Ciudades en domingo

El primer saludo a Apolo: la mañana del domingo
Ocio sin consumo / Niza, enero de 2018, temporada baja
Movimiento sobre manto blanco / Val-d`Isère, enero de 2018, temporada alta

EL PRIMER SALUDO A APOLO: la mañana del domingo

Desde el año 321, los domingos son días de reposo para la gran mayoría de los trabajadores. Salvo ciertos rubros, los demás gozan de un día libre para “conmemorar el nacimiento de Apolo, Dios del Sol”, a instancias del emperador Constantino. Los domingos, entonces, se celebran ritos familiares, religiosos, deportivos y sociales porque, en definitiva, se descansa. También se celebran ceremonias menos prosaicas, las de limpieza y compras para el hogar, por ejemplo.

Las ciudades se muestran de otra manera, cambian de ropa y se animan a salir sin maquillaje, más auténticas, más relajadas. Su fisonomía se transforma porque los domingos operan servicios diferentes al resto de la semana. Algunos comercios cierran y, en cambio, otros abren específicamente: hay ferias, actividades lúdicas y deportivas, paseos distendidos. Los domingos muestran otra faceta de la vida cotidiana, muestran valores y creencias, costumbres y rituales. Los domingos son más destensados y auténticos; en especial, por la mañana, cuando las ciudades relatan costumbres, modos de vida y qué ofrecen a los turistas que viven, a diferencia de los locatarios, siempre en domingo.

OCIO SIN CONSUMO, propuestas alternativas para un clásico de la costa azul francesa: Niza / 21 de enero de 2018 / Invierno, temporada baja

Un domingo de invierno, con las primeras luces de la mañana, cerca de las ocho, la “Promenade des Anglais” en la Bahía de los Ángeles comienza a animarse con corredores y caminantes. La temperatura del invierno europeo en la costa del Mediterráneo es estupenda para hacer deporte y la rambla invita en una mañana luminosa, sin bruma y casi sin viento.

El Paseo de los Ingleses, quizás la semblanza más característica de la ciudad, es ancho y espacioso. Mira al Mediterráneo que es tan azul como en las postales y sugiere un chapuzón o mojar los pies cuando no es estación de playa. El mar, en lugar de arena, tiene piedras de diferentes tamaños, algunas son pequeñas, de esas que se inmiscuyen entre los dedos de los pies.

En la rambla, cada tanto, una hilera de sillas invita a contemplar el agua. La escena se repite en varias ocasiones. La silla azul de metal es otro de los emblemas de la ciudad. También hay grandes macetas con flores, pérgolas, faroles y quioscos. El conjunto es singular, armónico, de cuidada estética.

Sobre una pequeña parcela de la playa, una de las pocas áreas con arena gruesa, entrena un equipo femenino de fútbol. Son preadolescentes, están todas vestidas de rojo; practican técnica en un pequeño espacio, se ríen y conversan en francés. El mar está vacío y solo una persona, a lo largo de muchos kilómetros, toma un baño corto. Si bien está agradable para correr, quienes caminan están abrigados porque hace frío. La bañista, una intrépida mujer de tercera edad, apura el baño y se envuelve en una toalla grande.

Pasan los minutos y se incorporan más deportistas en el entorno. También hay patinadores. En el bulevar que está próximo a la rambla —con palmeras y estilizados edificios art nouveau del otro lado de la calle se ven numerosos ciclistas. Van de a uno, en parejas o en tríos, y otros en grandes grupos. También hay ciclistas que transitan por el carril bici de la propia rambla, una incorporación significativa para la movilidad de la ciudad. Algunos van en bicicletas tándem y otros en bicirodados más extraños, esos que atraen a los turistas.  

Sobre la calle se ven autos, algunos veloces y todos costosos. También hay buses locales y muchos de turistas. No hay vestigios de una noche frenética de sábado, el espacio está impecable, dispuesto para el disfrute de quienes salen temprano en la mañana. Algunas áreas públicas y ciertas veredas tienen el pavimento mojado, como si recién las hubiesen lavado.

