Tras las huellas de los incas: ascenso al Plomo

Preámbulo. Las vacaciones de enero 2016 debían ser cortas, pues estaba en mis planes avanzar en la tesis con la que finalizaría mi maestría. Luego de la rica experiencia vivida en el viaje a Chile-Bolivia, decidimos descansar en la montaña. Contactamos a Hans, de Spondylus-Chile, para que nos planificara una expedición en función de los días previstos, nuestros intereses y condición física. Surgió así una travesía al cerro El Plomo (Santiago de Chile, Andes Centrales), lugar donde habíamos estado años antes durante un fin de semana.

El Plomo es una montaña ubicada en la Región Metropolitana de la capital chilena. Tiene una altitud de 5424 metros sobre el nivel del mar (msnm); es el punto más alto visible desde Santiago de Chile y fue una montaña sagrada para los incas quienes realizaron la ofrenda más especial de su cultura: un niño.

Fin de año es siempre agitado por su naturaleza y porque es el cierre de un ciclo en mi trabajo (una institución educativa). Entre despedidas, algunos cumpleaños, entrega del avance de la tesis y cierre profesional se fue anudando un año intenso. Sin realizar cuentas de lo que no pudimos concretar, como es nuestra costumbre, y con fuertes compromisos para el año siguiente, llegó el fin de 2015.

Viajamos a Chile el 1º de enero; dejamos una Montevideo dormida y nos recibió Santiago con algo de calor. El ajetreo continuó de alguna manera, entre compras necesarias para la expedición a la montaña y un ansiado cumpleaños. La noche del sábado, previa al inicio de la travesía, fue de poco sueño y mucha ansiedad.

Día 1. Domingo. A las 9 AM nos pasó a buscar Hans, teníamos todo nuestro equipamiento pronto: dos grandes mochilas, los bastones de trekking y dos mochilas chiquitas para portar lo necesario durante las caminatas.

Luego de los saludos y con la alegría de volver a vernos por tercera vez (El techo de Chile / Chile y Bolivia) comenzamos, en camioneta, el viaje hasta Valle Nevado. Entre curvas y curvas, llegamos a nuestro destino. Nos esperaba Patricio, el arriero, con sus cuatro mulas. Patricio comenzó a cargar a Rosalindo, con pericia y experiencia armaba nudos, sopesaba la carga, la balanceaba y sujetaba. Cada mula puede transportar hasta 60 k. Nuestro equipamiento incluía las mochilas (las nuestras y la de Hans), las carpas, grandes cajas azules donde Hans almacena alimentos, enseres y mesa de cocina, la cocinilla, la garrafa, mesas y sillas para la estadía en la carpa comedor.

Mientras el arriero acomodaba la carga, comenzamos a caminar. Valle Nevado está a 3025 msnm; tranquilos, sin prisa y con convicción avanzamos paso a paso. Salimos un rato después del mediodía y cerca de las 3:30 PM llegamos al valle que nos hospedaría durante dos noches.

Me sentí pesada, hinchada, cada paso me costaba mucho, las manos daban cuenta también de la altura que habíamos ganado desde la mañana (Santiago de Chile está ubicada a 800 msnm). En Piedra Numerada, nuestro primer destino, armamos el campamento: la gran carpa cocina-comedor, nuestra carpa y la de Hans. Nos ubicamos sobre el costado de un hilo de agua que nace unos kilómetros más arriba y que da origen al río Mapocho que recorre gran parte de la ciudad de Santiago.

Al atardecer, entre las montañas nos sorprendió un intenso juego de luces. El efecto era teatral, la cúspide de las alta cadena montañosa se tiñó de diversos colores entre anaranjados y rojos. La luminosidad finalizó en minutos, pues la obra fue solo para quienes estaban atentos a la magia que la naturaleza ofrecía… Finalizaba así un primer día de contrastes y nos encontrábamos cansados, prontos para dormir.

 

Día 2. Lunes. El desayuno es el momento del día que más me gusta en este tipo de viajes. Nos levantamos temprano (la vida en el campamento se desarrolla en función de las horas de luz) para tomar un café y comer tostadas con dulce y queso. Aprontamos un equipamiento ligero (agua, ración de marcha, protector labial, filtro solar) y salimos a hacer una caminata de aclimatación.

Fue un trekking duro, pero ya nos sentíamos algo mejor que el día anterior. Las montañas nos esperaban con los más diversos terrenos, a veces con senderos relativamente sencillos y otros complejos donde nos costaba avanzar. En esas superficies las botas se entierran, además falta el aire, el cansancio se apropia del cuerpo y de la mente, no se ve la cima del día… hay que avanzar a pesar de todo.

Llegamos, finalmente, a la cumbre estipulada y quedamos muy satisfechos cuando Hans nos comentó que no esperaban llegar tan alto (4070 msnm). Comenzamos el descenso que por suerte no fue tan tortuoso para mi vértigo. Debimos, como en la subida, descender varios kilómetros para poder bordear el cruce de agua sin mojarnos. Durante la caminata nevó varias veces, aunque fueron copos minúsculos que no impidieron nuestra marcha.

Luego de una cena reparadora, nos fuimos a dormir pues al día siguiente debíamos levantar campamento. Hans nos leyó la historia del niño del Plomo. Conversamos al respecto, reflexionamos sobre el gran imperio inca y la concepción de la vida y la muerte. Un dejo de tristeza se instaló en mí, sin lugar a dudas la incapacidad para comprender las ofrendas humanas.

 

Día 3. Martes. A las 7:30 AM comenzó nuestro día. Desayunamos y levantamos todo el equipo. Pronto llegó el arriero, nosotros comenzamos a caminar y él se encargó de cargar las mulas.

La primera parada fue en la cascada que origina el cruce de agua que se transforma en el río Mapocho. La cascada, como todos los elementos naturales, era un símbolo muy importante en las celebraciones incaicas que se realizaron en la zona. Nos detuvimos sobre una plataforma construida en las peregrinaciones hacia la cima y apreciamos otras construcciones. La proximidad con la historia fue cercana.

Continuamos con la ilusión, el espíritu y el ambiente de un nuevo camino incaico, recordamos de alguna manera el realizado hace unos años (La magia del reino del Tahuantisuyo). El imperio Inca fue enorme y se extendió bien al sur de América, incluso mucho más abajo que Santiago de Chile. No deja de asombrarme la fuerza espiritual de los incas que pudieron extender sus redes a pesar del poderío de la naturaleza que parece no dar tregua con el frío, el viento, la altura, las inmensas distancias.

A Federación, nuestro segundo paraje,  llegamos luego de una caminata que no nos demandó demasiado esfuerzo, aunque las pantorrillas acusaban la gran cantidad de subidas realizadas. A 4135 msnm armamos el campamento. Patricio ya nos había dejado la carga; el trabajo nos cansó y decidimos dormir un rato, comenzó a nevar y a soplar un fuerte viento. Tuve un atisbo de preocupación.

En el lugar había otras carpas que, al igual que nosotros, debieron reforzar su seguridad con más cuerdas. Eolo soplaba con determinación.

Día 4. Miércoles. Desayunamos a las 8 AM y al finalizar comenzamos la caminata de aclimatación del día. Para el ascenso planificado usamos las botas de montaña que son incómodas, pero abrigadas y muy seguras. El tiempo fue bueno, a pesar de una noche con viento y nieve que nos había dejado poco sueño.

Caminamos casi cinco horas, un total de cinco kilómetros y 300 metros desde 4135 a 4840 msnm. Por momentos el cansancio fue agotador, pero increíblemente el cuerpo se recupera en minutos de descanso para permitir la marcha una vez más.

La vista en la altura es increíble. La nieve caída en los últimos días había generado un manto blanco e impecable, salvo en los senderos en los que se ve la huella de los caminantes.

El silencio era profundo y devastador por momentos. Las reservas de energía del cuerpo parecen evaporarse paso a paso, pero se recargan inexplicablemente. Las montañas dominaban la escena. El sol nos fue esquivo una vez más y el viento, por suerte también.

El descenso fue estresante por momentos (tengo vértigo); me pregunté qué hacía en ese lugar y por qué intentaba una vez más vencer mis miedos en la acción. La respuesta, como en los grandes desafíos deportivos, me esperaba al finalizar el recorrido.

En la tarde descansamos, probamos los crampones que usaríamos el día siguiente al intentar cumbre. Tenía mis serias dudas acerca del éxito de lo que nos esperaba: ocho horas de caminata hasta la cumbre más el regreso.

Ese día y en función del estado del tiempo, Hans decidió que intentaríamos cumbre el jueves (a pesar de que también podríamos hacerlo el viernes pues contábamos con un día de seguridad). Saldríamos con la esperanza de una buena sintonía con la Pacha Mama, pero con la información meteorológica que preveía vientos y nieve en la tarde. Esos factores podrían significar un eminente regreso sin hacer cumbre.

La experiencia de Hans y su mesura me daban tranquilidad. Aún así, sentía la angustia previa a las “grandes gestas”. La montaña, mi cuerpo y mi cabeza decidirían cuánto podría avanzar el día después.

Cenamos muy temprano, comimos pasta con salsa, limpiamos todo, aprontamos las raciones de marcha y nos fuimos a descansar. Mi pie izquierdo (el metatarso) que está resentido desde hace unos meses acusaba el ajetreo del día y estaba especialmente dolido por las botas que son rígidas.

Me dormí con la convicción de que al día siguiente diría que no iba a intentar cumbre: muchos factores me indicaban que no estaba en condiciones de hacerlo.

 

Día 5. Jueves. ¡Lo logramos! Comienzo por el final, como en la gran obra de Gabo —la que más me gusta— Crónica de una muerte anunciada. Lo hago por la vital sensación totalizante de logro que todo lo invadió.

Salimos 3:30 AM, aunque debimos levantarnos una hora antes. Desperté con la convicción de intentarlo y, a pesar de que el pie me molestaba, solo quería salir y comenzar a caminar. El cielo estaba bordado de estrellas y no había viento, la noche era espléndida. Caminamos con nuestras luces frontales prendidas por el mismo sendero que transitamos el día anterior. Estábamos muy abrigados, no teníamos frío, solo ganas.

