#MuseosEnGranizo: Alejandro Rubbo y el Museo del Carnaval

Publicado en Granizo.uy / 9 de febrero de 2019

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«El Carnaval es un acto efímero y el Museo es la oportunidad de transportarlo al futuro»

Es teatral, tiene magia y atmósfera. Con música y una iluminación segmentada, el guion del Museo del Carnaval es el del mundo de lonja y de madera, y del bombo, del platillo y del redoblante. Los tambores que se escuchan parecen surgir de mismísima calle Isla de Flores en una noche de febrero cuando la fiesta está en su esplendor. Hay una pantalla gigante que aporta imágenes: una mama vieja, dos bailarinas que muestran sus brillos y quiebran caderas sobre tacos muy altos, el público que aplaude, decenas de manos que tocan chicos, repiques y pianos. Hay atmósfera. Hay Carnaval.

Entre disfraces y accesorios, cabezones/cabezudos , un mural de Carlos Páez Vilaró, vitrinas con letras de retiradas y cuplés, y las reproducciones en miniatura de antiguos tablados, el Museo exhibe la fiesta más popular del Uruguay. El libro de visitas da cuenta de expectación y asombro y de la emoción de vivir una expresión de la cultura popular de nuestro país.

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Vocación y visión nacional. Desde sus orígenes (2006), el Museo del Carnaval se planteó el desafío de ser «un centro cultural vinculado a la gente y con proyección barrial». Responde a una política pública municipal de revalorización del Carnaval y tiene por objetivo «mostrar la fiesta popular por excelencia», explica Alejandro Rubbo, el director.

Es un museo montevideano con vocación y visión nacional, gran apertura al interior del país y proyección internacional. «No hay otro museo que esté documentando lo que está sucediendo en el Carnaval del Uruguay», dice Rubbo. Por ello, no solo investigan y muestran el Carnaval de la capital, sino que visitan el interior, comparten las muestras y viven las diferentes fiestas locales. «Cada año, desde hace diez, vamos a Salto durante el Carnaval con una pequeña muestra; también hemos hecho intervenciones artísticas en las cárceles y muestras itinerantes en el exterior».

El guion del museo se plantea desde dos discursos en sectores diferenciados: el salón del traje con una muestra permanente y  la historia del Carnaval «que está fija también, se puede retocar, pero en definitiva es lo que se muestra ahí», explica el director. Además, hay exposiciones temporarias que surgen de las investigaciones que el equipo del Museo lleva a cabo. «Las líneas de investigación son abiertas y se generan en función de exposiciones concretas». Por ejemplo, cuando la murga Curtidores de Hongos cumplió cien años, se realizó una investigación que generó una muestra específica.

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El corazón del Museo. El Centro de Documentación —que «es el corazón del Museo», dice Rubbo— definió la política y el protocolo de acción. En especial, trabajó sobre las adquisiciones. «No todo es musealizable. Por ejemplo, si la indumentaria no es trascendente, no podemos recibirla porque no tenemos lugar suficiente». La conservación del material del Museo del Carnaval también aporta un importante grado de dificultad, puesto que el material —diverso y usado—  es difícil de conservar y requiere múltiples tratamientos. Tal es la complejidad que, en este momento, la Dirección se ocupa de mejorar las condiciones generales de conservación del material.

La extensión del Museo del Carnaval es esencial, pues así surgió la entidad. «A mí me llamaron para el relacionamiento con la comunidad», explica Rubbo. «Recorrimos los tablados populares que hoy conforman una Red de Escenarios Populares, hicimos un informe y detectamos que había que vincular a esas personas con el Museo, sin descuidar otros objetivos, los clásicos del Museo».

Las maquetas de los tablados que se exhiben en el sector de la historia del Carnaval surgieron de ese vínculo. Rescatar la decoración de los escenarios, una de las tradiciones perdidas de los tablados, nació del trabajo con las comunidades y los referentes. «Los decorados contaban algo, narraban un hecho, realizaban un homenaje o reivindicaban una situación en particular. Desde la gestión pudimos rescatar esa tradición para mostrarla y para volver a realizarla», dice Rubbo. Ese programa cumple diez años; comenzó con pocos tablados y se fueron sumando más. «Somos facilitadores, no nos encargamos del arte, son los vecinos los que se encargan. Sentimos que la tradición se ha rescatado porque los espectadores están deseosos de ver los escenarios».

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Desde el puerto al mundo. En el puerto de Montevideo, en un casco histórico acorde a la temática, el Museo del Carnaval «es una puerta de entrada al espíritu del Uruguay». El local funcionaba primero como barracas linderas al Mercado del Puerto y tiempo después como talleres y estacionamiento de la Administración Nacional de Puertos, que está enfrente. En 2005 comenzó el proceso de cesión y transformación para alojar el testimonio de la manifestación de cultura popular más grande del Uruguay.

Los escolares y los liceales son los públicos que más visitan el Museo. Desde el Área Educativa —a cargo de un equipo de docentes— se trabaja en un programa que integra propuestas temáticas sobre el Carnaval en general, con especial énfasis en los temas de alcance curricular. También hay turistas, de todo el mundo y en especial de la región, que todos los días se asombran y aprenden sobre murgas, parodistas y lubolos. «Los turistas se sorprenden ante la belleza del vestuario, en particular», dice el director. Estiman recibir cincuenta mil personas por año. El Día del Patrimonio los visitan siete mil y en la Noche de los Museos también reciben un número significativo de visitantes pues generan «un intenso programa de actividades».

Un equipo pequeño con gran proyección. Diez personas trabajan en el Museo del Carnaval, «todos multifunción, multidisciplinarios y carnavaleros, ¡los que no lo eran, ya lo son!,» dice Rubbo con beneplácito. «Van a los tablados, hablan de Carnaval constantemente y cuando salen los fallos, es el tema del momento».

Entre todos definen acciones porque la de Rubbo es una gestión horizontal y participativa. Tiene varios proyectos que explica con verborragia y convicción. En particular, destaca la necesidad de rescatar las tradiciones del Carnaval popular, documentar a los mascaritos y la celebración con la que se despide al dios Momo: el «entierro del Carnaval».  También dice que «se ha hablado de otros museos en el interior, pero por ahora no ha surgido ninguno» y, entonces, son ellos los que ocupan ese lugar: el de rescatar y mostrar. En relación con cuestiones más técnicas, dice que necesitan cambiar las luces y que la próxima exposición ya se realizará con luminaria led. «Así, iremos cambiando de a poco, es importante que lo hagamos», enfatiza.

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Estrategias para la implicación emocional y accesibilidad universal. En general, las colecciones del Museo del Carnaval «están pensadas para mirar sin tocar, por el impacto que cada huella deja sobre el material», aclara Rubbo. La accesibilidad universal es una de sus preocupaciones. Para el director, el tema «está en el debe, y es parte de la proyección del Museo».

Rubbo explica que «el Carnaval, en general, es un acto efímero porque los trajes se hacen para un año y se tiran. Entonces, el Museo es la oportunidad de aportar al legado, de transportar el Carnaval al futuro». Para ello, «buscan musealizar la esencia» y procuran hacerlo «de forma inmaculada y con una política de apertura a todos los públicos». Tanto es así que han desarrollado acceso en línea y gratuito a los recursos del Centro de Documentación. En el repertorio, muy rico, se puede buscar por título, autor y temas en las siguientes categorías: humoristas, murga, parodistas, revista, sociedad de negros y lubolos, tablados y otros.

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Alejandro Rubbo: «Me hice murguero y cómo no serlo»

Alejandro Rubbo, el director del Museo del Carnaval, nació en un hogar abierto al arte y al deporte. Dice que, aunque de chico le gustaron ambos, su inclinación por las actividades culturales fue temprana. Cantó en el coro del liceo y también hizo teatro en las épocas de la adolescencia. Tiempo después, sin ser «muy carnavelero», integró la murga La mal papeada.

En tiempos de dictadura, fue parte del grupo que creó el conocido festival de canto popular en La Paz, en Canelones. Antes de terminar el Festival e incluso unos años después, ese grupo también gestionó tablados. Así, fue haciéndose murguero «¡y cómo no serlo!», confiesa con orgullo.  Dice Rubbo que con el Festival de La Paz logró «conectarse cien por ciento con la cultura desde una manifestación real de rebeldía. El Festival tenía un formato original que incluía artistas del interior y de la capital, los nuevos y los viejos. «Inventamos algo, lo autogestionamos y fue un éxito. Éramos chiquilines y aprendimos a llevar adelante un evento de esa naturaleza». Así, le que tomó el pulso a la gestión cultural y nunca más se alejó.

Desde La Paz, su ciudad, de la que se siente orgulloso, trabaja incansablemente en la gestión cultural.  Con elocuencia, simpatía y siempre atento a los detalles, Rubbo explica cuestiones del Carnaval, de las murgas, del Festival de La Paz. Dice que le gusta el deporte —el fútbol en particular—, la música, la lectura. Le interesan todos los museos y, por supuesto, que visita los pocos que hay sobre el Carnaval.

Su trayectoria en el ámbito de la gestión cultural tiene diversas manifestaciones y un largo vínculo con la esfera privada. Dice que le gusta el trabajo, en especial, por la plasticidad y los múltiples enfoques, porque «el gestor cultural hace de todo». Rubbo fue, por muchos años, productor del guitarrista y compositor Numa Moraes quien celebra, en 2018, cincuenta años de carrera en la que el director del Museo ha tenido mucho que ver.

Además, ha colaborado con la publicación periódica El Oriental (Canelones) y en la actualidad escribe un libro sobre la experiencia del Festival de La Paz. Además, cursa la Tecnicatura en Museología de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (Universidad de la República). Se anotó cuando comenzó la carrera en 2011 con un gran interés y preocupación por su formación. Tiene aprobadas las asignaturas técnico-profesionales y «todos los informes, de cada una de las asignaturas cursadas —incluida la pasantía— fueron sobre el Carnaval. El Carnaval en la Colonia, las murgas en la Dictadura, por ejemplo», explica.

