundos sentimientos a través de entrañables personajes”.

Alejandra, que desarrolla su profesión de maestra con especial sensibilidad artística, cuenta que El principito es el libro de su niñez “por los temas que trata y por el análisis desde la mirada del mundo de los niños”.

Gloria, profesora y especialista en arte, dice que de El tesoro de la juventud le gustaba un poema Rubén Darío que comienza diciendo “Margarita, está linda la mar…”. “Es la historia de una niña que, desobedeciendo al rey (su padre), sale a buscar una estrella para ponérsela de prendedor. Me la leía una tía muy dulce (…) y yo me la aprendí de memoria [cuando era] muy chiquita. Creo que resume mi vida de rebeldía y utopías”.

Vania, corredora de seguros y experta en tejido, dice que la lectura le llegó de adolescente y no fue por algo especial. “Mi padre era un lector compulsivo y yo simplemente lo imité. El libro más significativo [de esa etapa] fue Expreso de medianoche. Yo era una adolescente de 13 o 14 años, bastante ‘paloma´ y recuerdo que no paré. Mi padre decía que no era para mí y yo quedé en shock”. El libro mencionado por Vania nos zambulló en una conversación acerca de su vigencia. Luego de varias apreciaciones, concluyo —con la ligereza de ser una simple lectora— que la temática ya no es original y casi con seguridad no cause el impacto de hace unos años. En cambio, el valor y la vigencia de la obra de Billy Hayes y William Hoffer residen en haberse adelado en el tiempo.

Alicia confiesa que Blancanieves [Hermanos Grimm] fue su libro preferido durante mucho tiempo “porque me lo leía mi abuela y para nosotras era un momento de encuentro especial, además me encantaba la historia en donde la niña buena triunfaba sobre la bruja mala. Más adelante, cuando comencé a leer libros más grandes, fue El señor de los anillos quien me introdujo sin vuelta atrás a la literatura fantástica.  Si bien hace poco que se comenzó a hablar de Tolkien, esa novela maravillosa se publicó por los años 50 y pico”. Esas prolíferas lecturas narradas con tanto cariño parecen haber inspirado la profesión de Alicia que es bibliotecóloga.

Marcos, profesor, corredor y bloguero, dice que Corazón, de Edmundo de Admicis, fue el primer libro que lo hizo llorar.  Gabriela y Laura son profesoras de inglés y trabajan juntas. Se sorprendieron, pues no sabían, que el libro de Edmundo de Admicis es la historia que identifica la niñez de ambas.

Valentina —nutricionista, deportista y repostera— recuerda una colección que es una marca en su familia y que seguramente, ahora que espera a su primer hijo, procurará continuar. Los libros de Teo [Biblioteca Teo] fueron especiales “porque ya habían pasado por las manos de mis tres hermanos y leerlos marcaba una tradición familiar”.

Carolina, licenciada en comunicación y fotógrafa, escoge otra colección: Elige tu propia aventura [R. A. Montgomery y Edward Packard] porque “me encantaba elegir el final, me sentía constructora y parte de la historia”. “Mis favoritos eran La tribu perdida y Perdidos en el Amazonas. Éramos cinco amigas, tanto nos gustaban esos libros que cada una compraba uno y después los intercambiábamos”.

Liliana (psicóloga y lectora empedernida) cuenta cómo surgió su pasión por la lectura: “en verano solía pasar unos días en casa de mis abuelos y en el altillo encontré unas revistas Leoplan en las que se publicaban novelas por entrega. Tendría unos 11 años y Laura de Vera Caspary me fascinó con el encanto adicional de lo prohibido. A partir de ahí me volví fanática de la lectura en general y de la novela policial en particular”.

Adriana, que tiene una marcada profesión docente, comparte un recuerdo familiar cargado de valores cuando, junto a sus hijos pequeños, disfrutaban Buscando a Wally porque “era un desafío [para ellos] y porque lo podíamos resolver en equipo”.