La rambla, que no tiene interrupciones, ofrece varios kilómetros para recorrer sin pausa con una vista excepcional. La ciudad tiene edificaciones claras sobre el mar y otras de colores armoniosos en el centro histórico, con construcciones rosadas y amarillas principalmente. Detrás están las primeras elevaciones: hay canteras y barrancos con casas de diferente tamaño, luego hay sierras con vegetación muy verde y en el fondo, lejos pero no tanto, montañas con nieve.

A media mañana, los comercios están cerrados, solo algunos cafés están abiertos con locatarios que leen la prensa y turistas que miran sus mapas. Se perciben y se disfrutan los olores del pan francés recién salido del horno y del café que acaba de prepararse. La ciudad recién comienza a moverse, lentamente. Incluso, sobre el mediodía en la zona turística, los locales de venta de ropa y de accesorios siguen cerrados. Todos: los de baratijas y también los más encopetados, esos que atrapan gruesas billeteras y que también dan identidad a la propuesta nizarda.

En temporada baja, los domingos de Niza son de pausa comercial. La ciudad convoca al deporte y a la cultura. Además de la rambla, un paseo por las cercanías (con muy buenos senderos en la zona de Tourrette-Levens) o caminar por la ciudad, hay varios museos atractivos. El nacional de Chagall, el de Matisse, el de Bellas Artes, el de Arte Moderno y Contemporáneo, y el de Fotografías, por ejemplo. También una visita por las iglesias, aunque la más hermosa y elegante, la Catedral Rusa, está cerrada al público, pues es día de oficio religioso. A pesar de ello, vale la pena asomarse entre las rejas para admirar su arquitectura colorida y suntuosa, para dejarse llevar por su porte elegante, tan adecuado a la ciudad.

Niza, uno de los centros turísticos más famosos de la costa azul francesa, saluda a Apolo con mesura y se aleja del consumo con propuestas que revalorizan su patrimonio. Sin lugar a dudas, una buena invitación para vivir la ciudad sin gastar mucho dinero.

MOVIMIENTO SOBRE MANTO BLANCO: Val-d’Isère, Francia / 14 de enero de 2018 / Invierno, temporada alta

Val-d’Isère, en los alpes franceses, es una pequeña ciudad que no alcanza los 2000 habitantes. Su estación de esquí es reconocida entre los aficionados y especialistas en el deporte por una geografía generosa en extensiones, pendientes y con gran caudal de nieve. Junto a Tignes, la localidad más próxima, conforma una de las zonas de esquí más importantes de Europa que congrega un alto caudal de turistas. El pueblo, mayormente en madera y piedra, es un conjunto armonioso y bien cuidado de construcciones bajas, con balcones y techo a dos aguas. Tiene un pequeño canal y, como no podía ser de otra manera, una iglesia que le aporta historia y tradición, construida en 1664.

A media mañana de domingo, en plena temporada invernal, la ciudad está fría. Hay seis grados bajo cero y la sensación térmica es menor, todavía. Está todo blanco, del cielo al piso, y el suelo algo resbaladizo. Se ven turistas en movimiento. Son esquiadores, mayormente; portan su equipaje: esquíes, bastones y botas, y van con lentes, gorro y guantes, algunos también llevan casco. Caminan lento y con movimientos poco gráciles. Se mueven en grupos de a dos o tres, algunos más numerosos.

Los comercios están abiertos, hay tiendas de ropa y de accesorios de esquí, también varios supermercados, bien surtidos y con precios similares a otras ciudades (salvo las frutas y las verduras que son significativamente más caras). Todo parece funcionar con normalidad. En la estación de policía terminan de limpiar la entrada, se nota que barrer la nieve da trabajo. La funcionaria a cargo se mueve rápidamente y su rostro congestionado muestra el contraste ante el calor que desprende su cuerpo y el frío del exterior.

