Oro, incienso, mirra y un arcoíris

Este año, mi regalo de Reyes llegó con algunas horas de anticipación, como un guiño a la ansiedad que sentía de niña en la víspera de cada 6 de enero.

En la tardecita del 5, salí a correr. Una tormenta veraniega se había gestado durante todo el día, en la tarde llovió con timidez y cuando paró, bajé a la rambla montevideana. Tomé rumbo sur, hacia la escollera Sarandí y, al regreso, continué hasta el inicio de Punta Carretas. El viento era insistente; de frente oficiaba de pared y de espaldas agobiaba por la humedad que impregnaba todo del ambiente. Durante el trayecto llovió, al principio, con cierta regularidad y luego las gotas se mantuvieron a modo de testimonio, exclusivamente.

Fue una corrida pesada por las condiciones atmosféricas, a pesar de que la temperatura era ideal. Había poca gente en la rambla, aunque la suficiente para no sentir soledad. Me crucé con algún que otro corredor y casi ningún ciclista.

Al regresar, el sol fue guareciéndose entre nubes densas, plomizas, llenas de agua. Cuando casi tocó el río, una luz ambarina lo invadió todo. El color era sorprendente por su originalidad y otorgaba nitidez. El río se tornó oscuro, la ciudad brillaba y las canteras del Parque Rodó adquirieron un profundo tono verde inglés. El ambiente era conmovedor. Sobre la ciudad, además, comenzó a formarse un arcoíris. Modesto al principio, adquirió forma y se completó totalmente. El añil de la esfera inferior era contundente y el rojo del extremo exterior se diluía entre las nubes. Se sostuvo un buen rato y por momentos fue doble.

Lamenté no tener la cámara o, al menos, el celular para captar tal momento. La fotografía era la actividad de todos los que estaban en la rambla, pues concitaba interés y admiración de grandes y chicos. También me apenó no contar con piernas rápidas para ir a buscar la cámara y testimoniar una postal digna de libro objeto. Sabía que no llegaría tiempo y entonces me dediqué a disfrutar plenamente del momento, mientras corría y buscaba adjetivos que dieran cuenta de la luz, las sombras, los colores.

Dejé la rambla con la sensación que aporta la adrenalina del entrenamiento y el alma en gozo ante la belleza natural que otorga un aporte diferente a un acontecimiento cotidiano (siempre corro en la misma zona). Lo sentí como un regalo y se lo atribuí a los Reyes Magos, relato que me conmueve.

La leyenda de los sabios de Oriente es bella y me atrajo desde siempre. Mis memorias de niña se mezclan con la ansiedad de la víspera de Reyes, juegos y anécdotas. En particular, recuerdo una representación teatral en clase de catequesis. Nair, la docente, nos propuso recrear la leyenda de Artaban, el cuarto rey mago.

Tengo imprecisas imágenes de aquel suceso, pero me veo de vestido blanco con pintitas celestes en composé y con un libro entre mis manos, pues oficié de narradora. Hilvanaba escenas de un cuento —publicado en la Selecciones del Reader’s Digest, versión del texto The Other Wise Man de Henry van Dyke— que narra las peripecias de Artabán, el cuarto mago, quien llevaba piedras preciosas para entregar a Jesús. A diferencia de Melchor, Gaspar y Baltazar, Artaban no llegó a tiempo porque en el camino se entretuvo con diversas causas que requirieron de su comprometida acción cristiana.

Para la mayoría, los reyes son tres. Yo tengo mis dudas a partir de la leyenda de Henry van Dyke y, a pesar de las vagas referencias históricas y pocas en las sagradas escrituras, la historia de los sabios de Oriente me sigue cautivando. Cada año, leo algún artículo en busca de datos y de verosimilitud, y me encuentro con algún detalle más que aporta contexto al relato de aquellos magos de Oriente que ofrecieron preciados tesoros al Mesías. Todos los años, celebro que los imaginarios reyes vuelvan a ofrecer oro, incienso y mirra, aunque lo hagan en otros términos. Y a mí, este año, me los dejaron en forma de acoríris.

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