Cruzamos el refugio Agostini, descansamos y continuamos. Pasamos por el punto al que habíamos llegado el día anterior 30 minutos antes incluso. En un momento Hans nos comentó que “teníamos chances” —por el desempeño que era el esperado y por las condiciones del estado del tiempo—. Decidimos seguir hasta que las chances se agotaran.

Por momentos el cansancio se apoderaba de nuestro cuerpo, el ascenso no daba tregua. Llegamos a una pirca incaica, lugar sagrado en el que acondicionaron al niño ofrecido a los dioses antes de conducirlo a su morada final en la altura de El Plomo. Estábamos exhaustos, varias veces creí que no lo lograríamos.

Metros después de la pirca comienza el cruce del glaciar, nos pusimos los crampones (entre el cansancio y el frío, Hans realizó la tarea por nosotros) y continuamos. Supimos que todavía faltaba una hora y 30 minutos de marcha y decidimos continuar, más por voluntad que por fuerza.

El terreno seguía en ascenso, en ocasiones el sendero se volvía casi imposible y debíamos descansar. Conté 140 pasos y tuvimos que detenernos para tomar aire, usé el sistema como medida un par de veces más.

Divisamos una altura, pero se trataba de la falsa cumbre, la que se ve desde Santiago. Seguimos unos metros más que fueron casi un suplicio, pero la meta estaba cerca, muy cerca… Y pronto vimos a Hans con un mástil en alto con la bandera chilena. Lloramos, sin lugar a dudas. Disfrutamos del momento, pues casi no había viento y se asomó el sol. El panorama de los Andes es sobrecogedor. Nos tomamos fotos, nos abrazamos y volvimos a llorar.

Comenzamos el descenso, hacía siete horas que habíamos salido; pensábamos hacer cumbre en ocho, así que tan mal no estábamos. Desandamos el camino con las mismas paradas para descansar. En el refugio Agostini encontramos una pareja que se sumó al descenso, bajamos charlando, el tiempo se escurría fácilmente. El cielo se enrareció y espesas nubes cubrieron el entorno. Aún así fue increíblemente bonito, tan gris, tan sórdido.

Llegamos al campamento a las once horas de haber iniciado la travesía del día. Recorrimos once kilómetros y 50 metros desde los 4135 msnm hasta la cumbre de El Plomo a los 5400 msnm. Satisfechos, así nos sentimos al llegar. No me creía capaz de hacerlo, pero lo logré. Cuando arribamos al campamento solo pensaba en descansar, estaba marchita. Hans ya tenía planes para el día siguiente, aunque yo solo pensaba en recostarme.

Ese día también cenamos temprano (un delicioso guiso de lentejas) y nos fuimos a descansar y leer.

 

Día 6. Viernes. Dormimos bien, pero de a ratos porque había mucho viento. Soplaba en ráfagas intensas que parecían arrancar la carpa con nosotros adentro. Salió el sol por primera vez desde que llegamos, se veía un cielo azul y limpio, pero el viento generaba un ambiente inhóspito. Entre ráfaga y ráfaga el silencio generaba expectativas de calma y minutos después desde lejos se comenzaba a escuchar un zumbido que se transformaba en un remolino que sacudía la carpa nuevamente.

Desayunamos a las 8:30 AM tal como teníamos previsto, pero el plan del día —un ascenso al cerro La Leonera— se suspendió. Preparé un té para hidratarme (aspecto fundamental en la altura) y dar calor al cuerpo mientras escribía y leía para esperar que el mal tiempo nos diera la oportunidad de una nueva caminata.

El día nunca mejoró. Tuvimos visitas de otros campamentistas, conversamos sobre la vida, los ascensos, las dificultades de la altura, los viajes. Descansamos en la tarde y nos fuimos a dormir temprano, pues al día siguiente debíamos retornar.

Día 7. Sábado. El plan del día era sencillo, pero intenso: terminaba la experiencia a El Plomo. Luego de desayunar, levantamos campamento. Llegó el arriero y comenzó a cargar las mulas y nosotros abandonamos Federación rumbo a Valle Nevado.

Caminamos cinco horas, nos cruzamos con hombres y mujeres que, al igual que nosotros, marchaban con el objetivo de conocer el punto más alto de Santiago. Había, además, varios corredores que se aclimataban y entrenaban ya que la semana siguiente tendría lugar la Mammut Andes Infernal con dos distancias: 15 y 28 k (desde Valle Nevado hasta Federaciones en la versión corta y desde Valle Nevado a la cumbre del Plomo en la carrera “más alta del mundo”).

Patricio, el arriero, nos esperaba en el lugar donde una semana antes había comenzado esta historia con la carga en el suelo, pronta para subir a la camioneta y regresar a Santiago. El fin del viaje era eminente y los sentimientos propios de un cierre estaban a flor de piel: alegría por lo vivido, tristeza y añoranza por la vida de montaña que tendrá que esperar un año más para volver a repetirse.

 

Fuentes: [http://www.andeshandbook.org/montanismo/cerro/18/Plomo] [http://chile.travel/donde-ir/santiago-y-alrededores/centros-de-ski/valle-nevado/]

Ropa recomendada (en bolsas ziplocs): botas de trekking / botas de montaña / pantalón de montaña / sobrepantalón / medias (tantas como se pueda) / 2 pantalones de trekking /  chaqueta de plumas / chaqueta cortaviento / 2 equipos primera capa / 2 remeras de manga corta / 2 polares / 1 remera de manga larga / ropa interior / pijama y medias / sandalias, crocs o similar / 1 pantalón deportivo o calza

Equipamiento sugerido (también en bolsas ziplocs): sobre y colchoneta para dormir / bastones de trekking / luz frontal / termo / botella para agua / desodorante / toallas húmedas / bolsas de nylon / toalla (aunque no pudimos bañarnos ni lavar ropa pues solo tuvimos un día de sol) / jabón de lavar (sirve para un eventual aseo) / cepillo y pasta dental / medicamentos (dolor de estómago y de cabeza principalmente) / peine / filtro solar / protector labial / crema antiherpes / alcohol en gel / crema para el rostro y el cuerpo / cuerda y palillos / costurero / curitas, vendas, cinta / alicate / cepillito / esponja / hipoglós (crema curativa) / ratisalil (antiinflamatorio) / sopas y jugos

Anuncios

Agreste, feroz y voraz: el altiplano boliviano en invierno

La previa chilena
Miércoles. Día 1
Jueves. Día 2
Viernes. Día 3
El salar
Sábado. Día 4
Domingo. Día 5
En campamento, el momento del día que más me gusta
Lunes. Día 6
El té de coca y la altura
La quínoa
Martes. Día 7
La Reserva
El frío
Miércoles. Día 8
Macario
Jueves. Día 9
Viernes. Día 10
Sábado. Día 11. Colofón
Datos útiles. Cosméticos
Datos útiles. Ropa
Referencias

La previa chilena
Osmar y yo llegamos a San Pedro de Atacama el martes 30 de junio de 2014 de noche y con ganas de cena y dormir. Nos esperaban Hans y Adrian de Spondylus-Chile para comenzar una travesía de once días por Bolivia desde la cosmopolita ciudad de San Pedro de Atacama. San Pedro, que es ocre, achaparrada, mágica y babélica, nos esperaba para seducirnos una vez más.

Miércoles. Día 1
Salimos, luego de un excelente desayuno, caminando hacia el Pukará de Kitor primero y el Valle de Catarpe después. La primera parte del recorrido fue por un tramo vecinal. Pasamos un cruce de agua y nos adentramos al valle. Ese cruce nos guió durante todo el recorrido. Debimos atravesarlo varias veces, el agua estuve siempre fría y corría con mucha fuerza. Pasado el mediodía, luego de tres horas de casi ininterrumpida marcha, paramos para almorzar y descansar.

El valle, amplio al comienzo, se angostó y el agua adquirió más fuerza todavía. En un momento nos costó avanzar, el andar se hizo difícil entre altas paredes color ocre. El recorrido del día terminó con unas mínimas subidas y bajadas que pusieron a prueba mis tobillos. Al final nos esperaba la camioneta para el traslado al pueblo. Adrian la había ubicado estratégicamente frente a un muro de muy antiguas piedras con petroglifos incaicos y atacameños: llamas, círculos concéntricos y otras figuras geométricas.

Hans, nuestro guía, para dar marco al momento leyó la leyenda de la llama celestial. Regresamos cargados de naturaleza, historia y con la fuerza mística de las leyendas indígenas.

arriba

Jueves. Día 2
Nos despertamos temprano, al igual que el día anterior, porque la ansiedad es siempre mayor que el cansancio. Dimos cuenta de un rico desayuno y nos preparamos para el traslado a Bolivia. La ruta del Desierto, por la que comenzamos a transitar, es sobrecogedora por su aridez y recorte ondulado a ambos lados del horizonte. Al salir de la ciudad la imponente Cordillera de la Sal posó elegantemente para nosotros.

Hicimos muchos kilómetros en camioneta hasta la ventosa frontera con Bolivia. Luego de los trámites burocráticos en Chile, nos encontramos con el vehículo boliviano que nos esperaba para cambiar todo el equipaje —que era voluminoso, pues incluía las carpas, toda la alimentación, el agua, además de las cuestiones personales de cada uno de nosotros—. También tuvimos que realizar los trámites en Bolivia que fueron rápidos, ya que los aduaneros estaban, como nosotros, ansiosos de terminar esas vueltas por el intenso viento que soplaba sin cesar.

A media tarde llegamos a San Pedro de Quemez con la vista impactada por un mar de corales petrificados que desborda a los viajeros unos kilómetros antes del pueblo.

San Pedro de Quemez es un caserío en el medio de la nada. En la actualidad cuenta con energía eléctrica, una cancha de fútbol muy moderna e Internet —que casi nunca funciona—. Nos hospedamos en el Hotel de Piedra que está situado arriba del pueblo, inmediatamente después de Pueblo Quemado. Nos dijeron que era día festivo y bajamos a conocer el pueblo. Casas grises y pardas, al igual que el suelo, calles de tierra y mucha pobreza son las características que definen a San Pedro de Quemez.