Está vinculado al Museo desde su creación en 2006 —comenzó como encargado del relacionamiento con la comunidad—  y actualmente es el director. En diciembre pasado se fue la directora anterior (Graciela Michelini) y él quedó como responsable. «Tengo el museo a mi cargo, somos diez en total», aclara. «Trabajo con un equipo de Dirección con áreas específicas. Tenemos una reunión mensual con todos los empleados en la que cada uno opina». De esta manera, se logra que todos estén motivados y que «el intercambio enriquezca al equipo de Dirección», aclara. La gestión de Rubbo «es abierta, horizontal y democrática porque el Museo se sostiene con el trabajo de cada uno. Cada uno juega un rol fundamental». Para ello, el director pone especial interés en la comunicación interna. Se ocupa de que  cada uno de los integrantes del Museo reciba las novedades institucionales cada quince días y agrega: «Involucrar a todo el equipo es parte de la buena gestión. Vivimos un momento glorioso del Carnaval con el Carnaval de las promesas, Murga Joven y candombe en todo el país. Hay una explosión nacional y nosotros tenemos que responder con compromiso».

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●●●Qué ver en el Museo del Carnaval
En el Museo del Carnaval, único en su temática en el Uruguay, están los últimos cabezudos que se usaron en el Carnaval de Montevideo. Hay una cautivadora colección de maquetas de los escenarios de los tablados populares de Montevideo. Está el bombo de Tito Pastrana —una pieza entregada en comodato—, la famosa gargantilla de Rosa Luna, la radio que escuchaba Marta Gularte, el saco de Eduardo «Pitufo Lombardo» cuando fue figura de oro en 2017 y una gran colección de trajes y accesorios con su ficha técnica.

A través de muestras estables, temporales, itinerantes y virtuales, el Museo del Carnaval es «una puerta de entrada al espíritu del Carnaval».

El Museo tiene, además una activa sala de espectáculos con una agenda que trasciende la temática del Carnaval. La programación de la Sala del Museo se compromete con la música nacional, en primer término, pero también con manifestaciones extranjeras. Además, el Museo cuenta con su propio tablado desde 2010. El escenario, elegido por los turistas, es al aire libre para «disfrutar de espectáculos de Carnaval con la comodidad de un área techada, pantalla gigante, plaza de comidas y entrada por el propio Museo».

●●Dónde está el museo
Rambla 25 de Agosto de 1825, esquina Maciel (Ciudad Vieja).

●●Web y redes
«La mejora de la comunicación es parte de la proyección del año», dice el director quien demuestra especial interés en la temática. La comunicación interna es la base de su gestión y la externa, con escaso personal, se desarrolla a través de una página web muy dinámica y atractiva, cuentas de Facebook, Twitter y YouTube.

●●Público/Privado/Costo
El Museo del Carnaval es, desde 2008, la primera entidad institucional cultural administrada bajo la figura del fideicomiso conformado por diversas entidades: la Intendencia Municipal de Montevideo, el Ministerio de Turismo, el Ministerio de Educación (MEC) y Cultura y la Administración Nacional de Puertos (que, en la última Rendición de Cuentas, cedió el local al MEC). Los trabajadores del Museo son empleados del fideicomiso, solo hay un municipal, explica Rubbo.

El Museo del Carnaval maneja diversas tarifas y descuentos con la tarjeta del Banco República. Los precios, horarios y días libres se pueden consultar en la página web.

●●La tienda y la cafetería del Museo del Carnaval
El Museo del Carnaval no tiene su propia cafetería pero está ubicado en una zona con diversas opciones gastronómicas. La tienda ha sido una de las preocupaciones desde la Dirección anterior y han desarrollado una interesante boutique con una rica propuesta en audio y libros sobre el Carnaval. También venden remeras, algunas artesanías y souvenirs, y los tiques de los cruceros y para el palco para el Desfile de las Llamadas (en febrero).

●●Estacionamiento para bicicletas
El Museo no cuenta con estacionamiento para bicicletas pero sí con buena voluntad y visión de servicio. «Es una zona de influencia turística y estamos preparados para recibir ciclistas», dice Rubbo. De esta manera, las bicis quedan a resguardo mientras se realiza la visita al Museo.

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Museo Torres García: ver lo que ya no se puede ver

Artículo publicado en www.granizo.uy / 1 de febrero de 2019

En Tiempo de Mirar, el Museo Torres García exhibe, virtualmente, las obras de Joaquín Torres García quemadas en el incendio del Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro hace cuarenta años. Las 71 obras perdidas —con los imponentes siete murales del Hospital Saint Bois— están reunidas, una vez más, en una muestra ineludible que da cuenta del patrimonio cultural inmaterial de nuestro país.

Ausencias en exhibición

En el cuarto piso del Museo Torres García (MTG) [http://granizo.uy/en-accion/todo-lo-de-torres-vende-entrevista-a-alejandro-diaz-director-del-museo-torres-garcia/] —Sarandí 683— proliferan puntos negros en lugar de obras. Además, hay dos murales parcialmente reconstruidos, restos de otras piezas, material de archivo y muchísimas notas de prensa. El ambiente es severo, escueto, algo rígido y enigmático.

Los vestigios de Pax in Lucen, un excepcional mural que tenía algo más de cuatro metros de largo, marcan el acento de la muestra, hablan e interpelan. Algunos de los fragmentos de ese mural parecen marcas de fuego, por otros se cuela luz, brillo y vida y, en el extremo superior derecho, brota la firma del autor. En las paredes, los puntos negros, inertes, esperan ser revelados a través de la realidad aumentada. Con un teléfono inteligente, tableta o lentes especiales se transforman en un cuadro o en un objeto. De esta manera, en paredes blancas y sin el cobijo de otros símbolos, la exposición Tiempo de Mirar muestra, virtualmente, las 71 obras que se quemaron en Río de Janeiro hace cuarenta años, en el mayor siniestro cultural de nuestro país.

La puesta en escena impacta y el uso de la tecnología es oportuno. Nicolás Restelli aportó la poética de la ausencia a través del uso de la realidad aumentada. El montaje estuvo a cargo de Gustavo Serra y Federico Méndez y el equipo se completó con María Eugenia Pérez Burger, Elena O´Neill y Alejandro Díaz como curador y director del MTG. El resultado es una exposición que conmueve. Tiempo de Mirar genera rabia, impotencia, tristeza, desazón y, también, ganas de mirar más y de saber más. Es, como toda la historia que hay detrás, ironía y contrastes, y una oportunidad inapelable para ver lo que ya no se puede ver.

Trapos quemados

«Esta historia comenzó en 1974 con una serie de homenajes a [Joaquín] Torres García a cien años de su nacimiento», explica Díaz. Entre las celebraciones, se realizó una exposición en el Museo de Artes de Artes Plásticas —actual Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV)— que reunía «la crema de la obra constructiva que había en el Uruguay en ese momento. Era lo mejor y lo más importante». Parte de esa muestra viajó después a Buenos Aires y algunas de esas obras también viajaron a París.

La exhibición que se montó en París en junio de 1975 quedó tres años en los depósitos del Musèe d’Art Moderne a la espera de una itinerancia que no se logró concretar. En el retorno pasó por Río de Janeiro porque el Museo de Arte Moderno (MAM) de esa ciudad se hizo cargo del traslado. El acervo era del Estado uruguayo (del Museo de Artes Plásticas y los murales, que habían sido retirados del Hospital Saint Bois, pertenecían al Ministerio de Salud Pública), de la familia del pintor, de la Fundación Torres García y de amigos que prestaron sus obras. «Hacía tres años que los propietarios, el Estado y los particulares, no tenían novedades de esas obras. Era plena dictadura, era difícil reclamarle al Estado en esas circunstancias. Y, después, el Museo de Arte Moderno de Río se incendió y se quemó todo su acervo y toda esa muestra de Torres García».

Unos pocos restos volvieron y quedaron archivados en el Museo de Artes Plásticas. Ángel Kalenberg era el director y curador de aquella muestra y, en torno al polémico tema, dijo a La Diaria en una entrevista en noviembre de 2018: «Las cajas las recibí yo y las dejé en el museo. Lo que entró lo registramos todo. Está en el inventario. Qué pasó después, no sé». En 2007, Jacqueline Lacasa, la directora del ya MNAV, halló una caja cerrada en uno de los depósitos. Cuando la abrió, se encontró con las obras quemadas de Joaquín Torres García y de inmediato llamó al MTG. «Nosotros estábamos organizando una muestra de juguetes y nos estábamos yendo a Buenos Aires. Dejamos todo lo que estábamos haciendo. Fuimos Jimena [Perera Díaz, quien era la directora en ese entonces] y yo. Todo estaba en malas condiciones, obviamente. Los murales eran como trapos doblados. Estábamos con mascarillas porque había hongos que provocaban alergias, al estilo de las tumbas egipcias. Las obras de arte tienen esa cualidad de ser materia espiritualizada y verlas en ese estado, a medio quemar, fue muy fuerte, muy emotivo».

La peor pérdida de patrimonio cultural del Uruguay

«Los restos de esas obras quemadas son patrimonio del país y también las obras destruidas de las que hay fotos y registros», comenta el director del Museo. «Y la historia de lo que sucedió es, también, patrimonio nacional. Además, consideramos que era una buena oportunidad para hablar de Torres [García], del arte, de la pintura y de que hay que cuidar los acervos culturales». Contar y mostrar la historia es uno de los objetivos de la muestra, sin buscar culpables ni hacer hincapié en la catástrofe, aclara Díaz. «Aunque la catástrofe es parte de lo que sucedió y tampoco la podemos esconder. Es la peor pérdida de patrimonio cultural y artístico de nuestra historia y me perturbaba la cantidad de gente que no sabe de un hecho de tanta trascendencia».

Entonces, a través de Tiempo de Mirar, el MTG exhibe una investigación que reúne el patrimonio inmaterial de la obra del artista perdida en el incendio del Museo de Arte Moderno en 1974. La muestra «se desprende de un proyecto anterior que busca la reproducción facsimilar de los siete murales», agrega Díaz. Los murales habían sido pintados por Torres García sobre los muros del Hospital Saint Bois [en 1944] y habían sido retirados, con un gran esfuerzo económico [entre 1970 y 1974], pues estaban en mal estado. No fue un capricho, fue una angustia. Los murales estaban llenos de hongos, habían sido muy maltratados y después se quemaron», comenta Díaz.