Osmar, médico y deportista, cuenta que el libro de su niñez es La vuelta al mundo en 80 días de Julio Verne. “Me cautivó la idea de viajar y conocer otras culturas. Creo que, de alguna forma, me sentía identificado con el protagonista, Phileas Fogg, que se embarca en una empresa que muchos creían imposible. Cuando lo leí yo ya estaba embarcado en mi viaje con destino a recibirme de médico. Y como el protagonista, a pesar de dificultades y opiniones pesimistas, logré completarlo. Y de `yapa´ he podido conocer varias ciudades que Fogg visita en su viaje”.

 

Gladys (maestra jubilada) relata que fue una niña que aprendió a leer sola, de tanto frecuentar los libros, las revistas, los cómics y los periódicos. “El estímulo de una hermanita mayor, que silabeaba sus libros desde los 4 años, sirvió de apoyo también. Tuve, desde la primera infancia, pasión por la lectura y mis padres me regalaban un libro de cuentos cada semana, que yo me encargaba de tener entre manos durante los siete días. Primero los miraba, después les ponía palabras inventadas y finalmente los pude aprender a leer sola. Eran libros que venían acompañados de un elemento adosado a la tapa (por ejemplo, El Conejito Pedro [Beatrix Potter] traía una regadera en miniatura) comprados en la librería del London París. Adoré unos libros grandes, de tapas duras y coloridas ilustraciones, de Constancio Vigil. La Gallinita Colorada fue mi libro de cabecera durante muchísimo tiempo y le siguió La Hormiguita Viajera”.

 

Los recuerdos de Rosita (que sabe italiano, español y es una entusiasta tejedora) son muy ricos, pues dan cuenta de prácticas y valores que marcaron a muchas generaciones. La historia que compartió es una descripción antropológica que recrea mucho más que el ejercicio de la lectura. “En mi infancia no hubo muchos libros. En el bus [montevideano] vendían unos libritos muy baratos de 6 u 8 páginas con muy lindas ilustraciones y poco texto. Eso era lo que me compraba mi papá. Los dibujos eran muy delicados con pájaros tipo chinos o japoneses. También recuerdo que él compraba Unión Soviética y China Popular. ¡Qué tiempos!, con mucho blanco y negro, poca cosa a color y siempre [con protagonistas] felices y regordetas, mujeres de mejillas muy sonrosadas y ataviadas con trajes típicos muy coloridos. Las revistas rusas eran significativamente más atractivas que las chinas. De las rusas saqué una enseñanza que creo muy lógica y buena, aunque no practico: quien hace trabajo físico duro debe jugar al ajedrez para descansar, y el oficinista debe practicar ejercicios físicos. Además de explicarlo en los textos, había dibujos muy esquemáticos pero impactantes (el del ajedrez prácticamente lo estoy viendo). Y con todo eso supongo que llegué al fin de la infancia”.

Gabriela encuentra en los libros que marcaron su niñez referencias a su profesión de psicóloga: “Platero y yo [Juan Ramón Jiménez] y Rosinha, mi canoa [José Mauro de Vasconcelos] marcaron mi infancia por los vínculos afectivos que se desarrollaban en las narraciones”.

Sylvia (profesora de cocina y experta en economía doméstica) y Cecilia (psiquiatra y profesora de inglés) recuerdan las sagas de Enid Blyton: Los cinco, Los siete y Torres de Malory por las aventuras y por la descripción de vidas, vínculos y personajes que transitaban entre la realidad y la fantasía.

Jennifer —inspiradora de esta reseña, además de entusiasta deportista y madre de Lucas— dice que Pateando Lunas de Roy Berocay fue su libro favorito. “Me lo prestó una maestra en una escuela de Durazno y lo leí en tres días. Me fascinó la historia de una niña que jugaba al fútbol, algo que no era común en esa época”.