En una esquina vimos la procesión —una treintena de personas— que celebraba y transportaba el Santo del lugar. Sentimos fuerte olor a alcohol y vimos botellas tiradas. El grupo estaba conformado mayormente por adultos de caras castigadas y ataviados con las clásicas vestimentas bolivianas. En las calles se veían niños jugando, perros sueltos y basura. Entramos a la iglesia que estaba repleta de flores de muchos colores. Los santos y el propio Jesús estaban vestidos con brillos y colores fuertes. Sus rostros y vestimentas eran casi infantiles. Preponderaban el destello de la lentejuela y del plástico, los colores intensos y el olor penetrante de las flores.

Regresamos al hotel y temprano nos sirvieron la cena que estaba sencillamente preparada, era muy rica y de sabores plenos. Dormimos casi diez horas en una cama amplia, cómoda y cálida. Descansamos.

arriba

Viernes. Día 3
Otro día que comenzó al amanecer, pues a las 7 AM ya estábamos desayunando. Cargamos el equipaje y salimos hacia el salar más grande del mundo. Pasamos por Galaxia dos estrellas y tuvimos la suerte de conversar con uno de sus descubridores. Galaxia dos estrellas es una cueva disecada muy antigua. Dos lugareños decidieron, hace doce años, reacondicionar el cementerio indígena del lugar un año de sequía en el que la quínoa, su modo de vida, no generó una buena cosecha. Con “respeto, ofrendas y algo de miedo” (como nos comentó quien nos relató la historia) buscaron momias en la Cueva del Diablo. No las encontraron, pero la suerte de estos dos emprendedores estaba de su lado y por un mínimo agujero vieron esa gigantesca gruta. Arreglaron el lugar, le dieron un nombre (Galaxia dos estrellas) y viven del turismo en los años de sequía.

Llegamos a nuestro destino sobre el mediodía: Inkawasi, una isla volcánica con cactus gigantes, pinchudos y marrones, muy antiguos —algunos tienen casi 500 años— en medio del salar. El salar más grande del mundo, conocido como Uyuni, se llama en realidad “Salar de Tunupa”. Tunupa es el nombre del volcán más importante del lugar y del salar y recuerda a una figura mitológica aymara. Son 100 km2 a una altitud de 3653 msnm, la temperatura promedio es de 6º C, en verano alcanza los 30º C y en invierno desciende a -25º C. Los vientos fuertes son habituales y también las bajas temperaturas. El calor del sol se transmite casi exclusivamente por la radiación, por eso la diferencia entre la sombra y el sol es muy extrema. Las lluvias, que son pocas, se reservan para la temporada de diciembre a abril en la que todo se inunda y el suelo se renueva. El ecosistema del salar es muy frágil, pero muy intenso. El suelo es duro y frío y hasta el horizonte en los cuatro puntos cardinales se ve un mar blanco e inamovible.

Desde Inkawasi nos a Isla Pescado, 11 kilómetros antes de llegar al lugar donde pasaríamos la noche la camioneta paró y bajamos para caminar. El trayecto se hizo largo, monótono a veces, pesado y penetrante, así es caminar en el salar. No había viento, algo inusual, y el trayecto hasta el campamento fue un regalo de blancos y silencio.

El salar es indescriptible, hacen falta los diferentes matices de blanco de los esquimales para describir tan inquietante lugar. Quienes conocen la nieve tratan de buscar similitudes, para nosotros la arena es lo más parecido. Yo no conozco arenas tan extensas, salvo las del desierto que son casi doradas. El salar se le parece, de alguna manera, pues es un desierto de sal, de piso duro y albo. Es también un mar con islas. Y en lugar de olas tiene figuras hexagonales que se forman en su superficie.

Al llegar armamos campamento en Isla Pescado, en una cueva formada entre vestigios volcánicos.

El salar. Hace 100 millones de años los Andes no existían, la región que actualmente se conoce como el altiplano estaba a nivel del mar. En esa superficie se depositaron y sedimentaron levas capas de agua salada. 25 millones de años atrás, la comprensión del lado oeste de la placa sudamericana y la del Pacífico causó la formación de los Andes. La sal sedimentada emergió a la superficie y por eso se observan actualmente numerosos salares en el altiplano. Hay escasa vida en el salar porque no hay agua. Se observan, asimismo, rastros de vida animal principalmente en sus islas y proximidades: llamas, vizcayas, roedores, algunas aves. Desde hace unos 20 años el Salar de Tunupa se ha convertido en uno de los destinos más importantes de Bolivia. La razón es simple: el lugar es excepcional.

arriba

Sábado. Día 4
Desarmamos el campamento luego de desayunar. Osmar y yo comenzamos a caminar por la orilla de la isla volcánica y la camioneta nos alcanzó un rato más tarde. Llegamos a Coqueza, nuestro siguiente destino, luego de transitar por ese mar de blancas sorpresas. En la plaza del pueblo Hans pagó los tiques para subir al Tunupa, nuestro primer gran ascenso del viaje. Pasamos primero por una gruta cementerio que ofrece una familia de momias “chullpas” encontradas en el lugar (en la lengua común, la palabra “chullpa” designa las tumbas donde se encuentran las momias, usualmente en las cimas de las montañas; en la región, “chullpa” es el nombre de los primeros habitantes). Había, además, dos momias más encontradas muy cerca. El emprendimiento local y atendido por un lugareño fue curado por arqueólogos alemanes. Es, por cierto, muy interesante y educativo conocer rastros preincaicos e incaicos mientras recorremos la Bolivia profunda.

El ascenso al mirador del Tunupa no requiere destrezas técnicas, pero la falta de oxígeno hace una labor importante y el cansancio es un compañero constante. Las caminatas en la altura solo pueden describirse con la conocida frase de Goethe “sin prisa y sin pausa, como la estrella”. Paso a paso y apoyados en los bastones, llegamos al mirador que está estratégicamente ubicado frente al cráter. Es impresionante, obviamente, y no solo por su tamaño (grande y devorador), sino por sus colores, parece un mousse de chocolate veteado con dulce de leche.

Repusimos fuerzas con la ración de marcha que habíamos preparado, tomamos las fotos de rigor y continuamos hacia un segundo mirador. El tramo se hizo más difícil, pues caminamos entre arbustos achaparrados y algunos con muchas espinas. Llegamos a 4600 msnm y sorpresivamente vimos un árbol, de la familia de las rosas, único en su especie, ya que no hay otros en el mundo capaces de vivir en tal altitud.

Un nuevo descanso nos preparó para el descenso, que es siempre más rápido, pero que a mí me cuesta mucho. Bajo tensa y con extremo cuidado por las rodillas, el tobillo izquierdo y el vértigo. Al llegar, cansados nos subimos a la camioneta. César, el chofer, nos esperaba para conducirnos hasta Jirira. Pasaríamos una noche en el hospedaje de doña Lupe.

El hostal de doña Lupe era todo lo que necesitábamos y más: una buena cama, mantas y una ducha caliente. Osmar y yo nos alojamos en una habitación hecha con bloques de sal.

Ya repuestos y con mejor aspecto, nos fuimos al medio del salar a deleitarnos con el atardecer. Hans nos dejó para que camináramos un poco. Reinaba el silencio, no había viento y el cielo estaba cubierto de nubes. El suelo estaba marcado por los clásicos poliedros y además había copos de sal, uno tras otro. Nos llamó la atención, pues no los habíamos visto hasta el momento.

Encontramos la camioneta un tramo más adelante y, como siempre, Hans había preparado una sorpresa. Todo estaba pensado: sonaba Vangelis y en una mesa —con mantel, obviamente— había un aperitivo para disfrutar mientras el sol se recostaba entre algunas nubes sobre el horizonte. A nuestras espaldas las nubes cubrían el cielo y tocaban el salar. El famoso “efecto blanco” era abrazador.

La luz cambiaba minuto a minuto. Mirábamos el sol atentamente, a nuestra derecha teníamos el volcán Tunupa que todo lo domina, y a nuestras espaldas encontramos un paisaje inédito. La luz producía un contraste sin igual sobre los copos de sal del suelo, los iluminaba y resaltaba sobre el piso que estaba más oscuro. Hacia el horizonte se condesaban en un manto más blanco y denso. Fue mágico y emocionante. Me imaginé muchas el salar, supe que lo conocería cuando coordinamos el viaje, pero nunca, ni en sueños, pensé vivir un momento de tal profundidad.

La cena nos esperaba en el hostal: sopa con fideos y papas, y arroz con pollo. Estaba deliciosamente preparada por doña Lupe, una boliviana “de postal”. Doña Lupe es una mujer emprendedora que supo vislumbrar, hace 15 años, un filón turístico y de a poco armó su hostal. Comenzó alquilando habitaciones en su casa y hoy tiene un lugar muy cómodo al que le ha ido anexando diversas alas y comodidades (como agua caliente, por ejemplo).

Dormimos muchas horas, descansamos y nos aprontamos para dejar la provincia de Oruro a la mañana siguiente.

arriba

Domingo. Día 5
Después de desayunar, cargamos la camioneta con todos los petates y de a poco fuimos dejando el salar. El paisaje se volvió cada vez más altiplánico hasta que aparecieron los valles y bofedales. Ya estábamos en Potosí.

En la entrada del Valle Escondido nos bajamos para caminar. Fuimos siempre bordeando un cruce de agua. Volaban pájaros, vimos llamas y campos de cultivo. Un cóndor nos dio la bienvenida desde lo alto; con garbo voló para nosotros. Sentí que llegamos al Edén sudamericano, se los aseguro. Encontramos agua, grandes animales, pájaros, peces, un sol radiante y la semilla madre —la quínoa—.

Armamos campamento cerca de una cascada. Primero desplegamos la carpa cocina-comedor y luego las dormitorio (una para nosotros y otra para Hans). Y nos dimos un baño en la cascada de agua fuerte y tibia. El ambiente estaba gélido porque, a pesar del sol, la temperatura es baja y siempre hay viento.