La reconstrucción facsimilar es una iniciativa de largo aliento que tiene un sustento afectivo-familiar, según explica Díaz, pero que está fundamentada en el arte de Torres García. «En el arte anónimo la mano de cada pintor no se nota y los murales están hechos en ese código plástico que deja de lado lo personal de cada artista», fundamenta el director del MTG. «Entonces, entendemos que es pertinente su reproducción facsimilar porque hay una idea y una manera de hacer que va más allá de la mano del pintor. El gran desafío es hacer muy bien esas reproducciones».

Una oportunidad ineludible

Tiempo de Mirar se inauguró el 29 de noviembre de 2018. Ese día y durante la Noche de los Museos —8 de diciembre—, el público del MTG se multiplicó significativamente. A partir de ese momento, las visitas son constantes con jóvenes y adultos que miran los cuadros de una forma diferente. Se encuentran con restos de murales y de pinturas y con un conjunto de puntos negros estrictos y sobrios. Buscan a través de la tecnología y descubren lo mejor de la creación constructiva de Torres García, un artista que «quería dejar algo más que la obra o que enseñar a pintar, quería formar la conciencia artística». «La muestra ha generado interés porque la historia, la parte trágica y los restos son una presencia muy fuerte. El uso de la tecnología, en este caso, es muy pertinente. No fue un capricho, fue necesario y estamos muy contentos con las repercusiones», sintetiza Díaz.

Esta muestra nace de circunstancias que la hacen única y, además, Tiempo de Mirar tiene todo: investigación museográfica, tecnología, una historia trágica y a Joaquín Torres García, uno de los artistas más importantes del Uruguay. Tiempo de Mirar reúne lo que ya no se puede reunir y es la oportunidad para conocer el patrimonio constructivista de nuestro país. Hay Tiempo de Mirar hasta fines de marzo en el MTG, para dejarse conmover y sorprender.

Tiempo de Mirar en el Museo Torres García: desde diciembre 2018 a marzo de 2019 
Sarandí 683 
Web / Instagram / Facebook


Fuentes

Alejandro Díaz. Entrevista personal, 18 de diciembre de 2018.

La Red21. (s.f.). Claros y oscuros de días patrimoniales. Enero 2018, de La Red 21 Sitio web: http://www.lr21.com.uy/cultura/278535-claros-y-oscuros-de-dias-patrimoniales

José Gabriel Lagos. (2018). De quemado a virtual: las obras de Torres García destruidas hace 40 años reviven gracias a una muestra de realidad aumentada. Enero 2018, de La Diaria Sitio web: https://ladiaria.com.uy/articulo/2018/11/de-quemado-a-virtual-las-obras-de-torres-garcia-destruidas-hace-40-anos-reviven-gracias-a-una-muestra-de-realidad-aumentada/

[Fotografías Museo Torres García]


#MuseosEnGranizo: Gustavo Ferrari y el MuHAr

ferrari

Nota publicada en Granizo / 29 de octubre de 2018 / Fotografías: Fátima Costa

Esoeris: la estrella del Museo de Historia del Arte

Una momia y mucho más. En el Museo de Historia del Arte (MuHAr) hay una momia. Es Esoeris (o Eso Eris, Gran Isis, Aset Weret), una sacerdotisa egipcia. Es la única momia que hay en el Uruguay que fue adquirida, a título personal, por un compatriota —el Ing. Luis A. Viglione— en El Cairo en 1889. Un año más tarde, Viglione donó la momia al Museo Nacional de Historia Natural de Montevideo. Desde el 2000, forma parte del acervo del MuHAr y de la mayor colección de arqueología egipcia de nuestro país. Esoeris es la más visitada, «es la estrella del Museo», explica Gustavo Ferrari Seigal, el director del museo.

El MuHAr —ubicado en Ejido y 18 de Julio, en una de las esquinas de la sede central de la Intendencia Municipal de Montevideo (IM)—, depende del Departamento de Cultura de la IM. Además de Esoeris, hay varios miles de objetos más. El MuHAr fue fundado en 1971, aunque la colección que lo originó comenzó a formarse en los años 50, y su objetivo es abarcar la producción estética del ser humano a lo largo de la historia.

El principal acervo del MuHAr se originó a instancia de su creador, el Arq. Fernando García Esteban, profesor de Historia del Arte. «Él fue encomendado, incluso en misiones oficiales, para adquirir piezas para lo que en aquel momento era el Consejo Departamental de Montevideo, hoy Intendencia de Montevideo», explica Ferrari. Además de objetos seleccionados por García Esteban, el primer núcleo del MuHAr se constituyó con réplicas del Museo Nacional de Bellas Artes (actual Museo Nacional de Artes Visuales, MNAV) y calcos de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República, «que responden a una época en la que se estudiaba a través de los calcos, con el dibujo directo, muy centrado en lo europeo», dice Ferrari.

Hoy el Museo sigue, con gran dificultad, adquiriendo piezas. El director explica que en su gestión —como coordinador primero y como director después— se han realizado compras directas a través de subastas públicas, «en algunas períodos con mayor apoyo, obviamente, por razones económicas o administrativas».

Fotografías: Fátima Costa

Originales y réplicas con fines didácticos. El propósito del MuHAr es explicar la historia del arte. «Somos un museo didáctico y por eso tenemos originales y muchas réplicas. No somos un museo de Bellas Artes, sino un museo que reúne y divulga la producción estética humana en sus más variadas culturas y épocas», explica Ferrari.

El museo tiene casi tres mil metros cuadrados distribuidos en cuatro niveles. En el segundo subsuelo se exhibe el arte precolombino y hay una sala dedicada al arte africano. Un piso más arriba, en el primer subsuelo, se despliega la colección de calcos desde la Prehistoria a Roma y en la planta baja están la galería para exhibiciones —sobre la calle Ejido -, la cafetería, la recepción y una sala polivalente. El primer piso alberga la principal biblioteca de arte del Uruguay, el sector administrativo y una sala de docentes.

La colección del museo, que responde al guion museográfico planteado por el actual director, se muestra por áreas geográficas en recorridos históricos. «Hay algunos saltos —explica Ferrari―. Es que algunas piezas emblemáticas, por su envergadura, están dispuestas de otra manera para poder disfrutarlas».

Además de la colección permanente, que tiene gran diversidad de piezas, hay muestras transitorias del acervo del museo más otras itinerantes. La selección está a cargo del director y, si son externas, tienen curadoría propia. La temática siempre es la historia del arte. «Las salas no se abren para exhibir obras puntuales, salvo que se vinculen con la historia del arte en general o estén en diálogo con el museo», aclara Ferrari.

El MuHAr tiene, en la actualidad, un equipo docente menguado. «Antes había cuatro docentes; hoy quedan dos. El mínimo necesario, por horarios y por las peculiaridades de la colección, es de cuatro», dice el director. El área didáctica del MuHAr tiene, a juicio de Ferrari, un impacto menor que el deseado. «Ser una institución pública —explica— nos da ventajas. No tenemos que pensar en generar proventos, pero el presupuesto es acotado y es mucho menor del que quisiéramos». Con los dos docentes y con Ferrari, que muchas veces oficia de guía, el Museo recibe un número importante de visitantes: público en general, turistas y, principalmente, liceales y escolares.] Para Ferrari, el enlace que establecen con los jóvenes es motivo de orgullo. «No son el gran público en los museos, llegan obligados por la clase pero se interesan por la temática. Les resulta atractiva la puesta en escena de la colección, y logramos enganchar a la mayoría. Hay feeling y así lo dicen».

Fotografías: Fátima Costa

Diversos objetos, diversos problemas, diversos encares. La función de conservación del Museo de Historia del Arte es compleja debido a los distintos materiales que conforman la colección. La pregunta ineludible es acerca de la conservación de Esoeris. Y, al respecto, el director señala: «La momia, manteniendo las condiciones que tiene de temperatura y humedad —esta última es fundamental― no presenta problemas. Los egipcios hicieron un muy buen trabajo, así que la cuestión es continuar ese trabajo».

En la colección del MuHAr conviven los más diversos objetos y, por lo tanto, diversos problemas técnicos. En palabras de Ferrari: «Tenemos un Taller de Restauración, pero no contamos con restaurador. Sí tenemos una conservadora textil, a través de un contrato. Hay poca cosa de pintura y tenemos algo para restaurar ahora; no contamos con el presupuesto para ello y debemos contratar a un restaurador externo».

En el MuHAr se desarrollan líneas propias de investigación, con mucho interés y compromiso, pero poco presupuesto. «Egiptología, a través de un conservador honorario. Además hay una curadora honoraria, que trabaja desde hace muchos años, en el sector asiático. Ambos casos fueron resolución del Intendente —agrega Ferrari―. En el sector precolombino, el más numeroso en originales, no hay un curador y es importante para conservar e investigar. Son más de 800 piezas».

Accesibilidad y estrategias para la implicación emocional. El guion museográfico está pensado para contemplar las piezas expuestas. El material original se exhibe en vitrinas, mayormente, y las réplicas están expuestas al público. «Cuando se tocan, se dañan», explica el director. «En el mejor de los casos, con la mano abierta se transfiere grasitud. Los daños, con la uña o un anillo, pueden ser incluso mayores».

El Museo no cuenta con audioguías, por ahora. «Están faltando y la cuestión presupuestal incide, obviamente». Sí tiene ascensor, fundamental en el proyecto museístico de Ferrari que comenzó a implementarse en los años 90. «La obra del ascensor, que cosía los cuatro pisos, se hizo con el Museo funcionando. Implicó demolición, se encamisaron los cuatro pisos y se trabajaba en una zona de obra mientras el resto era un museo en funcionamiento. No es algo habitual y lidiamos con eso».