Hay nieve por todos lados, gruesas capas que cubren todo, vehículos totalmente tapados y enterrados bajo una capa blanca. El día está muy gris y el límite de las montañas, cubiertas de nieve, es apenas perceptible. El cielo parece fundirse entre las elevaciones que muestran protuberancias, pinos de diversas formas, pistas de esquí, carriles de funiculares, construcciones.

Los cafés están casi vacíos, en algunos hay turistas que compran bebidas calientes para llevar y algún croissant. Hay poco movimiento, la movida se desplegará más tarde, hasta la noche cuando los servicios gastronómicos despachan platos calientes y bebidas frías entre animadas conversaciones.

El escenario general es de postal europea de invierno. Icónico e ineludible para el registro mental de referencias geográficas. También el frío, que es inapelable.

El bus local, gratuito, recorre parte de la ciudad acercando a los esquiadores a la zona de subida. En las paradas, hay dispositivos digitales que indican el tiempo que falta para el próximo servicio. Cuando para el bus, los deportistas suben y bajan, cuidan que los esquíes no se golpeen, se mueven lento, trabajosamente.

La gente es cálida y educada, en los comercios y en la calle. Hay algunas familias y pocos adultos mayores. El público ronda, en líneas generales, entre los 25 y los 50 años. Se nota su alto poder adquisitivo en la ropa y en los accesorios. Visten de colores brillantes: azul, verde, amarillo, fucsia. Los lentes son envolventes, los guantes muy grandes y también las botas, firmes, de un plástico duro y con trabas en la suela. Hablan diferentes lenguas: francés, inglés, alemán y, esporádicamente, se escucha el español.

Se respira un aire turístico pautado por la adrenalina que espera fluir arriba, en la montaña. Se palpa ese aire de ansiedad, la espera de algo bueno que sucederá. En la playa, la sensación está ahí, sobre el mar; en cambio, en una ciudad turística con estación invernal, la adrenalina está arriba y comienza a brotar cuando los esquiadores suben a las pistas.

Sin viento, en Val-d’Isère todo parece inmóvil, pero el movimiento es imperativo porque, de lo contrario, el frío penetra y lacera. Primero llega a la piel, luego al músculo y finalmente al hueso. Ahí se instala, sin pudor y sin piedad. Los turistas lo sienten, sus rostros evidencian el frío pero parece que no les importara porque van en busca de la adrenalina del manto blanco. Los locatarios, agradecen ese manto blanco que atrae turistas y, con la calefacción arriba de 24º, miran la escena desde las ventanas de los comercios y de los hogares.

El lunes, Val-d’Isère despierta de la misma manera y a la escena del domingo se le suman los vehículos para retirar la nieve, los de limpieza y los que abastecen los servicios gastronómicos y de hotelería. Es un lunes resplandeciente, con el cielo tan azul como se pueda imaginar y sin tanto frío, para alivio de los trabajadores y gozo de los turistas. Otra postal europea de invierno.

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Tras las huellas de los incas: ascenso al Plomo

Preámbulo. Las vacaciones de enero 2016 debían ser cortas, pues estaba en mis planes avanzar en la tesis con la que finalizaría mi maestría. Luego de la rica experiencia vivida en el viaje a Chile-Bolivia, decidimos descansar en la montaña. Contactamos a Hans, de Spondylus-Chile, para que nos planificara una expedición en función de los días previstos, nuestros intereses y condición física. Surgió así una travesía al cerro El Plomo (Santiago de Chile, Andes Centrales), lugar donde habíamos estado años antes durante un fin de semana.

El Plomo es una montaña ubicada en la Región Metropolitana de la capital chilena. Tiene una altitud de 5424 metros sobre el nivel del mar (msnm); es el punto más alto visible desde Santiago de Chile y fue una montaña sagrada para los incas quienes realizaron la ofrenda más especial de su cultura: un niño.