Mónica (profesora y cocinera) aporta que en su infancia leía revistas, cómics y novelas rosa. Su madre es una lectora contumaz y su padre “era un hombre con poca instrucción y mucha preocupación por la educación de sus hijos”. Recuerda que cuando era niña le regaló La cabaña del tío Tom [Harriet Beecher Stowe], un libro que actualmente considera que fue una influencia decisiva en su vida adulta. “También me regaló una enciclopedia de arte que aún conservo y que creo que guió mis intereses posteriores”.

Alejandra, maestra y triatleta, dice que de chica le regalaron muchísimos cuentos, “pero La Cigüeña Agradecida [Ana Herring] me encantaba y pedía que lo leyeran una y otra vez. Siempre le decía a mi mamá que el final era triste, yo quería que fuera diferente y ella me explicaba que cuando creciera iba a entenderlo mejor.  Soy maestra desde hace 24 años y todos los años lo narro en clase, es un cuento en el que valores como el amor y la ayuda que le brindamos a los demás tienen su recompensa. Siempre pensé que el final debería de ser otro, pero cuando crecí entendí el mensaje de esta leyenda japonesa: con pequeños gestos o acciones podemos cambiar la vida de los demás y la nuestra también”.  

Dice Eglé que de pequeña leía desde fábulas hasta historietas: “La Pequeña Lulú [Marjorie Henderson Buell] era mi heroína total, peleando contra el machista club de Tobi. Las pobres princesitas de Disney esperando al héroe-príncipe no me emocionaban para nada… [eran] muy bobitas. Y compartía con mi hermano desde El llanero solitario [Fran Striker] hasta Súperman [Jerry Siegel y Joe Shuster]”. La historia de lecturas de Eglé creció y se enriqueció con su profunda formación como docente de Español.

Mario, escribano, bibliotecólogo y poeta, menciona que “De los Apeninos a los Andes [es su libro favorito]: era un niño pasando aventuras complicadas. Eso fue lo que me atrajo”. Marco, de los Apeninos a los Andes es un relato breve de ficción de Edmundo de Admicis que forma parte de la novela Corazón. En formato libro primero y en un ciclo televisivo después, esta historia cosechó ríos de lágrimas en muchas generaciones. Algunos de nosotros comenzábamos a llorar con solo escuchar las primeras estrofas de aquella canción que decía “No te vayas mamá, no te alejes de mí, adiós mamá, pensaré mucho en ti…”. El destierro y la emigración parecen ser temas que despertaron el interés desde los griegos y que en la actualidad nutren la prensa diaria.

Fiorella que está finalizando su formación como psicóloga cuenta: “amé Misterio en el Cabo Polonio de Helen Velando, fue especial, lo leí varias veces. Me hizo soñar con ese lugar, por lo mágico y diferente que era, su historia. Porque era simple y hermoso en la descripción. Siempre quise conocer El Cabo, fui y me encantó. Además, comparto el interés del libro con Leo, mi novio”.

Para Diego (que está terminando la Secundaria y le apasionan la música, el fútbol y la lectura) en la niñez y recién entrada la adolescencia los libros de Tolkien (El Señor de los Anillos, El Hobbit y Silmarillion) fueron muy importantes por “la fantasía que retrataban. Y porque las aventuras de esas historias no eran meras aventuras truchas de cuento de niño, sino que tenían valores, una finalidad gloriosa y honorable; supongo que todo eso me atrapó”.

Nacho cursa el liceo y ama el deporte, además de la lectura. “El muro de Daniel Baldi me encantó ya que habla de un tema muy importante para mí: la unión de gente de un misma franja etárea, sin importar la clase social en la que se encuentren. [Esta historia] confirma algo en lo que creo, que el deporte une, no separa ni genera odio. El libro es sobre un niño que vive en un barrio privado y que sueña con jugar al fútbol con los vecinos que viven en una zona humilde. Los padres de este niño tienen una imagen muy negativa de los vecinos de la `zona prohibida´ y estos opinan lo mismo [en relación con] los residentes del barrio privado. El libro es fácil de leer, atrapante y marca la realidad de muchas personas”.