Esa noche, muy fría por cierto, cenamos pasta con salsa y de postre arándanos en conserva. Ayudamos con el aseo de los trastos y nos fuimos a dormir. Entramos en calor luego de un rato y más tarde ambos nos enfriamos mucho. Me preocupé, pensé que sería una noche congelante y sin dormir. Por suerte, volvió la temperatura a nuestros cuerpos y pudimos descansar como solo en la montaña se hace.

De mañana todo tenía escarcha, incluso la ropa que habíamos dejado al lado nuestro, los sobres de dormir, las chaquetas de pluma. Y la ropa que habíamos mojado la tarde antes (al bañarnos en la cascada) estaba dura: ¡se había congelado! Nos vestimos tan rápido como pudimos para desayunar. Y luego desarmamos el campamentos; nos dolían las manos de tanto frío. Salimos, finalmente, a caminar en procura del sol, pues en la mañana ese valle está inmerso en grandes y gélidas sombras.

En campamento, el momento del día que más me gusta es el desayuno. Hans nos espera con tostadas, agua caliente para el té y el café, queso, fiambre, miel y dulces. Todo está muy calmo, nos tomamos nuestro tiempo y salimos a disfrutar de lo pautado. El día está pronto para escribirse, como un capítulo de esta bitácora.

arriba

Lunes. Día 6
Caminamos mucho hasta dejar atrás el valle y su cañón. Vimos aves de diferentes tamaños. Después nos esperaba una planicie ventosa que poco a poco fue mostrando su tesoro: piedras enormes de mil formas. Paso a paso nos sentimos atrapados por las figuras, intentamos tomar imágenes a cada paso. Nuestra imaginación volaba y fuimos representando esas formas, casi como en un test de Rorschach.

Cinco horas después y luego de algunas paradas para hidratarnos y reponer energías, llegamos a la entrada de Ciudad de Rocas. Estaba lleno de turistas, demasiado ruido para nuestro modo de vida durante el viaje en el que el silencio es el compañero constante, un regalo que la profundidad de la naturaleza ofrece para la introspección.

César, el chofer, nos esperaba para trasladarnos hasta el lugar de nuestro campamento: el Bofedal de los Sueños. Armamos todo una vez más, era temprano y la cercanía de hilos de agua nos ofreció la oportunidad para lavar y acondicionar algunas de nuestras prendas tan llenas de polvo.

Un rato después, mientras tomábamos el clásico café de la tarde, aparecieron dos lugareñas. Las invitamos a pasar y charlamos un poco. Hans inició la conversión, yo me sumé después. Vidal, la madre, y Lupe, su hija adolescente, nos contaron cómo y de qué viven. Son locatarias, viven con su padre y abuelo, tienen llamas, cultivan zanahorias, habas, papas y frutas. La hija estudia en Uyuni, toca el charango y quiere dedicarse al turismo en la región. Vidal vestía al estilo boliviano, con varias faldas superpuestas y una manta sobre los hombros. Lupe lo hacía como cualquier adolescente en invierno, aunque portaba una carga en su espalda al estilo del altiplano. Fue una charla amena y muy didáctica para nosotros. Las convidamos con té, queso y budín. Probaron y agradecieron con humildad.

Cerca de las 18 h se fue César, el conductor de Kantuta Tours, y un rato después llegó Sebastián, uno de los dueños. A las 19:30 h cenamos carne a la cacerola con puré. Estaba riquísima, como todas las preparaciones que Hans cocina con esmero. Había viento cuando nos fuimos a dormir. Me abrigué mucho, pues todos pronosticaban una noche fría. En la carpa sentíamos el viento y el ruido de los hilos de agua del bofedal. Ese murmullo se fue apagando y a la mañana siguiente cuando nos levantamos todo estaba congelado.

El té de coca y la altura En San Pedro de Atacama tuve un leve dolor de cabeza que se incentivó al día siguiente en San Pedro de Quemez. En la tarde en la que caminamos hacia la isla Pescado (Salar de Uyuni) me sentí muy hinchada: los dedos, las piernas y el abdomen. Y me estalló un punzante dolor de cabeza. No ayudé a armar las carpas y me acosté ni bien pude. Un rato después Hans me envió un té con hojas de coca que tomé poco a poco. Mejoré lentamente y en la noche ya estaba repuesta. A partir de ese momento tomé té de cada desayuno y en la cena. La hidratación es fundamental para sobrellevar la altura; así que bebíamos litros de agua, café, té y jugos durante todo el día. El primer día boliviano probamos mascar coca, pero no nos gustó ya que la sentimos particularmente amarga.

La quínoa merece un capítulo aparte. La quínoa es un grano que no es un cereal. Es una planta robusta que se cultiva en el altiplano desde hace 5000 años. Es originaria del centro de los Andes con granos de diversos colores: amarillo, rojo, violeta, negro o blanco. Todos poseen saponin, una sustancia tóxica soluble que se encuntra en la capa que recubre al grano. Como es soluble, basta lavar la quínoa para que desaparezca. La quínoa (quinoa, quinua) es tan rica en proteínas como el maíz, contiene todos los aminoácidos que el ser humano necesita, posee además vitaminas C, E y B, calcio, fósforo, magnesio, potasio, zinc y ácidos grasos buenos.

arriba

Martes. Día 7
Desayunamos muy tranquilamente, ya había salido el solo que todo lo inundaba. Salimos a disfrutar de una caminata recreativa. Fuimos hasta el lago que estaba totalmente congelado. Era una cita muy privada: solo estábamos los pájaros y nosotros. Más tarde vimos un par de vizcayas. Continuamos caminando por un lugar que cuesta describir. Las enormes rocas de diversas formas levantan paredes inauditas. El suelo es húmedo y hay miles de manojos de una hierba seca amarillo-dorada. Se sentía el ruido de los pájaros y del agua que comenzaba a descongelarse. Una pareja de cóndores voló para nosotros sobre el cielo inmensamente azul.

Volvimos al campamento, tomamos un refrigerio y desarmamos todo. Nuestro próximo destino sería el pueblo de Quetena. Viajamos aproximadamente tres horas mientras escuchamos música de nuestros celulares. Quetena está dentro de la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa. Llegamos temprano a un refugio que ya estaba casi helado. Aprontamos todo lo que necesitaríamos para el día siguiente, porque nos esperaba el volcán Uturuncu.

Cenamos temprano. Primero tomamos sopa de quínoa con caldo de llama (¡deliciosa!) y luego comimos lentejas. Era toda la energía que necesitábamos para procurar el ascenso del día siguiente que comenzaría a las 4:30 h. Yo tenía el miedo oscuro de los grandes eventos deportivos. Se sumaban, además, el frío y la altitud; desde la tarde me preguntaba una y otra vez si podría hacerlo, por qué estaba ahí. Incluso sopesé la posibilidad de no ascender.

Al terminar la cena, Hans nos dio las instrucciones para afrontar el día siguiente: a qué hora desayunaríamos, qué ropa debíamos llevar, el tipo de ración de marcha que teníamos que aprontar y algunos detalles más. Junto a nuestra mesa había un grupo de chicos franceses o suizos. Eran cuatro, muy jóvenes. Su guía les dio instrucciones algo similares a las nuestras, pero su salida sería una hora más tarde. Sin lugar a dudas, nos veríamos en la ruta hacia la cumbre del Uturuncu.

La Reserva, creada en 1973, se trazó diez kilómetros a partir de la base de la Laguna Colorada y en 1981 se expandió hasta alcanzar 714,456 hectáreas. Su altitud oscila entre los 4000 y los 6000 msnm. Fue declarada área protegida básicamente para el cuidado de flamencos, vicuñas y suris. Se ubica en la árida Punta del sur de Bolivia sobre la frontera de Argentina y Chile.

El frío Luego de una semana de transitar por tierras cada vez más gélidas, mis piernas tienen manchas rojizas, las manos están resecas, los pies tirantes, la cara bronceada y seca, y los labios partidos en mil pedazos (además, un herpes amenaza con salir). El pelo que está continuamente trenzado, como es de imaginarse, ya está muy sucio, tanto que he optado por ponerme un pañuelo para disimular un poco el mal estado. Los demás están igual que yo, así que mi aspecto agreste no sorprende a nadie. No hay espejo, así que la cuestión de verse de esa manera —y asustarse un poco— se facilita.

arriba

Miércoles. Día 8
En la noche intentamos dormir inmediatamente, pero el sueño era esquivo y además había algo de bullicio en el refugio. Logramos dormir, finalmente; fue una descanso al ritmo de la ansiedad —en la altura, además, se sueña mucho—. Esa noche me visitó una y otra vez la mayor de mis preocupaciones: mi tesis de maestría.

A las 4 AM sonó el despertador y nos vestimos rápidamente para no congelarnos. Me puse una primera capa técnica para temperaturas menores a 20º C. Medias específicas, un polar y un pantalón de abrigo para la montaña. Así fuimos a desayunar; lo hicimos a conciencia para afrontar el esfuerzo que nos esperaba. Macario, nuestro guía local, compartió la mesa.

Mi miedo se convirtió en ganas. Terminamos de vestirnos (balaclava, chaqueta de pluma, sobrepantalón, botas dobles, filtro solar, protector labial y tres pares de guantes) y salimos hacia el Uturuncu. Viajamos casi dos horas hasta que la camioneta no pudo avanzar más. Se fueron apagando las miles de firmes estrellas que nos acompañaban porque el sol tímidamente comenzó a reinar. Horas más tarde otro fenómeno natural le disputaría el reinado.

Comenzamos a caminar y caminar. Hacía frío, pero nuestras buenas prendas técnicas nos resguardaron. Un rato después vimos a nuestros vecinos de cena, se nos acercaban poco a poco. Cuando llegaron a nosotros nos preguntaron si podían continuar con nuestro grupo, estaban solos porque uno había tenido que bajar con el guía —el hijo de Macario—. Les dijimos que sí, naturalmente. Notamos que sus prendas eran totalmente inadecuadas. Tiempo después dos de ellos se bajaron de la expedición y continuó con nosotros Paul, el que parecía mejor equipado.