Fin de año es siempre agitado por su naturaleza y porque es el cierre de un ciclo en mi trabajo (una institución educativa). Entre despedidas, algunos cumpleaños, entrega del avance de la tesis y cierre profesional se fue anudando un año intenso. Sin realizar cuentas de lo que no pudimos concretar, como es nuestra costumbre, y con fuertes compromisos para el año siguiente, llegó el fin de 2015.

Viajamos a Chile el 1º de enero; dejamos una Montevideo dormida y nos recibió Santiago con algo de calor. El ajetreo continuó de alguna manera, entre compras necesarias para la expedición a la montaña y un ansiado cumpleaños. La noche del sábado, previa al inicio de la travesía, fue de poco sueño y mucha ansiedad.

Día 1. Domingo. A las 9 AM nos pasó a buscar Hans, teníamos todo nuestro equipamiento pronto: dos grandes mochilas, los bastones de trekking y dos mochilas chiquitas para portar lo necesario durante las caminatas.

Luego de los saludos y con la alegría de volver a vernos por tercera vez (El techo de Chile / Chile y Bolivia) comenzamos, en camioneta, el viaje hasta Valle Nevado. Entre curvas y curvas, llegamos a nuestro destino. Nos esperaba Patricio, el arriero, con sus cuatro mulas. Patricio comenzó a cargar a Rosalindo, con pericia y experiencia armaba nudos, sopesaba la carga, la balanceaba y sujetaba. Cada mula puede transportar hasta 60 k. Nuestro equipamiento incluía las mochilas (las nuestras y la de Hans), las carpas, grandes cajas azules donde Hans almacena alimentos, enseres y mesa de cocina, la cocinilla, la garrafa, mesas y sillas para la estadía en la carpa comedor.

Mientras el arriero acomodaba la carga, comenzamos a caminar. Valle Nevado está a 3025 msnm; tranquilos, sin prisa y con convicción avanzamos paso a paso. Salimos un rato después del mediodía y cerca de las 3:30 PM llegamos al valle que nos hospedaría durante dos noches.

Me sentí pesada, hinchada, cada paso me costaba mucho, las manos daban cuenta también de la altura que habíamos ganado desde la mañana (Santiago de Chile está ubicada a 800 msnm). En Piedra Numerada, nuestro primer destino, armamos el campamento: la gran carpa cocina-comedor, nuestra carpa y la de Hans. Nos ubicamos sobre el costado de un hilo de agua que nace unos kilómetros más arriba y que da origen al río Mapocho que recorre gran parte de la ciudad de Santiago.

Al atardecer, entre las montañas nos sorprendió un intenso juego de luces. El efecto era teatral, la cúspide de las alta cadena montañosa se tiñó de diversos colores entre anaranjados y rojos. La luminosidad finalizó en minutos, pues la obra fue solo para quienes estaban atentos a la magia que la naturaleza ofrecía… Finalizaba así un primer día de contrastes y nos encontrábamos cansados, prontos para dormir.

 

Día 2. Lunes. El desayuno es el momento del día que más me gusta en este tipo de viajes. Nos levantamos temprano (la vida en el campamento se desarrolla en función de las horas de luz) para tomar un café y comer tostadas con dulce y queso. Aprontamos un equipamiento ligero (agua, ración de marcha, protector labial, filtro solar) y salimos a hacer una caminata de aclimatación.

Fue un trekking duro, pero ya nos sentíamos algo mejor que el día anterior. Las montañas nos esperaban con los más diversos terrenos, a veces con senderos relativamente sencillos y otros complejos donde nos costaba avanzar. En esas superficies las botas se entierran, además falta el aire, el cansancio se apropia del cuerpo y de la mente, no se ve la cima del día… hay que avanzar a pesar de todo.

Llegamos, finalmente, a la cumbre estipulada y quedamos muy satisfechos cuando Hans nos comentó que no esperaban llegar tan alto (4070 msnm). Comenzamos el descenso que por suerte no fue tan tortuoso para mi vértigo. Debimos, como en la subida, descender varios kilómetros para poder bordear el cruce de agua sin mojarnos. Durante la caminata nevó varias veces, aunque fueron copos minúsculos que no impidieron nuestra marcha.