Fotografías: Fátima Costa

Gustavo Ferrari: “El mundo de los museos es parte de mi vida. (…) Cuesta estar a cargo de todo”

La charla con Gustavo Ferrari Seigal, director del Museo de Historia del Arte (MuHAr), fue corta, pero rica en contenido. Ferrari habla rápido y claro, es conciso, da respuestas breves y concretas. No suele abrir paréntesis, salvo que la cuestión amerite una larga explicación. Es menudo y enérgico, atento y diligente.

Al comienzo de la entrevista, aclara que no es arquitecto recibido. Lo hace como muestra de su honestidad intelectual y agrega que tiene toda la carrera terminada, pero no entregó la carpeta final. Además, fue docente en la Facultad de Arquitectura (Universidad de la República) de la asignatura Expresión Gráfica y también trabajó en Composición Arquitectónica del Taller López Perdomo. En el ámbito en el que desarrolla su labor, se formó en la tecnicatura en gestión cultural en el Centro Latinoamericano de Economía, «ni bien se abrió la carrera».

Es director del MuHAr desde hace seis años, aunque aún es interino. Está vinculado a la gestión del Museo desde 1991. Trabajó junto al arquitecto responsable de la obra y estuvo a cargo del guión museográfico del actual Museo. «En el 91 el museo estaba desmontado y en obras. El guion curatorial era definitorio y me empecé a interiorizar en el acervo, en los depósitos, catálogos y fichas. Armé un guion básico y el ajuste del edificio se hizo en función de ese guion. Al año, me hice una oficina, en un pequeño rincón abajo para estar al lado de la obra». Palpitó su crecimiento, vivió las decisiones, sintió el polvo y respiró el aire de la remodelación. Ha sido coordinador de montaje, coordinador general después, conservador (por llamado y concurso de oposición y mérito) y luego director interino hasta el momento. Está próximo a retirarse y dice que, una vez jubilado, seguirá vinculado al mundo de los museos porque esa es su vida.

Su oficina está en el primer subsuelo del MuHAr. Sin vista a la calle, se despliega el escenario de su trabajo cotidiano entre numerosos estantes y mesas repletas de carpetas, papeles y hojas. «Siempre soy director del Museo, trabajo diez horas mínimas de lunes a viernes», agrega. Y explica que, al no contar con personal técnico, el trabajo se recarga en él. «Me encargo del Facebook, de la página web, también de cuestiones de investigación, del relacionamiento con los curadores honorarios o externos y de la carga administrativa. Por suerte hay una jefa administrativa, muy buena, que me alivia el trabajo. Es cambiar el chip continuamente. Cuesta estar a cargo de todo».

Muchas veces, también oficia de guía. Lo hace cuando quienes están a cargo no pueden, a pesar de la enorme cantidad de tareas de las que se encarga. Sus conocimientos le permiten cubrir los dos niveles del Museo: arte precolombino e historia del arte. Además de gestionar los recursos del MuHAr, tiene «el orgullo» de haber puesto en escena la vasta colección de objetos de una manera visualmente «agradable y cálida».

Ferrari confiesa, como tantos otros en su mismo rol, que les es muy difícil dejar de ser director del MuHAr cuando no está en el Museo. «Continuamente estoy pensando en beneficiar al Museo. Cuando voy a otro, me fijo en una fotografía, en una experiencia o en un contacto para el MuHAr». Más allá del cometido y su compromiso con la función, el arte lo interpela, como al resto de sus colegas: «Sí logro abstraerme, en un momento, y disfrutar del arte. Soy muy sensible a las manifestaciones etnográficas que aportan datos más íntimos, más cercanos, más cálidos. Ese el tipo de museos que me llega más».

Fotografías: Fátima Costa

●●●Qué ver en el Museo de Historia del Arte
En el Museo de Historia del Arte hay, aproximadamente, dos mil piezas. En palabras de Gustavo Ferrari, «visitar el MuHAr puede ser una experiencia muy removedora, para cualquiera, tanto para el amante del arte como para el neófito». Para este último, habrá interesantes objetos y «el amante del arte, que sabe apreciar la calidad de los originales y de las copias, podrá disfrutar de un breve recorrido con piezas que están dispersas en otros».

Además de la momia Esoeris, que es la estrella del MuHAr, el Museo exhibe «otras piezas importantes. Dentro de cada una de las categorías, hay algo para ver. La colección precolombina es la más importante en exhibición en el Uruguay, también»

●●Dónde está el museo
Ejido 1326, Centro

●●Web y redes
Con poco personal —en la actualidad trabajan diecinueve personas, mientras que llegaron a treinta en su mejor momento―, el director del MuHAr también se encarga de la comunicación y de las redes. El Museo tiene página web y cuenta de Facebook, herramientas de difusión que se actualizan con asiduidad.

●●Público/Privado/Costo
Museo público con entrada libre y gratuita. Consultar horarios y días libres en la web del Museo.

●●La tienda y la cafetería del MuHAr
El MuHAr tiene cafetería a cargo de la concesionaria que brinda los servicios de la Intendencia Municipal de Montevideo. Aún no tiene tienda; está prevista en el proyecto, pero no ha podido concretarse por cuestiones presupuestales.

●●Estacionamiento para bicicletas
Si bien el MuHAr no cuenta con estacionamiento específico para bicicletas, hay buena disposición e interés en la cuestión. «Aunque no es la constante; en el Centro hay pocos ciclistas y los turistas, en general, llegan caminando», explicó Ferrari.

#MuseosEnGranizo: Pablo Thiago Rocca en el Museo Figari

Publicado en Granizo / 15 de setiembre de 2018

Fotografías: Cecilia Sierra

“Disfrutar la epifanía ante el hecho artístico”. Entrevista a Pablo Thiago Rocca, director del Museo Figari

Los Figari: Pedro y Juan Carlos. El Museo Figari pone en escena a Pedro Figari y a Juan Carlos Figari Castro, hijo del reconocido pintor. Pedro Figari (1861-1938) es uno de los artistas que integra la iconografía nacional. Fue abogado, escritor, periodista, político y también director interino de la Escuela Nacional de Artes y Oficios.  En 1918, renunció a este cargo y se dedicó a pintar. Juan Carlos, su hijo, (1893-1927) «que era arquitecto, también pintó de muy jovencito con su padre y lo acompañó en importantes emprendimientos, por ejemplo en la reforma de la Escuela de Artes y Oficios, hace cien años», explica Pablo Thiago Rocca, director del Museo.

«Desde que comienzan a pintar, salen juntos y entre los dos encuentran el estilo que ahora está plenamente identificado con Pedro —relata Rocca—. En general, la crítica ha considerado que el hijo había sido un imitador del padre. En cambio, juntos encuentran el estilo característico y juntos hacen su primera exposición en Buenos Aires, en 1921, en la Galería Müller». En esa muestra «vendieron un solo cuadro de Pedro y entonces Juan Carlos se hace a un lado. No deja de pintar, pero sí de exponer y comienza a ser su mánager, de alguna manera, pues quería que se reconociera la obra de su padre».

La vida de los Figari cambió y en la segunda muestra realizada en Buenos Aires vendieron varias obras y luego surgió la oportunidad de viajar a Europa. Juan Carlos, en su nuevo rol, organizó muestras en París, Luxemburgo y en Londres. En 1923, viajaron ellos dos primero y después el resto de la familia.

Juan Carlos enfermó pronto y falleció muy joven (1927). Fue un gran golpe para Pedro que siempre insistió en el importante rol y en lo buen artista que era su hijo. Por ello, el Museo se llama Figari porque también incluye a Juan Carlos y muestra, a través de pinturas y documentos, la obra de los dos.

«El Museo Figari es el más joven del país», explica Rocca. Cuando se creó, en 2009, no tenía acervo propio, pero contaba con el recurso del préstamo de otras instituciones públicas al ser parte del Ministerio de Educación y Cultura. Así, el Museo Histórico Nacional —que había hecho un acuerdo de cesión con María Elena, la hija mayor de Figari padre— transfirió varias obras. Fue el principal componente de este Museo que abrió sus puertas en 2010. En la colección del Figari además hay dieciséis obras cedidas, por diez años, por el Museo Nacional de Artes Visuales, otras que se sumaron por custodia y algunas, también, por adquisición.

Fotografías: Cecilia Sierra

Pintar la memoria, pintar de memoria. La colección principal, con obras de Pedro Figari, está en la planta baja y no está ordenada cronológicamente porque el pintor rara vez fechó los cuadros. «Una vez conquistado el estilo, no hay diferencias estilísticas que ayuden a distinguir etapas. Hay una etapa formativa sencilla de datar, después hay una segunda etapa y, a partir de 1921, luego de la primera exposición, hasta la fecha de su muerte ya es muy difícil», argumenta Rocca.

La muestra principal del Museo innova periódicamente en función del grado de exposición de las obras. «Cada tanto hacemos una renovación del guion museográfico para destacar una serie. Hacemos pequeños núcleos temáticos y utilizamos también otros criterios. Por ejemplo, una obra que ha estado mucho tiempo en exposición ha tenido una incidencia lumínica mayor y tratamos de cuidarla en ese sentido. Contamos con las herramientas técnicas para medir y tomar las decisiones, porque los aspectos de conservación también juegan».

Figari fue un pintor prolífico y hay muchas obras que están dispersas por el mundo, especialmente en Europa; también cuadros vendidos a particulares ―en Argentina, por ejemplo―. Según menciona Rocca, se estima que Figari pintó, en 15 años, entre 3500 y 4000 cartones. Cómo lo logró es la pregunta ineludible y, entonces, el director explica: «Observando los cuadros y con documentación histórica, se desprende que pintó pocas telas, la inmensa mayoría fue sobre cartón que permite un secado más rápido. No le daba fondo blanco o imprimación, dejaba el cartón crudo para dar unidad tonal, era su técnica, una conquista o hallazgo. Tampoco bocetaba primero y, directamente con el pincel embebido en la paleta, pintaba sobre el cartón. Lo hacía sin mirar un modelo o una fotografía. Tenía una memoria fotográfica. Se había formado para ello».