Seguimos la marcha, de a poco y con esfuerzo. El olor a azufre de las antiguas minas del volcán era penetrante. Comenzó a aparecer la nieve, también había hielo y rocas. Vimos un pequeño géiser, aislado y ya debilitado por la luz del día. No sé cuánto llevábamos de marcha cuando Paul dijo que no sentía sus pies. Hans lo asistió y le recomendó regresar. Él estaba seguro de que era lo adecuado, pero su voz destilaba miedo. No quería volver solo. Hans convenció a Macario de que lo guiara y nosotros seguimos.

El viento se hizo insoportable y dominó la escena. La cumbre estaba cerca pero se sentía lejos, cada paso era agotador. Con un esfuerzo difícil de conmensurar llegamos a los 6006 msnm y quedamos a escasos metros de la cumbre. Nos separaba un hielo duro que necesitaba pericia para atravesar. Además, el viento con nieve fina no nos daba tregua. Hans decretó que esa era la cumbre del día. Yo reclamaba salir de ahí, ni siquiera pudimos desplegar nuestra bandera para retratar el momento.

Comenzó el descenso y al principio fue terrible para mi vértigo. El miedo se me instaló en los hombros y corría por la espalda. Me caí un par de veces. Caminamos con sigilo, en un momento procuramos tomar agua de nuestras botellas, pero fue imposible porque se había congelado.

Seis horas nos llevó recorrer ocho kilómetros con 400 metros de ascenso. Llegamos consumidos por el cansancio, yo me sentía tan fatigada como al finalizar un maratón. El Uturuncu nos goleó, no nos perdonó ni un momento y la calma de los primeros pasos fue solo un señuelo. Cerca de la cumbre desplegó sus garras y la naturaleza se nos impuso una vez más.

Volvimos al refugio y nos acondicionamos como pudimos. Tomamos una reparadora sopa y salimos rumbo a Laguna Colorada. Al llegar, cenamos temprano (cuscús con jurel) y nos fuimos a la cama con la certeza de que dormiríamos mucho.

Macario es pequeño y con facciones “muy bolivianas”. Tiene 68 años y la primera vez que subió el Uturuncu tenía seis (lo llevaron en carrito). Desde hace 25 años es guía de montaña, ha llevado hasta la cumbre del Uturuncu miles de personas de todas partes del mundo. Su indumentaria era precaria y por ración llevaba y consumía exclusivamente hojas de coca.

arriba

Jueves. Día 9
Luego de muchas horas de sueño nos levantamos a las 7 AM para desayunar media hora más tarde. El refugio —que era simple, básico y frío— ya estaba casi desierto, los demás huéspedes se habían ido y otros emprendían la marcha en ese momento.

Cargamos todo y salimos hacia nuestro último destino. Pasamos primero por Laguna Colorada y nos detuvimos a observar su colonia de gráciles flamencos. El color de la laguna —que es sorprendentemente llana, como si fuera un estanque— se debe a un alga que habita en sus agua. Los organismos del agua son el alimento para los flamencos que, a pesar de parecer tan frágiles, sobreviven a las bajísimas temperaturas del altiplano.

Seguimos camino y la segunda parada no dejó de desconcertarnos, la naturaleza todavía tenía regalos que ofrecer. El campo geotérmico Sol de Montaña es de un km2 en los que gases y aguas, géiseres y fumarolas dan marco a la antesala del infierno. A diferencia del Tatio (San Pedro de Atacama), estos son mayormente de barro. Y los hay de diferentes colores: marrón, negro, rojo, blanco, arena. El olor a azufre es muy fuerte, casi nauseabundo por momentos. Estábamos a casi 5000 msn y hacía, verdaderamente, mucho frío.

Después continuamos rumbo a las aguas termales en la orilla de la Laguna Salada y el Desierto de Dalí nos esperaba unos kilómetros más adelante. El lugar brinda una escena surrealista con una colección de rocas volcánicas en medio del desierto conocido como Pampa Jara, muy cerca del Salar de Chalviri.

Dos lagunas más nos esperaban antes de llegar al refugio de alta montaña “Volcán Licancabur”. La primera fue la Laguna Blanca y la segunda, la Laguna Verde, nos cautivó con su color inaudito. Son aproximadamente 17 km2 y su impactante color jade se debe a la presencia de dos minerales: arsénico y cobre. En sus aguas se refleja, con imponente porte, el volcán sagrado Licancabur (5916 msnm).

Al llegar al refugio nos acomodamos en las simples habitaciones y luego almorzamos. Una larga tarde nos esperaba para descansar antes de intentar un nuevo desafío: ascender al Licancabur. Entre tés —teníamos que hidratarnos a conciencia—, la escritura y la lectura, se nos fue una tarde introspectiva.

Hans debió hacer parte del recorrido del día siguiente, ya que no había guardaparques ni guía para acompañar el ascenso. Para asegurarse fue hasta el lugar de salida de la caminata y ascendió hasta los 5000 msnm. A su regreso, preparó la cena —pasta con atún— y luego comimos y charlamos. Planteé mis miedos y mi preocupación mayor: que por mi responsabilidad no pudiéramos hacer cumbre. Me sentía insegura y temerosa. Hans me respondió que éramos una cordada y que, como tal, la fuerza del grupo es tanta como la debilidad del más vulnerable. Quedamos en intentarlo y disfrutarlo, fundamentalmente. Nos fuimos a la cama convencidos de que lo que haríamos. Hans, que siempre nos da tanta tranquilidad, recordó que nuestras condiciones eran buenas: estábamos aclimatados, nos habíamos alimentado e hidratado bien, teníamos buen nivel de entrenamiento —aunque para otros fines— y, lo más importante, estábamos muy motivados. Horas más tarde sabríamos realmente qué sucedería en el sagrado Licancabur.

arriba

Viernes. Día 10
A las 3 AM sonó nuestro despertador. A pesar de la ansiedad, habíamos logramos dormir bien. Media hora más tarde desayunamos y a las 4 salimos. Cuarenta y cinco minutos después comenzamos a caminar bajo un manto de fulgurantes estrellas. No había viento y tampoco sentíamos frío.

Cada tanto parábamos para hidratarnos, Hans nos había pedido autoiniciativa: que estuviéramos atentos al tema sin esperar sus indicaciones. Comenzó a salir el sol y apagamos las linternas. Seguimos subiendo, la cuesta (desde los 4700 msnm donde había quedado Sebastián esperándonos) era empinada y con piedras, las había chicas y también grandes. Comenzó a aparecer la nieve, ya íbamos sobre el camino que trazaron los propios incas y una sensación de gran historia envolvía el lugar.

Vimos una enorme lengua de nieve, la sorteamos con dificultad y por su borde continuamos. Llegamos a una terraza construida por los incas, la vista a la Laguna Verde era turbadora. Habíamos llegado a los 5300 msnm, estábamos cansados —es muy difícil explicar la experiencia de la altura para quienes viven al nivel del mar— y decidimos subir un poco más arriba, hasta los 5500.

Ni bien continuamos entre grandes piedras, Hans fue determinante: yo no podía continuar. Si bien todavía tenía fuerzas, mi vértigo me impedía avanzar con seguridad. Todavía nos faltaba mucho y después había que descender por la cuesta que era tremenda para mí, aspecto que ya me preocupaba desde el primer momento del ascenso. Volvimos a la terraza. Me senté y lloré, con timidez primero y desgarradoramente después. Osmar estaba a mi lado, con la tranquilidad y la contención de siempre. Me sentí responsable de ese intento fallido y lo peor es que no era por cuestiones físicas (más allá de que estaba cansada), sino por una limitación mayor que no se soluciona fácilmente. Sentí, en esa frustrante situación, el apoyo incondicional de Osmar y la paciencia de Hans.

Comenzamos a bajar y redefinimos el día: visitaríamos las ruinas incas que están sobre la ladera y que, por la profundidad de la noche, no habíamos visto al subir. Las ruinas son historia presente del paso de los incas por el lugar. El Licancabur, por su imponente tamaño y gallardía, domina la escena tanto en Bolivia como en Chile. Los incas le rindieron tributo y el volcán todavía guarda tesoros: maderas y cerámicas que ofrece desde sus entrañas.

Después de ocho horas y media de caminar, subimos a la camioneta y volvimos al refugio. Tomamos un café y comenzamos el regreso. Adrián, de Spondylus Chile, nos esperaba en la frontera. Después de la Aduana, hicimos el cambio de todo el equipaje y continuamos hacia San Pedro de Atacama.

arriba

Sábado. Día 11. Colofón
Luego de una semana y media desarmé definitivamente ni trenza y me lavé la cabeza. El último baño había sido en la cascada. Estábamos, obviamente, con todo el polvo del altiplano boliviano. El baño en el hotel de San Pedro de Atacama fue reparador, volvimos a la civilización con un aspecto más urbano y salimos a cenar de noche y compartir anécdotas e impresiones con Hans y Adrian.

Este fue un viaje de descubrimiento. Con Spondylus-Chile vivimos el altiplano boliviano, el sur de ese país nos mostró su agreste naturaleza que tiene mucho para ofrecer al mundo. Nos descubrimos a nosotros mismos una vez más, pues estos viajes son un tiempo valioso de introspección que la vida cotidiana no facilita. Muchas horas de silencio, para meditar, para dejar la mente en blanco, muchas horas para apreciar, resignificar, admirar.

Y el viaje termina al momento de publicar esta crónica que fue escrita diariamente para testimoniar la vida de un viaje inolvidable. Ojalá contagie a otros, así adquirirá un nuevo significado.