Martina va a la escuela y tiene una marcada inclinación musical. Imaginarius de Marcos Vázquez es el libro que más le ha gustado “porque es de aventura y fantasía y me encanta la aventura”. En el colegio, además, tuvo la oportunidad de charlar con el autor. Agustina tiene la misma edad e intereses similares y en relación con los libros cuenta: “Susana Olaondo es mi ídola y me gusta toda su colección. Mi favorito es Palabras”.

A Lucas le gusta leer y sabe tanto (a pesar de ser un niño en etapa escolar) que lo ¡han aplaudido en talleres literarios! Con naturalidad y demostrando su rica trayectoria como lector, dice que “cuando era chiquito me gustaban los libros de Susana Olaondo o Verónica Leite porque tienen muchos dibujos, ahora que soy grande me gustan los de aventura, misterio y suspenso como los que escribe Helen Velando. También me gustó mucho la serie Mondragó que son siete libros, es una historia de dragones y tres amigos. El colegio de los chicos perfectos [Federico Ivanier] también está rebueno”.

Los recuerdos de grandes y chicos ofrecen un amplio panorama de la literatura infantil. De las elecciones realizadas por los más jóvenes surge un repertorio de autores nacionales que vale la pena conocer para leer con ojos de niño, regalar o narrar. Y entre los clásicos mencionados, también hay historias para revisitar y volver a soñar.

Este desfile de recuerdos es una oportunidad para que grandes personajes vuelvan a pasar por el corazón. Las referencias literarias mencionadas, como dice Gloria, “resumen vida y rebeldía” y en palabras de Mónica, son elecciones personales o de referentes que “guían intereses posteriores”. Los recuerdos literarios no son simples anécdotas, sino que dan cuenta de enseñanzas, encanto, fascinación y desafíos planteados.

 

Los balances del año: para estar al día en lo mejor de 2016

La artificialidad del calendario gregoriano nos pone, una vez al año, de cara a un fin y un nuevo comienzo. Diciembre es tiempo de balances y en los últimos días se acrecientan las listas que enumeran lo mejor y también lo peor del año. Están las clásicas evaluaciones de libros, películas, hechos y sorpresivamente la temática se ha ampliado a los más diversos temas. Diarios, revistas y organizaciones se encargan de dar sus veredictos y los consumidores nos vemos un poco aturdidos, muchas veces.

BBC.com dio a conocer un reportaje titulado “¿Cómo recordarán los historiadores del futuro el año 2016”. El artículo, que contiene fotos, datos y reflexiones muy interesantes, resume que el año será visto como un punto de inflexión en la historia.

#AsíLoVivimos es la etiqueta que usó CNN para el relevamiento de lo mejor del año. Y la noticia elegida fue la de la victoria de Donald Trump a la presidencia de los EEUU.

En el mundo del cine y la televisión, la revista Privilege elaboró varias listas: las diez mejores películas del año, las diez más románticas, las películas del año para ver en Netflix, etc.  En términos musicales, El País de Madrid hizo alusión a la gran cantidad de pérdidas del año y al nobel de Literatura que recibió a Bob Dylan. Temas visitados una y otra vez que, por su relevancia merecen estar en el balance de 2016, sin lugar a dudas.

En libros las listas son numerosas, la mayoría de los diarios hacen las suyas, también las editoriales y los críticos literarios. Los intereses corporativos se entrecruzan y el panorama de lo mejor del año se torna inabordable, más allá del interés por estar al día en las novedades literarias.

Entre tanto resumen, Babelia (El País de Madrid) ofrece una escueta lista de diez imperdibles y en primer lugar aparece Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin (editado por Alfaguara), un libro que tiene el privilegio de ubicarse en los peldaños superiores de varios balances.

La novela negra, un género que crece en adeptos día a día, también tiene sus decálogos. Elemental (El País de Madrid) realizó un repaso entre blogueros, libreros, escritores y organizadores de festivales para elegir lo mejor que se publicó en el género en 2016.

En relación con la fotografía, ámbito en el que abundan las mejores colecciones del año, National Geographic publicó la suya. La colección es fantástica y estremecedora por momentos.