Figari —según Joseph Vechtas en Estética, arte, pintura— pintó la memoria del Río de la Plata, pues pretendía crear la leyenda. «Pintaba la memoria y lo hacía de memoria», explica Rocca y ejemplifica: «En París y en Buenos Aires pintó sobre danzas que había estudiado mucho y que hacía mucho tiempo que no veía. Pintaba rápido, iban apareciendo las imágenes. Según testimonios, era muy lindo verlo pintar».

A diferencia de Pedro, la colección de obras de Juan Carlos es reducida y en el Museo se muestra reunida en uno de los laterales de la sala principal. Hay armonía y continuidad en los cuadros, hay unidad estética y un estilo indudablemente compartido.

La consolidación del Museo permitió, en 2015, la apertura del primer piso para las colecciones temporarias. Los patios interiores también son espacios destinados a las colecciones ad hoc con curatorías del Museo y externas.  «Hay llamados abiertos para exposiciones de los patios de luz. Son exposiciones para reflexionar sobre la vida y obra de Figari, padre e hijo, con propuestas contemporáneas».

Fotografías: Cecilia Sierra

El Figari multifacético que recibe y viaja. Los Figari, padre e hijo, reciben diversos públicos en el Museo. Los extranjeros suelen visitarlo, mayormente, en verano. Es un público que conoce a Figari y no es menor, explica el director. Los uruguayos, por su parte, sin coordinar la visita previamente, suelen entrar para reconocer y admirar el patrimonio nacional. «Al ser un Museo nuevo, conquistar el público montevideano ha sido difícil. No hemos hecho campañas en la vía pública por falta de recursos. Es un camino lento y hemos progresado significativamente. Tanto que en los días del Patrimonio y en la Noche de los Museos, este Museo también explota en público», comenta el director.

Los escolares —un público atendido por todos los museos— asisten con visitas guiadas planificadas por el Área Educativa. «Nos formamos para dar un servicio acorde», acota Rocca.

Además, el equipo del Figari organiza y coordina muestras itinerantes con fotografías y otros objetos que han recorrido el Uruguay. «Desde el hall de la Terminal de Tres Cruces en una semana de Primavera hasta una escuela rural en Paso Centurión [Cerro Largo]. Llevamos banners con fotografía, documentación y texto. Dejamos de lado el fetiche de la obra única para aproximar el Figari multifacético al público». El objetivo, agrega Rocca, es mostrar todas las dimensiones de una figura exuberante, como la de Pedro Figari, y también la de Juan Carlos, que no es no tan conocido: «Vamos tratando de abrir el abanico para difundir esa complejidad».

Accesibilidad y estrategias para la implicación emocional. La accesibilidad «es un debe importante», explica el director. El gran paso fue la instalación de un ascensor, que el edificio no contaba. En la actualidad, se definen reformas que «no son fáciles porque estamos impedidos de algunas cuestiones, ya que es un edificio patrimonial. Es una contradicción», reflexiona Rocca. Y agrega: «La accesibilidad universal es una meta a la que nos proponemos llegar».

En el Figari hay catálogos impresos y digitales de libre acceso, un material de alto valor simbólico que está a disposición de todo el público. No hay audioguías.

Fotografías: Cecilia Sierra

Pablo Thiago Rocca: «Disfrutar la epifanía ante el hecho artístico»

Pablo Thiago Rocca es licenciado en comunicación, escritor, investigador y crítico de arte. Admira a Pedro Figari, conoce su obra y la explica con el oficio de quien maneja la palabra. Dice que no es un experto en el pintor, pero convive con su obra que lo acompaña sin aburrirlo, porque «eso es lo que logran los grandes».

Aclara que sin formación ni experiencia en la gestión, lo convocaron para dirigir el Museo por sus conocimientos sobre Pedro Figari, en especial sus investigaciones sobre la etapa del artista como director de la Escuela de Artes y Oficios. Rocca no tiene estudios específicos en arte, pero sí tiene un lugar ganado en el concierto nacional como escritor y crítico. «Me fui formando en teoría de la pintura y artes por mi cuenta y con la guía de los grandes profesores de la Universidad de la República que te ponen en contacto con el conocimiento, te indican los libros».

En el Museo Figari, es director artístico y director ejecutivo, dice Rocca. Se encarga de resaltar ambas figuras y agrega que, como son muy pocos —cinco en total—, «el equipo es todo». A la cabeza de un pequeño y comprometido grupo, el director perfila el Figari como un museo de investigación en el que «se registra todo lo que pasa, como una especie de trazabilidad. Eso nos obliga a realizar publicaciones exahustivas de las muestran que se publican luego en la web para descargar gratuitamente», explica.

Como no podía ser de otra manera, a Rocca le gustan los museos y aclara que, en general, se inclina por los monográficos y los pequeños. También le interesan los museos de sitio, las casas de los artistas y lo vivencial. «Prefiero los museos intimistas, los locales, aquellos que son como casi un gabinete de curiosidades». Y recuerda uno en Corrales, en el sur Chile. Lo describe en detalle y cuenta por qué se interesó y por qué, en el catálogo de tantos museos, lo rememora en particular: «Era un museo chiquito con fotos de terremotos hasta frascos con animales raros. Difícil de hilvanar, pero interesante. Ese tipo de museos, muchas veces, carece de guion museográfico».

Con su bagaje de crítico de arte y sus años en la gestión del Museo, frente a una obra de arte predomina el primero. «Porque antes de ser director del Museo ya era crítico. Siempre voy con un cuaderno para tomar apuntes. Todavía hoy colaboro con la prensa y esas notas son los disparadores, por lo general. Como si fuera a realizar la crítica; es un acercamiento metodológico que me permite el disfrute».

Rocca explica que, como espectador y como crítico, aspira al hecho estético, al encuentro con la obra de arte, él con su bagaje y sus circunstancias. Prescinde de las guías y de la información oral para llegar directamente a lo que el artista quiere decir. «Es una comunión. Disfruto de ese estado, de la epifanía que se produce frente al hecho estético. Los museos uruguayos, no tan concurridos como otros, son espacios proclives a ese vínculo», explica.

Entre las artes, Rocca se inclina por las manifestaciones del siglo XX. «Tengo una sensibilidad un poco antigua ya —dice mientras ríe abiertamente—. Me gustan ciertas expresiones del arte contemporáneo, pero las vanguardias históricas me gustan más. Tengo debilidad por el grabado, por ejemplo. Te digo eso pero al mismo tiempo tengo fascinación por la ilustración de textos. Me gusta más ver una pintura que un video, una escultura que una instalación, en líneas generales».

Pablo Thiago Rocca tiene tres hijas, de 17, 13 y 10 años. Vive en Salinas y procura que el Museo no lo absorba cien por ciento. «La voy llevando y creo que lo hago bien. Pero no hay un momento del día en el que no piense en el Museo, a veces me despierto en la madrugada con un problema que a otros le pueda parecer nimio: una lluvia que pueda afectar los desagües, una curaduría. Y están mis otros proyectos también. No los sé… que los demás lo juzguen, los resultados están a la vista».

Los resultados son una activa producción simbólica de diversas manifestaciones. Entre tantas, su blog Arte Otro en Uruguay («un relevamiento de artistas, al margen del canon») y la reciente curaduría de la muestra de Cabrerita para el Museo Nacional de Artes Visuales. El trabajo sobre Cabrerita —quien «no solo estuvo al margen del canon, sino al margen de la sociedad»— fue realizado en febrero de 2018. Rocca narra con detalle la experiencia, disfruta de los vericuetos de cada historia, del vínculo entre los artistas de aquel Uruguay proclive al desarrollo de las artes. Brinda datos, aporta fechas y explica; lo hace con didáctica de docente, con meticulosidad y voz pausada. Disfruta y se nota.

Fotografías: Cecilia Sierra

●●●Qué ver en el Museo Figari
El Museo Figari nuclea pinturas y documentos: cartas, afiches y libros, entre otros. «Todo lo que está relacionado con Pedro y Juan Carlos Figari. En especial con Pedro, que era muy meticuloso y guardó hasta tiques. No tiraba nada», explica el director.

Es un museo joven, monográfico y con intenciones de llegar a ser un reconocido centro cultural. Además de encargarse de preservar obras de carácter histórico de Pedro Figari y de su hijo Juan Carlos, gestiona el Premio Figari que el Banco Central del Uruguay otorga a la trayectoria de los artistas visuales desde 1995.

●●●Dónde está el museo
Juan Carlos Gómez 1427, Ciudad Vieja

●●●Web y redes
Desde la creación, el Figari se ha perfilado como museo de investigación y, por ello, se registran todas las exposiciones con publicaciones exhaustivas de las muestras que se publican en la web institucional para la descarga gratuita. «La comunicación va en ese sentido ―dice el director―. Nos falta, principalmente, el trabajo con los medios. Somos pocos y nos distribuimos».

Además del minucioso trabajo de registro en la web, están en Facebook e Instagram (@museofigari) y también en YouTube con canal propio.

●●●Público/Privado/Costo
Museo público con entrada libre y gratuita. Ver días y horarios de visita en la web.

●●●La tienda y la cafetería del Museo Figari
El museo no tiene cafetería y la tienda se gestiona a través de la Asociación de Amigos. Cuenta con una incipiente colección de souvenirs y se destacan, especialmente, los catálogos y libros editados por el Ministerio de Educación y Cultura para el Museo Figari.

●●●Estacionamiento para bicicletas
El edificio no posee estacionamiento para bicicletas.

#MuseosEnGranizo: “Todo lo de Torres vende”. Alejandro Díaz en el Museo Joaquín Torres García

Publicado en Granizo / 6 de setiembre de 2018

Tres cuerdas para hilar. La colección del Museo Torres García (MTG, fundado en 1953) se nutre de un gran componente: la donación inicial de Manolita Piña, la viuda del pintor. El MTG cuenta con un significativo conjunto de cuadros y, en especial, libros, manuscritos, documentos, cartas. Están prácticamente todos catalogados y algunos en exhibición. «Es un acervo muy importante, el Museo tiene un enorme porcentaje de la producción de Torres», explica Alejandro Díaz, el director. «Es un material muy rico, lindo visualmente, muy mágico, porque Torres diseñaba, dibujaba y encuadernaba sus propios manuscritos».