Luego de una cena reparadora, nos fuimos a dormir pues al día siguiente debíamos levantar campamento. Hans nos leyó la historia del niño del Plomo. Conversamos al respecto, reflexionamos sobre el gran imperio inca y la concepción de la vida y la muerte. Un dejo de tristeza se instaló en mí, sin lugar a dudas la incapacidad para comprender las ofrendas humanas.

 

Día 3. Martes. A las 7:30 AM comenzó nuestro día. Desayunamos y levantamos todo el equipo. Pronto llegó el arriero, nosotros comenzamos a caminar y él se encargó de cargar las mulas.

La primera parada fue en la cascada que origina el cruce de agua que se transforma en el río Mapocho. La cascada, como todos los elementos naturales, era un símbolo muy importante en las celebraciones incaicas que se realizaron en la zona. Nos detuvimos sobre una plataforma construida en las peregrinaciones hacia la cima y apreciamos otras construcciones. La proximidad con la historia fue cercana.

Continuamos con la ilusión, el espíritu y el ambiente de un nuevo camino incaico, recordamos de alguna manera el realizado hace unos años (La magia del reino del Tahuantisuyo). El imperio Inca fue enorme y se extendió bien al sur de América, incluso mucho más abajo que Santiago de Chile. No deja de asombrarme la fuerza espiritual de los incas que pudieron extender sus redes a pesar del poderío de la naturaleza que parece no dar tregua con el frío, el viento, la altura, las inmensas distancias.

A Federación, nuestro segundo paraje,  llegamos luego de una caminata que no nos demandó demasiado esfuerzo, aunque las pantorrillas acusaban la gran cantidad de subidas realizadas. A 4135 msnm armamos el campamento. Patricio ya nos había dejado la carga; el trabajo nos cansó y decidimos dormir un rato, comenzó a nevar y a soplar un fuerte viento. Tuve un atisbo de preocupación.

En el lugar había otras carpas que, al igual que nosotros, debieron reforzar su seguridad con más cuerdas. Eolo soplaba con determinación.

Día 4. Miércoles. Desayunamos a las 8 AM y al finalizar comenzamos la caminata de aclimatación del día. Para el ascenso planificado usamos las botas de montaña que son incómodas, pero abrigadas y muy seguras. El tiempo fue bueno, a pesar de una noche con viento y nieve que nos había dejado poco sueño.

Caminamos casi cinco horas, un total de cinco kilómetros y 300 metros desde 4135 a 4840 msnm. Por momentos el cansancio fue agotador, pero increíblemente el cuerpo se recupera en minutos de descanso para permitir la marcha una vez más.

La vista en la altura es increíble. La nieve caída en los últimos días había generado un manto blanco e impecable, salvo en los senderos en los que se ve la huella de los caminantes.

El silencio era profundo y devastador por momentos. Las reservas de energía del cuerpo parecen evaporarse paso a paso, pero se recargan inexplicablemente. Las montañas dominaban la escena. El sol nos fue esquivo una vez más y el viento, por suerte también.

El descenso fue estresante por momentos (tengo vértigo); me pregunté qué hacía en ese lugar y por qué intentaba una vez más vencer mis miedos en la acción. La respuesta, como en los grandes desafíos deportivos, me esperaba al finalizar el recorrido.

En la tarde descansamos, probamos los crampones que usaríamos el día siguiente al intentar cumbre. Tenía mis serias dudas acerca del éxito de lo que nos esperaba: ocho horas de caminata hasta la cumbre más el regreso.

Ese día y en función del estado del tiempo, Hans decidió que intentaríamos cumbre el jueves (a pesar de que también podríamos hacerlo el viernes pues contábamos con un día de seguridad). Saldríamos con la esperanza de una buena sintonía con la Pacha Mama, pero con la información meteorológica que preveía vientos y nieve en la tarde. Esos factores podrían significar un eminente regreso sin hacer cumbre.