Por su parte, la BBC publicó “12 fotos espectaculares para 12 meses llenos de drama: 2016 contado en imágenes”. La galería incluye imágenes impactantes que dan cuenta de importantes hechos históricos, del alcance de la miseria humana, de la riqueza cultural del mundo y del elevado nivel artístico de ciertos fotógrafos (ver mayo, fotomontaje de Jim Dyson).

Los diarios, fundamentalmente los de mayor renombre y tirada, elaboran las listas de los personajes del año. Para la revista Time, el elegido fue Donald Trump. Resulta sorprendente la gran cantidad de organizaciones que eligen al “personaje del año”, un galardón que en muchos ámbitos tiene relevante notoriedad.

La Fundación para el Español Urgente (Fundéu.es), una de mis páginas favoritas, investigó  cuál es la palabra del año. Es la cuarta vez que la entidad realiza un estudio de esta naturaleza entre las palabras que “han estado presentes en la actualidad informativa y manifiestan algún interés o curiosidad desde el punto de vista lingüístico”. Las candidatas en 2016 fueron: sorpaso, bizarro, youtubero, populismo, LGTBfobia, posverdad, abstenciocracia, cuñadismo, nigufoneo, vendehumos, papilomavirus, videoarbitraje. La palabra elegida se conoce el último día del año.

Miquelpellicer.com (blog colaborativo sobre comunicación) dio a conocer una lista de los cien mejores artículos sobre periodismo publicados en el año. Hay notas en inglés y en español que refieren a la comunicación y temas afines, obviamente. Como la temática es amplia, no solo es de interés para quienes trabajan en comunicación, además algunas notas se destacan pues sus autores son periodistas con oficio de buena escritura.

El mundo de la moda no queda al margen, como es de esperar. La revista Elle catalogó a Gigi Hadid como “la” modelo del año luego de haber obtenido el primer lugar en la premiación Fashion Award (Londres). Para Marie Claire, Giambattista Valli fue el diseñador estrella del año por su “aproximación intelectual” a la moda.

TripAdvisor otorga sus premios y a través de las puntuaciones de usuarios y expertos determina los mejores en diez categorías: hoteles, complejos turísticos con todo incluido, destinos, destinos emergentes, playas, islas, sitios de interés, atracciones, museos y restaurantes.

No todas las listas refieren al año vivido, para planificar el año próximo, Forbes creó el listado de 21 lugares excepcionales para conocer en 2017. Desde las Filipinas a Georgia, la reseña aporta sugerencias exóticas a partir de la opinión de expertos en viajes. Buenas idea para planificar o al menos soñar.

Las listas de lo mejor del año abundan y hay muchísimas que las reseñadas en este breve texto. Algunas de las mencionadas resultan originales y otras ya son clásicos, y todas aportan tema para pintorescas conversaciones entre amigas. Incluso algunas, aportan interesantes datos de lectura, cine, series.

“La carne” es un libro que entretiene y forma porque, una vez más, Rosa Montero demuestra un estricto ejercicio periodístico

Rosa Montero es una reconocida periodista y escritora española. Si bien no domino su obra con exhaustividad, sigo a Montero con cierta regularidad pues me interesa como periodista, fundamentalmente. Me gusta la investigación, recurrente, que ha realizado en torno a la mujer. En particular, devoré Historias de mujeres (Alfaguara, 1995) que recoge la vida de atrevidas féminas reseñadas semanalmente en El País de Madrid.

En La carne (2016, Alfaguara, su última novela), la periodista española plantea cuestiones filosóficas y también terrenales de la vida de una mujer que acaba de cumplir sesenta años. Montero, una vez más, ofrece la cruda descripción de las implicancias de vivir. En ciertas ocasiones se ha ocupado de la locura, de las relaciones amorosas insanas, del dolor del amor no correspondido, y en esta oportunidad se enfrenta a la vejez, además de otras cuestiones.