En pinturas, en el MTG hay préstamos y comodatos de familiares, y cuando se realizan exposiciones puntuales, se solicitan obras a organizaciones o coleccionistas. «Adquirir es casi imposible. Me gustaría realizar cambios o ventas de obras que no son fundamentales para esta colección, pero no son operaciones fáciles de hacer porque pueden malinterpretarse. Todo lo de Torres vende», expresa Díaz.

El director explica que desde el Museo se trabaja con el objetivo de «facilitar una acercamiento a Joaquín Torres García, un artista que es un universo». «Obra, vida y pensamiento de Torres García son tres cuerdas que hay que hilar. Las tejemos todo el tiempo porque se tejen en la vida del maestro. Mi función, como director, es ser un facilitador. No pretendo explicar a Torres, sino dar elementos para que cada uno se pueda hacer una idea. Para eso he leído todo lo que he podido de Torres y sé mucho de su vida».

El MTG desarrolla líneas propias de investigación y realiza exposiciones a partir de esas rutas. Es habitual que las investigaciones se muestren primero en el exterior. «Es cuestión de escala», explica Díaz y aporta un ejemplo: «Ahora estamos en un proyecto con los juguetes, juegos y didáctica, sobre una exposición que hicimos en Brasil en 2015, en la Fundación Mario Da Andrade».

Dice Díaz que, como responsable del Museo, le «interesa trabajar pocas cosas, pero a fondo» y por ello el Departamento de Educación del MTG tiene un rol fundamental. «Hay un público muy importante para nosotros que son los niños, fueron importantes para Torres y son importantes para un museo» —expresa el director con buscado énfasis―. «La idea es que las personas vivan la experiencia de ver un cuadro, no desde el punto de vista intelectual. No te lo voy a explicar, quiero ayudarte a que lo veas y eso se puede lograr mucho mejor con los niños en una actividad de una hora, por ejemplo. En parte porque tienen menos prejuicios y porque tenés al público un buen rato para vivir un proceso. Todo eso se planifica para niños y niñas desde preescolares a liceales. Ahí siento que nos acercamos a lo que queremos comunicar: abrir a la experiencia de sensibilizarse ante obras de arte». En ese marco, desde el MTG proponen visitas dinamizadas para que los escolares «aprendan haciendo» a partir de las líneas artísticas del pintor.

El universo Torres. En el MTG hay tres colecciones, cada una con su lógica: Arte MediterráneoPintura y Hombres Célebres. La primera exhibe bocetos y estudios para pinturas murales. Pintura, según la web del Museo, dirige «la mirada a lo puramente pictórico en la obra de Torres García y [atiende] la producción del artista que, cada tanto se liberaba de la necesidad de ofrecer una visión trascendente del mundo, para simplemente pintar». En el último piso está Hombres Célebres, una exposición temática de retratos, la única serie de cuadros realizados por Torres García.

Además, hay exposiciones itinerantes del pintor y de otros artistas, con variadas curadurías. Entre tantas muestras, Díaz menciona las realizadas con obras de Pablo Picasso (2003), de Joan Miró (2000) y de Eduardo Díaz Yepes (2012); también de otros «artistas actuales, no tan conocidos. Vamos por un perfil de arte visual. El objetivo es abrir la casa, abrir la cancha».

A pesar de todo ello, Díaz confiesa: «Siento que no mostramos a Torres tal como deberíamos. Torres es un universo. Es un universo de vida, de obra y de pensamiento, y no creo que hoy en el Museo podamos mostrar todo eso. Desde hace un tiempo procuro no hacer cosas descolocadas, sino que formen parte de un camino y es un camino largo que incluye una línea editorial. Son varias puntas y tengo una idea macro de cómo mostrar ese universo y me desvela concretarlo».

Plasmar esos «desvelos» tiene dos aristas, uno presupuestal y otro artístico, según Díaz. La reconstrucción de los murales del Hospital Saint Bois ―perdidos en el incendio del Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro (Brasil) en 1978― es un ejemplo. «Era un arte impersonal y colectivo, y porque están hechos dentro de esa teoría e idea podemos pensar en reconstruirlos. Se quemaron, además, setenta cuadros y no se me ocurre repintarlos porque son la huella digital del artista. Es imposible hacerlos de vuelta, es como cantar como Caruso. Pero los murales eran obras constructivas hechas dentro de esa concepción del arte, un arte anónimo en el que importan la concepción y la estructura. Fueron pintados de una forma simple, en un código plástico que podemos reconstruir y aportar valor para dimensionar cómo eran esos murales».

El de los murales es un proyecto que responde a «una búsqueda artística y por eso decidimos que cuando estemos seguro de que vamos a llegar a un resultado, ahí saldremos a buscar espónsores», agrega Díaz.

El regreso a Nueva York. En 2015, el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) presentó la primera muestra retrospectiva de Torres García con dibujos, pinturas, esculturas, publicaciones, cuadernos y otros objetos personales. Para esa muestra, el MTG fue la institución que aportó más piezas y fue un orgullo que el maestro estuviera presente en el Museo, puesto que «en el MoMA es muy difícil que cuaje una exposición. Hay un equipo curatorial de cien personas y Luís Pérez-Oramas, el curador, trabajó diez años para lograrlo», explica Díaz.

Torres García en el MoMA fue un hecho elocuente. «El momento que realmente me emocionó fue cuando vi un cuadro de Torres que yo conocía por fotos. Es una imagen de Nueva York que tiene pegada la hoja membretada de una empresa a la que se había presentado para ofrecer el diseño de sus juguetes. Esa hoja es una carta de rechazo. Ver cómo él utilizó la carta en un cuadro y ver el cuadro colgado en el MoMA me emocionó muchísimo ―dice Díaz―. Me emocioné de verdad. Y te lo cuento y me vuelvo a emocionar. Conozco mucho la historia, hicimos un libro, un catálogo y conozco todo lo que él sufrió y disfrutó durante esos dos años de vida en Nueva York. Torres no encajaba y padeció la ciudad».

El artista había viajado de Barcelona a Nueva York en 1920 y pronto, en 1922, regresó a Europa (Italia, Fiésole). Con la exposición del MoMA, «el maestro regresó» a los Estados Unidos, muchos años después.

Accesibilidad y estrategias simbólicas. El MTG cuenta con rampa y ascensor. No hay audioguías, pero sí hay un cuidado programa de visitas que deben coordinarse con antelación. En ciertas exposiciones, como las de juguetes que incluyen réplicas, se puede interactuar con las obras.

Para mostrar la extensa colección de manuscritos —«que parecen salidos de una escuela de magia»―, desde el Museo se planifica exhibirlos a través de herramientas tecnológicas de visualización. El proceso ya está en marcha y «con un poco de presupuesto lo sacaríamos adelante, pues el trabajo de base está pronto», explica Díaz.

Todas las exposiciones del MTG se acompañan de documentación que se encuentra disponible en su web, son textos en pdf y también hay videos publicados en el canal de YouTube del Museo.

El Museo Torres García tiene sala de teatro, además. La cartelera «apunta a espectáculos con cierto riesgo artístico». Y, al igual que las invitaciones a otros artistas visuales, el «objetivo es abrir la casa, abrir la cancha».

Alejandro Díaz: «Torres es Torres y conviene tenerlo claro»

La oficina del director del Museo Torres García (MTG), Alejandro Díaz,  está en el último piso del edificio. Da a la peatonal Sarandí y en días hábiles el movimiento de trabajadores y turistas se escucha muy cercano. También se oye tango, rock o lo que elija el músico de turno de la calle Sarandí. Es una oficina grande y luminosa con versiones de muebles diseñados por Torres García; tiene una enorme mesa oscura con sillas muy cómodas y hay numerosos libros (de pintura, del y sobre el «maestro»). Además, está «Yepes, no sé si lo conocés», dice Díaz refiriéndose a una estatuilla de mediana estatura e importante valor cultural. Y aprovecha la ocasión para explicar quién fue Eduardo Díaz Yepes y los vínculos con la familia Torres-Piña. «¿Te transformaste en un experto en Torres García?» le pregunto. Responde que sí. Lo dice con convicción, pero sin grandilocuencia.

Alejandro Díaz maneja la ironía y el humor; también el tono, las pausas y el cambio de ritmo. Son recursos que le sirven para que el interlocutor se introduzca en el «universo Torres, que es complejo» porque el «maestro» está siempre presente en la charla, también cuando Díaz habla de sí mismo.

El director del MTG es ingeniero mecánico y tiene tres hijos a los que les gusta ir al Museo, en especial cuando van de visita con la escuela. Qué hace un ingeniero mecánico dirigiendo un museo es la pregunta ineludible. Y, con su respuesta, Díaz invita a la conversación a otro maestro del arte. «Leonardo Da Vinci ―explica con parsimonia― está parado afuera de la Facultad de Ingeniería y yo, equivocadamente, pensé: “a mí me gusta inventar cosas, soy una persona creativa, así que la Ingeniería me va a dar herramientas para crear lo que quiera”. Antes de la mitad de la carrera me di cuenta de que no era tan así. Aunque también hay ingenieros muy creativos, el grueso del trabajo no me resultó atractivo».

A Díaz le gustan el dibujo y en especial la música, y también hizo teatro. Se acercó al MTG en 2002 «para dar una mano», porque hizo un posgrado en dirección de organizaciones —fue director del Correo Uruguayo—. En un principio trabajó gratis y durante un año y medio se dedicó a cuestiones organizativas y de márketing. «Hice un curso de diseño de objetos porque veía mucho potencial en la tienda. Y una de las primeras cosas que me encargué fue de una reforma en la planta baja para dar valor a la tienda. También el mobiliario que tiene ahora. Me fui interiorizando en otras áreas. La primera vez que tuve que escribir un texto sobre Torres me puse a leer y me di cuenta de todo lo que no sabía».

Después fue asesor, director ejecutivo en un período en el que había dos directores y ahora es el responsable del MTG. Estar al frente de un Museo implica recibir a los medios, planificar instancias educativas, «ver por qué no hay agua, cambiar la empresa de seguridad, lidiar con cuestiones organizativas, con las que Torres no se llevaba bien, aunque sí resolvía las cuestiones prácticas materiales. Para las otras, Manolita era fundamental», aporta Díaz en un constante ejercicio de acercar al «maestro».