La experiencia de Hans y su mesura me daban tranquilidad. Aún así, sentía la angustia previa a las “grandes gestas”. La montaña, mi cuerpo y mi cabeza decidirían cuánto podría avanzar el día después.

Cenamos muy temprano, comimos pasta con salsa, limpiamos todo, aprontamos las raciones de marcha y nos fuimos a descansar. Mi pie izquierdo (el metatarso) que está resentido desde hace unos meses acusaba el ajetreo del día y estaba especialmente dolido por las botas que son rígidas.

Me dormí con la convicción de que al día siguiente diría que no iba a intentar cumbre: muchos factores me indicaban que no estaba en condiciones de hacerlo.

 

Día 5. Jueves. ¡Lo logramos! Comienzo por el final, como en la gran obra de Gabo —la que más me gusta— Crónica de una muerte anunciada. Lo hago por la vital sensación totalizante de logro que todo lo invadió.

Salimos 3:30 AM, aunque debimos levantarnos una hora antes. Desperté con la convicción de intentarlo y, a pesar de que el pie me molestaba, solo quería salir y comenzar a caminar. El cielo estaba bordado de estrellas y no había viento, la noche era espléndida. Caminamos con nuestras luces frontales prendidas por el mismo sendero que transitamos el día anterior. Estábamos muy abrigados, no teníamos frío, solo ganas.

Cruzamos el refugio Agostini, descansamos y continuamos. Pasamos por el punto al que habíamos llegado el día anterior 30 minutos antes incluso. En un momento Hans nos comentó que “teníamos chances” —por el desempeño que era el esperado y por las condiciones del estado del tiempo—. Decidimos seguir hasta que las chances se agotaran.

Por momentos el cansancio se apoderaba de nuestro cuerpo, el ascenso no daba tregua. Llegamos a una pirca incaica, lugar sagrado en el que acondicionaron al niño ofrecido a los dioses antes de conducirlo a su morada final en la altura de El Plomo. Estábamos exhaustos, varias veces creí que no lo lograríamos.

Metros después de la pirca comienza el cruce del glaciar, nos pusimos los crampones (entre el cansancio y el frío, Hans realizó la tarea por nosotros) y continuamos. Supimos que todavía faltaba una hora y 30 minutos de marcha y decidimos continuar, más por voluntad que por fuerza.

El terreno seguía en ascenso, en ocasiones el sendero se volvía casi imposible y debíamos descansar. Conté 140 pasos y tuvimos que detenernos para tomar aire, usé el sistema como medida un par de veces más.

Divisamos una altura, pero se trataba de la falsa cumbre, la que se ve desde Santiago. Seguimos unos metros más que fueron casi un suplicio, pero la meta estaba cerca, muy cerca… Y pronto vimos a Hans con un mástil en alto con la bandera chilena. Lloramos, sin lugar a dudas. Disfrutamos del momento, pues casi no había viento y se asomó el sol. El panorama de los Andes es sobrecogedor. Nos tomamos fotos, nos abrazamos y volvimos a llorar.

Comenzamos el descenso, hacía siete horas que habíamos salido; pensábamos hacer cumbre en ocho, así que tan mal no estábamos. Desandamos el camino con las mismas paradas para descansar. En el refugio Agostini encontramos una pareja que se sumó al descenso, bajamos charlando, el tiempo se escurría fácilmente. El cielo se enrareció y espesas nubes cubrieron el entorno. Aún así fue increíblemente bonito, tan gris, tan sórdido.

Llegamos al campamento a las once horas de haber iniciado la travesía del día. Recorrimos once kilómetros y 50 metros desde los 4135 msnm hasta la cumbre de El Plomo a los 5400 msnm. Satisfechos, así nos sentimos al llegar. No me creía capaz de hacerlo, pero lo logré. Cuando arribamos al campamento solo pensaba en descansar, estaba marchita. Hans ya tenía planes para el día siguiente, aunque yo solo pensaba en recostarme.