Con una prosa sencilla y la cadencia de quien maneja la escritura con soltura, la escritora exhibe, como en un juego, temas de alcance filosófico y algunos de los prejuicios de la sociedad occidental contemporánea. El juego comienza con el nombre de la protagonista: Soledad Alegre, y en el oxímoron emerge la primera muñeca rusa: ¿el retiro del desamparo (la soledad) puede vivirse como un sentimiento grato que suele manifestarse con signos exteriores de júbilo? En la historia de Soledad hay momentos en los que sí porque, como demuestra la autora, la soledad también puede vivirse por elección y con regocijo.

Además, a partir del nombre de la protagonista, la escritora plantea otro asunto: el legado de la designación. Soledad es una persona solitaria y Dolores, su hermana, es una mujer signada por la enfermedad. Montero toma partido en relación con la construcción de realidad a través de la palabra con varias cartas: Soledad, Dolores y Adam (el primer hombre), el protagonista masculino de la historia.

Y como si esos trucos no bastaran, Montero se mete con la prostitución masculina para indagar sobre prejuicio muy arraigado. Porque la novela comienza con un hecho casi pueril cuando Soledad contrata a un gigoló (Adam) para montar una ingenua escena de celos. La historia se desarrolla más allá del suceso que no termina en una noche.  Detrás de los encuentros con el prostituto, casi un pretexto, el tema central es el deterioro físico que se “entreteje con las historias de los `escritores malditos´ de la exposición que [la protagonista] está organizando para la Biblioteca Nacional”.

La carne es un libro que entretiene y forma porque, una vez más, Rosa Montero demuestra un estricto ejercicio periodístico. Los `escritores malditos´sobre los que trabaja Soledad —que es gestora cultural—, al igual que ella, se encontraron con que “al final todo acaba por desembocar en el amor [y] en el daño”. Y entre esos escritores que emergen mientras transcurre la historia, surge la propia Rosa Montero como periodista: un guiño que sienta bien porque la autora se lo merece y porque, además, se ríe de sí misma.

 

Lecturas para sobrellevar el calor del verano. Recomendaciones de gente común para gente común

Vintage old book with coffee cup on wooden deck table background

Derechos de imagen Freepik.es

De niña y adolescente fui una lectora contumaz. En las largas y tórridas siestas del verano younguense (Río Negro) viajé a través de los libros, descubrí el mundo y me emocioné con historias de todo tipo. La lectura me ha acompañado constantemente, más allá de aquellas interminables siestas. Algunas noches han sido cortas cuando la narración es atrapante, incluso, en más de una ocasión, recuerdo la sensación de hormigueo en las manos, cansadas de sostener el libro.

Un nuevo verano se aproxima y para muchos es tiempo de vacaciones. La oportunidad de disfrutar de tiempo para leer estaba dada y decidí consultar a amigos y compañeros de trabajo. Una vez más descubrí que las personas cercanas, al igual que yo, son adictas a la lectura y las respuestas fueron inmediatas y entusiastas. La pregunta era simple: “Si tuvieras que recomendar un libro para este verano. ¿Cuál sería y por qué?” porque el objetivo de esta reseña es armar un listado, inacabado por naturaleza, con recomendaciones de gente común para gente común. Y surgió de todo, “como en botica”, desde historias cortas a largas novelas, abunda la ficción, pero también hay una sugerencia para mejorar la escritura. Hay clásicos y libros más modernos, y todos con algo en común: pregnancia en el lector.

Vania, corredora de seguros y tejedora. Pista Negra de Antonio Manzini “Una lectura súper ágil, una anécdota atrapante y un final inesperado”.

Gladys, maestra jubilada, especializada en ciencias. “Falcó de Arturo Pérez Reverte es el primero que se me ocurre. Aunque mi favorito es Botas de lluvia suecas de Henning Mankell, pero no lo veo como `lectura de verano’”.

Gloria, profesora de Expresión Artística y emprendedora en el mundo del arte. “El mismo que leí el año pasado: Viralata de Fabián Severo. Resalta el valor del portuñol como lengua de la frontera. Cuenta su vida desde una mirada propia y ajena, con acertadísimas imágenes poéticas”.