Lic. Gabriela Cabrera Castromán / gabrielacabreracastroman@gmail.com / Julio 2015

Datos útiles. Cosméticos necesarios para once días de campamento en Bolivia (con mirada de mujer, obviamente)
—Gel de ducha
—Desodorante
—Cepillo y pasta dental
—Minipeine
—Filtro solar
—Gel para limpiar el rostro (hay mucho polvo)
—Toallitas húmedas (¡muchas, no siempre es posible bañarse!)
—Toallitas húmedas en paquetes chicos
—Protector labial
—Jabón para ropa
—Crema antiherpes
—Crema para el cuerpo
—Crema para el rostro
—Protectores diarios
—Alicate
—Cuerda y palillos
—Curitas
—Analgésicos
—Alcohol en gel
—Minicosturero
—Cepillito
—Esponjitas
—Linterna

Datos útiles. Ropa: en bolsas ziplocs y ¡todo en una mochila! Si algo no entra, hay que clasificar y decidir…
—Ropa interior
—Medias
—Pantalones para trekking (2)
—Primeras capas (2 o 3)
—Zapatillas o chinelas (para el campamento y para caminar en el agua)
—Botas para trekking
—Zapatillas livianas o championes
—Polares (2)
—Pijama
—Remera de manga larga
—Chaqueta cortaviento
—Bufs (2 o 3)
—Cuello polar
—Calzas tipo primera capa (2)
—Guantes
—Mitones de montaña (2 pares)
—Pantalón polar de montaña
—Sobrepantalón de montaña
—Chaqueta de plumas (¡imprescindible!)
—Medias de montaña
—Botas de montaña
—Balaclava
—Traje de baño

Importante: armar un bolsito de ataque con ropa limpia para el regreso. El estado deplorable con el que se termina requiere un mínimo pero eficaz “fashion emergency” para no parecer un salvaje que se escapó de un “reality show”.

arriba

Referencias
JAMMES, Lois, SPECHT, Martin and TINTAYA, Oscar. The Salar of Tunupa. 2000 : Santa Cruz de la Sierra, Armonía.

SERNAP, Ministerio de Medio Ambiente y Agua. Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa. SERNAP, Bolivia.

arriba

En las montañas la naturaleza se ofrece, sugiere, propone y finalmente dispone. La vida en el techo de Chile desde la óptica del nivel del mar

De nuestra primera experiencia de vida en las montañas recogimos muchas enseñanzas, fundamentalmente aprendimos que la naturaleza es la que gobierna. Procuraré describir la experiencia vivida detalladamente para dar respuesta a quienes no han tenido la posibilidad de conocer las montañas. Espero que mi relato pueda establecer un mapa, definir roles, tareas y transmitir alguna de las tantas emociones vividas. La nuestra fue una experiencia completa, desde la vida en Montevideo a nivel del mar a los Andes (Chile) a muchos metros de altura. Quizás algunos pasajes de esta crónica resulten monótonos, pero hay días de montañas que así lo son. En las alturas hay que ser paciente, moverse lentamente y dejar que el tiempo transcurra. La naturaleza es la que gobierna y hay que respetar la salida del sol, el momento de calor, el viento y la noche; a veces también la lluvia y la nieve.

El plan. A mediados de año, un día cualquiera en el frío del invierno montevideano Osmar me sorprendió con un posible plan para las vacaciones de enero 2014: ascender el Ojos del Salado. subir un volcán me pareció inaccesible, pero creo que puse escasos reparos. Después de solicitar un para de cotizaciones, cuando quise darme cuenta ya estaba fijado el objetivo del verano. Y así llegó fin de año y el comienzo de las vacaciones.

La previa. Volamos a Santiago con el equipo mínimo para la montaña, una lista de compra y muchas preguntas. El jueves 2 de enero fuimos a buscar el equipamiento: chaquetas de pluma, parkas, medias, mitones, pantalones de polar, entre otros. Nos probamos las botas especiales; era un día de calor en el seco verano santiaguino e intentamos caminar con ellas (con dos pares de media puestos) y transpiramos hasta para sacarlas.

Domingo 5 de enero de 2014. Nos levantamos temprano, desayunamos bien pues no sabíamos a qué hora almorzaríamos y nos fuimos al aeropuerto. La noche anterior me quité el esmalte y me corté las uñas tan al ras como pude. Me saqué los anillos y las caravanas. Tuve una rara sensación, fue como un ritual de despojo. Volamos de Santiago a Copiapó y en el aeropuerto nos esperaba Hans, el responsable de Spondylus Chile, la empresa que habíamos elegido. El primer encuentro fue muy positivo: Hans se presentó muy educadamente, fue amable y nos brindó la información general del plan del día. Salimos inmediatamente, almorzamos algo ligero y continuamos hasta el primer campamento.

La primera noche. En Valle Chico (3050 metros sobre el nivel del mar) armamos el campamento y realizamos nuestra primera caminata. Ascendimos 300 metros en una hora y bajamos en 35 minutos. Entre montañas de diversos colores —gris, negro, verde, amarillo, terracota—, con escasa vegetación y pocos animales, esperamos la noche y la cena. Descansamos profundamente y comenzamos a disfrutar del contacto con la naturaleza.

Lunes 6. Desayunamos, desarmamos las carpas, aprontamos el equipamiento y salimos a caminar rumbo al próximo objetivo. Hans nos recogió en el camino, llegamos a la Laguna Santa Rosa (3760 msnm) que nos esperaba con sus bellos flamencos como en una postal. Armamos las carpas y Hans estableció la cocina-comedor en el refugio de la Laguna; nosotros aprovechamos para lavar ropa y luego almorzamos. La caminata de aclimatación fue en la tarde. Bordeamos el agua y ascendimos un poco. Reinó el viento, un viento como nunca antes había sentido. La laguna es parte de un salar, la vista es espléndida, se trata de una geografía sin igual, casi inhóspita y atrapante. El descanso fue realmente reparador.

Martes 7. Una vez más nos despertamos cerca de las 7 AM y una hora más tarde desayunamos. A las 9 comenzó la rutina del día, con las mochilas cargadas de agua y una abundante ración de marcha, caminamos hacia nuestro destino: cumbre de la montaña Siete Hermanos (4755 msnm, altura acumulada desde nuestra base: 1000 m). El ascenso nos demandó cinco horas y en dos pudimos descender. La subida fue dura, lenta, pausada, esforzada y sin tregua. Solo hicimos un par de paradas para hidratarnos y volver a embadurnarnos con filtro solar. Ya habíamos aprendido que hay algunas cuestiones que son básicas en ese tipo de excursiones: —buena chaqueta cortaviento, —lentes de calidad para proteger la vista, —filtro solar y filtro para labios, —la hidratación. Lo mejor del ascenso fue la vista y obviamente el logro de haberlo realizado. Lo peor fue la vuelta pues a la dificultad del descenso se sumó un viento que soplaba sin tregua. Llegamos a media tarde para un almuerzo liviano; luego descansamos y cenamos en la tardecita para un nuevo descanso reparador.

Miércoles 8.  Temprano en la mañana desayunamos; despertarse y levantarse al alba tiene sus privilegios en la montaña y en este caso pudimos apreciar el amanecer. Fue simplemente una bella estampa, sencilla y grande, con la inmensidad que la naturaleza dotó a los Andes.  La luz es singular, el sol se refleja en la laguna y también las montañas. La tranquilidad del ambiente —no hay viento desde la noche hasta el mediodía— permite que el agua sea un espejo perfecto en el que se mueven grácilmente los flamencos. En la mañana del miércoles debíamos partir hacia el próximo destino, así que desarmamos el campamento y comenzó el viaje hacia Laguna Verde (siguiente etapa del plan de aclimatación). Dejamos paisajes inolvidables con la elegancia de las montañas, el lago y sus habitantes de suaves colores.

Laguna Verde. Laguna Verde (4350 msnm) resultó un lugar paradisíaco, que despertó voces de admiración ni bien lo vimos. Frente al agua de un intenso color había además varios campamentos que daban color al paisaje árido del suelo. Después de armar las carpas y establecer la cocina-comedor en el refugio del lugar, almorzamos. A media tarde salimos a dar una caminata corta de hora y media. Ascendimos unos 250 m, pues siempre es conveniente subir unos metros más que lugar donde se pernocta, de esta manera se favorece la aclimatación. Al regreso el cielo se cubrió de nubes negras y decidimos disfrutar del pozón termal del refugio. Si bien no era el más elegante (sino bastante precario), estaba resguardado. El baño fue el mejor de mi vida y me reconcilió con mi cuerpo; fue reconfortante y balsámico. Descansamos hasta la hora de la cena, compartimos el lugar con un contingente ruso y la mesa con un australiano. Comenzó así la fase cosmopolita del viaje. La noche estaba clara y plena de estrellas. El descanso fue largo y sirvió para recuperar fuerzas. Dormíamos en una carpa para tres personas en la que colocamos una colchoneta para cada uno, con las mochilas grandes, las mochilas pequeñas y esa noche improvisamos una cuerda para secar medias y ropa interior. Resultó una “suite” exótica y bien diferente a nuestra vida habitual.

Jueves 9. Tomamos el desayuno a las 8 AM, como de costumbre y esperamos un rato pues había tormenta y estaba atemorizante. A las 9:15 AM finalmente salimos a bordear la laguna, caminamos un buen rato por la orilla y luego ascendimos unos metros para visualizar la magnitud del paisaje. Pudimos ver el esplendor de la laguna rodeada de cerros y montañas con nieve, apreciamos elevaciones y estructuras, distintas capas geológicas que denotan diferentes estadíos. Regresamos lentamente para completar un recorrido de tres horas. Aprovechamos el calor y el buen tiempo (así de rápido cambia el estado del tiempo) para un baño en los pozones externos, también lavamos ropa y almorzamos frugalmente pues el día continuaba. En la camioneta salimos luego rumbo al refugio Atacama. El camino ya no estaba bueno y el vehículo se bamboleaba constantemente, y mi estómago sufrió las consecuencias. Al llegar al refugio (5350 msnm) caminamos un rato, ascendimos unos 300 m y llegamos a los 5500 de altura. Fue un trekking exigente, debimos subir lentamente procurando respirar hondo, sin perder la calma y el entusiasmo. El descenso fue significativamente más sencillo. Regresamos después al campamento y disfrutamos de un nuevo baño termal en la piscina interior. Tuvimos la compañía de tres chilenos que volvían del San Francisco, nuestro próximo objetivo.