Ese día también cenamos temprano (un delicioso guiso de lentejas) y nos fuimos a descansar y leer.

 

Día 6. Viernes. Dormimos bien, pero de a ratos porque había mucho viento. Soplaba en ráfagas intensas que parecían arrancar la carpa con nosotros adentro. Salió el sol por primera vez desde que llegamos, se veía un cielo azul y limpio, pero el viento generaba un ambiente inhóspito. Entre ráfaga y ráfaga el silencio generaba expectativas de calma y minutos después desde lejos se comenzaba a escuchar un zumbido que se transformaba en un remolino que sacudía la carpa nuevamente.

Desayunamos a las 8:30 AM tal como teníamos previsto, pero el plan del día —un ascenso al cerro La Leonera— se suspendió. Preparé un té para hidratarme (aspecto fundamental en la altura) y dar calor al cuerpo mientras escribía y leía para esperar que el mal tiempo nos diera la oportunidad de una nueva caminata.

El día nunca mejoró. Tuvimos visitas de otros campamentistas, conversamos sobre la vida, los ascensos, las dificultades de la altura, los viajes. Descansamos en la tarde y nos fuimos a dormir temprano, pues al día siguiente debíamos retornar.

Día 7. Sábado. El plan del día era sencillo, pero intenso: terminaba la experiencia a El Plomo. Luego de desayunar, levantamos campamento. Llegó el arriero y comenzó a cargar las mulas y nosotros abandonamos Federación rumbo a Valle Nevado.

Caminamos cinco horas, nos cruzamos con hombres y mujeres que, al igual que nosotros, marchaban con el objetivo de conocer el punto más alto de Santiago. Había, además, varios corredores que se aclimataban y entrenaban ya que la semana siguiente tendría lugar la Mammut Andes Infernal con dos distancias: 15 y 28 k (desde Valle Nevado hasta Federaciones en la versión corta y desde Valle Nevado a la cumbre del Plomo en la carrera “más alta del mundo”).

Patricio, el arriero, nos esperaba en el lugar donde una semana antes había comenzado esta historia con la carga en el suelo, pronta para subir a la camioneta y regresar a Santiago. El fin del viaje era eminente y los sentimientos propios de un cierre estaban a flor de piel: alegría por lo vivido, tristeza y añoranza por la vida de montaña que tendrá que esperar un año más para volver a repetirse.

 

Fuentes: [http://www.andeshandbook.org/montanismo/cerro/18/Plomo] [http://chile.travel/donde-ir/santiago-y-alrededores/centros-de-ski/valle-nevado/]

Ropa recomendada (en bolsas ziplocs): botas de trekking / botas de montaña / pantalón de montaña / sobrepantalón / medias (tantas como se pueda) / 2 pantalones de trekking /  chaqueta de plumas / chaqueta cortaviento / 2 equipos primera capa / 2 remeras de manga corta / 2 polares / 1 remera de manga larga / ropa interior / pijama y medias / sandalias, crocs o similar / 1 pantalón deportivo o calza

Equipamiento sugerido (también en bolsas ziplocs): sobre y colchoneta para dormir / bastones de trekking / luz frontal / termo / botella para agua / desodorante / toallas húmedas / bolsas de nylon / toalla (aunque no pudimos bañarnos ni lavar ropa pues solo tuvimos un día de sol) / jabón de lavar (sirve para un eventual aseo) / cepillo y pasta dental / medicamentos (dolor de estómago y de cabeza principalmente) / peine / filtro solar / protector labial / crema antiherpes / alcohol en gel / crema para el rostro y el cuerpo / cuerda y palillos / costurero / curitas, vendas, cinta / alicate / cepillito / esponja / hipoglós (crema curativa) / ratisalil (antiinflamatorio) / sopas y jugos