El director del MTG dice que no vive con Torres García y que trata de «mandarlo para su casa. Torres es Torres y hay que tener cuidado con eso. Hay que discriminar y ser sano». El pintor está presente en todo momento, por su imponente presencia y porque fue un artista total.

Como responsable del museo, su vínculo con Torres García debe «tener un equilibrio, conozco directores que se involucran demasiado. Eso puede llevarte a una mentira, no se trata de hacerle decir a Torres lo que yo quiero que diga. No hay que perder la distancia necesaria. Parte de mi función es escuchar a Torres. Muchas veces me pasa que no lo termino de entender. Para estar a tono con esto tengo que aprender, crecer, mejorar. A veces no llego y me pregunto por qué. ¿Él no lo dijo bien o no me llega en ese momento? Me tomo tiempo, hablo con otros, lo dejo descansar, madurar. Tampoco tengo empacho y no es irreverencia decir cuando no entiendo nada. ¿El problema está en mí o en él? Y resulta que llega un día en el que se juntan muchas de las piezas del puzzle y se van cerrando las ideas. También se abren nuevas… es que él estuvo toda su vida creando».

● Qué ver en el Museo Torres García
Las obras de Torres García son el alma y la razón de ser del Museo, aunque el edificio —que alberga el MTG desde 1991— también concita interés, pues fue el famoso bazar Broqua y Sholberg, una muestra de Art Nouveau montevideano.

En tres plantas con ascensor, en el MTG se despliegan diferentes muestras (permanentes e itinerantes) y en el último piso se destaca la serie Hombres Célebres u Hombres, Héroes y Monstruos. Se trata de la única serie temática de óleos que Torres García realizó entre 1939 y 1946 en respuesta a un período histórico tan significativo. Son hombres universales, las versiones «torresgarcianas» de Cristo, José Pedro Varela, Rabelais, Rafael, entre otros. «La serie fue hecha en la Segunda Guerra Mundial y es uno de los pocos momentos en los que Torres reacciona, como artista, a un hecho del presente. Están todos los cuadros, salvo tres. Faltan los monstruos: Hitler, Stalin y Chamberlain. Quienes conservaron la colección se jugaron por los buenos. Tengo idea de dónde están y tengo interés. Pero de lograrlo, hay que hacer algo informativo muy fuerte y explicar su presencia. Lo tengo en el tintero», explica el director.

El MTG brinda dos tipos de visitas: las comentadas y las dinamizadas; ambas deben coordinarse con antelación. Las primeras, dirigidas a los adultos, proponen un recorrido por el Museo a cargo de un guía o educador quien explica las etapas de la carrera artística de Joaquín Torres García. Las visitas dinamizadas también ofrecen un itinerario que invita a «aprender haciendo» con instancias participativas y lúdicas en las que los asistentes pueden crear, probar, preguntar.

● Dónde está el museo
Peatonal Sarandí 683, Ciudad Vieja

● Web y redes
La web se actualiza permanentemente y «tiene un diseño muy torresgarciano», según describe el director. Y agrega: «Nos preocupamos de que visualmente sea atractiva y amigable. También en las redes sociales cuidamos las fotos y los contenidos». El MTG tiene cuenta en Facebook y en Instagram(@museotorresgarciaoficial) y canal de YouTube.

● Público/Privado/Costo
El MTG es una fundación sin fines de lucro, de gestión autónoma con un convenio con el Ministerio de Educación y Cultura. «Se navega con zozobra. No hay un presupuesto para planificar ampliamente, el flujo de caja es estrecho y los esponsoreos aparecen en proyectos puntuales, pero es un sistema que funciona».

Más información sobre tarifas para visitantes, residentes uruguayos y días de visita con ingreso gratuito.

#MuseosEnGranizo: «El Museo como un lugar de encuentro», Vivian Honigsberg en el Gurvich

Publicado en Granizo / 18 de agosto de 2018

“La gente sale con mucho orgullo del museo, se les hincha el pecho”

Micaela Colman

Todos somos Gurvich. El Museo Gurvich ―«exquisito», en palabras de Vivian Honigsberg, su directora― ofrece «un relato prolijo y cohesivo de la obra del artista». A través de una rica colección de cuadros y otros objetos, se muestra un José Gurvich que refirió a los valores humanos pues «buscó hacer un arte dirigido al centro del pecho del hombre». Para Honigsberg, el maestro es ideal para trabajar con niños porque trata el amor, el compañerismo, la fraternidad, la colaboración. «En la obra de Gurvich también es muy fuerte el concepto de comunidad: el Cerro y los lituanos, el kibutz y las zonas rurales con las que mostró el trabajo los vínculos y las relaciones, la fraternidad. En Nueva York también lo hizo y para ello buscó una familia de uruguayos, artistas e inmigrantes. Él buscaba el grupo y siempre lo mostró en sus obras».

Por otra parte, los materiales que Gurvich usó en sus creaciones son muy atractivos y dan cuentan de un interés en el reciclaje y en la reutilización. En las obras hay hueso, madera, cemento, barro, lienzo, arpillera. «Hay una anécdota de Totó, su esposa. Ella había tendido la mesa y el mantel desapareció. Gurvich lo hizo obra y ese cuadro está en el Museo». Es una pintura (Obra constructiva en arpillera) que genera mucho interés, especialmente en los niños.

«Nosotros somos Gurvich, todos los uruguayos somos Gurvich», explica Honigsberg. «La gente sale con mucho orgullo del Museo, se les hincha el pecho y no es para menos, y por eso desde aquí trabajamos para que su obra se revalorice cada día más», explica con convicción. Lo hacen de diversas maneras, con una fuerte línea de investigación en la que la Fundación José Gurvich apuesta a los vínculos con diversos investigadores. Para ello, buscan obras del artista en diferentes lugares del mundo y se desarrolla un programa educativo para dar a conocer los valores de Gurvich, además de su producción.

El fondo del Museo Gurvich está compuesto por ocho colecciones que pertenecen a la Fundación. José Gurvich fue un artista muy prolífero que exploró el uso de diversos materiales y que viajó intensamente y, por lo tanto, su legado está disperso —en Argentina, en España y en Estados Unidos, en especial en Nueva York donde vivió un tiempo—. Además, el Museo recibe donaciones: «Algo muy valorable porque generalmente las colecciones se heredan y suelen rematarse. Cuando hay donaciones, las identificamos con sus datos y lo informamos. Es muy gratificante y siempre hacemos el reconocimiento correspondiente», enfatiza la directora.

Las colecciones del Museo, con más de 200 piezas, muestran la vida y la evolución artística del maestro. Hay murales, pinturas, cerámicas, objetos personales y documentos. En el Museo hay un recorrido cronológico estable y también muestras temporarias que cambian en función de la agenda.  A veces, reciben artistas invitados y las obras de Gurvich, que integran la muestra temporaria, van a depósito.

Desde una Dirección con mirada en la gestión cultural, se trabaja en la actualidad en la campaña Gurvich: Identidad y Dinamismo con el objetivo de afianzar el Museo con identidad propia, además de mostrar el alcance de la obra del maestro. «El dinamismo implica un trabajo puertas adentro y afuera, el contacto con la comunidad y el museo como un lugar de encuentro», explica Honigsberg.

En ese marco, han realizado aportes en diversas áreas. «Hicimos una campaña para intervenir los contenedores de basura con artistas que trabajan la identidad barrial; por ahora estamos en la Ciudad Vieja, pero queremos ir más allá. También hemos trabajado con la cárcel de Punta Rieles. Hicimos un taller con los presos a partir de una muy buena recepción de la Dirección. Se trabajó en barro y cerámica con talleristas mujeres, en el marco de una cárcel para hombres. El objetivo fue realizar un mural que se emplazó en la cárcel. Es un granito de arena porque una intervención en una cárcel con arte es una herramienta de sanación, para ellos y para todos, como sociedad», asevera la directora del Museo.

Mostrar la obra, mostrar los valores. Los niños son muy importantes para el Museo y por eso el Gurvich es parte del programa educativo de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP). «Vienen casi cien niños por día y este año ampliamos los turnos.  Vamos a tener cuatro turnos y tres propuestas diferentes con collage, técnica mixta y escultura».

El programa está cuidadosamente planificado desde el Área Educativa: «Primero viene la maestra y se lleva la valija didáctica porque el proceso es importante, no se viene al Museo y la cuestión termina ahí. En la valija hay láminas, materiales y un libro esponsoreado por el Banco Central que habla del reciclaje y de la economía. Porque el Museo debe tener más roles y no solo mostrar la obra de un artista, para que no quede en la visita sin más. La idea es involucrarse a fondo con la sociedad». El recorrido para los escolares dura media hora con las talleristas y la maestra, y después hay una hora más de taller. Los niños aportan materiales para reciclar y la creación que realizan, en esa instancia, se basa en las ideas gráficas de Gurvich.

Además de los escolares que son un gran público, Honigsberg hace especial énfasis en los jóvenes. «Estamos buscando estrategias para captarlos y sabemos que la tecnología es importante. Queremos ir hacia un Museo tecnológico que capte su atención, pero que no quede en que vengan con la tableta a buscar un determinado cuadro o una escena. Quizás sea una aplicación, pero que haya un ida y vuelta y que podamos picar un bichito que genere un intercambio para que regresen. Queremos que conozcan la obra y los valores de Gurvich».

Entre los diversos públicos, también están los turistas porque el maestro es importante en la iconografía del Uruguay. Gurvich fue alumno de Joaquín Torres García, se integró al Taller Torres García (La Escuela del Sur) y en poco tiempo, debido a su talento y dedicación, se hizo cargo de clases, incluso. Los turistas visitan el Museo con asiduidad, «estamos en una zona increíble. Si hay turismo en Montevideo, está en la calle Sarandí. La zona está hermosa».