Viernes 10. En la noche del jueves preparamos el equipamiento y las mochilas pues ese viernes se jugaba un gran partido: el ascenso al San Francisco. Nos levantamos a las 5 AM para desayunar una hora más tarde y 45 minutos después salimos hacia la montaña en cuestión. Llevábamos buenas medias y las botas especiales, pantalón polar y cubrepantalón, una primera capa y parka. Cubrimos nuestras manos con mitones, nos pusimos filtro solar y los infaltables lentes de montaña que ya eran parte de nuestros rostros. En las mochilas cada uno llevaba dos botellas de hidratación, una bolsa con raciones de montaña (fruta, caramelos, chocolates, Mantecol, barritas de cereales y frutos secos) y las chaquetas de pluma. Osmar portaba además el equipo de primeros auxilios y Hans una enorme mochila llena de cuestiones importantes para garantizar una buena expedición, y con lugar suficiente para agregar a la vuelta las nuestras y facilitarnos el descenso.

El San Francisco, nuestro primer seismil. Arribamos al lugar donde comenzó nuestro ascenso pasadas las 7 AM y luego de los últimos aprontes (demoramos en colocarnos las botas debido a nuestra inexperiencia) comenzamos a caminar. Llegar a la cumbre nos demandó siete horas de esfuerzo, fue un trekking muy severo. La noche antes Hans nos había dicho que “un seismil no regala nada” y pudimos experimentar esa verdad en toda su magnitud. Caminar a esa altura es como correr con la boca cerrada —invito al lector a hacer la prueba—. Hay que pedirle permiso a una pierna para que dé un paso y luego a la otra, y mientras tanto pesa el cuerpo y hay cansancio, además de dolor de cabeza y náuseas. Los movimientos son lentos, pausados y se avanza poco. El San Francisco tiene diferentes territorios: piedra al principio, arena y tosca dura después, tierra negra con vestigios de nieve, nieve baja y dura y finalmente mucha nieve. Cerca de la cumbre se avanza muy despacio y hay viento que levanta nieve. Hace frío y es muy difícil caminar. Durante el ascenso hicimos algunas paradas para alimentarnos y otras para descansar, tomar aliento y seguir. En marcha el corazón palpita con una frecuencia cardíaca alta y al parar lo hace más rápidamente aún.

Llegar a la cumbre fue realmente extenuante física y emocionalmente; lo hicimos entre las felicitaciones de otros excursionistas y las lágrimas, entre abrazos y ahogos. En la cumbre estuvimos unos escasos 20 minutos. Sacamos las fotos de rigor (con la bandera de nuestro país y la de Spondylus Chile) y nada más, ya que el frío y el viento hacían imposible la estancia. Lograr la cumbre es como terminar un maratón, pero con una gran diferencia: todavía hay que bajar. Y en mi caso eso implica luchar contra el vértigo. Yo, al igual que todos, me esfuerzo en la subida, pero después no puedo disfrutar de la bajada. Comenzamos el descenso y nos encontramos con más viento, en el tramo cercano a la cumbre las ráfagas eran envolventes y además tenían nieve que nos quemaba la piel. Después tuvimos viento seco y ya no hizo tanto frío. El San Francisco significó diez intensas horas de constante caminata con paradas cortas (para no enfriarnos y para avanzar con constancia. Llegamos exhaustos y satisfechos, fue nuestro primer seismil. La cumbre del San Francisco  tiene por convención 6100 msnm y ascendimos unos 1300 m para lograrla. En la montaña las distancias se miden por los metros de ascenso y en horas, nadie menciona a los kilómetros —la medida de quienes corremos y andamos en bicicleta—. A los corredores nos cuesta comprender esa forma de medir el esfuerzo, es bien diferente a lo que estamos acostumbrados. En la montaña además es muy difícil que los novatos puedan determinar distancias, pues se bordean las alturas y se camina en zigzag.

Cambio de rumbo. Al llegar al campamentos tomamos el baño del día, cenamos y conversamos sobre lo que habíamos logrado. Hans nos felicitó por nuestro primer gran logro, por nuestro esfuerzo y determinación, pero nos sugirió redefinir el viaje. Su experiencia le indicaba que no estábamos preparados para un sietemil (el Ojos del Salado tiene 6890 m de altura). Nos faltaba experiencia, obviamente, y también tiempo para acostumbrarnos a usar el equipamiento (las botas de montaña no son fáciles de portar). Se sumaba además mi vértigo que me impediría cruzar el cráter del volcán. Pues bien, nos fuimos a dormir temprano, luego de una cena caliente y deliciosa que complació nuestros estómagos, con la tarea de conversar y responderle al día siguiente. Hans dejó abierta la posibilidad de intentar cumbre de todos modos, pero nos dijo muy claramente que él creía que no lo lograríamos. El Ojos requiere salir de madrugada, caminar por un terreno difícil y llegar al punto más alto antes de las 13 h para asegurarse el descenso con luz.  En la carpa, antes de dormir, Osmar y yo sopesamos las posibilidades y estuvimos de acuerdo en recalcular, resignificar y armar un nuevo plan. Esa noche, después de una jornada agotadora, dormimos profundamente; la carpa ya se había transformado en una “suite con más de cinco estrellas”.

Sábado 11. A la hora del desayuno definimos nuevos rumbos y dos montañas para escalar: Barrancas Blancas y El Ermitaño. Según Hans, tendríamos así dos seismiles bien diferentes con mucho para aportar a nuestra experiencia montañera. Aprovechamos la mañana para ordenar la cocina-comedor del refugio, ya que ese sería nuestro lugar durante los cinco días siguientes. Laguna Verde es un excelente campamento pues cuenta con agua para lavar, los pozones termales y hasta retretes (están sobre una elevación, a la vista de todo el mundo pues los vientos se encargaron de arrancar sus casetas, son “dos tronos” que despiertan el pudor de hasta el más avezado, pero son baños al fin). Lavamos ropa, ordenamos la carpa, asoleamos las botas, los sobres de dormir y las colchonetas. Tomamos un almuerzo rápido minutos antes del mediodía y partimos hacia el refugio Atacama (5270 msnm, Ojos del Salado). Si bien es cerca, ese camino es tan malo que se demora mucho en recorrerlo; nuevamente mi estómago sufrió las consecuencias y volvieron a aparecer las náuseas. El refugio estaba repleto y al llegar comenzamos el trekking del día desde Atacama a Tejos (5825 msnm). Parte de ese camino puede realizase en vehículo, por eso están señalizados los kilómetros. Entre ambos lugares hay cuatro kilómetros y un ascenso de 550 m. El primer kilómetro lo hicimos en 30 minutos y el segundo en una hora, ¡fue desmoralizante! Aunque Hans medía el esfuerzo en términos de ascenso, para nosotros era difícil conmensurar de esa manera. Salimos de Atacama a las 14 h y llegamos a Tejos a las 16:30, sin aire y cansados. Tejos es el último refugio del volcán Ojos del Salado. El lugar estaba vacío y esperaba a los grupos que ese día y el siguiente pernoctarían antes de hacer cumbre. A Tejos llegamos muy fatigados y con el último aliento; el ascenso no es técnico, pero la altura mengua fuerzas y se siente la exigencia. En el refugio descansamos 20 minutos y comenzamos la baja que fue fácil, pues el terreno es mayormente de arena con pequeñas piedras. Encontramos picos de nieve y aprovechamos para tomar unas fotos. Regresamos a Laguna Verde cansados y un par de horas más tarde cenamos. Hans nos propuso descansar el día siguiente y la decisión fue fácil de tomar porque los dos estábamos muy extenuados y además Osmar acusaba síntomas de gripe.

Domingo 12. A las 8 h desayunamos, con la exactitud de quienes gustan de la puntualidad y el ajuste de un equipo que ya funcionaba a la perfección. A una semana de haber iniciado el viaje sabíamos ya que la elección de Spondylus había sido la correcta. Durante la mañana y con la lentitud que impone la montaña, nos dedicamos al aseso de la ropa y de la “suite”. Procuramos quitar la arena de la carpa y ordenamos la ropa y los enseres. La ropa lavada quedó sobre la pirca (pared de piedra que bordea una carpa) para que el intenso sol del día se encargase de hacer su tarea. Aproveché el día para ponerme al día con la crónica sentada frente al lago que nunca dejó de impactarme con su color —a veces azul, otras verde y también turquesa—. Hace días, muchos ya, que vivíamos sin espejo, así que no tenía idea de cómo lucía, pero tampoco me preocupaba mucho. Tenía los labios lacerados (quemados por sol y la nieve) y los pies lastimados por las largas caminatas con las botas. La piel estaba reseca y los intestinos “confundidos” por el cambio de alimentación. Pero la imponente naturaleza que nos rodeaba, con paisajes gigantes, compensaba cualquier inconveniente.

El tiempo. En la región de Atacama durante el verano amanece cerca de las 6 AM y la serenidad reina el ambiente. El sol comienza a calentar lentamente y casi no hay nubes. Al mediodía hace mucho calor y entra Eolo en acción que sopla cada vez más. La temperatura baja en la tardecita y cerca de las 21 se esconde el sol. El viento se detiene y el cielo se puebla de estrellas. En ciertas ocasiones no hay viento y eso significa mal tiempo con nevadas en las montañas cercanas. En esos días, durante la tarde hay muchas nubes, enormes y esponjosas.

Lunes 13, Barrancas Blancas. A las 05:15 h sonó nuestro despertador con un tono bien bajo para no molestar a los vecinos. La vida en un campamento de este tipo se basa en el respeto, el silencio y la integridad. Después del desayuno salimos rumbo al Barrancas Blancas, una montaña de 6040 m de altitud. El equipamiento que llevamos fue similar al del San Francisco: medias de montaña —no demasiado abrigadas—, pantalón de polar, cubrepantalón, botas de montaña, primera campa, chaqueta cortaviento, gorro, lentes y guantes. En la mochila guardamos botellas de hidratación, filtro solar, protector labial y bolsa con raciones de montaña. Llegamos al lugar donde comenzaría nuestra caminata por un camino ruinoso que nuevamente agitó mi estómago. Y comenzó la caminata por una cuesta constante. Fueron siete horas de ascenso, como si se tratase de subir una escalera hasta casi las nueves. Cada tanto descansábamos, procurábamos regular la respiración y tomábamos un poco de líquido. El Barrancas Blancas forma un anfiteatro y tiene varias cumbres y vías de acceso. Hans eligió para nosotros un camino “sencillo pero largo” —les aseguro que de sencillo no tenía nada—.