Margarita, secretaria, aprendiz por naturaleza. “Isabel. La conquista del poder. Martín Maurel. Es la historia novelada de la reina Isabel. Me ubicó en la época y me hizo entender mucha historia”.

Gabriela, profesora de Inglés, psicóloga y bailarina de tango. “Las Horas Distantes de Kate Morton. Por su estilo atrapante y elegante de narrar las historias de vida. Es una novela victoriana con una trama intrigante y humana”.

Laura, profesora de inglés y actriz. “Demasiado difícil elegir solo uno, pero me la voy a jugar el autor brasileño Marçal Aquino. El título es un tanto largo y no lo hubiese comprado si no fuera por recomendación: Yo recibiría las peores noticias de tus lindos labios. Me atrapó, lo leí en un día y medio hace dos veranos, no podía parar. Es una mezcla de historia de amor con componente policial, con personajes y entorno cautivantes. ¡Compitió a la par y quedó a la altura de Sandor Marai que también me gusta mucho! Escribo y me dan ganas de leerlo de nuevo, se lo voy a reclamar a mi hijo que todavía no me lo devolvió”.

Liliana, psicóloga y ferviente lectora. “Por la vigencia del tema Cuba, porque estuvo por acá, porque escribe bien y tiene una visión crítica pero llena de afecto de la Cuba actual, recomendaría a Leonardo Padura. El género policial es ideal para vacaciones y el teniente Conde un personaje entrañable”.

Cynthia, veterinaria y trotamundo. Eciclopena, de Pablo Aguirrezábal. “Muy liviano, con capítulos bien diferentes, como para leer uno en un ratito y seguir disfrutando de la playa”.

Gabriela, profesora de inglés y actriz. “Rápidamente se me ocurre Notes from the Underground de Dostoevsky. Es un libro que requiere de una mente descansada y abierta para incursionar en una propuesta literaria que supone mucha introspección acerca de la condición humana. También se lo puedo leer en español bajo la traducción de Apuntes desde el subsuelo o Memorias del subsuelo.

Alejandra, maestra y triatleta. “Hace unos días fue mi cumple y siempre me regalan libros. Tengo cinco para leer. Voy a empezar por Los Herederos de la Tierra de Idelfonso Falcones que fue un regalo de mis hijos. Espero ansiosa las vacaciones para mis momentos de lectura. Dedicándole horas, ya sea en la playa donde leo muchísimo o en la tarde bajo el árbol del fondo”.

Carolina, licenciada en comunicación y fotógrafa. “El abanico de seda de Lisa See porque es de fácil lectura, muy llevadero y con mucho contenido. Puede ser una historia real, aunque no se sabe si la historia sucedió tal cual. Te muestra un entorno cultural de la antigua China y es ideal para el verano porque se lee ágilmente”.

Mariana, profesora de inglés y corredora. “El último encuentro de Sandor Marai porque es perfecto, está bien escrito, es corto y conciso. Una verdadera obra de arte. Me encantan todos los libros de Almudena Grandes y en especial Los aires difíciles. Es una historia redonda, fantástica, que te atrapa, una historia sólida”.

Mónica, profesora de Matemática, atenta lectora. “Uno de los últimos libros que leí y me atrapó fue Hombres buenos, novela de Arturo Pérez Reverte. Un relato minucioso sobre dos integrantes de la Real Academia Española en su viaje a París en busca de la Encyclopedie, unos deliciosos señores y sus peripecias para conseguirla. Un relato que va y viene entre la época y la investigación que hace el autor; para mí, una exquisitez”.

Valentina, nutricionista, cocinera y deportista. Inteligencia Emocional de Daniel Goleman. “Porque me gusta leer libros asociados a mi profesión y que también me aporten algo para mi crecimiento personal. En la rutina tengo poco tiempo para leer y tampoco me lo hago, por eso aprovecho las vacaciones para leer estos libros que son prioridad antes que una novela”.