Accesibilidad y estrategias simbólicas. En el Museo hay ascensor y aseos para discapacitados. Cuentan con audioguías para ocho obras emblemáticas: el gran mural Frigorífico del CerroEscena de NY: Bajo un puenteEscena de NY: Imágenes de BoweryMujer construida (escultura), Formas, símbolos e imágenesZucotConstructivo en blanco y negro y Hombre constructivo en espiral. Este ha sido un trabajo muy importante para la Dirección del Museo, pues afianza vínculos de significación con los visitantes.

Entre los recursos simbólicos que han desarrollado, Honigsberg destaca a Nico, el libro que forma parte de la valija didáctica para las escuelas. «Nico es un niño que tiene que hacerle un regalo a su padre, a quien le encanta el arte y en especial Gurvich. El niño decide regalarle una obra de arte, pero no tiene dinero. Y ahí aparece la educación financiera. Nico tiene una ovejita, su alter ego, que es también el pastoreo de Gurvich. La ovejita le dice que vaya al garaje y que busque materiales para reciclar. Y para crear esa obra tiene que tomar decisiones, si va al cine o si ahorra, etc. Con Nico podemos mostrar muchas cosas, es un libro muy lindo de un proyecto muy rico».

Vivian Honigsberg: «Siempre me doy la oportunidad de conocer museos»

Vivian Honigsberg vive el arte, parece que hasta lo vistiera por su elegancia característica. Se expresa con un lenguaje próximo y cercano y aclara que no es una experta en Gurvich, pero convive con sus valores y está enamorada y orgullosa de la obra del maestro. Además de ser la directora del Museo Gurvich, ofrece servicios culturales ―SOA Arte Contemporáneo― y tiene vasta experiencia en el rubro.

Le gusta el arte contemporáneo y es el que sale a ver. «Pero en El Prado me desmayo y también en el Louvre. Me gustan las dos cosas, en realidad». «En los museos soy espectadora, soy turista feliz. Voy a disfrutar, me quedo horas, voy al café y a la tienda también. Tengo amigas que recorren los museos al mismo ritmo que yo y otras que me miran de reojo… Puedo estar muchas horas leyendo un texto en la pared, los leo siempre, pero sigo de largo si me aburren». Dice que ―obviamente― le gusta el MOMA (Museo de Arte Moderno de Nueva York) y que se ha «encontrado y encantado» con otro tipo de museos, como el parque de esculturas en Nueva Orleans (New Orleans City Park, Estados Unidos) que visitó después de recorrer la ciudad. «No sabía ni que existía y quedé maravillada. Siempre me doy la oportunidad de conocer museos, siempre».

A Vivian le gustan el teatro y la danza y le encanta la música, aunque reconoce que no va a un concierto de violín, por ejemplo. «Y eso que mi padre, nacido en Viena, escuchaba música clásic todas las mañanas. Todo el día, en realidad», acota. A la directora del Gurvich le interesan el rock y el tango, y de este último tomó clases, incluso.  Y le complace leer; sus obras favoritas son las novelas con anclaje histórico que le permiten contextualizar. «También me gusta encontrar eso en el teatro, en el cine y en las series. Por eso me encantó The Crown. Cuando miro una serie así me pregunto sobre el contexto, indago un poco más y eso me ayuda a entender. Además, siempre busco qué pasaba en el arte en esos momentos».

Vuelve al arte porque el tema le gusta y se siente cómoda, dice que «nació para eso». Y entonces aprovecha para explicar: «Cuando empezás a conectar un hecho —histórico o del momento— con la pintura, el cine y el arte incorporás, en general, los conceptos de otra manera. Los hechos y las manifestaciones artísticas no se quedan en algo fugaz y se transforman en herramientas para sanar, para interesarte en los símbolos, para no quedarte en lo superficial, en el consumismo».

Honigsberg creció en una casa proclive al arte, pero es la única entre varios hermanos que se dedicó al tema. Llegó a la Dirección del Museo hace un año, por esas casualidades o causalidades de la vida —tema que también concitó interés en la charla—, pues su familia estaba vinculada al artista. «El Museo es muy familiar, aquí hay parientes de Gurvich trabajando, y yo misma me siento como de esa familia porque mi tío era alumno de Gurvich. Mis padres iban a visitar al maestro en su casa del Cerro, y mis hermanos, mayores que yo, jugaban en el barro mientras él trabajaba. Mi hermana tiene una pequeña escultura que él le hizo. No estaba en mis planes vincularme con el Museo, pero aquí estoy luego de recibir una llamada de Martín, el hijo de Gurvich».

Vivian aclara que dirigir el Museo implica dinamizarlo, encontrar los curadores adecuados, acercarlos y propiciarles el material necesario. Además, debe desarrollar proyectos, atender medios, vincularse con el barrio, establecer lazos con otros museos y, en especial, con otras organizaciones sociales «porque el arte es una herramienta de simbolización que permite sanar, crecer».

«Recién estoy aprendiendo Gurvich», acota. «Leo y leo, y me falta», dice con humildad y franqueza. «Estoy contenta y en “la máquina” desde el primer día hasta hoy. Esto ha significado entender el proceso y la responsabilidad de ser directora de un museo, tener diez personas a mi cargo y además aprender sobre el maestro y su obra». Todo parece complejo y muy difícil de abordar en el marco de un museo que debe salir a buscar sus recursos, pero Honigsberg lo expresa con calma, demuestra seguridad y confianza y termina con una gran sonrisa, mientras invita a visitar el museo que «es de primer mundo».

●●●Qué ver en el Museo Gurvich…
A través de un relato hilvanado, el Museo Gurvich muestra la historia del maestro. En un recorrido corto y muy ameno, se conocen las diferentes facetas del artista, sus experiencias con diversos materiales y sus viajes. El mural Frigorífico del Cerro, en la planta baja, es apabullante, en el marco de un abundante conjunto de pinturas, esculturas, objetos, libros, láminas y tarjetas. Hay obra sobre papel, óleos, barro y diversos materiales.

El edificio en el que está actualmente el Museo —anteriormente estaba en la calle Sarandí— fue reciclado por el Arq. Rafel Lorente, alumno de Gurvich. La edificación cuenta con varias plantas que fueron acondicionadas en espacios pequeños, casi íntimos, que ofrecen un entorno facilitador para la comprensión de los diferentes períodos artísticos de Gurvich.

●●Dónde está el museo
Sarandí 522, Ciudad Vieja

●●Web y redes
La web del Museo brinda datos prácticos sobre horarios y otras cuestiones (plano del edificio, visitas guiadas, alquiler de salas, biblioteca, certificación de obra), además de una cronología del artista, las exposiciones individuales y colectivas en las que participó y bibliografía. Hay varios videos: del museo y detalles de las actividades realizadas hasta 2017. El Gurvich también está en FacebookTwitter(@MuseoGurvich) e Instagram (@museogurvich); redes a través de las que divulgan novedades de la vida del Museo.

●●Público/Privado/Costo
Se trata de un museo privado gestionado a través de la Fundación José Gurvich ―propietaria del acervo más importante del artista―. Desde la Dirección «se hace fundamental gestionar socios y ofrecemos el Museo como un lugar de encuentro, con una biblioteca especializada en arte con libros cuidadosamente seleccionados y catalogados. El Museo también ofrece membresías a través de socios preferenciales y de honor con descuentos en la tienda, acceso a talleres y a vernissages, y uso de la biblioteca.

También cuentan con diferentes oportunidades de patrocinio y toda la información, en detalle, está publicada en su sitio web.

El Gurvich maneja diversas tarifas y un día con entrada libre para residentes uruguayos. Los precios, horarios y días libres se pueden consultar en la web del Gurvich.

●●La tienda y la cafetería del Gurvich
La tienda del Gurvich ofrece gran variedad de catálogos del maestro (de las colecciones permanentes y de las temporarias del Museo). Hay libros de arte y productos diseñadas para el Museo. «Trabajamos con artesanos que manejan exclusivamente la imagen de Gurvich para el museo Gurvich. La paleta de Gurvich está muy presente en esas artesanías con precios accesibles para llegar a la gente de diversas maneras. La tienda funciona y también es una herramienta de financiación.

El museo no cuenta con café. «Pero los socios están invitados a tomar un café en la biblioteca», un espacio luminoso, con una gran mesa y una buena oferta de libros de arte. Por otra parte, en la calle Sarandí y en sus alrededores hay una amplia oferta de cafés y otros servicios gastronómicos.

●●Estacionamiento para bicicletas
Por su dimensión y estructura, el Museo Gurvich no posee estacionamiento para bicicletas, aunque hay varios en la zona.

#MuseosEnGranizo: Cristina Bausero en el Blanes

“Me gusta la materialidad y me aproximo a la obra para ver cómo está pintada”. Entrevista a Cristina Bausero, directora del museo Blanes

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El Blanes: arte nacional con jardines que hablan diferentes idiomas

Por qué visitar el Museo Blanes. La Arq. Cristina Bausero, directora del Blanes, responde con certeza y elocuencia: «Por la gran colección de Figari, a quien considero un artista de primera. También para ver la obra de Blanes quien da nombre al Museo y por las diferentes exposiciones que dialogan con el mundo más contemporáneo».

El Museo, que antes se llamaba Museo de Bellas Artes, es una casa palladiana ―originalmente una villa rural― que lleva el nombre de Juan Manuel Blanes ya que se inauguró para celebrar el centenario del nacimiento del pintor (en 1930). Cubre arte nacional con importantes cuadros de diversos artistas y de Blanes muestra, entre otras, dos obras significativas: la de Santos y la de los Treinta y Tres.

La familia Rossell y Rius realizó la primera donación —de arte y elementos decorativos— que llegó al Museo. Esa colección se desgranó y una parte importante de las obras pictóricas quedó en Museo y dio origen a su acervo.

En el Blanes también hay una gran colección de obra gráfica sobre papel de distintos autores nacionales y extranjeros. Además, hay creaciones de artistas uruguayos incorporadas a través del Premio Montevideo (organizado por el Departamento de Cultura de la Intendencia de Montevideo, con apoyo del Centro de Exposiciones Subte y del propio Museo) y un gran acervo volumétrico de esculturas originales, maquetaciones y copias.

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