Siempre caminamos como si subiéramos escalones y sobre piedras, algunas eran chicas, otras medianas y también las había muy grandes al final. Durante el recorrido, como en las otras caminatas, solo escuchamos el ruido de las botas, de los bastones y de la respiración entrecortada por el cansancio. En la montaña se camina en silencio que solo se quiebra por algún comentario aislado o durante los descansos. A veces estos también suelen ser en completo silencio. El ascenso al Barrancas Blancas comenzó a los 5000 msnm; demoramos cinco horas para hacer cumbre y los últimos 800 metros de distancia los hicimos en 50 interminables minutos. Al llegar desplegamos la bandera de nuestro país y tomamos fotos. Pudimos quedarnos unos minutos, pues no hacía frío y tampoco había mucho viento. Comenzamos el descenso por un camino difícil, casi en línea recta con el zigzag obligatorio que requiere este tipo de marcha. Ese día usé mi pulsómetro para calcular la frecuencia cardíaca y el gasto calórico. Fueron 2000 calorías a un ritmo como de trote sin aire y con un permanente estado nauseoso. Regresamos al campamento para el baño ritual con posterior descanso. Cenamos temprano, como siempre, y nos fuimos a la carpa en medio de una gélida tormenta. Llovió despacio y con constancia.

Martes 14. A las 8 AM estaba frío y despejado; los techos de las carpas tenían escarcha y se veía claramente el vapor de los pozones termales. Luego del desayuno lavamos ropa y nuevamente sacamos todo de la carpa para aprovechar el sol. También aseamos, en la medida de lo posible, la cocina-comedor del refugio. Mientras me ponía al día con la crónica, comenzaron a aparecer nubes entre las montañas. El lago estaba estático y reflejaba el paisaje de montañas gigantes. En Laguna Verde la belleza natural es inquietante, el color de la laguna es sobrecogedor, el silencio embarga el alma. Mientras tomábamos un baño termal en la tarde, Hans nos dio una mala noticia: le habían robado 20 libros de bencina. En 14 años de actividad turística era la primera vez que le sucedía. Estaba atónito y no podía creerlo, pues el hecho atentaba contra los códigos de los montañistas. Ya no podríamos ir a El Ermitaño porque para ello necesitábamos movernos en auto hasta la base de esa montaña. Por suerte hay muchas opciones más y teníamos el Mulas Muertas para ascender. Replanificamos una vez más.

Miércoles 15, Mulas Muertas. Desayunamos a las 6 AM y armamos mochilas con todo el equipo necesario. Esa mañana decidí abrigarme un poco más y la intuición me ayudó pues fue el día más frío. Salimos 6:30 AM con paso lento y firme; por un camino de rocas y piedras transitamos durante seis horas hasta llegar a la cumbre norte del Mulas Muertas —5700 msnm—.

Fue un ascenso trabado, cansador y largo, acumulamos un desnivel de 1400 m y nuestros cuerpo sintieron esa diferencia. El descenso no fue sencillo porque el camino no estaba marcado y las piedras (medianas, grandes y muy grandes, afiladas, irregulares y algunas hasta resbaladizas) dificultaban el camino. El trekking nos llevó nueve interminables horas; esa noche “caímos desmayados”. Al acostarnos nevaba constantemente y la nieve hacía un ruido muy particular sobre el techo de la carpa, como un susurro pesado.

Jueves 16, último día. Quedamos en desayunar a las 7 AM y el campamento amaneció con un manto blanco. Las montañas estaban virginalmente vestidas y la luna nos esperaba todavía para tomar increíbles fotos. Comenzamos la “operación retorno”: armamos bolsos, desarmamos carpas y Hans se encargó de las varias cajas azules con los comestibles y utensilios. Después llegó el turno de colocar todo en la camioneta: la mesa y los banquitos, las cajas azules, los bidones de agua y los de combustible, las carpas, mochilas y bolsas. Una gran lona cubrió el equipamiento y con cuerdas se sujetó la carga. Nos esperaban seis horas de carretera. Dejamos Laguna Verde y sentí nostalgia, y más nostalgia sentí cuando abandonamos el camino de tierra y tomamos la carretera asfaltada a pocos kilómetros de Copiapó. Las vacaciones en la montaña definitivamente habían terminado.

Bahía Inglesa. Llegamos a Bahía inglesa a media tarde y nos encontramos con un balneario animado, colorido, repleto de gente y con olor a mar. El baño que tomamos al llegar al hotel fue interminable; demoramos bastante en recomponer nuestra imagen. Y el remate final fue perfecto: esa noche comimos mariscos y pescados con Hans y dos suizos que conocimos durante el periplo (Christian y Otmar). Fue una noche muy cosmopolita con el mar de Chile en la mesa y un inglés con acentos de Suiza, Alemania y Uruguay para tender lazos, reírnos y recordar anécdotas de esos días de montaña.

Viernes 17. El descanso fue entrecortado, nos molestó el calor y el ruido de la ciudad —los habituales, pero ya estábamos acostumbrados a noches con silencio de montaña—. Sentimos alarmas, conversaciones, ladridos y recién en la madrugada reinó el Pacífico y cada ola procuró arrullar nuestro sueño.  En la mañana temprano salimos a correr luego de una semana y media de abstinencia. Recorrimos la bahía y la ciudad en una hora de buen trote. El día transcurrió entre correos electrónicos y mensajes en las redes sociales para dar cuenta de la experiencia vivida. En la tarde tomamos en el aeropuerto el último café con Hans. Dejamos la región con muchas ganas de volver y con varios planes de vacaciones con Spondylus Chile. Nos llevamos además nuestros spondylus (molusco), regalo de Hans para que su riqueza, energía y fertilidad nos acompañe a diario.

La montaña. La montaña es un lugar de respeto que requiere un saber particular, experiencia, tolerancia y capacidad para replanificar. No es un lugar para ir en solitario si no se cuenta con el conocimiento adecuado. La montaña es introspección, autosuficiencia (el montañista debe procurar solucionar sus propios inconvenientes) y también trabajo en equipo. Es aconsejable contactar y contratar operadores turísticos responsables; mirar y aprender de otros durante las expediciones y ser humilde frente al que cuenta con la experiencia. Requiere además conciencia ecológica para dejar la mínima cantidad de rastros posibles, los del organismo son inevitables y los demás pueden portarse para eliminarlos responsablemente en las ciudades. Con criterio, paciencia y tiempo las consecuencias de la altura (dolor de cabeza, náuseas, vómitos, etc.) pueden mitigarse y realizar una buena aclimatación.

El saldo. Al mirar las imágenes de los días vividos me asombro de los lugares recorridos, de la inmensidad de las alturas, del color del cielo y del agua. Miro cada foto y me asombro de la experiencia vivida. El impacto en el cuerpo durante la vida de las montañas en enorme y el tiempo de introspección tan largo como el día mismo… son muchas horas para pensar, meditar, soñar y planificar nuevas rutas. Siento la certeza de que elegimos a la persona exacta para hacer el viaje, con Hans formamos un equipo bien aceitado y encontramos la seguridad en sus acciones, palabras y miradas. Spondylus Chile nos brindó un marco perfecto en el que todos los detalles estaban contemplados. Además de logística, encontramos en Hans, historias, anécdotas, compañerismo y calidez.

Anexo: la alimentación. La alimentación es para mí un capítulo aparte: soy una persona que cuida casi obsesivamente lo que come pera mantener el peso (hace unos años tuve un período de sobrepeso importante). Entre el ejercicio y una dieta balanceada, con escasa carne roja y con muchas frutas y verduras crudas, transita mi vida alimenticia. Consumo además pescados, lácteos descremados, no ingiero postres ni azúcar refinada, tampoco harinas demasiado procesadas. Tomo mucho líquido y las únicas grasas permitidas en este plan provienen del aceite de oliva. Semanas antes del viaje, contactamos a Hans para consultarlo sobre la alimentación durante la vida en las montañas. Recibimos un listado y algunos ejemplos de comidas. El tema era para mí extremadamente preocupante. Creo haber sorteado la prueba con cierta altura, pues debí comer —y lo hice en algunas ocasiones hasta con placer— platos que hacía mucho no saboreaba (un guiso, por ejemplo) y combinaciones “casi prohibidas” (carbohidratos y proteína animal: puré y pescado, pollo y arroz, etc.). Fui cuidadosa con las raciones de marcha y solo ingerí frutas, barras de cereales y frutos secos; evité los chocolates y el Mantecol. Soy consciente de que en algunas ocasiones esa decisión me significó no contar con azúcar y grasa suficiente. Agrandé las porciones con miedo, pero con la convicción de la necesidad de contar con la energía necesaria para las caminatas. Me hidraté bien y obviamente mi cuerpo acusó el cambio de alimentación, pues el reloj biológico se trastocó. Solo fue eso, pues no hubo aumento de peso.

Las comidas, algunos ejemplos. Domingo, cena: salmón con alcaparras y papines. Lunes, desayuno: tostadas con queso y miel. Lunes, cena: pasta con salsa de atún y flan.  Martes, cena: humitas y tomate, ensalada de frutas. Miércoles, cena: arroz con pollo. Jueves, almuerzo: arroz con tomate, maíz, arvejas, aceitunas y pepinillos. Jueves, cena: verduras salteadas con puré. Viernes, cena: guiso de lentejas. Sábado, cena: cuscús con atún y maíz, papayas en almíbar. Domingo, cena: capeletis de carne con salsa de tomate. Lunes, cena: jurel con puré y duraznos en almíbar. Martes, almuerzo: palmitos con ananá, huevo duro y arroz. Miércoles, cena: cuscús con verduras.