Eglé, profesora y especialista de Español, lectora voraz. “Me fascinó Dime quién soy de Julia Navarro. Recorre la historia del siglo XX con una visión globalizada de la Segunda Guerra, con la Guerra Civil Española, Rusia, Egipto y el peronismo. Una investigación periodística que termina siendo familiar con proceso de involucramiento del narrador”.

Carlos, maestro y cocinero aficionado, también recomendó esta historia: “Como todos los libros de Julia Navarro, está muy bien escrito. Es una narrativa ágil con mucha historia contemporánea”.

Rosita, profesora de Italiano y tejedora. “Palabras más, palabras menos. Herramientas para una escritura eficaz. Autoras: María Cristina Dutto, Silvia Soler y Silvana Tanzi. Es sencillo, ameno, da ejemplos y creo que despierta interés por cuidar la forma de escribir. Muestra que es importante cuidar la escritura y la importancia que tiene”.

Jennifer, administrativa y corredora. Madre de un pequeño devorador de libros. “El Imperio eres tú de Javier Moro cuenta todo el proceso de revolución de Brasil hasta su independencia (también sirve para entender nuestro propio proceso independentista) y

Pasión India del mismo autor es una novela increíble sobre una española que la casan con un rey indio. ¡Alucinante!”.

Alejandra, maestra, admiradora y conocedora de la pintura uruguaya. “El elefante desaparece de Haruki Murakami. Lo recomendaría, además de que me gusta su estilo, por su capacidad de cruzar la frontera entre lo cotidiano y lo fantástico, su capacidad de transformar la trivialidad de nuestras vidas. Los protagonistas de todos los relatos que integran el volumen aguardan algo…. Me gustó encontrarme con páginas inquietantes e hilarantes, aquí nada queda librado al azar”.

Ariel, profesor de Matemática, empedernido lector. Ser feliz era esto de Eduardo Sachi. “Es de fácil lectura sin ser superficial. La historia de los personajes es cercana”.

Osmar, médico, corredor y ciclista aficionado. Moby Dick de Herman Melville. “¿Por qué? Porque tiene todas las instrucciones para navegar por la vida dignamente: es un canto a la vida, a la búsqueda de la aventura. Muestra cómo debe entenderse la amistad, la solidaridad, la responsabilidad en tratar de superarse y de cumplir con el trabajo que elegimos. También muestra cómo aferrarnos a cosas negativas pueden llevarnos por el mal camino. Y además es entretenido. ¿Que más se puede pedir de un simple libro?”.

María Eugenia, maestra y amante de la decoración y de los pequeños detalles. “Terminé recién La Templanza y me gustó, es de la autora del Tiempo entre costuras, María Dueñas. Es una historia de amor con toques históricos, viajes y con una larga estadía en Jerez de la Frontera ¡que justo visitamos en España! Ahora arranqué con 1984 de Murakami… otro mundo también atrapante”.

Anita, profesora de Informática y cocinera aficionada. “El jilguero de Donna Tartt es un libro larguísimo, de esos que estás deseando que te encanten porque te van a asegurar muchas horas de felicidad. Nunca había leída nada de la autora y ni siquiera recuerdo de dónde me llegaron referencias. Lo bajé en formato .epub. Desde las primeras hojas te sentís muy cerca de su protagonista, un adolescente que queda solo en la vida, dueño circunstancial de una obra de arte valiosísima. Me costaba dejar de leer porque sentía que lo estaba dejando solo. Es una sensación muy difícil de explicar, que me ha pasado con un par de libros nada más. No tiene un ritmo vertiginoso ni es muy sencillo de leer, por eso me parece perfecto para el verano, cuando tenés más despejada la cabeza y te podés tomar un tiempo para leer con tranquilidad, ir para atrás y para adelante, dejar el libro en la falda y quedarte un rato pensando en el párrafo que acabás de leer.  ¡No es un libro de aeropuerto, como diría Cortázar!”.

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